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State of World Population 2009

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Kilom

Noble marshalés: no abandonar la isla

Cuando Kilom tenía ocho años le gustaba escuchar las historias que le contaba el viejo en su cabaña junto al mar. En Majuro son muy pocas las casas que no están junto al mar: Majuro es un atolón, una isla coralífera formada por un círculo de tierra estrecho e incompleto que rodea una laguna. Su ancho no suele superar los 100 metros entre costa y costa: 40 kilómetros de largo para una superficie de 10 kilómetros cuadrados.

Majuro es la capital de la República de las Islas Marshall, en la Micronesia, ubicada a miles de kilómetros de cualquier continente. La república consiste en un conjunto de 29 atolones que incluyen más de 1200 islas e islotes con un total de tierra firme que no llega a los 200 kilómetros cuadrados. Sólo unas 70.000 personas viven en las Islas Marshall. Unos años antes, cuando Kirom tenía seis años y estaba en primer grado, él y todos los chicos habían tenido que desfilar por la calle principal —y única— de la isla con muchos otros; las banderas flameaban, sonaba música: ese día, 21 de octubre de 1986, las Islas Marshall se independizaron y se convirtieron en una república, un Estado Libre Asociado a los Estados Unidos.

El viejo le contaba historias de las islas, sus mitos, sus costumbres. Una tarde, el viejo le contó que él, Kilom, algún día podría heredar esa tierra. Le contó que él era un allab, un noble, porque su madre, Takbar, era una le-iroij, una reina, y que por eso tenía que ser todavía más fiel, más respetuoso de su tierra y de sus tradiciones. El padre de Kilom, Molik, era hijo de un mercader japonés que había llegado en los años veinte, cuando Japón ocupó las islas. Después de la derrota de Japón en 1945, el abuelo de Kilom se había ido para no volver. Pero en la cultura marshalesa la sangre y las posesiones se transmiten a través de la madre, y su madre era en efecto una le-iroij; la palabra, en marshalés, significa "todos": el rey o jefe era el que debía responsabilizarse por todos los demás. Kirom averiguó que, siglos atrás, los ancestros de su madre habían llegado desde una isla, Mili, que todavía pertenece a su familia. Habían conquistado tierras en Majuro y en otras islas del archipiélago. Kirom ya quería a su país pero, desde ese momento, se sintió ligado a él de una forma casi sobrenatural.

Me siento muy apegado a esta tierra. La tierra es para nosotros muy importante, es un regalo precioso. Nuestra tierra es muy limitada, así que realmente debemos cuidarla mucho, pelear por ella.

Kilom creció; la vida era tranquila. La isla entonces tenía muchos menos habitantes, menos casas. Kilom solía bajar a una playa justo frente a su casa, donde ahora hay un depósito y un muelle. Durante la semana Kilom iba a la escuela, jugaba al básquet o al béisbol, estudiaba. Los sábados y domingos, además de a la iglesia, se iba a pescar a las islas vecinas, salía a pasear con amigos o con alguna amiga. Pero tenía que estar de vuelta en casa a las diez de la noche. Los mayores, entonces, seguían ejerciendo una autoridad bastante estricta.

Sin computadoras, con muy poca televisión, el mundo exterior estaba lejos. Aunque les producía, de vez en cuando, sobresaltos, como esos días de 1990 en que empezó la guerra del Golfo y los marshaleses se asustaron: su mayor atolón, Kwajalein, es una pieza importante en el sistema misilístico estadounidense y, por un tiempo, los isleños temieron un ataque.

Tiempo después, Kilom se encontraría con otras palabras que definirían su vida. Estaba en los últimos años de la escuela primaria cuando escuchó hablar, por primera vez, del cambio climático y del ascenso del nivel del mar, pero no le pareció importante. Esos extranjeros que decían que las Islas Marshall se hundirían en el mar debían estar bromeando. Años más tarde, cuando terminaba el colegio secundario y debía decidir qué estudiar, volvió a encontrarse con esas palabras, y entonces sí le parecieron decisivas. Si era verdad que el océano crecería como algunos pensaban, su país realmente terminaría por desaparecer. Kilom pensó que tenía que hacer algo; para empezar, decidió estudiar biología marina.

