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Estado de la población mundial 2010

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Capítulo Uno

Bosnia y Herzegovina como catalizador del cambio

La mujer en Mostar, ya entrada en años, ingresó con actitud aprensiva en el local cerrado y sin ventanas adonde había accedido a hablar, a comienzos de 2010, acerca de su vida arruinada por la guerra y nunca restaurada. En la compleja trama del conflicto étnico, su esposo, serbio de Bosnia, fue muerto a balazos en 1992 por negarse a vestir el uniforme del Ejército serbio. Hace recién cinco años que ella pudo finalmente confirmar el asesinato de su esposo, sobre la base de pruebas de ADN. Ella, que es croata, estaba atrapada entre los serbios y los bosnios.

Mujer bosnia frente a un conjunto de edificios industriales incendiados que durante la guerra se habían utilizado como campos de concentración.  ©VII Photo/Antonin Kratochvil

Después de que se llevaron a su marido —tras haberla amenazado de muerte también a ella—, durante días y semanas peregrinó aterrorizada de una oficina a otra, de un soldado a otro, animada de una esperanza cada vez más débil de encontrarlo. No podía comer, aun cuando hubiera alimentos. No podía descansar. Tenía que esconderse —una noche, en la carbonera de un vecino— en caso de que vinieran a buscarla a ella también.

Cuando pudo, regresó a su hogar. Su rostro se contrae en una mueca de angustia: “Después de un cierto tiempo, se interrumpió el abastecimiento de agua corriente y yo tenía que ir a buscar agua a la cisterna”, dijo. “Al regresar, me interceptaron tres soldados, que me ordenaron poner el cubo de agua en el suelo y acompañarlos”. Su historia se convierte en un relato de incesante horror a medida que va recordando las largas horas de violencia sexual que siguieron. “Me torturaron; me hicieron objeto de sevicias inimaginables”, dijo. “Les imploré que me mataran”.

Fueron atrocidades como ésta, cometidas en Bosnia y Herzegovina, y también en Rwanda y el África occidental durante el decenio de 1990, lo que impulsó a la comunidad internacional a tipificar esas brutales experiencias como “crímenes de guerra”, primeramente en tribunales regionales y luego en el Estatuto de Roma de 1998 por el que se creó la Corte Penal Internacional. Fueron crímenes como esos los que, en la primera década de este siglo —cuando la atención del mundo se centró en la zona oriental de la República Democrática del Congo y en Darfur—, condujeron a reiterados debates en el Consejo de Seguridad de la Naciones Unidas. Las brutalidades cometidas en el decenio de 1990 fueron el punto de partida del camino que condujo a la resolución 1325 y a varias otras resoluciones posteriores.

Aquella mujer en Mostar tenía 50 años en el momento en que la maltrataron. Recién en 2006, padeciendo todavía lesiones renales e hipertensión, pudo finalmente hablar de aquel día con otra sobreviviente de una violación sexual porque le pareció que esa otra mujer comprendería. “Hasta entonces, no podía hablar de mi historia”, dijo. “Temía que me echaran la culpa. El estigma era demasiado grande”. Sus dos hijos varones, residentes en el extranjero, nunca se enteraron. La trágica vida de esta mujer, ahora a punto de cumplir 70 años y todavía necesitada de psicoterapia, demuestra por cuánto tiempo persisten las lesiones de la guerra en las mentes y las almas de sus víctimas. Su historia, al igual que muchas otras, muestra cuánto es lo que queda por hacer por la comunidad internacional, los gobiernos y la sociedad civil para que en todo el mundo las futuras generaciones estén libres de esta brutalidad.

Casi dos décadas han pasado desde la consunción de Bosnia y Herzegovina por la guerra más costosa de Europa en más de medio siglo, en lo concerniente a la pérdida de vidas humanas. La capital del país, Sarajevo, estuvo sitiada por cuatro largos años. Han pasado 15 años desde que un acuerdo de paz puso fin a las hostilidades. Pero en ciudades tan diferentes y tan distantes entre sí como Mostar, Tuzla y Sarajevo, las mujeres sobrevivientes de los “campamentos de violación sexual” y de los asaltos sexuales en sus hogares y sus vecindarios, siguen subsistiendo sumidas en la vergüenza y el temor, destruidas psicológicamente y privadas desde hace mucho tiempo de la dignidad y las reparaciones que merecen. Han acudido a reunirse con un extranjero, confiando en que podrán relatar sus historias, pero casi no pueden. El control se desmorona, se encienden los cigarrillos, comienzan los temblores, las voces se quiebran y se desencadenan los sollozos.

