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Mandisa

ESTADOUNIDENSE: ORGANIZARSE PARA LA LIBERTAD, RESPONDER A UN DESASTRE

Ese lunes cambiaría la vida de Mandisa y las de muchos otros. De hecho, la vida de toda Nueva Orleans, en el sur de los Estados Unidos, cambió ese lunes 29 de agosto de 2005, cuando el huracán Katrina se desató sobre la ciudad.

Mandisa había nacido en 1985 en Brooklyn, Nueva York, donde sus padres se habían mudado doce años antes. Ambos eran sureños: su madre de Carolina del Sur, su padre de Nueva Orleans. Habían viajado hacia el norte en busca de un lugar mejor para vivir: un lugar en donde ser afroamericano no hiciera todo más difícil.

Históricamente, en el Sur escasean los recursos y la inversión. En esa época, aunque legalmente había terminado, aquí el racismo seguía vivo. Y Nueva York parecía la ciudad donde los sueños podían volverse realidad.

El padre de Mandisa era médico, hijo de un trabajador portuario y una peluquera que había recibido una beca para estudiar en California; en esa época trabajaba en un hospital de Nueva York. Su madre era una organizadora comunitaria que peleaba por los derechos de las mujeres. Cuando Mandisa tenía seis años decidieron volver a Nueva Orleans, donde estaban su familia y sus raíces, para criar a sus hijos —Mandisa tiene dos hermanos mayores— en su propia cultura. En Nueva Orleans, "cultura" es una palabra muy honda: la ciudad fue española y francesa antes de convertirse en la cuna de una de las formas culturales más importantes de Estados Unidos, el jazz.

Allí Mandisa empezó la escuela y tuvo que lidiar con algunos problemas nuevos: era corpulenta, tartamuda y afroamericana, y había chicos que se burlaban de ella.

Recuerdo que algunos chicos me decían "estás sucia, estás sucia", entonces volvía a casa llorando y mi mamá preguntaba qué había pasado y yo le decía: "Me quiero bañar, estoy sucia", y ella decía: "No estás sucia" y entonces me mostraba fotos de mi familia: "Mira, tu padre es oscuro, tu abuela, tus tíos, todos somos oscuros, no hay nada sucio en ti, así somos y así está bien".

Muy pronto, Mandisa aprendió que las personas que se consideran "normales" tienden a despreciar a "los otros", y sintió que tenía que acentuar su propia posición. En la pubertad, su grupo de amigos de la escuela estaba formado por siete u ocho compañeros cuyas identidades se basaban en ser diferentes. Cuando se reunían, hacían cualquier cosa que no estuviera de moda: jugaban ajedrez, leían libros complicados, estudiaban francés, armaban concursos de preguntas y respuestas, se negaban a ir al centro comercial. Querían demostrarles a los demás que no eran como ellos.

Mandisa también iba a una escuela de artes donde se anotó en el programa de escritura; tenía muchas actividades, pero eso no le impedía pasar un par de horas por día frente al televisor o "chatear" con sus amigos por Internet. Cuando Mandisa tenía 16 años, se enteró de un lugar que refugiaba víctimas de la violencia doméstica, y ese verano comenzó a trabajar como voluntaria en la Crescent House, una institución que da apoyo, asilo temporario, educación y asesoramiento legal a cientos de mujeres abusadas y a sus hijos. No podía soportar la idea de que un hombre le pegara a su compañera y decidió que iba a ser abogada especialista en asuntos de familia: el refugio era un buen punto de partida.

Dos años más tarde, cuando le llegó el momento de atravesar ese ritual de pasaje tan típico de los Estados Unidos, la graduación y la visita a universidades, Mandisa eligió quedarse en Nueva Orleans para seguir con su trabajo contra la violencia doméstica. La Loyola University era una institución católica tradicional, y allí obtuvo una beca.

La lucha contra la violencia formó mi identidad feminista, por eso hice mi especialización secundaria en Estudios de las Mujeres. Pero también estaba desarrollando una identidad anti-racista muy fuerte, una identidad pro-negro. El perfil racial y la discriminación se daban simultáneamente.

