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Los Estados Unidos de América

Los Estados Unidos de América
© Enrique Alarcon

A los 19 años, cuando terminé la relación de dos años con mi novio, este no se lo tomó nada bien. Comenzó a decirme cosas para que siguiéramos hablando, por ejemplo, que tenía familiares que estaban enfermos o muriéndose, pero era todo mentira. Cuando intenté cortar la comunicación, empezó a amenazar con suicidarse. Al ver que esta treta no funcionaba, empezó a amenazar con compartir fotos en las que yo aparecía desnuda. Se las había enviado durante nuestra relación; eran confidenciales, y después de separarnos le pedí que las eliminase en mi presencia, pero él ya había hecho una copia en su computadora. También empezó a tuitear sobre mí sin nombrarme, diciendo que se disponía a "destruir la vida de alguien, y que ese alguien desearía no haberle destruido la vida a él”.

Mis padres y yo acudimos a la policía de mi ciudad y hablé por teléfono con una jueza para obtener una orden de alejamiento. La jueza concedió una orden de alejamiento provisional. Dos meses después de la ruptura, fui al tribunal de familia para solicitar que la hicieran permanente. Llevé conmigo copias de sus mensajes amenazantes. Él se presentó con un abogado, que comenzó a hacer preguntas dejando entender que era yo la que en realidad estaba obsesionada con él. Estaba muy nerviosa, y el juez denegó una orden de alejamiento definitiva, lo cual fue un gran golpe para mí. Durante el mes siguiente, mi ex no se puso en contacto conmigo directamente, pero se presentaba allí donde yo me encontraba, como en el gimnasio, que solía ser un espacio seguro. Los empleados que trabajaban allí propusieron acompañarme hasta el coche cada vez que mi ex estaba por ahí o si me iba tarde por la noche.

Un día, casi cuatro meses después de la ruptura, recibí un mensaje de texto de alguien que decía: “Hola, soy fulanito, de Pornhub”. Supe inmediatamente que eso tenía que ver con mi ex. En ese momento me encontraba en el tren, y recuerdo sentir mucho calor por dentro y temblores mientras me inclinaba sobre el teléfono buscando la página. Había sido creada el día anterior, con ocho de las fotos en que yo aparecía desnuda, y con mi nombre completo, número de teléfono, dirección de mi casa y mensajes diciendo: “Búscame en Facebook” u ofreciéndome a personas para realizar sexo oral. Tenía 43 suscriptores.

Cuando me bajé del tren, fui inmediatamente a la comisaría de policía local. Les dije que necesitaba ayuda para eliminar la página. Me preguntaron si quería que llamaran a mi ex. En lugar de ello, averiguamos cómo conseguir retirar contenidos de Pornhub. Encontré un número de teléfono, desde donde me dirigieron a un formulario en Internet. Afortunadamente retiraron el perfil al cabo de 27 minutos. Me sentí realmente aliviada, pero también estaba aterrorizada por si mi ex publicaba las fotos en las redes sociales. Los agentes de policía llamaron a la misma jueza para que hablara conmigo... pero esa vez no me concedió la orden de alejamiento. Dijo que se necesitaban pruebas para saber si era mi ex quien había publicado las imágenes, y que cuando se envía una fotografía a una persona es como pedir que se ponga en un cartel publicitario. Ese fue el primer caso de culpabilización de la víctima que viví.

La primera vez que lloré fue en esa primera visita a la comisaría, cuando un agente me dijo que yo de alguna manera tenía que encontrar más pruebas de que ese hombre era mi ex. Me puse a llorar. Me di cuenta de que me había reprimido durante mucho tiempo. Tras las diversas negativas que recibí de la policía, me sentía como si me hubieran golpeado una y otra vez.

Desesperada por encontrar a alguien que nos ayudase, mi madre dio con una abogada —Carrie Goldberg—, que era una de las pocas personas que hablaba de “pornovenganza” en aquel entonces, en 2015. Nueva Jersey era uno de los pocos estados en ese momento con una ley que penalizaba la pornografía no consentida, aunque no se estaba aplicando. Carrie estaba decidida a que se hiciese justicia con mi caso, y finalmente me puso en contacto con un fiscal que tenía experiencia en violencia doméstica y delitos en Internet. Él consiguió poner en marcha una investigación penal. Mientras tanto, fui directamente al tribunal de familia para conseguir una orden de protección. El secretario judicial se sorprendió de que no me hubieran concedido ya la orden de alejamiento. Ese día me concedieron la orden provisional y, un mes más tarde, en el tribunal de familia, me concedieron una orden de alejamiento definitiva.

Fotografía utilizada solo con fines de representación y que
no representa el personaje de la historia
desplázate hacia abajo
© Janko Ferlic
broken glass
"Pornovenganza"

pornovenganza

Forma de abuso basado en imágenes; se prefiere el término “intercambio no consentido de imágenes íntimas”. Aunque se utiliza habitualmente, el término "pornovenganza" es cuestionable ya que parece indicar consentimiento y una mala conducta por parte de la persona superviviente que habrían desencadenado las represalias.

Sam Henriques para UNFPA
© Sam Henriques para UNFPA

La policía tardó meses en recibir la información de Pornhub y Tumblr, donde mi ex también había publicado las imágenes. Me enteré cuando mi madre vio la página unas semanas después de que encontráramos el perfil de Pornhub. Había sido creada el mismo día, aunque, por suerte, no se había compartido nada. Pero fue la primera vez que ella vio las fotos, lo cual me horrorizó. Mi familia es cubana y religiosa. Me habían enseñado que el sexo debe limitarse estrictamente al matrimonio. De todos modos, mis padres me apoyaron y se preocuparon de protegerme y asegurarse de que las fotografías no circularan.