Aun cuando hay historias ocasionales de vecinos que ayudaron a otros vecinos, muchas mujeres de Bosnia y Herzegovina dicen que las ha acongojado la falta de apoyo comunitario para ayudarlas a sobrevivir después de sus momentos más terribles. Muchas de ellas, al regresar a sus hogares, fueron abandonadas y maldecidas por sus parientes y por quienes habían sido sus amigos. Aún las exaspera recordar que muchos hombres que también habían sobrevivido la detención, la humillación y la tortura, o que a duras penas habían escapado a la muerte, no pudieron encontrar en sí mismos comprensión y compasión para las mujeres, quienes en cambio fueron acusadas de haber deshonrado a sus familias. Las sobrevivientes  dicen que muchas mujeres comenzaron a sentirse culpables y se sumieron en un bochorno sigiloso, suprimiendo sus historias, a menudo durante muchos años.

Según se estima, la guerra en Bosnia y Herzegovina costó las vidas de al menos 100.000 personas y todavía hay 12.500 cuyo paradero se desconoce. Ambos bandos cometieron atrocidades en esta guerra, y en otras que continuaron tras el desmembramiento de la ex Yugoslavia.

En algunas comunidades bosnias, por ejemplo, las mujeres fueron separadas de los hombres y detenidas por largos lapsos en centros de detención improvisados. Se las sacaba de allí a razón de una por vez, o varias por vez, para someterlas a sevicias sexuales. Las que no habían sido apresadas corrían riesgo de ser atacadas cuando salían de sus viviendas a hacer pequeñas compras, por ejemplo, cigarrillos o alimentos, o iban a recoger agua.

Nadie podrá nunca determinar con certeza cuántas mujeres fueron objeto de malos tratos sexuales en Bosnia —las estimaciones, en su mayoría, llegan a decenas de miles— ni cuántos niños nacieron tras violaciones sexuales. Denunciar malos tratos sexuales ante las autoridades acarreaba muchos peligros. Un factor de disuasión era el riesgo social de hacer público el problema. Las circunstancias políticas de Bosnia y Herzegovina, muy delicadas, no facilitaban la rendición de cuentas por crímenes de guerra. Varias organizaciones no gubernamentales emprendieron campañas para que se indemnice a las víctimas, las cuales ahora son ya mujeres mayores o ancianas, y que sus sufrimientos sean objeto de público reconocimiento. No obstante, aun cuando muchas mujeres estaban solas y eran pobres, recién en 2008 comenzaron algunas a registrarse como víctimas —un paso muy grande— a fin de recibir pagos regulares por concepto de indemnización otorgados por el Gobierno.

Enisa Salčinović (a la derecha), presidenta de la Asociación de Sobrevivientes de la Tortura en Campos de Concentración de Bosnia y Herzegovina. Una cuarta parte de
©VII Photo/Antonin Kratochvil

Salvo en unos pocos casos, no es posible dar los nombres de las mujeres bosnias y croatas que relataron sus historias para este informe. Enisa Salčinović es la Presidenta de la Asociación de Sobrevivientes de la Tortura en Campos de Concentración, entidad que ofrece apoyo psicosocial a las víctimas y atiende su salud. Los años de depresión y los ciclos de colapso o crisis nerviosa y recuperación perjudican la salud general de las mujeres, quienes tal vez no acudan para recibir reconocimientos médicos regulares ni para la detección del cáncer. De más de 2.000 mujeres miembros de su asociación, la cuarta parte fue objeto de violación sexual, dijo Salčinović. La mayoría de ellas fueron objeto de torturas físicas o psicológicas.