En la universidad, Mandisa conoció a un montón de gente nueva: gente de otros estados y países. Pero no pudo evitar volver a sentir que la consideraban "distinta": como en ese Día de los Padres en que le dijeron que no usara esa camiseta que tenía impresa la cara de Angela Davis, la reconocida activista afroamericana. Manisa empezó a involucrarse en la política del campus, pero tuvo que enfrentarse al hecho de que los grupos que se oponían a la discriminación estaban fragmentados y, por lo tanto, eran menos eficaces. Los que se ocupaban de cuestiones de género o sexualidad no estaban interesados en cuestiones raciales, y viceversa. Mandisa trató de armar puentes entre los grupos, y se acostumbró a escuchar una y otra vez las mismas palabras: "Pero ése no es el verdadero problema".

Aunque Mandisa se mudó a un departamento que compartía con algunos compañeros, empezó a cansarse del ambiente universitario: sentía que para demasiados la vida estudiantil consistía en hacer fiestas todo el tiempo, emborracharse y perder clases; no en tomar alguna responsabilidad o tratar de hacer algún aporte en el mundo. Mandisa empezó a retirarse del activismo del campus y volvió a su trabajo comunitario; en esos días, tomó una clase sobre la Teología de la Liberación que, dice, le cambió la vida: comprendió que ella veía su trabajo político en términos de "ayudar a la gente" en lugar de verlo en términos de justicia y liberación. Se dio cuenta de que, al tratar de "ayudar" a los demás, no los estaba considerando como iguales, del mismo modo en que la gente la consideraba "distinta".

Unas pocas semanas más tarde, en la primavera de 2005, Mandisa fue a una conferencia ofrecida por un grupo llamado Insight sobre"Mujeres de color contra la violencia". Allí sintió que había encontrado un espacio que podía abordar sus inquietudes no de a una, sino en conjunto. Este grupo estaba dispuesto a relacionar cuestiones de género, raza, clase, violencia y sexo para entender el cuadro completo.

Y entonces llegó ese lunes. Los huracanes siempre existieron, pero muchos científicos piensan que su intensidad y frecuencia están aumentando a causa del cambio climático: lo que solía suceder de manera excepcional se vuelve cada vez más frecuente. El huracán Katrina era una tormenta moderada de categoría 1 cuando atravesó el sur de Florida, pero ganó fuerza al atravesar el Golfo de México debido a lo que los científicos llaman un "mecanismo reducido de frenado": si un ciclón encuentra en su camino agua más fría, se debilita su intensidad. Por el contrario, las aguas cálidas del Golfo de México intensificaron el Katrina. Para cuando llegó al sudeste de Louisiana, el lunes por la mañana, era una tormenta de categoría 3 que barrió el sistema de protección de Nueva Orleans en cincuenta puntos, inundando más de tres cuartas partes de la ciudad.

Aquel verano, Mandisa había empezado a trabajar en un bar en el Barrio Francés. El sábado había trabajado hasta las nueve de la mañana; estaba muy cansada cuando su madre la llamó para avisarle que venía un huracán y que tenía que abandonar la ciudad; toda la familia se iba a la casa de una tía en Atlanta. Mandisa dijo que no iba; ya tenía planes para ese día. Pero sus padres no se rindieron: finalmente, el domingo a la mañana su hermano mayor fue a su departamento para empacar sus cosas y llevarla con ellos a Atlanta.

El lunes, las imágenes televisivas no resultaban dramáticas, y Mandisa pensó que el efecto del huracán no había sido tan grave después de todo. Pero al atardecer empezó a recibir mensajes de texto de sus amigos que le decían que los diques se estaban rompiendo y que la ciudad estaba llena de agua. También la televisión empezó a mostrarlo, y Mandisa entendió que estaba pasando algo terrible. Al día siguiente, una compañera de piso le dijo que su departamento estaba bajo dos metros de agua y que habían perdido todo; luego supo que el centro comunitario donde trabajaba estaba completamente inundado, y que la universidad no abriría por varios meses. Poco a poco, fue comprendiendo que la ciudad nunca volvería a ser la misma.

El huracán Katrina mató al menos a 1.836 personas y fue calificado como "el mayor desastre natural de la historia de los Estados Unidos". El daño económico se estimó en más de cien mil millones de dólares. Miles y miles de personas perdieron sus casas; durante esos primeros días, muchos habitantes de la ciudad no tenían un hogar adónde ir. Hasta hoy, muchos no han podido regresar.

Para Mandisa, todo era una gran confusión. No todos tenían la posibilidad de dejar la ciudad cuando llegó la orden de evacuación, y como en la mayoría de los desastres naturales, no se entendía nada. Mandisa estaba furiosa:

¿Cómo era posible que los periodistas pudieran entrar en la ciudad para sacar fotos de la gente muriendo, y que la gente no pudiera salir? No lo podía entender. Tampoco podía entender cómo evacuaban a los animales del zoológico antes que a las personas.

