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Prevención del VIH en la “frontera olvidada” de México


29/05/2006

TECUN UMAN, Guatemala — Sólo los más menesterosos acuden a la Casa de los Migrantes en Tecun Uman, un mísero poblado de Guatemala septentrional, junto a la frontera con México. Acuden en pequeños grupos, o individualmente, muchos con historias de padecimientos inconcebibles, así como animados de la decisión inquebrantable de continuar el viaje hacia el norte para llegar a los Estados Unidos, pase lo que pase.

En la Casa de los Migrantes, dirigida por la Orden Scalabrini de la Iglesia Católica, los migrantes obtienen alojamiento gratuito durante hasta tres noches, alimentos, algunos consejos para el camino y una oportunidad de ducharse y lavar su ropa.

Para algunos, éste es el primer intento de viajar hacia el norte. Otros ya han sido detenidos por las autoridades mexicanas de migración y se aprestan a iniciar su segundo intento ..., o tercero ..., o cuarto.

Sandra Lloro, hondureña de 20 años de edad, madre de tres hijos, había recorrido ya la mitad del camino a través de México cuando la detuvieron las autoridades mexicanas de inmigración y la enviaron de regreso a Guatemala. Junto a la frontera, fue víctima de un robo. Dice: “Me quitaron mis papeles y todo mi dinero”. Después de asistir a una charla en la Casa de los Migrantes, está preparándose nuevamente para encaminarse al norte y cruzar la frontera, a pie y sin dinero.

“Mi hija menor se quemó gravemente la mano y necesita una operación. Por esa razón decidí ir a los Estados Unidos en busca de trabajo”, explica. Espera recorrer a pie el camino desde la frontera entre México y Guatemala hasta Arriaga, un poblado en el estado mexicano de Chiapas y el punto más cercano donde puede trepar en un tren de carga rumbo al norte. “¡Tengo tanto miedo!”, dice. Hay muchos peligros latentes que la acechan, a ella y a otros migrantes centroamericanos en su travesía hacia el norte. Algunos son víctimas de robos cuando se aproximan a las vías férreas. Otros son detenidos por autoridades de migración; y también hay peligro de que se lastimen al tratar de subir de un salto a un tren de carga en marcha.

Cuando se le pregunta si no sería más razonable regresar a Honduras, sacude la cabeza, baja la mirada y dice “No, no puedo”, en un tono que no da lugar a dudas acerca de la firmeza de su decisión.

Mario Morales, trabajador social en la Casa de los Migrantes, conversa cada día con grupos de posibles migrantes que acuden allí. Para que corran menos riesgos, propone que duerman por turnos al viajar encaramados en el techo del tren. Dice: “Que su compañero se quede sentado junto a usted mientras usted duerme cuatro horas, para vigilar que no se caiga. Luego, truequen lugares para que él o ella pueda dormir sus cuatro horas”.

Morales también indica al grupo cómo evitar la infección con VIH y otras enfermedades de transmisión sexual. Esta educación forma parte de una iniciativa regional apoyada por el UNFPA, Fondo de Población de las Naciones Unidas, y el Fondo de la OPEP para el Desarrollo Internacional. Las actividades benefician a jóvenes vulnerables en Belice, Costa Rica, Guatemala, Guyana, Honduras y Santa Lucía. En Guatemala, el UNFPA y su organización local copartícipe, Educavida, ayudan a impartir educación a las trabajadoras del sexo, los estudiantes, los hombres que tienen relaciones sexuales con otros hombres y los migrantes acerca de la prevención del VIH. La organización también ofrece o facilita pruebas de detección del VIH y asesoramiento psicosocial, distribuye condones (preservativos) y dispensa atención prenatal.

Parte de la asistencia sirve para sufragar alimentos para los migrantes. El Padre Ademar Barilli, que dirige la Casa de los Migrantes, dice: “A un migrante hambriento no se le puede hablar del SIDA. Antes hay que darle de comer”.

Agrega que en general, cuando viajan hacia el norte, los migrantes no están infectados con el VIH. “Tampoco vienen a robar o hurtar. Por lo general, permanecen un período muy breve”. Advierte que es frecuente que se infrinjan los derechos humanos de los migrantes. Agrega: “En los Estados Unidos, los inmigrantes tienen organizaciones que ayudan a proteger sus derechos, pero cuando están en tránsito nadie se ocupa de ellos”.

