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Chapter 1 Khadija
MARROQUÍ-HOLANDESA, ESTUDIANTE

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La migración del padre de Khadija
lo llevó desde una zona rural de Marruecos a una ciudad holandesa. Varios años más tarde, su mujer y sus hijos lo siguieron para reunificar la familia. Poco después, Khadija nació en suelo holandés.

Ese señor grandote de la barba blanca que se inclinaba sobre ella se parecía a un imam pero no era un imam, le decía hija pero no era su padre; y encima le preguntaba, con una voz muy grave, si había sido buena o mala, porque si había sido buena le iba a dar una golosina, y si mala un chirlo: Khadija se asustó. Khadija tenía cinco años y acababa de empezar la escuela; los demás chicos conocían a Sinterklaas, un Santa Claus nórdico que se festeja el 5 de diciembre, pero ella nunca lo había visto, porque en su casa no se hacían esas cosas. Khadija lloraba y lloraba, las maestras no podían consolarla.

Cuando entré a la escuela vi que los chicos hablaban holandés mucho mejor que yo, porque siempre lo habían hablado en sus casas, y yo no. Mis padres me hablaban en bereber; decían bueno, total ya va a tener que aprender holandés en la escuela. Ahí fue cuando terminé de darme cuenta de que era diferente.

Khadija nació en 1979 en un barrio obrero e inmigrante del norte de Amsterdam, la quinta hija de una pareja de marroquíes. Su padre había llegado a Holanda a fines de los sesentas; en esos años los países ricos de Europa necesitaban trabajadores mediterráneos -turcos, magrebíes, españoles, portugueses- para hacer los trabajos que sus propios obreros rechazaban. En su país, el hombre sobrevivía, pero la emigración ofrecía más posibilidades. En Holanda empezó trabajando como carnicero: lo dejó porque no quería seguir manipulando cerdo, y cambió varias veces de empleo hasta que terminó en una fábrica farmaceútica donde dejó, literalmente, jirones de su vida: todavía muestra, de tanto en tanto, el agujero del brazo donde la máquina le comió la carne. Durante mucho tiempo el hombre vivió con varios compañeros en habitaciones atestadas, alejado de su familia, trabajando más y más horas para mandarles algo. Pasaron diez años antes de que pudiera traer a su esposa e hijos. Pocos meses después de que llegaran nació Khadija: había sido concebida en Marruecos pero nació en Holanda -y a veces cree que eso es casi una síntesis-.

Yo no puedo decir que sea esto o lo otro. Soy una bereber marroquí nacida en Holanda, de nacionalidad holandesa. Soy una mezcla, y eso me enriquece y me complica al mismo tiempo.

Las relaciones entre los inmigrantes norafricanos y sus nuevos vecinos no eran fáciles. La sociedad holandesa los suponía atrasados y autoritarios, y ellos creían que los holandeses eran demasiado tolerantes.

El padre de Khadija era estricto: siempre sabía qué había que hacer, cómo había que hacerlo, y esperaba que su familia lo obedeciera. A veces su madre la ayudaba: como cuando él le prohibió ir a las clases de natación porque tendría que andar en traje de baño en medio de varones -y ella la llevaba en secreto-.

Los maestros proponían encuentros, excursiones, y él no me dejaba ir. Yo no quería que vieran a ese señor que no era como los otros padres, que hablaba mal su lengua, que me impedía hacer cosas.

Khadija fue aprendiendo que había unas reglas y unas costumbres en su casa y otras en la calle: que vivía en dos culturas, en dos mundos -y que tenía que encontrar un equilibrio entre ambos. Las tradiciones de sus padres no reflejaban su forma de vida, pero muchas veces la sociedad holandesa tampoco entendía sus elecciones.

Su padre tampoco le permitía salir con chicos. Eso no formaba parte de sus tradiciones: las chicas y los chicos se comprometían y se casaban, no salían. Cada vez había más cosas que Khadija tenía que hacer a sus espaldas.

Mis padres querían que yo fuera completamente marroquí, pero eso es imposible para una mujer que nació y creció en Holanda. Yo no sabía cómo explicarles que yo pertenezco a las dos culturas. Es doloroso llegar a esa edad en que te parece que sabes más que tus padres.

Khadija tuvo una época de confusión, faltaba mucho a la escuela, y perdió su oportunidad de seguir una carrera universitaria. Al mismo tiempo intentaba encontrar su lugar en el mundo. Leía el Corán y se interesaba por esas tradiciones. Un día, cuando tenía 16, salió con un pañuelo en la cabeza, porque quería ver cómo se sentía. Y fue extraño: la gente simulaba no verla o la miraban como se mira a alguien diferente. En esos años, Khadija decidió recuperar su religión, y ahora dice que sí, que es una persona religiosa.

Yo diría que soy una musulmana liberal. Para mí la religión es algo muy personal, no me gusta explicarla.

A los 18, cuando terminó el colegio técnico, Khadija consiguió algunos empleos menores. Pero tenía la sensación de que estaba desperdiciando su vida, y empezó a cursar un preuniversitario. Después hizo un año de derecho y al fin, hace tres años, empezó la carrera de filosofía -donde sigue siendo la única marroquí. Al principio no soportaba a sus compañeros.

Todos se alegraban, decían "oh, qué bueno ¡una chica musulmana! No te preocupes, te vamos a ayudar todo lo que necesites porque sabemos que esto es complicado para ti".

Khadija solía preguntarles si sabían que en Marruecos había escuelas de filosofía desde hace muchos siglos.

