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Maty

Región Metropolitana De Dakar, Senegal

Cuando se despertó, Maty no sabía dónde estaba. Maty tenía seis años y estaba asustada y dolorida y su madre le repetía tranquila, tranquila, y un doctor hablaba con voz grave.

–Eso es lo único que recuerdo. Y me acuerdo que esa mañana en mi casa ese vecino me dijo ven conmigo, te doy un chocolate. Después, entre eso y el hospital, no me acuerdo de nada.

Cuando la llevaron de vuelta a casa, su vida había cambiado. El vecino violador ya no estaba; después sabría que sus padres no quisieron denunciarlo a la justicia y llegaron a un acuerdo “amistoso�: los padres del muchacho de veinte años lo mandarían a vivir a otro lado –y eso sería todo. Ahora, quince años más tarde, Maty sigue sin perdonar a sus padres por no haber acusado a su violador, por dejarlo partir sin el menor castigo.

–Ellos no tenían derecho a no denunciarlo, a dejar las cosas así. Quizás tenían vergüenza, pero la verdadera vergüenza fue lo que ellos hicieron.

Maty tenía seis años y su vida había cambiado. Sus hermanos, sus vecinos, los chicos del barrio se burlaban de ella: cuando la veían le repetían una palabra:

–Sí, me decían sekou, sekou, que significa loro, porque era el apodo del tipo que me hizo eso. Y entre los que se burlaban había una chica que le había pasado lo mismo, pero como no la llevaron al hospital, nadie lo supo, y ella todavía hace como si no hubiera pasado nada…

–No entiendo por qué te burlaban. Es muy cruel.

–La vida es muy cruel. Yo lo entendí enseguida.

Maty dejó de mezclarse con los otros chicos. Cuando salía a la calle contestaba a las burlas y se peleaba, así que no tenía amigas y se pasaba todo el tiempo en su casa, mirando la tele, leyendo, estudiando. En Senegal –como en muchos otros países– no hay estadísticas sobre las violaciones, pero los relatos de la prensa y las consultas en hospitales y centros muestran que el caso de Maty es uno entre muchos miles.

–La gente dice que una chica debe ser virgen, que debe ser pura. Que tiene que guardar su honor para su hombre, hasta el matrimonio. Me gusta esa palabra, honor.

Dice Maty, con una risa triste. Y que ahora eso ya no le molesta, pero que entonces sentía que había perdido su honor, que estaba sucia, que todos lo sabían –y no lo soportaba.

Maty vivía –y vive todavía– en Rufisque, una ciudad de 200.000 habitantes en los alrededores de Dakar, la capital de Senegal. Maty tiene tres hermanas y cinco hermanos, mayores y menores; ella está en el medio. Hasta que se retiró, su padre era chofer en una empresa grande; su madre se ocupa de la casa y de los hijos. La familia es modesta pero siempre tuvo lo suficiente. En la escuela Maty también se peleaba, pero era muy buena alumna, y su padre la consentía.

–Mi papá siempre me dio todo lo que quise, si yo entraba a una tienda y decía me gusta esto me lo compraba, un vestido, unos zapatos… Debe ser por la culpa de lo que pasó.

–¿Y tu madre?

–No, mi madre no, es lo contrario. Yo a veces le digo que no tengo mamá, que sólo tengo un papá.

En los años siguientes, Maty nunca habló con sus padres del odio que le causó su conducta: en realidad, en todos estos años, la familia no volvió a hablar de aquello. Sus padres hicieron como si lo hubieran olvidado y ella, durante mucho tiempo, intentó hacer lo mismo.

¿Y alguna vez volviste a ver al Loro?

–Algunas veces lo ví en el barrio y le decía cosas, pero él miraba para otro lado. Y yo prefería no dar espectáculo. Pero ahora no me lo voy a encontrar más. Se murió hace un par de años, dicen que fue un accidente de auto. Y mi madre quiso que fuera a darle el pésame a su familia. No sabes cómo le grité.

