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México

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© Luis Arroyo

Cuando era joven, grabé un video sexual con mi novio. Él me pedía que hiciéramos lo que se conoce como “sexteo”. Como él me era infiel, pensé que si yo accedía no se interesaría por otras mujeres. En aquel entonces no entendía muchas cosas sobre el amor romántico que ahora sí entiendo.

Él grabó el video de modo que solamente aparecía yo. Primero el video se hizo público a través de WhatsApp durante unos meses. Vivo en una ciudad pequeña… Todo el mundo sabe quién eres, cuál es tu familia.

Luego el video se publicó en Facebook. Me gustaba montar a caballo. Lo primero que vi fue una fotografía mía vestida de escaramuza charra [una amazona tradicional] con la frase: “¿Quieres ver cómo monta de verdad?”. El video fue subido a muchas páginas de pornografía o páginas compiladas [páginas de sitios web con fotografías de chicas, generalmente desnudas]. Llegaba a recibir hasta 40 solicitudes de amistad diarias, principalmente de hombres que me pedían favores sexuales a cambio de eliminar el video. Uno me dijo que borraría el video si me lo hacía con un perro.

Busqué en Internet lo que estaba pasando y leí que se llamaba “pornovenganza”. Me sentía cada vez más culpable porque, si era “porno”, es porque yo lo había provocado y, si era “venganza”, era porque yo había hecho algo para merecerlo.

Dejé de ir a la escuela, y evitaba muchas situaciones porque estaba muy avergonzada. Se publican imágenes de tu cuerpo desnudo sin tu permiso y encima la gente te culpa porque te has dejado filmar. En un país tan machista como este, te ven como una mala mujer, una ramera, una provocadora, y puedes llegar a creértelo. Mi cara y mi cuerpo me daban asco, y no solo por el video, sino por las burlas y la cosificación que sufría. Simplemente por ser mujer soportaba comentarios sobre si estaba gorda, sobre si tenía estrías o celulitis, o sobre si mi pelo era bonito o feo.

Todo ese discurso de odio hizo que llegara a odiarme; incluso odiaba mi nombre, porque estaba directamente relacionado con el video. Me vi reducida a un video sexual creado para consumo del placer masculino. No era una persona ni una estudiante; no era nadie.

Un domingo, mi familia y yo estábamos viendo una película en casa. Alguien le envió el video a mi hermano. Mi madre se apresuró a agarrar el teléfono, pero se lo quité y le dije: “Mamá, por favor, no lo mires”. Mi única esperanza de no sentirme como una muerta en vida era que mi familia no viera el video.

Pero mi madre tomó el teléfono y lloró mientras veía el video. Tenía mucho miedo, sentía que mi cuerpo estaba en llamas. Te sientes culpable por lastimar a tu familia. Es como si [los ciberacosadores] te violaran. No les hace falta tocarte o penetrarte para violarte.

Ya había intentado suicidarme tres veces, pero al final no tuve el valor de hacerlo. Cada día pedía al universo que me dejara morir. Mi madre vio que estaba desesperada. Lo primero que preguntó fue: “¿Tú querías que esto lo viera todo el mundo?”. Le respondí: “No, claro que no”. Ella me preguntó: “¿Querías que la gente te viera como ellos te ven, que se rieran de ti?”. Le contesté: “No, nunca ha sido mi intención”. “Entonces no es culpa tuya”, me consoló. “Para mí sería muy vergonzoso ver un video tuyo en el que apareces robando, matando, maltratando a un animal o participando en actividades corruptas. Pero no me avergüenza ver un video donde tienes relaciones sexuales, amas, confías y vives tu sexualidad”. Entonces ella me dijo, delante de toda mi familia: “Cariño, todos tenemos relaciones sexuales: tu hermano, tu padre, tus primos... yo misma tengo relaciones sexuales. La diferencia es que aquí la gente te ve, pero eso no te convierte en una delincuente ni tampoco te hace mala persona. Lucha, hija, porque no has hecho nada malo”.