Lo que detesto es que otra gente trate de emanciparme a su manera. Los que nos dicen que no vivamos como vivimos, que nos saquemos los pañuelos de la cabeza, que nos sacudamos la represión, que seamos libres -a su manera. Nadie le puede decir a nadie cómo emanciparse; tienen que respetarnos y dejar que nos emancipemos en nuestro propio modo, y si queremos usar nuestros pañuelos es nuestra decisión. No tolero que, en nombre de la tolerancia, me digan cómo tengo que vivir mi vida. Ni soporto que me traten como a una estúpida que no sabe cómo vivirla.

Dice Khadija, apasionada:

A la gente le encanta hablar de "la opresión de las mujeres musulmanas" porque no quieren mirar sus propios problemas. Acá, por hacer el mismo trabajo, los hombres siguen ganando más que las mujeres. Pero de eso prefieren no hablar.(1)

Khadija forma parte de una generación de jóvenes musulmanes que están buscando una forma de serlo sin por eso renunciar al mundo occidental donde crecieron. Una generación con una particularidad: sus mujeres están consiguiendo mejores resultados académicos y profesionales que sus hombres. Las hijas de los inmigrantes están ansiosas por aprovechar las oportunidades que tienen en su nueva sociedad, oportunidades que sus madres nunca tuvieron.


"Los jóvenes de origen inmigrante suelen sentirse atrapados entre dos culturas. Sus esfuerzos para encontrar su lugar pueden enfrentarlos con miembros de sus familias y sus comunidades étnicas, pero también con integrantes de su nueva sociedad."

En otros momentos o países, el sueño del inmigrante era que sus hijos se integraran, que adoptaran las costumbres locales. Para muchos inmigrantes en Holanda, ésa es la pesadilla. Y ha habido reacciones brutales: los llamados "crímenes de honor", en que padres o hermanos de jóvenes musulmanas las castigan mandándolas de vuelta a su país -o incluso matándolas- por tener relaciones sin su consentimiento, o por salir con jóvenes de procedencia diferente. Khadija conoce esas historias, pero no en su círculo más cercano. Su solución al problema:

A mí no me gustan los chicos rubios de ojos celestes. A mí me gusta el tipo mediterráneo, con pelo oscuro, que tengan algún fuego. Pero es cierto que también piensas en tus padres: si yo llegara a presentarles un novio holandés, se mueren…

De pronto empezaron a pasar en Holanda ciertas cosas que -suponían muchos holandeses- no sucedían en su propia tierra. Un político nuevo, Pim Fortuyn, ganó mucha audiencia gracias a su controversial punto de vista frente al tema de los inmigrantes, entre otras cosas, y en el 2002 fue asesinado por un ecologista de la izquierda. En el 2004 un holando-marroquí mató a Theo Van Gogh, un documentalista muy polémico. En esos días Khadija fue a una gran manifestación de repudio por el asesinato y en pro de la libertad de expresión, y la insultaron: le dijeron que por qué no se iba a su país. Khadija tuvo que contestarles que ella también era holandesa y que éste era su país.

Siento que ahora la gente nos mira todo el tiempo con una lupa para encontrar todo lo negativo que podemos tener. Los medios no paran de lanzar sus prejuicios sobre los musulmanes, y mucha gente se los cree. Para ellos todos los que tenemos pelo oscuro y ojos oscuros somos terroristas islámicos. Eso creó una grieta en la sociedad que hace que todo sea mucho más difícil.

De pronto empezaron a pasar en Holanda ciertas cosas que -suponían muchos holandeses- no sucedían en su propia tierra. Un político nuevo, Pim Fortuyn, ganó mucha audiencia gracias a su controversial punto de vista frente al tema de los inmigrantes, entre otras cosas, y en el 2002 fue asesinado por un ecologista de la izquierda. En el 2004 un holando-marroquí mató a Theo Van Gogh, un documentalista muy polémico. En esos días Khadija fue a una gran manifestación de repudio por el asesinato y en pro de la libertad de expresión, y la insultaron: le dijeron que por qué no se iba a su país. Khadija tuvo que contestarles que ella también era holandesa y que éste era su país.

Si hay un partido de fútbol entre Holanda y Marruecos, ¿quién quieres que gane?

Muy difícil. Eso sí que es difícil. Es como tu madre y tu padre, no puedes elegir. Como si tu madre fuera Marruecos y tu padre Holanda…

Ahora Khadija colabora en Het Spiegelbeeld -Reflejo en el Espejo-, una organización creada por Saida el-Hantali, una mujer marroquí-holandesa que tuvo, por primera vez, la audacia de hablar públicamente de abusos sexuales dentro de su comunidad. Het Spiegelbeeld ayuda a mujeres marroquíes con problemas de integración, violencia familiar, abusos sexuales y salud reproductiva. O, también, a mujeres de la primera generación de inmigrantes que están haciéndose mayores y se sienten deprimidas.

Son mujeres como mi madre, que se quedaron en su casa, siempre con miedo de no entender y de que no las entendieran, siempre preocupadas por lo que pensarían los demás. Yo, por suerte, soy muy diferente.

Khadija sigue estudiando y, más adelante, querría enseñar filosofía. Como todos los estudiantes holandeses vive de una beca que le concede el gobierno, y también hace trabajos temporarios. Sigue en la casa de sus padres, y tiene un novio de origen marroquí y holandés más joven que ella. Esto le preocupa, pero cuando se lo dijo, él le contestó que no era importante, que la primera esposa del Profeta Mahoma (PBUH), Khadija bint Khuwaylid, también era mayor que el. Y hace poco se le ocurrió, por primera vez, que podría irse a vivir a Marruecos.

Antes nunca pensé en vivir allá, pensaba que no había nada para mí. Pero últimamente, cuando veo cómo están cambiando las cosas en Holanda, a veces sí lo pienso. No estaría mal vivir en Marruecos; lo triste es tener que pensarlo por estas razones, ¿no?



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