El día de la sentencia llegó casi dos años después de que se publicaran las fotos. Mi ex fue condenado a cinco años de libertad condicional. Como se había declarado culpable de invasión de la intimidad, desestimaron la acusación de ciberacoso. En el tribunal le preguntaron si tenía algo que decir. Dijo: “Me disculpo ante el tribunal y le pido disculpas a ella”. Ni siquiera pronunció mi nombre.

Hubo momentos en que deseaba que pasara tiempo en prisión, al igual que yo, que estuve en una prisión mental durante meses. Sufro un trastorno de estrés postraumático, y conozco bien todo aquello que me desencadena el estrés. Por ejemplo, tengo el teléfono siempre en silencio, ya que no soporto que vibre: me recuerda a cuando recibía mensajes de él constantemente. Pero estoy agradecida por la manera en que terminó esta historia. Ahora me siento segura, mis fotografías no se hicieron virales, él en cierta medida también tuvo que pagar por lo que hizo y eso forma parte de sus antecedentes.

Recuerdo decir entonces que no pensaba que volvería a enviar fotografías de ese tipo. Actualmente pienso de manera muy diferente. Carrie fue la primera persona que me dijo: “Esto no es culpa tuya”. He hecho mucha terapia, y he escrito y reflexionado mucho. Cuando explico lo que me ha pasado a los demás, me entienden o me apoyan, pero también hay quien me dice: “Espero que hayas aprendido la lección”. No estoy avergonzada. No lamento haberle enviado las fotos.

"No es mi deber cargar con la vergüenza. Él se aprovechó de mi confianza. Él usó mi sexualidad como un arma para atacarme."

Nuestra sociedad no estará segura hasta que protejamos a nuestros grupos más marginados. Internet ofrece a los grupos marginados una gran oportunidad para expresarse y ponerse en contacto con otras personas y recursos, pero también implica la posibilidad de hacer daño. Tenemos que empezar a responsabilizar a las plataformas tecnológicas de los daños que permiten y causan, y por los cuales obtienen beneficios. En mi labor como sobreviviente y activista, veo a diario secuelas que perduran en personas que han sido acosadas o violadas sexualmente, como la idea paranoica de que todos los que te rodean te han visto desnuda, o el miedo a salir de casa. La línea entre el mundo virtual y el mundo real es difusa, y negar, omitir o minimizar las consecuencias del maltrato digital hace un flaco favor a las personas sobrevivientes. Hay esperanza, pero debemos reconocer y luchar contra el maltrato que tiene lugar por medios tecnológicos.

La Sra. Buster trabaja ahora en el bufete de abogados de la Sra. Goldberg como directora de relaciones con los clientes. No oculta su nombre porque “eso me empodera. El delincuente suele tratar de avergonzar a las víctimas de estos delitos hasta conseguir silenciarlas. Explicar lo ocurrido con mi nombre completo demuestra al mundo que no tengo nada de qué avergonzarme y que nadie logrará callarme”.

28%

Al 28 por ciento de las niñas de 13 a 17 años en Estados Unidos se les ha pedido que compartan una foto o un video desnudas. El número es del 14 por ciento entre las niñas de 9 a 12 años.
– Thorn.org, organización contra del abuso sexual infantil en Internet
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Cualquier persona que comparta las imágenes íntimas de una mujer sin su consentimiento (incluso si quien las comparte no es el autor original) está cometiendo violencia contra las mujeres. Haz que la interrupción de esa cadena comience contigo. Si ves a alguien atacando, intimidando o amenazando a alguien en línea, no te unas a la cadena. Publica mensajes positivos que contrarresten lo negativo. Informa el abuso a la plataforma tecnológica. Una sobreviviente de ciberturba aseguró que se sintió apreciada y respaldada por personas que la defendieron.

PARA LAS EMPRESAS TECNOLÓGICAS:

HACEDLO MEJOR

El UNFPA se unió al llamado que hace la Fundación World Wide Web a Facebook, Google, TikTok y Twitter para que den prioridad a la seguridad de las mujeres en línea, exigiéndoles el cumplimiento de los compromisos asumidos durante el Foro Generación Igualdad 2021 llevado a cabo en París. Pero hay muchas plataformas más. En palabras de Thorn, una organización que trabaja para eliminar el abuso sexual infantil, “no lograremos el objetivo de crear una Internet segura hasta que cada plataforma en la que se pueda subir información haya adoptado medidas de detección proactivas”.

Para los legisladores y las fuerzas del orden:

HACED LO CORRECTO

Según The Economist Intelligence Unit, “en 64 de 86 países, los organismos encargados de hacer cumplir la ley y los tribunales parecen no estar tomando las medidas correctivas adecuadas para hacer frente a la violencia contra las mujeres en línea”. Protejan a las mujeres y niñas en línea con una reforma que haga responsables a los perpetradores. Estar físicamente en una jurisdicción distinta (una sin legislación que enfrente la violencia en línea) de la de la víctima no debería ser un pase libre; los organismos transfronterizos deberían trabajar de manera conjunta para castigar a los agresores. Buscar justicia no debe ser otra experiencia traumática.