En un período de menos de un año después del estallido de la guerra en 1992, Salčinović perdió su esposo en un campo de concentración; fue reiteradamente objeto de violación sexual por tropas serbias en Foca, donde vivía hasta que fue desplazada de su hogar. Después de haber sido deportada por quienes la capturaron, deambuló con sus dos hijos de corta edad por todo el territorio de la ex Yugoslavia hasta encontrar a su hermana en un campamento de personas desplazadas en Skopje. Cuando se le preguntó qué tipo de terror esto debe haber sembrado en sus hijos, Salčinović solamente meneó la cabeza, sin poder hablar. Sentada junto a ella, Esmija Kundo, también de Foca, dice que sus cuatro hijos resultaron traumatizados a raíz de la guerra; una hija abandonó la escuela después del tercer grado y nunca pudo regresar; agrega que es indignante que los presos enjuiciados por el tribunal de La Haya sean bien tratados, mientras que ella tuvo que luchar denodadamente para encontrar un pequeño departamento donde alojar a su familia, y a duras penas puede subsistir gracias a las prestaciones de seguridad social de su difunto esposo. No está en condiciones de trabajar; cada dos meses debe hospitalizarse para ser estabilizada con medicamentos y es examinada cada 15 días por médicos en un centro de atención de personas torturadas.

[4] TRIBUNAL INTERNACIONAL PARA LA EX YUGOSLAVIA

El Tribunal Internacional para la ex Yugoslavia es un tribunal jurídico de las Naciones Unidas que entiende en crímenes de guerra cometidos durante los conflictos en los Balcanes en el decenio de 1990. Desde su establecimiento en 1993, el Tribunal ha cambiado irreversiblemente el panorama del derecho humanitario internacional y ha proporcionado a las víctimas la oportunidad de expresar los horrores que presenciaron y experimentaron.

El objetivo principal del Tribunal es el procesamiento de las personas más responsables de actos horrendos como asesinato, tortura, violación sexual, esclavitud, destrucción de bienes y otros delitos. Sus enjuiciamientos corresponden a crímenes cometidos entre 1991 y 2001 contra miembros de diversos grupos étnicos en Croacia, Bosnia y Herzegovina, Serbia, Kosovo y la ex República Yugoslava de Macedonia.

Si bien el grueso de los casos en que entiende el Tribunal corresponde a presuntos delitos cometidos por serbios, y por serbios de Bosnia, el Tribunal ha investigado y encausado a personas de todos los grupos étnicos. Tanto croatas como bosnios musulmanes y albaneses de Kosovo fueron convictos por crímenes cometidos contra serbios y personas de otros grupos. Los jueces han dictaminado que la violación sexual fue utilizada por las fuerzas armadas serbias de Bosnia como instrumento para aterrorizar.

Fuente: Tribunal Internacional para la ex Yugoslavia, www.icty.org

Bakira Hasečić ha sido la mejor conocida y más elocuente defensora de las mujeres víctimas de la guerra. Ella es una portavoz incansable que lleva la campaña en pro del reconocimiento y las reparaciones a cualquier parte del mundo donde piense que puede lograr un efecto positivo, y es fundadora y presidenta del grupo Mujeres Víctimas de la Guerra, así como una víctima ella misma de violación sexual.

Bakira Hasečić (a la derecha), fundadora y Presidenta de la Asociación de Mujeres Víctimas de la Guerra, Bosnia y Herzegovina.
©VII Photo/Antonin Kratochvil

Sus enérgicas campañas no siempre han sido bien recibidas por todas las demás sobrevivientes ni por otras organizaciones no gubernamentales, que utilizan enfoques diferentes. Hasečić, trabajando desde una pequeña oficina central en un suburbio de Sarajevo, ocupó el vacío en cuanto a los servicios sociales y pudo persuadir a los funcionarios gubernamentales de que permitieran que su organización fuera el único conducto para presentar solicitudes de indemnización por parte del Gobierno cuando éste contó con recursos, iniciativa que suscitó disensiones entre los grupos de mujeres.

Ahora se ha puesto fin a ese monopolio oficioso, dijo Saliha Ðuderija, Ministra Auxiliar de Derechos Humanos y Refugiados de Bosnia y Herzegovina, quien agregó que la cuestión de indemnizar a las mujeres víctimas de malos tratos no ha recibido la debida atención oficial en el pasado. Dijo que las víctimas pueden ahora presentar sus solicitudes por conducto de oficinas de servicios sociales, o a través de la organización Mujeres Víctimas de la Guerra, o también por conducto de otros grupos. Ðuderija también dijo que aún no hay una definición de víctima acordada a nivel del Estado (federal).

