¿QUÉ es la autonomía corporal?

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La autonomía corporal consiste en tener el poder y la capacidad de decidir sobre nuestros cuerpos y nuestros futuros, sin violencia ni coacciones. Esto incluye decidir si queremos tener relaciones sexuales, cuándo o con quién. Incluye decidir si queremos quedar embarazadas, cuándo o de quién. Significa la libertad de acudir a un médico cuando sea necesario.

Sin embargo, las mujeres y las niñas —y, de hecho, todas las personas— sufren limitaciones en su autonomía corporal. Las consecuencias para su salud, su bienestar y su potencial en la vida pueden ser devastadoras. El derecho a la integridad corporal, en virtud del cual las personas pueden vivir sin experimentar actos físicos a los que no dan su consentimiento, es indisociable del derecho a la autonomía corporal.

Puede afectar a su salud mental, a su bienestar social y a la relación con su pareja…

La autonomía y la integridad corporales se vulneran cuando una pareja impide a una mujer utilizar métodos anticonceptivos. Se vulneran cuando se obliga a una persona a mantener relaciones sexuales no deseadas a cambio de un techo y alimento. Se vulneran cuando las personas de orientaciones sexuales e identidades de género diferentes no pueden caminar por la calle sin temor a ser víctimas de agresiones o humillaciones. La autonomía y la integridad corporales se vulneran cuando se despoja a las personas con discapacidad de su derecho a la autodeterminación, a vivir sin violencia y a disfrutar de una vida sexual segura y satisfactoria.

Algunas de estas vulneraciones, como los casos de violación sexual, están expresamente tipificadas como delito y son condenadas en todo el mundo. Pero muchas otras formas de violencia se perpetúan mediante normas, prácticas e incluso leyes, la mayoría de ellas causadas por desigualdades de género profundamente arraigadas.

Aquí entra en juego un factor universal, la prerrogativa de los hombres para controlar a su pareja.

Licencia para violentar

Una lista incompleta de las formas en que las sociedades justifican las vulneraciones de la autonomía corporal:

Pruebas de virginidad y exámenes anales forzados

2018

Afganistán prohibió las pruebas de virginidad no consentidas

Pruebas de virginidad y exámenes anales forzados

Las pruebas de virginidad (pruebas invasivas que carecen de justificación científica para “probar” si una niña o mujer ha tenido relaciones sexuales) y los exámenes anales forzados (pruebas invasivas y anticientíficas para “probar” la conducta homosexual), violan los derechos humanos y la dignidad de las personas. Cuando se llevan a cabo sin consentimiento, se consideran tortura. Aun así, en muchas partes del mundo siguen practicándose con frecuencia.

Esterilización forzada y uso forzado de métodos anticonceptivos

87%

de los países

exigen el consentimiento pleno, libre e informado para el uso de anticonceptivos o la esterilización*

Esterilización forzada y uso forzado de métodos anticonceptivos

El uso forzado de anticonceptivos y la esterilización forzada es una práctica horrible que se ha dado en todo el globo. En países de todo el mundo, las personas con discapacidad, las comunidades indígenas y las minorías perseguidas —y, en algunos casos, las mujeres en general— han sido sometidas a la esterilización forzada o al uso forzado de anticonceptivos por razones que van desde la eugenesia hasta el control demográfico. La esterilización o anticoncepción involuntaria es una violación de los derechos humanos y de la ética médica.

*Solamente 104 países han presentado informes sobre el consentimiento pleno, libre e informado para el uso de anticonceptivos o la esterilización.

Violación homofóbica y transfóbica

Acerca de

300M

de personas

se identifican como LGBTI en todo el mundo

Violación homofóbica y transfóbica

La violación y otros tipos de violencia sexual dirigida contra las personas que expresan disconformidad de género y de orientaciones sexuales diversas son consideradas por sus agresores muchas veces como “curativas” o “correctivas”. Esta violencia suele quedar impune en las comunidades o en los sistemas jurídicos.

