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State of World Population 2009

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Fatima

Activista y organizadora nigeriana: reemplazar la leña por un teléfono celular

Fatima nunca quería estar donde estaba. Cuando veía que sus hermanos y hermanas mayores salían para la escuela, lloraba porque no podía ir con ellos. Pero cuando empezaron a llevarla a la escuela, lloraba porque no quería quedarse sola allí. Fatima siempre tuvo la sensación de que las cosas nunca eran exactamente como debían ser, y que había que buscar más allá.

Fatima nació en 1986 en Jos, una ciudad de medio millón de habitantes en el centro de Nigeria. Su padre, Abubakar, era un empleado jerárquico de una corporación minera; dueño de una casa y un coche, era capaz de mantener a los diez hijos que tuvo con Aisha, una señora devota y dedicada que se pasaba sus escasas horas libres tejiendo e hilando para completar el presupuesto familiar.

Cuando era niña, Fatima estaba rodeada de hermanos y hermanas, y su vida era casi sencilla. Caminaba una hora para ir y volver de la escuela pero, ya de vuelta en casa, siempre había algo rico que comer. Después dormía la siesta antes de ayudar con las tareas domésticas y, día por medio, lavarse el uniforme. Fatima y sus hermanos tenían que aprender a hacerse cargo de sus responsabilidades antes de salir a jugar.

Fatima pertenece a una tribu pequeña, la egbira. Una vez por año, la familia viajaba a "su" pueblo; aunque ninguno de ellos nació en Toto, de allí provenían sus abuelos. Era un lugar pacífico donde tomaban contacto con sus tradiciones. Allí Fatima aprendió, por ejemplo, que había que respetar a los mayores: que no alcanzaba con hacer una reverencia, también había que arrodillarse ante ellos. Fatima lo hacía, pero se preguntaba por qué. Todo el tiempo Fatima se preguntaba el porqué de las cosas. Se preguntaba, por ejemplo, por qué nunca veía a una mujer manejando un coche o, más tarde, por qué los que hablaban en la tele o la radio para defender los derechos de las mujeres siempre eran hombres. Fatima había oído en su casa muchas veces aquel refrán africano que dice que "el que usa el zapato es el que sabe dónde aprieta más", pero por alguna razón eso no parecía aplicarse a las mujeres.

Ya adolescente, a Fatima le interesó especialmente uno de esos programas de televisión —que pasaban en un canal local—, llamado Youth Prospectives y presentado por un señor Kingsley Bangwell. El hombre hablaba de temas de salud, VIH, medioambiente, participación juvenil, iniciativa empresarial. Fatima soñaba que algún día lo iría a ver y por eso tomó como una señal el día en que Kingsley fue a su escuela y preguntó quién quería colaborar con la comunidad. Al otro día, Fatima —16 años cumplidos— se incorporó como voluntaria a la Fundación Young Stars.

Fue increíble. Había tantos textos que leer, tantas cosas interesantes que aprender. Empecé a involucrarme en la participación juvenil, en temas de gobierno, empoderamiento económico, desarrollo sostenible.

En la Fundación Young Stars Fatima vio por primera vez una computadora, y le enseñaron cómo se usaba. También le enseñaron a fabricar cremas, jabones y velas y a teñir ropas, para formar a jóvenes desocupadas. Al principio no se tenía mucha confianza, pero poco a poco la fue consiguiendo. Le encantaba la sensación de que estaba haciendo algo que importaba: dejaba de ser una observadora, pasaba a la acción. Pero, en esos días, algo inesperado cambió su vida: su madre tuvo un derrame cerebral y quedó paralizada. Pocos meses más tarde, un segundo derrame la mató.

Siempre me gustó ser chica. Eres tan inocente, y todo resulta muy fácil. Pero cuando mi madre murió, una enorme sensación de responsabilidad cayó sobre mis hombros, porque automáticamente tuve que hacerme cargo de mis hermanas y hermanos. Fue cuando supe que ya no era una nena.