Me di cuenta de que, para nosotros, el ascenso del nivel del mar era una cuestión de vida o muerte: si la isla se hundiera, nosotros sencillamente desapareceríamos como país, como pueblo, como cultura.

Un año después, a sus 20, Kilom se enteró de que el gobierno japonés ofrecía una beca de estudios. Se interesó: era una buena oportunidad para aprender cosas nuevas y para enterarse de cómo era esa otra cultura que también corría por sus venas. Fue elegido; viajó y estudió ingeniería civil. La vida en Tokio no fue fácil: tuvo que aprender el idioma y, sobre todo, a vivir en una sociedad hipertecnológica, que trabaja intensamente, en una ciudad enorme donde tenía que viajar 45 minutos en un vagón atestado cada madrugada hasta la universidad; en un país donde existía, por ejemplo, el frío. Pero hubo recompensas: vio la nieve por primera vez, aprendió mucho y, sobre todo, conoció a Jane, una joven samoana que también estudiaba en Japón. Cuando terminaron sus carreras, Kilom y Jane viajaron a Samoa, donde se casaron y tuvieron su primer hijo. Seis meses después, ya estaban en Majuro.

Cuando volvió a las islas, con la distancia que da la distancia, Kilom empezó a reconocer los cambios que habían sufrido su país y su cultura en las últimas décadas: el ejemplo más visible era la comida. Por muchos años, los marshaleses se habían alimentado sólo de lo que tenían: pescado, mariscos, frutos del árbol del pan, taro, coco, batata, banana, mandioca, caña de azúcar, pollo, cerdo. Pero los japoneses les dejaron la costumbre del arroz y los fideos, y los norteamericanos la del pan, y ahora tienen que importar estas y casi todas las demás cosas: comida, bebida, ropa, cuadernos, alfileres, detergentes, televisores, platos y cubiertos, medicinas y, sobre todo, combustibles para transporte y electricidad.

Más que nada, piensa Kilom, lo que cambió la cultura marshalesa fue la llegada del dinero, que no existía en las islas. Las personas solían compartir lo poco que tenían —un pescado, unas verduras, el trabajo necesario para construir una casa o una canoa—, pero después se volvieron codiciosas. También vio otros problemas:

La isla se desarrolló y eso es bueno, pero ese desarrollo no estuvo bien planificado, así que ahora tenemos que enfrentarnos a problemas sanitarios, ecológicos y de salud. El crecimiento demográfico fue muy rápido y la infraestructura no alcanza. Pero sigo sintiéndome orgulloso de ser marshalés. Somos un pueblo inventivo que llegó a esta isla hace mucho tiempo y que creó nuevos modos de vivir aquí. Nos consideran entre los mejores navegantes del mundo; nuestra gente era capaz de navegar en sus canoas cientos de millas, sin ningún instrumento. Los marshaleses somos parte de esta tierra y de este mar.

Y a Kilom lo empezó a obsesionar su viejo tema: el cambio climático y el ascenso del nivel del mar. Kilom se integró a una ONG con la que ya había colaborado antes, la Marshall Islands Conservation Society. Así que empezó a trabajar en el asunto a tiempo completo:

Una parte de mi trabajo consiste en abogar por la protección del arrecife coralífero y de nuestros recursos marinos. Si los perdemos, estamos condenados: perderemos nuestra fuente de ingresos y la posibilidad de incrementar la actividad turística. Pero, sobre todo, cuando los corales están sanos crecen muy rápidamente, más rápido quizás de lo que asciende el nivel del mar, así que los arrecifes podrían prolongar nuestro tiempo sobre el agua.

¿Realmente piensas que la isla se puede hundir?

Bueno, hasta ahora los especialistas ignoran cuán rápido se produce el ascenso del nivel del mar, así que por el momento lo único que podemos hacer es ayudar a que el coral crezca más sano y más rápidamente para que nos dé protección contra las olas y más alimento. Pero no lo sé... Si el nivel del mar asciende rápidamente, todo esto es poca cosa y no cambiará nada.