Cuando finalizó la guerra en Bosnia y Herzegovina, abundaba la oferta de ayuda de breve duración para las mujeres. Los campamentos de violación sexual se habían convertido en un escándalo internacional. Aparecieron, “como hongos tras la lluvia”, organizaciones no gubernamentales, locales e internacionales, dijo Dubravka Salčić-Dizdarević, una psiquiatra que también es fundadora y directora médica del Centro de Rehabilitación de Víctimas de la Tortura en Sarajevo. Muchos de quienes querían ayudar no estaban calificados para trabajar en el ámbito bosnio; eventualmente discontinuaron sus operaciones, tras reducir mínimamente el número de casos. Agregó que cuando se estableció el Tribunal Internacional para la ex Yugoslavia, muchas más mujeres comenzaron a relatar sus historias y hace dos años se instituyó una pensión gubernamental de hasta 250 euros mensuales, tras lo cual muchas mujeres estuvieron dispuestas a hablar sin ambages. “Pero no todas ellas”, agregó. “De modo que tenemos un problema muy grande al respecto. Por esta razón, es muy importante que las numerosas organizaciones no gubernamentales que siguen trabajando en este programa reciban el apoyo de nuestro Gobierno”. En lo concerniente a la comunidad internacional, dijo, “ésta abandonó demasiado pronto la cuestión de Bosnia y Herzegovina”. Es mucho lo que quedó en manos de responsables políticos que no querían o no podían asumir tareas sobre temas controvertidos. La pensión mensual para víctimas de violación sexual es ahora de unos 280 euros, suma que sigue siendo inferior a la que reciben, en su mayoría, los veteranos de guerra.

Jasna Zečević dirige un centro modelo de atención de víctimas traumatizadas en Tuzla, Vive Žene, que significa “Que vivan las mujeres”. Se ha establecido un sistema fluido y pluridimensional, dijo Zečević. “Cada año cambiamos los conceptos, a medida que va cambiando la situación”. El centro comenzó como establecimiento residencial antes del fin de la guerra. Ahora es una clínica psicosocial que atiende pacientes ambulatorias, con unos pocos dormitorios que se utilizan en casos de emergencia. Las pacientes acuden al centro desde una amplia zona circundante de Tuzla, inclusive de campamentos para personas desplazadas, de los cuales hay ocho que siguen en funcionamiento, dijo Zečević. “Hay entre nosotras psicólogas, trabajadoras sociales, maestras, médicas, enfermeras, administradoras, abogadas”.

"Acá siempre se puede encontrar en los antecedentes de víctimas de violencia en el hogar la cuestión de la guerra."

Vive Žene se distingue por la integralidad de su enfoque y sus proyectos independientes e impulsados por la experiencia. Dijo: “Estamos trabajando en varios niveles. El primero es psicoterapia. Lo llamamos “curación interior”. Las mujeres necesitan tratamientos individuales. En segundo lugar, nos ocupamos de reconectar a las personas con las comunidades en que se radiquen. Continuamos con un programa de seguimiento después del tratamiento. Y el tercer nivel de nuestro trabajo, iniciado hace tres años, es la promoción y la gestión ante las autoridades en defensa de los derechos de la mujer. Por consiguiente, participamos en todos los eventos relacionados con las víctimas de tortura, y de violencia doméstica también, porque no dividimos a las víctimas de violencia durante la guerra y después de la guerra. Las combinamos, porque pensamos que ambas situaciones están vinculadas entre sí. Acá siempre se puede encontrar en los antecedentes de víctimas de violencia en el hogar la cuestión de la guerra”.