Cuando Mandisa volvió a Nueva Orleans, la pregunta que se hizo fue: "¿Cómo vivo con lo que quiero hacer en este mundo?". Y su primera respuesta fue dedicarse al tema de la vivienda, a trabajar para que la gente desplazada pudiera vivir en lugares apropiados. Mandisa pasaba los días escuchando a las víctimas del huracán, que esperaban que los obligaran a dejar sus refugios en cualquier momento. Surgieron muchos otros problemas: la gente no podía trabajar, ya que el huracán había destruido sus lugares de trabajo, y la industria de servicios sufría grandes perjuicios por la interrupción del turismo. También había inquietud social. Mandisa había perdido todo lo que tenía y empezó a beber, como una forma de lidiar con tantas pérdidas y crear un espacio para conversar con amigos sobre sus experiencias con el huracán:

Después del Katrina, mucha gente necesitaba servicios relacionados con la salud mental, como orientación y terapia, pero era difícil acceder a ellos. Y como dice siempre uno de mis amigos, "Un vino barato sólo cuesta un dólar con cuarenta y nueve centavos".

En su trabajo, Mandisa se dio cuenta de que en este desastre natural, como en muchos otros, las mujeres tendían a soportar la peor parte de la carga. Son las jefas de hogar más vulnerables. tienen que cuidar a los chicos, sufren la amenaza de ser víctimas de violencia sexual y pueden no tener acceso al cuidado médico específico que necesitan. A través de una mujer que conoció en la conferencia Insight, se puso en contacto con la Women's Health and Justice Initiative y en 2006 comenzó a integrar un grupo que decidió establecer una clínica especializada en la salud de las mujeres.

Queríamos un lugar donde las mujeres pudieran recibir gratis o a bajo costo atención médica de calidad, accesible e integral, en un ambiente donde no se sintieran juzgadas y que reconociera que la gente está enfrentando diversos problemas personales luego del Katrina.

Para Mandisa fue importante dedicarse a examinar qué causa preocupaciones de salud en las mujeres en la situación que sucede a un desastre natural. Después de mucho trabajo de voluntariado y de recaudar fondos, la clínica abrió en mayo de 2007. En la misma época Mandisa recibió una beca de una fundación que le permitió dejar su empleo en el bar y trabajar a tiempo completo como organizadora comunitaria, con la Women's Health Initiative y otro grupo llamado Institute of Women and Ethnic Studies, en un proyecto sobre VIH y SIDA en el que Mandisa se convertiría en educadora en temas de salud sexual.

"... trastornó mi vida y la cambió. Y creo que le demostró a mucha gente que no tenemos que de-pender de que el gobierno nos salve sino construir redes sociales para salvarnos nosotros mis-mos."

Para entonces, Mandisa había terminado la universidad, de apuro: no sentía ya la necesidad de concluir sus estudios, pero no quería perder sus esfuerzos previos, y se graduó en Historia, Sociología, Ciencia Política y Estudios de las Mujeres.

¿Cómo te definirías?

Como alguien que trabaja por la liberación. O como una organizadora. Supongo que no puedo decidir qué palabra usar. Pero ahora todo está cambiando un poco, porque me anoté en la escuela de leyes para el año que viene, en la Louisiana State University, que queda como a una hora de acá.

Mandisa dice que no quiere ser abogada, sino adquirir los conocimientos legales necesarios para su trabajo social y político. Así que va a dejar la ciudad donde siempre vivió, y sus actividades, para obtener nuevas herramientas que le permitan seguir su tarea de organización.

Katrina jugó un papel fundamental en todo esto. Para mí fue un shock tremendo; trastornó mi vida y la cambió. Creo que le demostró a mucha gente que no tenemos que depender del gobierno para que nos salve sino construir redes sociales para salvarnos nosotros mismos.