Un mecanismo que suele usarse para detener la erosión del suelo es plantar árboles en la costa; en Majuro es muy difícil, porque casi toda la costa está ocupada por casas y familias y no queda mucho espacio libre para plantar árboles. Cerca del aeropuerto, el gobierno ha construido unos pocos malecones para frenar el agua, pero los hace con caliza que saca —dinamita mediante— de los arrecifes de coral. Al debilitarse y disminuir la estructura de los arrecifes, la isla queda más expuesta a los vientos, las tormentas, las inundaciones. En diciembre de 2008, por ejemplo, una marejada inundó la isla. Miles de personas tuvieron que dejar sus casas y el gobierno debió declarar la emergencia el día de Navidad. Ahora se ven, en esa costa, desparramadas en la arena, las lápidas de un cementerio que fue barrido por las aguas.

En la isla no hay materiales de construcción, entonces si uno quiere reforzar una parte de la isla debe sacrificar otra parte.

Además hay unos bloques de cemento que se llaman rib raps, que son más fuertes y eficaces pero muy caros y su gobierno no tiene dinero para comprarlos. De todos modos, son soluciones provisorias, que pueden funcionar sólo unos años.

Sé que llegará el momento en que esta isla quede bajo el agua. No sé qué le ocurrirá a nuestra gente, a nuestra forma de vida. Ya no habrá un idioma marshalés, una cultura marshalesa, y eso es muy duro para mí, porque me siento muy ligado a este lugar. Lo amo y lo considero mío.

¿Pero crees que es inevitable?

"Siento que este lugar es parte de mí y yo soy parte de él. Es triste imaginarlo, pero va a suceder: en la actual situación no podemos hacer mucho."

Es inevitable. Está ocurriendo: los cascos polares se están derritiendo con rapidez y en la misma medida asciende el nivel del mar. Es posible demorar el proceso, pero tarde o temprano quedaremos bajo el agua. Quizás en cien, en doscientos años, quién sabe. Pero en lo que a mí respecta, si eso sucediera durante mi vida, preferiría morirme con la isla antes que ir a cualquier otro lugar. Me hundiré con el barco, porque siento que este lugar es parte de mí y yo soy parte de él. Es triste imaginarlo, pero va a suceder: en la actual situación no podemos hacer mucho. Imagina qué pasaría si tu país fuera a desaparecer bajo el agua.

El punto más alto de Majuro está a tres metros sobre el nivel del mar. La amenaza, aquí, está presente todo el tiempo.

¿Qué piensas de la gente de otras islas amenazadas que están buscando tierra en otras partes, como los tuvaluanos o los maldivos?

Bueno, incluso algunos marshaleses preferirían irse a los Estados Unidos. No todos somos iguales.

En las Islas Marshall hay mucha pobreza, mucho desempleo, y muchos jóvenes no piensan como Kilom prefieren irse mientras puedan y —gracias a la libre asociación— tienen derecho a vivir en los Estados Unidos. En los últimos meses, por ejemplo, hubo un programa por el cual empresarios hoteleros norteamericanos contrataron a 800 jóvenes de Majuro para trabajar en sus establecimientos. En una población de 25.000, la partida de 800 jóvenes es un golpe importante.

En cuanto a mí, en este lugar moriré. Mi abuela, mi tatarabuela, todos están enterrados aquí, así que yo también seré enterrado aquí. No puedo imaginarme la vida en otro país por mucho tiempo. Pero es muy difícil pensar que todas las cosas por las que trabajas, por las que peleas, desaparecerán. A veces me pregunto: "¿Por qué hago esto, por qué hago aquello?"

¿Y qué te contestas?

Que es mejor hacer algo, incluso en estas condiciones, antes que nada en absoluto. Y, de todos modos, haré tanto como pueda para retrasar el hundimiento de mi tierra. Al menos lo habré intentado, y ése es mi deber.

ISLAS PEQUEÑAS

MARES QUE CRECEN Y ELECCIONES

Si bien se prevé que el cambio climático afectará de alguna forma a todos los países, los pequeños Estados insulares enfrentan algunas de las mayores amenazas. El hogar de los habitantes de zonas bajas e islas pequeñas podría volverse inhabitable en el próximo siglo debido al ascenso de los niveles del mar, las tormentas tropicales y otros fenómenos provocados por el cambio climático.(1) Al tiempo que enfrentan estos riesgos, muchos Pequeños Estados Insulares son también países en desarrollo con pocos habitantes, lo que significa que sus capacidades para prevenir, mitigar y adaptarse a los escenarios previstos de cambio climático afrontan serios obstáculos.