La promoción del conocimiento sobre salud sexual y reproductiva, resolución de conflictos y abilidades de negociación puede ayudar a la gente joven a protegerse

Maty dice que estaba feliz: que no, que ella no le pidió a Dios que lo matara pero que está feliz de pensar que ahora mismo él se está quemando en el infierno. Aunque, dice, sabe que eso no está bien: que un buen musulmán no le desea el mal a nadie, pero que bueno, ella es como es: peleadora, dice. Cuando empezó su adolescencia, Maty pasaba mucho tiempo sola o riñendo con sus hermanos. Ellos, para enojarla, la llamaban “la francesa� porque era retraída, altanera, no compartía sus juegos y sus conversaciones y prefería mirar la tele o, sobre todo, leer, estudiar –mientras ellos se iban haciendo pescadores, albañiles.

–Me quedaba mucho tiempo sola porque nadie me soportaba. Soy colérica, me enojo muy fácil, soy muy irritable.

Maty se sentía distinta, incomprendida; sólo se llevaba bien con su amiga del alma, una vecina tres años mayor que era “la única que la entendía� porque tenía una historia semejante a la suya. Con su amiga, dice Maty, siempre compartieron todos los gustos, las ideas –y pueden entenderse sin hablar, aunque también pueden hablar horas y horas.

A sus dieciocho, Maty se puso de novia con un muchacho del barrio, grandote, simpático, jugador de basket –que la había pretendido durante meses. Era un tipo un poco brusco y mujeriego, pero Maty pensó que quizás podría cambiarlo. Las discusiones empezaron cuando él le exigió que se acostara con ella. Maty se negaba y él la amenazaba: si tú no quieres entonces me voy a acostar con Fulana, con Mengana. Maty se enojaba más todavía, y quería menos. Un día, en medio de una discusión, él la
forzó.

–Fue lo peor que podía haber hecho. Ahí le dije que no quería verlo nunca más.

Después él le pidió perdón, que no sabía lo que estaba haciendo, que ella era tan excitante, tan deseable que no había podido controlarse: de algún modo le decía que todo había sido culpa suya, y Maty lo creyó –como lo había creído, más confusamente, la primera vez. La pesadilla había regresado.

Poco después, Maty vio un documental en la televisión sobre la violencia sexual en �frica. Allí decían que muchas jóvenes violadas sufrían de irritabilidad, aislamiento, falta de concentración, dolores de cabeza: le pareció que estaban hablando de ella. Y la idea de que su caso no era único le dio ánimos para consultar a la asistente social del Centro de Orientación para Adolescentes, que funciona en el Centro Departamental de
Educación Física y Deportiva de su ciudad.

En Senegal hay ocho Centros de Orientación para Adolescentes, instalados por el Ministerio de la Juventud, que ofrecen servicios de salud reproductiva en las ciudades más importantes del país. Si Maty hubiese vivido en un pueblo o en el campo, no habría tenido acceso a ese servicio. Maty ya había ido al Centro de Orientación muchas veces, a preparar clases para el colegio; sin preguntarse por qué, dice ahora, siempre le interesaron esos temas: igualdad de género, violencia, embarazos precoces o indeseados, ETS, VIH-SIDA. Y solía leer y recortar las noticias del diario sobre violaciones. Pero, dice, no lo relacionaba con su vida. Había tratado de olvidar
–y, hasta aquel día, creía que lo había conseguido.

Cuando Maty le contó la historia del basquetbolista, la asistente social la convenció de que ella no tenía nada que reprocharse: él es el único culpable, es un cobarde, un idiota, una mala persona. Fue como si le hubieran sacado una tonelada de los hombros. Pero cuando le dijo que fuera a ver a un psicólogo, Maty no quiso: eso es para locos o para depresivos, no para mí. En cambio, empezó a participar de las actividades del Centro. Desde entonces, Maty organiza –junto con su amiga– charlas, proyecciones de películas, encuentros para discutir temas de salud reproductiva con los jóvenes de su ciudad. Maty aprendió, entre otras cosas, que no tiene que decirle a los jóvenes que los va a aconsejar, sino a intercambiar ideas, “porque a nadie le gusta que le digan lo que tiene que hacer�.