Matrimonio forzado e infantil

Acerca de

12M

de niñas

se casan cada año

Matrimonio forzado e infantil

Aunque la prohibición del matrimonio infantil y las uniones tempranas están generalizadas en los marcos jurídicos, siguen afectando a una proporción considerable de niñas en el mundo. Ya que se ven sometidas a matrimonios infantiles y se les suele negar el derecho a tomar decisiones sobre su salud sexual y reproductiva, o carecen de información precisa al respecto. La causa de los matrimonios forzados son prácticas patriarcales institucionalizadas, mediante las cuales las novias se convierten en un producto, o propiedad, que se puede poseer, comprar, vender o intercambiar, sin ninguna consideración por sus derechos o su autonomía. Las relaciones sexuales forzadas y los embarazos precoces y frecuentes están estrechamente relacionados con las altas tasas de morbilidad y mortalidad materna e infantil, así como con una mala salud mental.

Mutilación genital femenina

cada año, al menos

4M

de niñas

corren el riesgo de ser víctimas de una mutilación genital femenina

Mutilación genital femenina

La mutilación genital femenina es una violación de los derechos humanos de las mujeres y las niñas, y una forma extrema de discriminación y violencia dirigida exclusivamente contra las niñas y las mujeres. El objetivo es controlar su sexualidad, su cuerpo y sus derechos sexuales y reproductivos. Aunque las familias y las comunidades aducen motivos culturales, religiosos y sociales para practicar la mutilación genital femenina, las justificaciones se centran en la necesidad de reducir el deseo sexual de las mujeres.

Asesinatos por “honor”

aproximadamente

5,000

aproximadamente 5,000 asesinatos de este tipo ocurren cada año

Asesinatos por “honor”

Los asesinatos por honor se producen en comunidades en las que el atribuido “honor” de la familia se considera más importante que la vida de la persona, generalmente una mujer, que supuestamente ha vulnerado ciertas normas o códigos. Entre las justificaciones de los crímenes de honor se citan la separación de un cónyuge que pagó un precio por la novia, negarse a contraer un matrimonio concertado, establecer una relación con una persona de otro grupo étnico, religión o casta, mantener relaciones sexuales prematrimoniales o extramatrimoniales, ser víctima de una violación o una agresión sexual o que la persona sea señalada como homosexual.

Violencia sexual en las relaciones de pareja y leyes que obligan a casarse con el violador

43

países

carecen de leyes relativas a la violencia sexual en las relaciones de pareja

Violencia sexual en las relaciones de pareja y leyes que obligan a casarse con el violador

El concepto de relaciones sexuales forzadas o no consentidas con el cónyuge ha empezado a reconocerse recientemente. Antes las normas patriarcales sostenían que, una vez celebrado el matrimonio, el hombre era “dueño” del cuerpo de su mujer y podía utilizarlo para mantener relaciones sexuales cuando quisiera. Hoy en día, la violencia sexual en las relaciones de pareja se reconoce cada vez más como una violación atroz de los derechos humanos. No obstante, algunos países siguen permitiendo que el esposo mantenga relaciones sexuales tanto si la esposa lo desea como si no, y hay otros en los que un hombre que viola a una mujer puede evitar las penas si se casa con ella.

Coacción reproductiva

15 a 25%

prevalencia estimada de la coacción reproductiva en Estados Unidos

Coacción reproductiva

La coacción reproductiva es cualquier comportamiento que una persona utiliza para ejercer control sobre la salud reproductiva o la toma de decisiones de otra. Esto puede incluir los intentos de dejar embarazada a la pareja en contra de sus deseos, sin consentimiento, coaccionar a una pareja para que aborte o interferir con los métodos de planificación familiar, por ejemplo mediante el stealthing (quitarse el preservativo sin avisar durante una relación sexual). La coacción reproductiva puede ser perpetrada por la pareja, la familia o los miembros de la comunidad.

Negación de la educación sexual integral

aproximadamente

56%

de los países

tienen leyes y políticas que apoyan la educación sexual integral*

Negación de la educación sexual integral

Los tabúes contra la educación sexual integral y el miedo a “sexualizar” a los jóvenes hacen que muchos adolescentes lleguen a la edad adulta sin información precisa sobre su cuerpo y su salud sexual. Y, en consecuencia, no pueden tomar decisiones responsables e informadas sobre ellos mismos ni sobre sus relaciones.