Gerardo Valladares es otro hondureño en el grupo reunido en la Casa de los Migrantes. Sentado a la sombra, durante la canícula asfixiante, relata su historia de reiterados reveses, accidentes y fracasos económicos.

Cuando en 1998 el huracán Mitch arrasó Honduras, perdió a su esposa. Dice: “Tuve que sacar a los dos hijos mayores de la escuela y los dos menores nunca empezaron a asistir a la escuela, porque yo no podía pagar”. Poco después, perdió su empleo como un vendedor de cereales, después perdió su vivienda y, como si éstas no fueran suficientes dificultades, lo atropelló un automóvil que le causó tres fracturas en la pierna derecha y una en la pierna izquierda. Camina con muletas, y dice: “En el fondo de mi corazón, sé que no tengo el ánimo necesario para ir allá [los Estados Unidos]. ¿Por qué no nos ayudan, así podríamos permanecer en nuestro propio país?”, pregunta, sin dirigirse a nadie en particular.

María Ester Rosales, Directora Adjunta de la Casa de los Migrantes en Tapachula, en el costado mexicano de la frontera, dice que hay una corriente al parecer interminable de migrantes jóvenes y de edad mediana, con numerosas historias semejantes, “una más desgarradora que la otra”.

También habla de una siniestra tendencia a la desaparición de las jóvenes migrantes en camino hacia el norte. “No hay un registro de personas desaparecidas. ¿Adónde recurrir? ¿Con quién hablar?”, pregunta. “Ésta es la frontera olvidada. Acá las mujeres pierden la vida y nadie se entera jamás”.

El distrito de San Marcos, donde está ubicado Tecun Uman, tiene una población de sólo unos 27.000 habitantes, pero cuando se incluye a los que están en tránsito, esa cantidad es el doble.

Marleny López, docente de la organización Educavida, mantiene contacto regular con unas 100 trabajadoras del sexo en la zona. En total, unas 600 han recibido capacitación sobre la manera de prevenir la infección. Dice: “Pero es una población fluctuante, de modo que es difícil saber cuántas trabajan en la zona en un momento dado”.

En su trabajo, López encuentra víctimas de sevicias, y menores de edad. Según la Organización Mundial de la Salud, la prevalencia del VIH entre las trabajadoras del sexo en prostíbulos de Guatemala es 4%, mientras que entre las trabajadoras del sexo callejeras es un alarmante 15%.

Marleny recorre regularmente los bares de Tecun Uman y sus alrededores. En uno de ellos, encuentra a “Lupita”, indígena de 16 años de la zona montañosa cercana a San Marcos. Por la mañana, Lupita va a la escuela y por la noche atiende a clientes en el bar. Su habitación, en un edificio detrás del bar está tenuemente alumbrada con una luz verdosa. Dice: “Mi familia no sabe cómo me gano la vida”. Su padre murió hace tres meses y ella envía dinero a su madre para ayudarla con los gastos del hogar.

“María”, una joven de 22 años de Matitlán, Guatemala, es otra de las trabajadoras del sexo que prestan servicios a la población local y a la población transitoria. Dice que vino a Tecun Uman “por necesidad”. Después de tres años de matrimonio, su esposo comenzó a pegarle y ella ya no pudo seguir viviendo con él.

Visita regularmente una clínica local donde obtiene reconocimientos médicos y suministro de condones. Dice: “Mis clientes los utilizan, pero algunos los rompen a propósito”.

Su sueño es viajar a los Estados Unidos con su hijito de 3 años y encontrar trabajo: “cualquier trabajo, pero no éste”, dice. Para contratar a un “coyote”, una persona que se encarga del contrabando de personas a través de la frontera, necesita ahorrar 25.000 quetzales (unos 3.300 dólares). Hasta el momento, sólo ha ahorrado 3.000 quetzales, es decir, unos 400 dólares. “Éste es el último año en que trabajaré así”, dice María. Pero no sabe qué ocurrirá a continuación.

— Trygve Olfarnes


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