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TRABAJADORAS DEL HOGAR, LEJOS DE SU HOGAR

NoraidaNiñas y mujeres hacen la mayoría del trabajo doméstico del mundo, como siempre lo hicieron. La OIT considera que el trabajo doméstico es la forma más común del trabajo infantil femenino.(1) Muchas adolescentes como Noraida migran en busca de un salario que les permita mantenerse y mandar algún dinero a sus familias. Esas remesas pueden ayudar a aliviar la pobreza, pero muchas trabajadoras domésticas y ONG denuncian privaciones, abusos y explotación.

En Asia, Filipinas, Sri Lanka e Indonesia envían la mayoría de las trabajadoras domésticas de la región. Las mujeres constituyen entre el 60 y el 80 por ciento de los migrantes registrados de esos países,(2) y la mayoría son trabajadoras domésticas. Desde 1998, alrededor de 400.000 indonesios han migrado anualmente a otros países.(3)

La demanda de trabajadoras domésticas proviene sobre todo de Medio Oriente, Europa Occidental, Norteamérica y los países asiáticos más ricos como Japón, Corea del Sur, Malasia, Hong Kong y Singapur. A mediados de la década del 2000, unos 6,3 millones de migrantes asiáticos, muchos de ellos trabajadoras domésticas, residían y trabajaban legalmente en los países más desarrollados del Sur y Sudeste de Asia; se calcula que hay otros 1,2 millones de migrantes indocumentados en la región.(4) En Medio Oriente, los países del Golfo Pérsico también emplean a millones de mujeres inmigrantes en el trabajo doméstico. Sólo en Arabia Saudita por lo menos un millón de ellas ocupan puestos de bajo nivel que incluyen el trabajo doméstico.(5)

Las migraciones de trabajadoras domésticas también son comunes en América Latina, donde constituyen hasta un 60 por ciento de las migraciones internas e internacionales. Las mujeres jóvenes de países como Bolivia, Paraguay y Perú se van a países más desarrollados como Argentina y Chile. Otras muchas emprenden el camino a Norteamérica y Europa Occidental.(6) Las inmigrantes de México y otros países latinomericanos forman buena parte de la fuerza de trabajo doméstico en los Estados Unidos. En África Central y Occidental, jóvenes traficadas a través de las fronteras terminan como trabajadoras domésticas.

El período anterior a la partida puede incluir todo tipo de abusos.(7) Niñas y mujeres pueden pasar meses retenidas, en condiciones muy precarias, en centros de reclutamiento estrechamente vigilados.

En el caso de las adolescentes, las agencias de empleo suelen falsear su edad en sus documentos de viaje para sacarlas de sus países. Con frecuencia las trabajadoras domésticas migrantes no reciben información precisa sobre el proceso migratorio, pueden ver sus salarios retenidos en una forma de "sujeción por deudas", y pueden ser engañadas acerca del tipo y las condiciones de trabajo que tendrán que enfrentar.

Ya en su destino, muchas no son informadas sobre sus derechos o sus posibilidades de obtener ayuda para defenderse de empleadores abusivos. Como trabajan en espacios privados, lejos de la mirada pública, son particularmente vulnerables a la explotación. No suelen estar cubiertas por una legislación laboral que podría protegerlas en casos de abuso, falta de pago o retención arbitraria de sus salarios. Además, a menudo se les prohíbe escribir cartas o mantener comunicación con sus parientes en el país, sus agencias o sus empleadores les retienen el pasaporte, y enfrentan amenazas si intentan escaparse. Si lo logran, no saben cómo manejarse sin dinero, documentos o amigos que puedan asistirlas en ciudades que no conocen.(8) Muchas sufren abusos, incluso violencia sexual. Y corren alto riesgo de contraer infecciones de transmisión sexual, entre ellas el VIH.

Para mejorar la situación de las trabajadoras domésticas, algunos gobiernos han adoptado nuevas leyes y políticas. Filipinas, por ejemplo, desarrolló un programa para trabajadores migrantes que incluye una orientación obligatoria, antes de la partida, acerca de sus derechos y su salud. Otros países, en particular en Asia del Sur, han fortalecido sus consulados para proteger los derechos de los trabajadores migrantes y para supervisar a las agencias privadas. Esto beneficia particularmente a las trabajadoras domésticas en situación de abuso. Las propias trabajadoras domésticas han establecido sus redes, y ciertos sindicatos las han autorizado a asociarse para emprender negociaciones colectivas de mejores contratos de trabajo. Tanto los países emisores como los receptores han instituido mecanismos para regular y monitorear las actividades de las agencias de reclutamiento. Organizaciones de la sociedad civil en distintas partes del mundo abogan por los derechos de las trabajadoras domésticas migrantes y las asisten si tienen que presentar demandas y enfrentar casos de abuso.

Los países que reciben trabajadoras domésticas del extranjero deben instituir políticas que protejan sus derechos humanos. Por ejemplo, podrían requerir a las agencias de empleo que colocan personal doméstico en hogares privados que les provean una "declaración de derechos" escrita donde se detallen su salario, sus horarios y demás condiciones laborales básicas. También podrían entregar al empleador una lista de sus obligaciones. Así, tanto empleadores como empleados podrían acordar contratos de trabajo transparentes y evitar los abusos.



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