El ascenso del nivel del mar, que cubrirá parcial o totalmente de agua los Pequeños Estados Insulares del Pacífico, es uno de los efectos del cambio climático que más se ha discutido. Algunos países ya han comenzado a planificar la relocalización de grandes porciones de su población y, como vemos en la historia de Kilom, muchos de los que se han desplazado deciden no regresar.

La desaparición de las islas antes del año 2100 no es, sin embargo, la única preocupación para los habitantes de los Pequeños Estados Insulares. Es probable que el cambio climático intensifique algunos de los problemas ya existentes y cree situaciones graves aun antes de que las islas pequeñas se vuelvan inhabitables por el ascenso del nivel del mar. Además, si bien no se prevé que todas las islas pequeñas sean cubiertas por el agua, no obstante enfrentarán nuevas amenazas. Esto significa que, para que los Pequeños Estados Insulares que no desaparezcan bajo los mares en ascenso sean habitables en el futuro, es necesario desarrollar soluciones de largo plazo para los problemas potenciales.

Un problema que comparten los Pequeños Estados Insulares de todo el mundo se relaciona con los suministros de agua y el acceso a agua dulce. En general, el acceso al agua es escaso, y administrar el suministro limitado es parte de la vida cotidiana. Se estima que el cambio climático comprometerá aún más los recursos de agua disponibles. Esta amenaza proviene del ascenso de los niveles del mar y los cambios en las lluvias, que podrían contaminar con sal las reservas de agua dulce.(2) En algunos casos la reducción podría ser irreversible.

La salinización también es una amenaza para los suelos cultivables. En Micronesia, donde vive Kilom, el alimento básico es el taro, que se cultiva en zonas bajas pantanosas, vulnerables a la inundación por el avance del agua del mar, que contiene sales disueltas. Cuando el agua salada contamina el suelo, lleva hasta dos años que las lluvias normales lo limpien, y la planta de taro necesita otros dos o tres años antes de estar lista para la cosecha. Si la intrusión de agua salada producida por las olas gigantes, el ascenso del nivel del mar y las precipitaciones es más frecuente, el suelo tendrá más dificultades para recuperarse. Una pérdida tal en los cultivos es un duro golpe para las economías de los Pequeños Estados Insulares, muchos de los cuales ya dependen fuertemente de las importaciones de alimentos.

Dado que muchas islas pequeñas se encuentran en zonas tropicales o subtropicales, enfermedades como el dengue, la diarrea y la malaria son una preocupación apremiante para algunos Pequeños Estados Insulares. Si bien no hay certeza de que el cambio climático acarree un aumento en la incidencia de enfermedades, ni cómo ni dónde podría hacerlo, es un tema por el que habrá que preocuparse si aumentan las temperaturas, el acceso a agua dulce se ve comprometido y cambian las estaciones húmedas.(4) Otros factores, como el manejo deficiente de los residuos o la falta de infraestructura, contribuyen también a la propagación de enfermedades.

En las islas pequeñas que se encuentran en latitudes altas, se prevé que el cambio climático afecte la diversidad biológica. Islandia, un país que depende parcialmente de su industria pesquera por los ingresos por exportación que genera, tendrá que adaptarse a un posible colapso del stock de capelán, un pez forraje del que se alimentan ballenas, focas y otros predadores que se pescan comercialmente en las aguas que rodean Islandia.(5)

Los jóvenes que viven en Pequeños Estados Insulares enfrentan decisiones difíciles de cara al cambio climático que se aproxima. ¿Decidirán quedarse y hacer lo que puedan, como Kilom, o partirán para establecerse en algún otro lugar? No importa qué decidan, es probable que el cambio climático tenga efectos en las vidas de los jóvenes que viven en islas pequeñas, afectando negativamente sus medios de subsistencia, así como su salud física y psicológica. Cualesquiera sean las decisiones que tomen los jóvenes que habitan en Pequeños Estados Insulares respecto a sus vidas futuras, debemos asegurarnos de que sus opciones no sean obstaculizadas por la falta de acceso a educación, medios de subsistencia y servicios de salud.

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