DESASTRES NATURALES

MUJERES EN EL OJO DE LA TORMENTA

Los huracanes, como el Katrina de 2005, son impactantes ejemplos de fenómenos meteorológicos extremos que producen elevadas pérdidas humanas, destruyen infra-estructura, causan daños psicológicos y cargan a gobiernos y ciudades con pesadas consecuencias financieras. A medida que el clima cambia y las temperaturas aumentan, es probable que los desastres meteorológicos se vuelvan más graves y comunes. Es difícil estimar cuánto aumentará el impacto, pero el Global Humanitarian Forum lo ha intentado y pronosticó que, a escala mundial, para 2030 el número de desastres relacionados con fenómenos meteorológicos se multiplicará en comparación con el período 1975-2008.(1)

En la actualidad, tanto en los países en desarrollo como en los desarrollados, las ciudades costeras crecen y se expanden debido a las migraciones campo-ciudad y al crecimiento natural de la población dentro de las ciudades. Este crecimiento urbano lleva a veces a la pérdida de humedales en los deltas de los ríos, lo que resulta problemático ya que los humedales tienen la capacidad de amortiguar los efectos de tormentas e inundaciones. Lo mismo sucede con los bosques: un ejemplo es el daño producido por las inundaciones en América Central luego del huracán Mitch, que habría sido menos grave si no se hubiera deforestado la región.(2) Las ciudades ubicadas en otras áreas interiores expuestas a eventos meteorológicos extremos, como barrancos y laderas, también están creciendo, lo que significa que sus habitantes pueden esperar amenazas similares.

Los efectos de los desastres naturales son tanto inmediatos como de largo plazo. Muertes y heridas por ahogo, electrocución o asfixia son los más inmediatos. En los primeros meses posteriores a un desastre vinculado con el agua, como un huracán o inundaciones, aumenta el riesgo de brotes de enfermedades transmitidas por el agua o infecciosas. El riesgo crece si hay desplazamientos significativos de población. Sin embargo, con las estrategias adecuadas, habitualmente se evitan brotes mayores de enfermedades.(3, 4) Para los países en desarrollo, el desafío es adaptarse a riesgos más frecuentes, lo que requiere infraestructura y financiación, presionando a economías ya de por sí agobiadas.

Los efectos de largo plazo de los desastres naturales son múltiples, y varían según los casos de acuerdo con factores tales como el tipo de desastre, la eficacia de la respuesta a la emergencia y el número de personas afectadas. En general, hay riesgo de que se produzcan disturbios sociales, trauma y dificultades para imponer la ley. En situaciones post-desastre, los aspectos referidos a la salud mental pueden ser menos visibles que las heridas o los daños a la infraestructura, pero son sin embargo una parte importante de los efectos. Los comportamientos de las personas pueden cambiar en áreas que han sufrido un desastre, incluyendo actividades riesgosas o que pueden ser autodestructivas (como el consumo excesivo de alcohol) o dañinas para otros (como la violencia).

Con respecto a la salud reproductiva, los desastres y las situaciones de crisis constituyen preocupaciones serias. Por lo común, cuando la gente es evacuada debido a una crisis, el porcentaje de mujeres embarazadas que sufren complicaciones potencialmente mortales no difiere del que se registra en circunstancias normales, pero el acceso al cuidado obstétrico de emergencia puede verse seriamente obstaculizado. La distribución de insumos para la salud reproductiva tales como medicación y anticonceptivos puede reducirse temporariamente. Si la gente permanece evacuada por períodos prolongados, alojada en campamentos o viviendas temporarias, es probable que aumenten problemas tales como la violencia doméstica y la violación.(5)

En general, las mujeres son más vulnerables que los varones a los efectos de los desastres, debido a su posición subordinada en sociedades dominadas por hombres. Además, durante una crisis, a menudo se intensifican las desigualdades basadas en el género. Llevar adelante las tareas domésticas puede resultar más difícil en un contexto de crisis, con acceso escaso a combustible, agua y alimento. Por otra parte, por considerar a los hombres como sostenes de las familias, es posible que las autoridades y organizaciones dedicadas a la asistencia frente al desastre se dirijan a través de ellos a las familias, y que de ese modo dejen a las mujeres y sus problemas específicos en las sombras, en especial en el caso de los hogares encabezados por una mujer soltera. A menudo la recupe-ración económica de las mujeres luego de un desastre lleva más tiempo que la de los hombres, debido a la precariedad del estatus socioeconómico de las mujeres.(6)

Con respecto a los jóvenes, los desastres pueden privarlos de educación, servicios de salud y redes sociales, aumentando el riesgo de que se involucren en prácticas peligrosas. En consecuencia, los esfuerzos para mitigar los efectos (de corto y largo plazo) de los desastres deben tener en cuenta, entre muchos otros factores, que los jóvenes son sexualmente activos, y que el riesgo de embarazos no deseados e infecciones de transmisión sexual puede aumentar si el acceso a los servicios de salud reproductiva se ve afectado.

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