* De los 98 países que han presentado informes completos

2018

Afganistán prohibió las pruebas de virginidad no consentidas

Pruebas de virginidad y exámenes anales forzados

Las pruebas de virginidad (pruebas invasivas que carecen de justificación científica para “probar” si una niña o mujer ha tenido relaciones sexuales) y los exámenes anales forzados (pruebas invasivas y anticientíficas para “probar” la conducta homosexual), violan los derechos humanos y la dignidad de las personas. Cuando se llevan a cabo sin consentimiento, se consideran tortura. Aun así, en muchas partes del mundo siguen practicándose con frecuencia.

Ilustraciones

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  3. Thumbnail Kaisei Nanke
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Amenazados por la sexualidad de la mujer

La mutilación genital femenina no es simplemente una cuestión de salud, es una cuestión de sexualidad.
Ilustración original de Naomi Vona; foto por cortesía de Hana Lopez en Unsplash.

Entre las motivaciones más citadas para practicar la mutilación genital femenina figuran la cultura, la tradición y la religión. Aun así, es de conocimiento público que esta práctica conlleva una reducción del deseo sexual, algo que de hecho también supone un factor esencial de motivación. Muchos partidarios de la mutilación genital femenina señalan que la sexualidad femenina desenfrenada constituye de algún modo una amenaza para la castidad, el honor y la virtud (Berg y Denison, 2013).

Según los expertos, las conversaciones francas sobre la sexualidad femenina, la integridad y la autonomía corporales tal vez ofrezcan un antídoto inesperado contra esta práctica.

Los esfuerzos para poner fin a la mutilación genital femenina han destacado históricamente los daños físicos causados, que pueden incluir hemorragias, septicemia, futuras complicaciones en el parto y hasta la muerte. Hacer énfasis en las consecuencias físicas tiene una mejor recepción en las comunidades conservadoras, donde hablar de la sexualidad femenina suele ser tabú. No obstante, centrarse exclusivamente en los daños físicos puede provocar de forma involuntaria una medicalización de la práctica, o que se lleven a cabo tipos alternativos de mutilación, en lugar de abandonarla por completo (Powell y Yussuf, 2021).

Ampliar estas charlas para que incluyan una explicación honesta de los daños sexuales causados por la mutilación genital femenina ha ayudado a Wafaa Benjamin Basta, obstetra y ginecóloga egipcia, a convencer a los progenitores para que la rechacen. Explicar claramente los efectos nocivos, como la incapacidad de experimentar el orgasmo, el dolor durante el coito y la aversión al sexo debido al trastorno por estrés postraumático, se ha revelado un elemento disuasorio eficaz, especialmente “si la madre vivió una experiencia muy mala al someterse a la mutilación genital femenina de joven o ha tenido problemas en su vida conyugal a causa de la ablación”, detalla la Dra. Basta.

Habla con naturalidad de las repercusiones sociales y psicológicas que pueden experimentar las mujeres. “Puede afectar a su salud mental, a su bienestar social y a la relación con su pareja, lo que a su vez tal vez influya profundamente en el concepto de la propia familia”.

Una de las razones por las que la Dra. Basta consigue mantener estas conversaciones directas es su papel de médica. “Entre la paciente y la doctora existe un vínculo”, afirma. Pero más importante, si cabe, es la aceptación cada vez más frecuente de los derechos de la mujer y su empoderamiento en Egipto. “Las mentalidades están cambiando, sobre todo en las nuevas generaciones”.

Conforme disminuye el miedo a la sexualidad femenina y el bienestar sexual tiene una consideración cada vez más relevante en el marco de la salud psicológica y social, resulta más fácil replantearse la práctica de la mutilación genital femenina.

La Dra. Basta dice que sus observaciones se limitan a las conversaciones confidenciales que puede mantener con sus pacientes, y que la comodidad a la hora de tratar estos temas varía según la comunidad y el médico. Aun así, ha constatado grandes progresos en los últimos años y tiene esperanzas de cara al futuro, tanto para acabar con la mutilación genital femenina como para promover el bienestar y la salud sexual de las mujeres. “No tiene que dar vergüenza hablar de esto”, apunta.

