Heridas y cicatrices

“La experiencia me dejó muchos recuerdos tristes que no podré olvidar jamás”, comenta Alifya.

Cuando tenía 7 años, le dijeron que debían extraerle un gusano del cuerpo. Recuerda el edificio antiguo al que la llevaron en una zona abarrotada de su Mumbai natal y las escaleras que conducían hasta una habitación sucia y oscura.

Allí, la tendieron en el suelo y le cortaron el clítoris y el prepucio sin ningún tipo de anestesia.

Alifya gritó y lloró de dolor. Estuvo sangrando durante días y tenía dificultades para orinar.

La mutilación genital femenina, denominada  khatna en la comunidad Dawoodi Bohra a la que ella pertenece, se practica en todo el mundo. Adopta diversas formas y engloba cualquier procedimiento que conlleve la lesión o alteración de los genitales femeninos por razones no médicas.

La mutilación genital femenina tiene consecuencias graves y, a veces, mortales.

Entre las complicaciones inmediatas se incluyen el dolor agudo, la conmoción, la hemorragia o infección, y la retención de la orina. La gravedad de las hemorragias e infecciones puede llegar a causar la muerte. Entre la lista de riesgos físicos a largo plazo figuran la anemia, los quistes y abscesos, las relaciones sexuales dolorosas, el mayor riesgo de transmisión del VIH, y complicaciones durante el parto que pueden representar una amenaza para la vida de la madre y el recién nacido.

“Tardé dos o tres semanas en sanar. Y todavía lo recuerdo como si acabara de ocurrir. Es muy triste”. Sentada en su apartamento de Nueva York, Alifya contiene las lágrimas al contar su historia.

El daño psicológico puede prolongarse mucho después de que las heridas hayan sanado. Las niñas y mujeres que se han sometido a la mutilación genital femenina pueden padecer ansiedad, depresión, pérdida de memoria, trastornos del sueño y trastorno por estrés postraumático.  


Una mujer recibe servicios de salud relacionados con la MGF en Burkina Faso. © Abbie Trayler-Smith/Panos

La red de jóvenes Y-PEER en Egipto utiliza la educación entre pares, los juegos y el teatro para informar a los adolescentes en materia de salud sexual y reproductiva, violencia por razón de género y prácticas nocivas, entre otras, la mutilación genital femenina. © Luca Zordan for UNFPA
 

La mutilación genital femenina, además de dejar cicatrices físicas y psicológicas en las supervivientes, altera y restringe su trayectoria vital. Esta práctica, que a menudo es un precursor del matrimonio infantil y de la deserción escolar temprana, pone en peligro la capacidad de una niña para construir un futuro mejor para sí misma, su familia y su comunidad. 

Al reforzar los límites que muchas sociedades imponen a las niñas y las mujeres, la mutilación genital femenina perpetúa la pobreza de generación en generación.

Independientemente de la forma que adopte o de sus consecuencias, la mutilación genital femenina vulnera el derecho humano de las mujeres y las niñas a vivir libres de discriminación por razones de sexo, y las priva de la oportunidad de tomar decisiones fundamentales sobre su cuerpo y su vida. 

Alifya ha puesto fin a la mutilación genital femenina en su propia familia. 

“Me siento muy orgullosa de que mis hijas no vayan a pasar por esto”, dice. “Creo que ninguna niña del mundo merece sufrir esta experiencia”.

“Estoy orgullosa de que mi madre haga frente a todas estas cosas por las que ha pasado”, comenta Insiya, su hija de 14 años.


Insiya, la hija de 14 años de Alifya. © Luca Zordan para UNFPA
  • De hecho, las consecuencias de la mutilación genital femenina, que generaciones de padres imponen a sus hijas con el anhelo de cumplir las normas de sus comunidades, violan el principio del interés superior del niño.

    © Sheila McKinnon
  • Dadas las consecuencias físicas y psicológicas de esta forma de violencia contra las niñas y las mujeres, también es una violación del derecho a la salud y, cuando el resultado es la muerte, del derecho a la vida.

    © Abbie Trayler-Smith/Panos
  • La mutilación genital femenina puede adoptar diversas formas, desde la perforación, el raspado o la cauterización de los genitales, pasando por la extirpación del clítoris y, en algunos casos, los labios, hasta la infibulación, procedimiento que consiste en el estrechamiento del orificio vaginal cerrándolo mediante el corte y reposicionamiento de los labios.

    A las mujeres sometidas a la infibulación se les suele realizar un corte para abrirlas en la noche de bodas. En muchos casos, es necesario volver a cortarlas durante el parto para permitir el paso del bebé.

    © UNFPA/Ollivier Girard
  • Asha Ali Ibrahim ha practicado la mutilación genital femenina en Somalia desde 1997. Con los ingresos que obtiene de esta práctica mantiene a toda su familia.

    Los meses más intensos son julio y agosto —la “temporada de mutilación”— cuando las vacaciones escolares ofrecen tiempo suficiente para que se curen las heridas de las niñas y las familias que viven en el extranjero envíen a sus hijas a casa para que se sometan a la práctica. El año que viene le toca a su propia nieta.

    © Georgina Goodwin para UNFPA
  • El procedimiento suelen llevarlo a cabo “cortadoras” tradicionales, normalmente las mujeres de mayor edad de la comunidad. No obstante, en algunos países y comunidades es cada vez más frecuente que lo realice el personal sanitario.

    El contexto estéril de la mutilación médica crea una impresión de falsa seguridad y legitima erróneamente la práctica como sana o beneficiosa. Además, dado el poder y la autoridad que el personal sanitario suele ostentar en la comunidad, y el respeto que despierta, la medicalización puede promover la institucionalización de la práctica.

    © UNFPA Indonesia

De hecho, las consecuencias de la mutilación genital femenina, que generaciones de padres imponen a sus hijas con el anhelo de cumplir las normas de sus comunidades, violan el principio del interés superior del niño.

© Sheila McKinnon
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