Ella fue la primera persona en decir que yo no tenía la culpa. Mi abuela también pensaba lo mismo. Le dije a mi madre: “No es solamente por el video, es que tampoco puedo salir de casa porque se burlan de mi cuerpo. Siento mucha vergüenza. Ya no puedo vivir aquí. Soy una prisionera”. Para mí, la pandemia no supuso ningún cambio. Yo ya había vivido encerrada en casa por el machismo, la misoginia y las burlas. El virus que más me asustaba era la revictimización de nuestros cuerpos. 

Después de encontrar un grupo de apoyo conocí más casos como el mío y decidí presentar una denuncia en la oficina del fiscal de distrito. Me dijeron que si yo hubiera sido menor el delito habría sido abuso de menores, pero como yo ya era mayor de edad no había nada que pudieran hacer por mí. Me enfurecía pensar que había otras mujeres que habían pasado por lo mismo que yo pero que no tenían el apoyo de sus familias o que tuvieron que abandonar su ciudad.

Abuso basado en imágenes

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Fotografía utilizada solo con fines de representación y que
no representa la persona de la historia

Abuso basado en imágenes

El uso de imágenes, a menudo de carácter sexual, para cosificar, explotar, humillar u hostigar. Entre los ejemplos se incluyen el intercambio no consensuado de imágenes íntimas, como la pornografía no consensuada y el material de abusos sexuales a menores (que muestra a menores en situaciones sexualmente explícitas).

Mayors of Puebla
© Mayors of Puebla

Decidí hacer algo al respecto luchando por la reforma, por que se reconociera y castigara la violencia digital. El resultado es la Ley Olimpia. El primer reto estaba en la revictimización. Los legisladores, las sociedades y las personas en general no entienden que las víctimas no son culpables. Dicen cosas como “ellas accedieron a ser grabadas, ¿por qué deberíamos defenderlas?” y “prácticamente provocaron ellas mismas?”.

“Siempre nos vemos obligadas a defender nuestra inocencia, a dejar claro que nuestros cuerpos no son un delito.”

Esto les sucede a muchísimas mujeres. La sistematización de la violencia que percibimos en el mundo real pasa al mundo digital. El segundo reto fue el tabú sexual, que causa un mayor estigma. El tercer obstáculo es que la gente piensa que no existe delito porque sucede en el mundo digital. Cuando dices: “Sufrí violencia digital”, la gente se ríe de ti. En los comentarios incluso se hacían memes a nuestra costa diciendo: “¿Vas a meterme en una cárcel virtual?”.

Para mí, la verdadera justicia comenzó entonces. Perdí el miedo a utilizar mi nombre, mi cuerpo, mi vida, y también el miedo a navegar por la web, el miedo a ser un personaje público. La ley me ha enseñado que tenemos derecho a la seguridad en los espacios digitales, y que tenemos que construir una Internet que, sobre todo, proteja nuestra seguridad y respete nuestros derechos humanos. Aunque no se pueda ver o tocar, el mundo virtual es real. Hemos creado un hashtag que hace referencia a todo lo que hemos soportado en esta lucha: #LoVirtualEsReal.

Incluso muchos años después tengo una sensación de agobio y malestar dentro de mí cuando veo que tengo muchas notificaciones, porque vivo con el miedo constante de que el incidente se difunda de nuevo. Es como una especie de cáncer.

No es solamente una reforma lo que queremos. Lo que queremos es un mundo sin violencia para las mujeres y las niñas. El Gobierno no solo debería preocuparse por los delitos económicos como el phishing, la suplantación de la identidad y el robo de números de tarjeta de crédito, sino también por los delitos que no implican algo material, sino que dañan la integridad y la privacidad de las personas.

No se conseguirá nada cambiando las leyes si no existe concienciación, si

"seguimos innovando tecnológicamente pero no enseñamos a las personas a no deshumanizar esa tecnología"

No somos computadoras, no somos tabletas, somos personas. No podremos celebrar esta reforma si las mujeres siguen siendo cosificadas en otros ámbitos. Así pues, la concienciación es una parte fundamental del cambio.