Fatima sintió que su mundo se había derrumbado y se preguntaba para qué seguir. Se consolaba pensando que su madre había vivido una buena vida, y que si su Creador se la había llevado, seguro que tenía sus razones. Cuando se sintió lista, escribió un artículo sobre su madre que tituló "Nunca te rindas": era la lección que había aprendido de la vida de su madre y fue también la primera vez que escribió algo pensando en publicarlo; a quienes lo leyeron les gustó y la alentaron a que siguiera adelante. Fatima pensó que quería escribir una novela que contara historias de la vida real de chicas como ella. Así fue como empezó The Face of Africa, que piensa terminar pronto, y más tarde The Amazon of Elkira. Y también decidió que, pese a que siempre lo había querido, no sería médica: nunca podría volver a ver a un enfermo sin pensar en su madre.

Fatima ya había terminado la escuela pero no entró en la universidad porque su familia no tenía el dinero necesario. Seguía con su trabajo comunitario, y por esa vía se contactó con gente del British Council. Unos meses más tarde fue seleccionada para participar del Global Exchange, un programa de intercambio entre jóvenes nigerianos e ingleses. Gracias a ese programa pasó tres meses en Birmingham, Inglaterra.

Fue la primera vez que estuve tan lejos de casa, extrañaba. Allí todo era muy diferente. Para empezar, me sorprendía mucho el orden y la puntualidad de todo, desde las reuniones hasta los buses.

Pero la comida le parecía insípida y, sobre todo, le impactaba ver a los jóvenes bebiendo y fumando en la calle, vestidos "sin recato" y tratando a los mayores como si fueran sus iguales. Fatima empezó a apreciar más su propio país. Puede que sea pobre, pensaba, pero tiene valores morales que no deberían ser abandonados. Estaba muy ocupada: trabajaba con mujeres en un refugio para personas sin hogar y en campañas de prevención del VIH-SIDA, y descubrió que incluso un país rico como Inglaterra no era un lecho de rosas para todo el mundo.

Ya de vuelta en Jos, Fatima empezó a trabajar con Spring of Life, una ONG que se ocupa del VIH-SIDA, tratando de ayudar a los enfermos y explicándoles que no tenían que abandonar la pelea y que, si se cuidaban, podían vivir muchos años con su enfermedad. Y finalmente entró como voluntaria en YARAC —Youth Adolescent Reflection and Action Center—, una ONG en la que, desde el principio, la dejaron llevar adelante su propio proyecto, Young Women of Vision. Allí organizaba —y todavía lo hace— seminarios que tratan sobre diversos temas: el primero fue sobre salud reproductiva y prevención de las enfermedades de trasmisión sexual.

Muy pocas chicas musulmanas de aquí harían lo que yo hago. Las mujeres de este lugar son mucho más pasivas. Forma parte de nuestra cultura; se supone que debemos ser amas de casa y nada más. Pero por eso mismo queda tanto por hacer.

Fatima tenía 19 años y no pensaba en estudiar, porque ya estaba haciendo cosas que le interesaban y, entonces, para qué perder el tiempo. Hasta que se dio cuenta de que lo necesitaba: "No se trata solamente de querer cambiar vidas; se trata de saber cómo cambiarlas", descubrió. "Y para eso necesitaba educación universitaria."

"... ni siquiera sabía que estaba haciéndome un daño a mí misma y al resto del mundo, tanto por cortar árboles como por las emisiones de CO2."

Aunque no tenía la plata, igual se presentó; cuando la admitieron, YARAC le adelantó el dinero necesario. Sus actividades como trabajadora comunitaria la decidieron a estudiar psicología. Ahora está en tercer año, sigue con sus actividades en YARAC, y en Action Aid participa de campañas para reclamar contra el hambre y en favor del derecho a la alimentación. Está trabajando en seis o siete proyectos más y no tiene tiempo —ni nunca lo tuvo— para un novio. Pero el año pasado, cuando oyó hablar por primera vez del cambio climático en un encuentro de veteranos del Global Exchange, sintió que tenía que hacer algo.

Fue una revelación. Uso leña para cocinar, y ni siquiera sabía que estaba haciéndome un daño a mí misma y al resto del mundo, tanto por cortar árboles como por las emisiones de CO2. Solía tirar las latas y las botellas en cualquier parte, y esas cosas nos sobrevivirán y harán daño a las generaciones futuras.