Una sobreviviente de la guerra en Bosnia y Herzegovina habla de sus propios padecimientos y los de su familia.
©VII Photo/Antonin Kratochvil

El centro ayuda a las mujeres a prepararse para presentar su testimonio ante los tribunales donde tramitan casos de crímenes de guerra, si quieren y pueden hacerlo. Pero en Bosnia y Herzegovina predomina la idea de que ningún tribunal distante hará la mínima diferencia en las vidas de la mayoría de las víctimas. Muchas mujeres se sienten defraudadas porque la gran atención internacional que recibieron cuando la guerra terminó nunca se tradujo en cambios sustanciales. Además, en un informe de 2009 titulado Whose Justice? The Women of Bosnia and Herzegovina Are Still Waiting (¿La justicia de quién? Las mujeres de Bosnia y Herzegovina siguen esperando), Amnesty International dijo que no se compensa adecuadamente a las víctimas ni siquiera por presentarse a rendir testimonio ante los tribunales internacionales, incluido el Tribunal de los Balcanes.

Zečević había invitado a varias de sus clientas a conversar con el autor de este informe acerca de sus vidas. En conversaciones individuales, una o dos mujeres, bien vestidas y visiblemente distendidas, pudieron hablar con alguna serenidad acerca de sus infiernos privados. Una mujer delgada y frágil había dicho a Zečević que “si fuera necesario, llegaría arrastrándose hasta el lugar de la reunión”, para relatar su historia. Pero, temblorosa, no habló mucho. En el momento en que comenzó a decir “y entonces él me dijo que yo me desnudara”, se desplomó, temblando y sacudida por los sollozos, y tuvo que ser acompañada fuera del local, ayudada por Zečević.

Otra mujer optó por focalizarse en el presente y el futuro, pero se quejó de que desde hacia varios meses no recibía los pagos por concepto de indemnización ordenados en 2008. Se había trasladado a Belgrado para presentar su testimonio en un juicio por crímenes de guerra regionales y dijo que cuando regresó, tuvo que soportar el vilipendio de sus vecinos serbios. Pensó en formar una nueva organización de víctimas, pero eso es algo muy complicado. Dijo: “Las mujeres no se interesan en organizarse o luchar. Están aisladas y son pobres. Quieren saber si van a recibir dinero. Temen que se hostigue a sus familias”. Este duro análisis provino de una mujer que había perdido su vivienda, su salud, su esposo, y que, seguidamente, cuando fracasó su solicitud de reasentamiento en los Estados Unidos porque no figuraba en la base de datos de la Cruz Roja, dijo: “Naufragué”. Pero, sacando fuerzas de flaqueza, se reanimó y comenzó a buscar otras maneras de dar significado a su vida. Tres años de apoyo brindado por Vive Žene comenzaron finalmente a ayudarla a imprimir un nuevo rumbo a su vida.

[5] EL REGALO INVALUABLE DE UNA MADRE

No es posible dar su nombre. La historia que nunca relató a su hijo de 17 años es de una violenta violación sexual y un embarazo no deseado que le trajo al mundo para vivir sin padre. Es una historia que proviene del legado vergonzante de la guerra de 1992 a 1995 en Bosnia y Herzegovina y nunca ha sido investigada cabalmente.

Es posible preguntar: ¿Cuántos hijos nacidos de ataques sexuales hay en este país? La respuesta es que nadie lo sabe a ciencia cierta, porque el tema es demasiado inquietante para ser documentado; en primer lugar, es inquietante para los propios hijos, y para las madres que todavía hoy temen las consecuencias sociales de hablar acerca de lo que les sucedió. La violación sexual cometida como acto de guerra se ha tipificado internacionalmente como crimen. Que la víctima tenga que sentirse culpable es una desgracia social, dicen los consejeros que han atendido a mujeres como a ella y a tantas otras, también sin nombre.

Su historia tiene un final satisfactorio —casi feliz— porque esta enérgica mujer, con sus manos toscas tras muchos años de duro trabajo, se ha abierto paso en la vida y ha criado a su hijo haciendo gala de una enorme fuerza de voluntad y un inmenso amor por el hijo que estuvo a punto de abandonar cuando nació. Después de algunos intentos de persuasión por parte de la mujer que le dio un empleo y posibilitó que tuviera una vida tolerable, ella accedió a narrar su historia y a hablar de sí misma: de cómo desafió las convenciones sociales, al igual que la cólera de su familia, para poder salvar y criar una joven vida.