Y a los agresores les digo lo siguiente: se convierten en cómplices cuando no detienen la cadena de acoso. No son conscientes de que esas imágenes [sexualmente explícitas] anulan a la persona y de que pueden matarla cada vez que les dan un “me gusta” o las comparten. Esto no significa que no haya hombres que también sufren esta situación. En definitiva, todas y todos somos responsables de la opresión cuando hacemos clic.

A las víctimas o personas sobrevivientes de esta violencia les digo lo siguiente: no es culpa tuya. Cuando tomas las riendas de la situación, el miedo cambia de bando. ¿Por qué tenemos que pedir perdón por vivir nuestra sexualidad, por amar, por confiar? No tenemos que pedir perdón. ¿Acaso nuestros cuerpos han cometido algún delito? No, ninguno. Los culpables son quienes difunden, quienes comparten, quienes no respetan nuestro cuerpo. No somos nosotras las que tenemos que escondernos.

La señora Melo Cruz fundó el Frente Nacional de la Sororidad, organización que llevó a cabo una exitosa campaña en favor de la Ley Olimpia, que penaliza la difusión de contenido sexual sin consentimiento, punible con hasta seis años de cárcel.

84%

En México, las mujeres representan el 84 por ciento de los casos de abuso basado en imágenes denunciados a las autoridades.
– Luchadoras, organización ciberactivista
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La campaña bodyright del UNFPA afirma que las mujeres y las niñas son dueñas de sus cuerpos e imágenes de sus cuerpos y tienen derecho a decidir si se comparten y cómo se comparten. Conoce más sobre el bodyright y conciénciate sobre la violencia digital.

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Un mundo virtual libre de violencia es posible. El UNFPA, la agencia de las Naciones Unidas para la salud sexual y reproductiva, apoya el derecho de todas las mujeres y niñas a vivir sin temor a la violencia de género o el abuso en todos los espacios, incluso en Internet. Todas y todos desempeñamos un papel para lograr que esto deje de ser una esperanza y se convierta en una realidad.

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Firma la petición de la campaña bodyright del UNFPA y de Global Citizen por la que se pide a las empresas de tecnología y contenido que garanticen a los cuerpos de las mujeres y niñas la misma protección y el mismo respeto que a una entidad jurídica con copyright. Comparte el símbolo de bodyright para mostrar tu apoyo a los derechos irrenunciables de las mujeres y las niñas.

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Cualquier persona que comparta las imágenes íntimas de una mujer sin su consentimiento (incluso si quien las comparte no es el autor original) está cometiendo violencia contra las mujeres. Haz que la interrupción de esa cadena comience contigo. Si ves a alguien atacando, intimidando o amenazando a alguien en línea, no te unas a la cadena. Publica mensajes positivos que contrarresten lo negativo. Informa el abuso a la plataforma tecnológica. Una sobreviviente de ciberturba aseguró que se sintió apreciada y respaldada por personas que la defendieron.

PARA LAS EMPRESAS TECNOLÓGICAS:

HACEDLO MEJOR

El UNFPA se unió al llamado que hace la Fundación World Wide Web a Facebook, Google, TikTok y Twitter para que den prioridad a la seguridad de las mujeres en línea, exigiéndoles el cumplimiento de los compromisos asumidos durante el Foro Generación Igualdad 2021 llevado a cabo en París. Pero hay muchas plataformas más. En palabras de Thorn, una organización que trabaja para eliminar el abuso sexual infantil, “no lograremos el objetivo de crear una Internet segura hasta que cada plataforma en la que se pueda subir información haya adoptado medidas de detección proactivas”.

Para los legisladores y las fuerzas del orden:

HACED LO CORRECTO

Según The Economist Intelligence Unit, “en 64 de 86 países, los organismos encargados de hacer cumplir la ley y los tribunales parecen no estar tomando las medidas correctivas adecuadas para hacer frente a la violencia contra las mujeres en línea”. Protejan a las mujeres y niñas en línea con una reforma que haga responsables a los perpetradores. Estar físicamente en una jurisdicción distinta (una sin legislación que enfrente la violencia en línea) de la de la víctima no debería ser un pase libre; los organismos transfronterizos deberían trabajar de manera conjunta para castigar a los agresores. Buscar justicia no debe ser otra experiencia traumática.