Fatima sigue cocinando con leña porque no tiene otra opción, pero está por conseguir una cocina especial promovida por una organización ambientalista que consume mucho menos y reduce las emisiones. También empezó a interesarse por el problema del agua en su ciudad, que la afecta directamente. Hace más de diez años que su casa y su barrio dejaron de tener agua corriente; más tarde, el pozo que ella usaba se agotó y tuvieron que hacer otro, que no da agua potable. No es la única: por falta de infraestructura, la mayoría de los africanos siempre tuvo grandes problemas para conseguir agua; este problema se ha agravado en los últimos años, cuando la tala indiscriminada de árboles y las sequías asociadas con el cambio climático empeoraron la situación.

Fatima empezó a pensar en el tema, y se enteró de que un programa de WaterAid ofrecía mil dólares estadounidenses a los jóvenes que quisieran llevar adelante un proyecto sobre agua y saneamiento usando nuevas tecnologías. Pero, con 22 años, Fatima ya era demasiado vieja para el preograma, así que se juntó con su hermana de 17, Amina, y presentaron la idea; armarían un equipo de jóvenes de distintas comunidades que filmarían con sus celulares —en Nigeria, donde los teléfonos fijos nunca funcionaron, casi todos los habitantes urbanos tienen un móvil— los distintos problemas causados por la falta y el mal uso del agua y de los sistemas sanitarios. Editarían un documental de 15 minutos para pasarlo y discutirlo en los colegios y armar grupos que trabajen el asunto y pidan soluciones al gobierno local. La propuesta fue aceptada, y pronto van a empezar a realizarla.

¿Por qué el agua?

Porque hace diez años que no tengo agua corriente, porque todo el mundo se queja de eso, porque la falta de agua es un desastre múltiple: las familias no pueden cocinar comida sana ni llevar una vida sana ni mantener sus huertas y sus animales. Y las mujeres tienen que caminar y caminar para buscarla. Si una chica no tiene agua no puede lavar su uniforme y no puede ir a la escuela, porque la gente se te ríe si llevas el uniforme sucio. Todo el tiempo necesitamos agua. Es tan importante y, a veces, se la descuida tanto.

¿Y por qué sientes esta necesidad de hacer estas cosas?

Al principio, por curiosidad: quería saber. Ahora es más bien la satisfacción de hacer un beneficio. Y entusiasma conocer tanta gente y, por supuesto, ayuda a mi currículum, dice Fatima, riéndose.

Pero lo más importante, dice, es que nunca sabes la vida de quién cambiará gracias a las pequeñas cosas que haces. Que eso es lo que la empuja a continuar, dice, y habla sobre más y más proyectos; no puede dejar de idear proyectos y de imaginar el futuro.

Entonces, ¿cómo te ves dentro de veinte años?

Como una psicóloga, una esposa, una muy buena madre, con suerte una escritora, sin dudas una promotora del desarrollo. Hasta podría ser una emprendedora que produce cosméticos... Debería ser capaz de hacer mucho más de lo que hago ahora. Sé que hago todo lo que puedo para transformar vidas, y en veinte años me imagino haciendo lo mismo pero a mayor escala. Odio ver a la gente sufrir por privaciones: falta de comida, de atención médica, de educación, de agua. Deberían tener todo eso.

Y cuenta la historia de una mujer de un pueblo cercano que no pudo llevar a su hijo al médico porque la sequía le había arruinado la cosecha y, entonces, no tenía los veinte centavos de dólar estadounidense para la moto taxi. Cuando los consiguió y pudo llevarlo, el chico agonizaba; la madre tuvo que volverse a su casa con su cuerpo en los brazos.

Eso sucede en 2009, en nuestras ciudades. ¿Por qué tiene que morir un chico por carecer de acceso a la atención médica y a la alimentación y a agua limpia? ¿Qué vamos a hacer? ¿Qué estamos haciendo?

POBREZA

EL CAMBIO CLIMÁTICO Y LOS OBJETIVOS DE DESARROLLO DEL MILENIO

El impacto del cambio climático sobre la vida de las personas pobres será más grave. Si bien los efectos del cambio climático serán diferentes de acuerdo con el lugar geográfico, en las zonas afectadas la gente pobre será más vulnerable, ya que es la que tiene menor acceso a capital económico y social clave, como educación, ahorros privados y movilidad, todos ellos necesarios para la adaptación al impacto y el cambio previstos.