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El vocabulario de la violación

Leidy Londoño ha trabajado en persona, por teléfono y a través de un chat en línea para proporcionar apoyo e información a las personas supervivientes de agresiones sexuales.
Ilustración original de Naomi Vona; fotografía © UNFPA/R. Zerzan.

En los años que lleva ayudando a las personas supervivientes en Estados Unidos, Leidy Londoño se ha acostumbrado a oír el lenguaje de la conmoción, el miedo y la vergüenza que utilizan cuando tienen que lidiar con las secuelas de una agresión sexual. Además, ha visto cómo les cuesta expresar con palabras una forma concreta de violación, un fenómeno extendido pero poco comprendido, incluso por quienes la experimentan o la perpetran: la coacción reproductiva.

“Implica comportamientos que la pareja u otra persona utiliza para mantener el poder y el control en una relación que están conectados con la salud reproductiva”, explica Londoño, quien ha acompañado a las supervivientes a los hospitales y ha proporcionado asesoramiento a través de una línea telefónica directa. Ahora trabaja como educadora y gestora de programas en Planned Parenthood, en Washington D. C. “Puede adoptar muchas formas diferentes. Hay intentos explícitos de dejar embarazada a una pareja en contra de sus propios deseos. Puede tratarse de controlar los resultados de un embarazo, de coaccionar a la pareja para que mantenga relaciones sexuales sin protección, de interferir explícita o implícitamente en los métodos anticonceptivos, o de mentir o engañar acerca de estos”.

Las supervivientes carecen de un vocabulario común para describir la violación específica que sienten cuando se les niega el dominio de su fecundidad o de su salud sexual, hayan consentido o no a un encuentro sexual. Sin las palabras para identificar esta experiencia, a menudo expresan confusión y autorrecriminación. Londoño recuerda a una joven que descubrió que su pareja se había quitado el preservativo sin decírselo durante una relación sexual consentida, una práctica conocida como stealthing. “Al principio se preguntaba si estaba exagerando”.

El concepto de coacción reproductiva es relativamente nuevo, ya que la mayoría de los estudios sobre este tema se han hecho en los últimos 20 años, la mayoría en Estados Unidos, donde se calcula que su prevalencia está entre el 15% y el 25% (Park et al., 2016). No obstante, las investigaciones recientes muestran que se halla muy extendida en todo el mundo y quienes la cometen no son solo las parejas, sino incluso las familias y los miembros de la comunidad (Grace y Fleming, 2016). Incluso puede ser fomentada por los sistemas de salud, a través de políticas que obligan a una mujer a obtener el permiso de su marido para poder utilizar servicios de planificación familiar, por ejemplo.

Dipika Paul, que lleva décadas trabajando como investigadora en el ámbito de la salud sexual y reproductiva en Bangladesh, confiesa que desconocía el término “coacción reproductiva”. Tanto ella como los trabajadores sanitarios y los activistas se referían de forma más general a “trabas a la planificación familiar”.

Actualmente, Paul es una experta en el tema. Como asesora de Ipas en Dhaka, es testigo de muchas formas de coacción reproductiva. “En el caso de los maridos, puede empezar con ellos diciéndole a sus esposas que no usen anticonceptivos —orden que ellas acatan—, hasta llegar a la violencia grave. A veces los maridos les niegan la comida o el dinero si ellas quieren seguir usando métodos anticonceptivos”, explica Paul. Es habitual que esta presión esté relacionada con “el deseo de los maridos u otros familiares de tener más hijos o hijos varones”. Añade que también se observa el uso forzado de anticonceptivos y el aborto forzado.

Estos actos coercitivos no suelen considerarse formas de violencia, quizás porque la reproducción se ve como una decisión familiar. “La familia política influye mucho”, dice Paul. Esto es particularmente cierto en el caso de las esposas más jóvenes y menores de edad; la edad media del matrimonio es de 16 años, según una Encuesta Demográfica y de Salud de 2018. “A las mujeres jóvenes les resulta difícil decidir ellas solas”.