–Todo eso me ha cambiado mucho, para bien. Aprendí a hablar en público, a escuchar, a no enojarme, a mirar a la gente cara a cara. Ahora me relaciono mucho más con el mundo.

A principios de 2006 los Centros de Orientación instalaron sus propios laboratorios para detectar el VIH-SIDA. Fue un éxito: los ocho centros hicieron un 20 por ciento de los exámenes de todo el país, donde funcionan otros 120 laboratorios. Los jóvenes van con confianza a los laboratorios del Centro porque son lugares que conocen, donde ya tienen actividades culturales, sociales, deportivas –y donde, por lo tanto, no hay estigma: si alguien ve a un joven entrando a un Centro de Educación Física, no tiene por qué suponer que va a hacerse un examen de VIH.

–Lo más importante que me pasó en el Centro es que su gente me ayudó a tener confianza en mí misma. Antes cuando caminaba por la calle tenía la sensación de que todos me miraban, me juzgaban, y no quería salir. Ahora es al revés: he cambiado mi porte, y son los demás los que se sienten molestos por mi presencia, porque yo les muestro que soy superior.

–¿Por qué serías superior?

–No sé, pero parece que ellos se lo creen.

Dice, y se ríe. Maty está terminando una licenciatura en Geografía en la Universidad Cheikh Anta Diop de Dakar: tiene muy buenas notas, una beca y la intención de seguir sus estudios. Le faltan la maestría y el doctorado, pero piensa completarlos –y trabajar, probablemente, en temas de climatología. Todavía vive con sus padres y todos sus hermanos; el mayor, que ya tiene más de treinta años, acaba de casarse con una chica de 16. Maty sigue leyendo mucho: los libros de la facultad y todo tipo de novelas, “siempre que aprenda algo�:

–Por eso no me gustan las novelas eróticas: no te enseñan nada.

–Bueno, te enseñan sobre esas cuestiones.

–Eso no es nada que te sirva. Yo quiero aprender cosas importantes de la vida. Eso no es la vida. Si la vida es una torta, eso puede ser quizá la cereza de la torta.

–¿Piensas casarte alguna vez?

–No sé. Yo ya tengo 22, estoy un poco vieja para casarme. Ahora las que se casan son las chicas de 16, 17, y en general están embarazadas. Yo soy vieja y no estoy embarazada, y además soy bastante insoportable, así que…

Hace poco un vecino cuarentón casado con dos hijos le propuso matrimonio: que fuera su segunda esposa.

–La ley musulmana lo permite, pero yo no quiero ser segunda mujer de nadie. No le dije que de él no quería ser ni la primera, pero bueno, quizás ya se dio cuenta. De todas formas, yo estoy en contra de la poligamia.

A veces, Maty piensa que sería mejor no casarse; otras veces que sí le gustaría.

–El problema es encontrar un hombre como yo quiero. Yo no confío en nadie, y necesito encontrar a alguien en quien confiar. Además yo he sido muy malcriada: no sé cocinar, lavar, cuidar la casa. Si me caso va a ser un problema. ¿Para qué me voy a casar? ¿Para que un hombre me diga ah, no sabes hacer esto, no sabes hacer lo otro? No, yo no necesito eso, no quiero que me den órdenes: yo no quiero ser la esclava de nadie. Quiero encontrar alguien que me quiera por lo que soy, que me acepte, que me tenga confianza. Los hombres siempre te dicen que eres tan linda, tan deseable. Eso mismo me dijo mi novio el basquetbolista aquella vez. Yo no quiero ser deseada. Lo que yo quiero es ser amada, que es muy diferente.