Los efectos sobre las vidas de los pobres y el nivel de resiliencia frente a los cambios previstos varían naturalmente mucho: habrá tantas vidas alteradas como personas que viven en la pobreza en lugares donde se produzcan efectos del cambio climático. En las ciudades, los pobres serán más vulnerables a los problemas de salud provocados por el aumento de las olas de calor y el descenso en la calidad del aire urbano, así como a las enfermedades contagiosas como malaria, dengue y cólera, y a las infecciones transmitidas por roedores luego de inundaciones o sequías.(1) En las áreas rurales, la agricultura y la pesca en pequeña escala son amenazadas por los cambios previstos en las precipitaciones, las estaciones seca y húmeda, y la temperatura. Los trabajadores pobres urbanos, comúnmente empleados en el sector informal, serán vulnerables a las mayores temperaturas y las olas de calor, dado que a menudo pasan muchas horas en instalaciones que carecen de ventilación y condiciones sanitarias adecuadas. Las personas pobres desplazadas por los efectos del cambio climático, que a menudo se mudan a áreas urbanas, podrían tener dificultades para encontrar trabajo.

En comparación con los países desarrollados, la mayoría de los países en desarrollo tienen menor capacidad para asignar los recursos humanos y de capital necesarios para responder de manera proactiva al cambio climático. Los países más vulnerables son los que están localizados en áreas tropicales y subtropicales, lo que significa que algunos de los más graves efectos previstos se concentrarán en los países menos preparados.(2) Sin embargo, también son vulnerables sociedades y comunidades con alta capacidad.(3)

Entre los pobres, se espera que las mujeres enfrenten consecuencias más graves que los hombres, a causa de su estatus socioeconómico comparativamente inferior y su gran dependencia de los recursos naturales para obtener sus medios de subsistencia. Esto se aplica en particular a los hogares encabezados por una mujer soltera con pocos bienes.(4) Dos tercios de los pobres del mundo y alrededor de 70-80 por ciento de los trabajadores agrícolas son mujeres. Además, como las mujeres pasan menos tiempo en espacios públicos, no tienen la misma preparación que los hombres para lidiar con desastres repentinos, y como consecuencia de eso, en muchos casos el número de mujeres que mueren o resultan heridas es desproporcionado.(5) Por lo tanto, las estrategias de adaptación y mitigación deben incluir atención especial a las mujeres y niñas y a su empoderamiento, que depende en parte de su acceso a la salud reproductiva.

Dado que la población mundial incluye una enorme generación de personas de menos de 25 años, es necesario que los jóvenes no sólo se preparen para enfrentar los efectos futuros, sino que se involucren hoy con el objeto de prepararse y preparar a sus comunidades. A menudo los jóvenes pobres tienen acceso insuficiente a educación, alimento, salud —incluida la salud reproductiva— y redes sociales estables, tales como su familia inmediata, lo que los vuelve más vulnerables. La joven generación de hoy también está más urbanizada que nunca, y en muchas ciudades los jóvenes son una gran proporción de los habitantes de barrios precarios.(6) Con los esfuerzos adecuados, los jóvenes urbanos tienen el potencial para ser actores fuertes en la adaptación y la mitigación, ya que las ciudades proveen oportunidades, tanto en términos de medios de subsistencia como en formas de vida ambientalmente sanas. Sin embargo, esto requiere que se preste especial atención a las necesidades de los jóvenes urbanos.

En la medida en que la comunidad mundial no logre avanzar al ritmo necesario para cumplir los planes de desarrollo acordados, como los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), los efectos del cambio climático para los países en desarrollo y la gente pobre podrían ser más graves de lo necesario, ya que la pobreza exacerba la vulnerabilidad de las personas y los países al cambio climático.(7) Además, si no logramos adaptarnos a los efectos del cambio climático y mitigarlos, el riesgo es que la pobreza aumente en países que ya son pobres, lo que a largo plazo contribuirá, entre otros efectos, a una reducción de los servicios sociales —en especial de los servicios de salud básicos, incluida la salud reproductiva— y a un retroceso en los avances hacia el acceso universal a la salud sexual y reproductiva, el segundo objetivo que debe ser alcanzado, según el ODM 5, sobre salud materna. Sin dudas, en la actualidad existe el riesgo de que parte del progreso hecho en los esfuerzos por alcanzar los ODM se pierda a causa del cambio climático.(8)

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