Y, sin embargo, existe un claro vínculo entre la coacción reproductiva y la violencia. Paul calcula que, según un estudio que está realizando actualmente, alrededor de tres de cada cinco mujeres que dijeron haber sufrido coacción reproductiva habían experimentado también violencia sexual o física por parte de sus maridos.

Jay Silverman, profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad de California, en San Diego, comenzó su carrera trabajando con hombres jóvenes y adultos que habían ejercido violencia contra sus parejas. Desde entonces, ha estudiado la coacción reproductiva en Bangladesh, la India, Kenya, el Níger y los Estados Unidos. Silverman dice que, aunque la coacción reproductiva a veces puede ser ejercida por mujeres de la familia, la violación tiene sus raíces en la desigualdad de género.

“Aquí entra en juego un factor universal”, explica, “que es la supuesta prerrogativa de los hombres para controlar a su pareja. De alguna manera, esa sensación que tienen los hombres, ese derecho a ese control, es algo omnipresente, en mi opinión, en la mayoría de nuestras sociedades”.

Silverman y sus colegas —entre ellos, los de Ipas en Bangladesh— están ensayando instrumentos para ayudar a los trabajadores sanitarios a identificar la coacción reproductiva como, por ejemplo, preguntas sobre las actitudes y el comportamiento de la pareja. Una vez que se reconoce la existencia de la coacción, las mujeres pueden reafirmar su integridad corporal, por ejemplo, seleccionando métodos de planificación familiar que no puedan ser detectados por su pareja.

Aunque las mujeres carezcan de vocabulario para describir la coacción reproductiva, “también creo que los seres humanos se resisten de forma innata a ser controlados. Hay muchas estrategias de respuesta diferentes que las mujeres de las comunidades de todo el mundo han desarrollado para hacer frente a la coacción reproductiva, entre ellas el apoyo de unas a otras. Es algo que ocurre de manera natural, en todas partes. Siempre ha sido así, ya sea una vecina o una mujer de la familia que esconda las píldoras o que le ayude a ir a una clínica”, explica Silverman. Cuando las clínicas reparten folletos sobre la coacción reproductiva, la violencia por parte de la pareja y cómo buscar ayuda, las mujeres suelen “llevarse montones” para poder compartir la información con otras.

Gran parte de la carga que entraña abordar la coacción reproductiva recae en los profesionales, que a menudo se enfrentan a un doble imperativo: encontrar el equilibrio entre involucrar a los hombres en cuestiones de salud reproductiva sin cederles todo el poder de decisión. “El ideal de la participación masculina en la salud sexual y reproductiva y en la salud materno infantil se ha convertido en una prioridad a nivel internacional”, afirma Silverman. La participación masculina se ha relacionado con un mayor uso de la planificación familiar y los anticonceptivos y la mejora de los resultados en materia de salud materno infantil (Kriel et al., 2019; Assaf y Davis, 2018). Sin embargo, cuando los hombres desean controlar la libertad reproductiva de su pareja, “su involucración resulta, obviamente, perjudicial”.

Asimismo, los hombres —de hecho, las personas de todos los géneros y orientaciones sexuales— también pueden ser víctimas de coacción reproductiva. “Cualquiera puede sufrir coacción reproductiva”, dice Londoño. “Las mujeres de las comunidades marginadas experimentan niveles de violencia en porcentajes desproporcionados, y eso incluye la coacción reproductiva. No obstante, eso no excluye que yo haya hablado con chicos y hombres jóvenes en general que intentan identificar sus propias experiencias, expresarlas con palabras y contextualizarlas”.

Es necesario dominar el vocabulario de la coacción reproductiva, especialmente entre los encargados de formular políticas. “Cuando nuestras leyes y nuestras políticas son imprecisas y nuestro lenguaje es ambiguo, no se tiene en cuenta a las personas supervivientes”, asegura Londoño.

El aprendizaje de la autonomía corporal también es algo crucial. En un proyecto reciente, dice Paul, “hablamos con las mujeres y ellas eligieron esta terminología: ‘mi cuerpo, mis derechos’. Todas coincidieron en que hay que difundir este mensaje entre la población: que mi cuerpo me pertenece”.

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