Cuando tenía 29 años de edad, tuvo que escapar de su vivienda en una aldea de Bosnia oriental a causa de los soldados serbios que arrasaban la aldea. Fue rodeada junto con más de 450 otros bosnios; las mujeres fueron separadas de los hombres (algunos de los cuales desaparecieron) y recluidas en lo que se transformó en un “antro de violación sexual”. Nueve días después, las mujeres fueron liberadas por las fuerzas bosnias, pero no antes de que ella hubiera sido sometida a las sevicias de un soldado que ella tiene la certeza de que no era un serbio bosnio, sino un combatiente procedente de la que es hoy República de Serbia, quien profirió insultos raciales y la vapuleó antes de violarla sexualmente, y cuando estaba inconsciente, se marchó. Meses después, fue capturada nuevamente y violada sexualmente por seis hombres que la abandonaron, ensangrentada, a la vera de un río. Varios aldeanos bosnios la encontraron, le dieron ropa y la albergaron. En la primavera siguiente, dio a luz a un niño varón.

“Dije a la asistente social que no quería a ese niño”, dijo, por conducto de un intérprete. “Pero me alegré de que fuera varón. Si hubiera sido una niña habría tenido que padecer el mismo maltrato”. Perdió el contacto con el niño durante siete meses, pero después, invadida por el deseo de verlo, fue a buscarlo en los orfanatos, sin saber el nombre que se le había dado. Cuando, finalmente, lo encontró, el niño estaba en un hospital, enfermo y desnutrido.

“Ese año no había mucha comida”, dijo. “El niño introducía completamente su pequeña mano hasta la muñeca, en su boca, para succionarla. Cuando lo vi succionando su puñito, decidí hacerme cargo de él, pasara lo que pasare”. El niño fue trasladado a un orfanato y registrado bajo el nombre de ella, de modo que nadie pudiera adoptarlo y, en lo sucesivo, pasó a ser el centro y el propósito de su vida. Ella no podía llevar al niño a la casa donde vivía con su padre y su hermano, quienes se negaban a tener contacto con el niño. Un día, su padre encontró un par de zapatitos bajo su cama, que ella iba a llevar al orfanato con alimentos y ropa en una de sus visitas periódicas al niño, y la azotó. El niño sabía que ella era su madre y se aferraba a ella desesperadamente cada vez que trataba de marcharse. “Desde entonces, he estado luchando por ese niño”, dijo.

En 1994 consiguió trabajo como empleada de limpieza de una oficina y para 1998 había comprado un pequeño lote y comenzado a construir una vivienda —por sí misma, con sus propias manos— con algunos materiales donados. En 1999, la casa estaba terminada. Dijo: “Me mudé a la nueva casa en julio y traje al niño a vivir conmigo. Allí ha estado desde entonces”.

Cuando está sola, el recuerdo de su pasado sigue agobiándola. “Hay momentos en que recuerdo todo. Es como una enorme pantalla que muestra lo que pasó y yo vuelvo a experimentar lo mismo. En un mes, a lo mejor duermo de un tirón solamente cinco noches”. Su hijo nunca le preguntó acerca del pasado, aun cuando fueron juntos a ver la película Grbavica (El Secreto de Esma), un relato de ficción muy semejante al de ella. Ella no sabe lo que tal vez su hijo ya esté sospechando. En la aldea donde viven ahora hay niños varones sin padre de la época de Srebrenica, cuando miles de hombres de la comunidad fueron víctimas de una masacre, en 1995. Los administradores de escuelas siempre han tenido una actitud de simpatía para esos niños.

Dice que su hijo es un buen muchacho, “obediente y sin pretensiones”. Y aunque no tuvo un fuerte desempeñó académico y ahora está en una escuela de artes y oficios, ella dice, “lo más importante es que disfruta de buena salud y tiene mucha voluntad de trabajar. A mí, el trabajo me ha salvado; me ha dado la posibilidad de construir una vivienda y de sobrevivir”.

“A veces me preguntó de dónde saqué la energía”, dice, recapitulando su vida. “Nací en una aldea, en una familia de agricultores con seis hijos. Me criaron con conciencia del fruto de la labor y el empeño”. Agregó que la religión era importante para ella. “Cuando uno no tiene fe, uno no tiene fortaleza. No hay que permitir que cualquier viento lo voltee; hay que tener un propósito”.

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