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Chapter 1 Bibi
SURINAMESA, APRENDIZ DE ENFERMERA

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La migración que imagina Bibi
la lleva a soñar con irse de Suriname. Todaví no sabe hacia dónde, pero últimamente Canadá aparece en su horizonte.

Desde chica, cuando todaví no habí terminado la escuela primaria, lo único que le gustaba mirar en la televisión eran las series y los documentales sobre hospitales -y siempre se preguntaba cómo serí estar allí-. En su casa, cada vez que alguien se lastimaba o se enfermaba, ella era la que querí ocuparse, la que tení, dirá ahora, las ganas y las agallas para hacerlo.

Bibi Sattuar nació en 1983 en Paramaribo, la hija mayor de una pareja de guyaneses de origen indio que llegaron a Suriname hace treinta años, buscando trabajo. Suriname -la antigua Guayana Holandesa- es un país de 165.000 kilómetros cuadrados con sólo 450.000 habitantes, casi todos en la costa.

A lo largo de los años el padre de Bibi hizo muchos trabajos; su madre se quedó en la casa cuidando de ella y de su hermano. Nunca ganaron mucho dinero, pero pudieron criarlos y educarlos. La madre de Bibi siempre le decí que era un privilegio: imagínate, tus ancestros llegaron a estas tierras como esclavos y nosotros somos libres, vivimos tranquilos; qué más podrímos querer. Bibi solí decirle que querí un poco más: querí ser enfemera. Porque le gustaba desde siempre y, además, porque querí tener una educación: en su familia, los hombres siempre buscaron algún trabajo que no necesitara mucha preparación -carpinteros, mecánicos- para ganar plata enseguida, y las mujeres se quedaban en su casa.

¿Y no habrís querido ser médica?

Sí, quizás, pero era imposible: la carrera de medicina cuesta demasiado caro, mi familia no podí pagármela. En cambio para enfermera se puede trabajar mientras se estudia, es otra cosa.

Pero sus padres no querín que estudiara. Su madre le decí que eso eran tonterís, que lo que tení que hacer era casarse y tener hijos y cuidar su casa, como ella, como las demás mujeres de la familia. Bibi desesperaba.

Yo veí a mis tís, a mis primas, a mi madre, que tenín que quedarse en la casa y depender de sus maridos. En mi familia las mujeres están atadas a su casa y no pueden hacer nada sin la aprobación de sus maridos; yo no podí soportar la idea de vivir así.

Cuando terminó el colegio secundario, sus notas le permitín empezar una carrera de asistente de salud, que durarí tres años y, si la aprobaba, después podrí seguir hasta convertirse en enfermera diplomada. Pero su madre le dijo que no, que su bachillerato ya era más que suficiente -y Bibi tuvo que aceptarlo-.

De todas formas no podrís hacerlo.

Solí decirle su madre.

Sí, claro que puedo.

No, yo te conozco, eres mi hija, yo sé que no eres capaz.

Durante casi dos años Bibi tuvo que quedarse en su casa. Hizo media docena de cursos de computación, sacó su permiso para manejar, pero no estaba satisfecha; por fin, a mediados de 2005, un amigo la ayudó a llenar los formularios para inscribirse en la escuela de enfermerí de Paramaribo. La aceptaron, y su madre le dijo que ya estaba harta, que hiciera lo que quisiera, que si insistí en equivocarse ella no lo iba a impedir.

Así que ahora no tengo más remedio que terminarlo, aunque no sea más que por orgullo, para que mi madre no pueda decir que tení razón. Pero no lo hago por eso.

En octubre de 2005, Bibi empezó su formación, que mezcla cursos teóricos y períodos de entrenamiento laboral en el hospital Sint Vincentius de Paramaribo. Bibi está encantada, aunque su trabajo puede ser muy exigente: a veces es duro alimentar a un paciente, limpiarlo, ayudarlo; siempre es duro enfrentarse con ciertas heridas, con personas al borde de la muerte. Bibi es simpática, amigable, pero piensa que quizás lo más difícil de su trabajo es que tiene que serlo todo el tiempo, incluso con pacientes que pueden ser muy rudos.

Es difícil cuando un paciente te dice que tienes que hacer tal cosa porque te estoy pagando. Es un trabajo realmente duro y lo pagan muy mal, no siempre es fácil seguir adelante.


"Los trabajadores de la salud que parten constituyen una pérdida de recursos humanos irremplazable para los ya debilitados sistemas de salud de los países en vís de desarrollo. "

De sus treinta y tres compañeras, cinco ya dejaron el curso del COVAB "porque ser enfermero no es para cualquiera". Bibi ni piensa en dejarlo, pero se queja de que su vida se ha hecho muy difícil: se pasa ocho horas al dí en el hospital y sólo le dan 50 dólares de Suriname -unos 18 dólares americanos- por mes, y que eso no le alcanza ni para el transporte: ni hablar de comprar libros o fotocopias o el uniforme obligatorio. Entre sus compañeros solamente hay dos hombres: porque los hombres, dice Bibi, no son capaces de soportar las cosas que las mujeres sí pueden soportar.

Mi hermano siempre me dice que él jamás harí lo que yo estoy haciendo, trabajar tanto, estudiar tanto, sin ganar nada; que él prefiere trabajar en un supermercado. Las mujeres tenemos más paciencia

Bibi habla buen inglés, y dice que ahora su vida es el hospital. Que no, que no tiene novio, que sus padres no quieren y de todas formas un novio es un dolor de cabeza. Ahora, dice, tiene que terminar su carrera, y eso ya la mantiene ocupada todo el tiempo.

Pero por lo menos saldrás un poco...

No, mis padres no ven bien que salga por ahí con cualquiera. Mi educación no es ésa. A mí me enseñaron que si tienes un novio es para algo serio y, si no, no lo tienes. Lo importante es recibirme.

¿Y qué piensas hacer cuando te recibas?

Lo más probable es que me vaya.

¿Qué te vayas?

Sí, que me vaya a otro país.

En Suriname, el problema principal del sector de la salud tiene que ver con la fuga de cerebros: los médicos y, sobre todo, las enfermeras, dejan el país en cuanto pueden, generalmente, al fin de sus estudios. Bibi dice que eso sucede porque les pagan demasiado poco: su primer sueldo podrí ser unos 550 dólares surinameses, alrededor de 200 dólares americanos.

Es una injusticia que trabajes tan duro y que ni siquiera te alcance para pagar las cuentas. Con esa plata es una suerte si llegas a fin de mes sin deudas. Y para eso te has pasado todos los dís trabajando en serio y lo que yo quiero es ahorrar, poder tener un futuro. A mí me gusta este trabajo, es el que siempre quise hacer. Pero acá no me alcanza para vivir, entonces si me tengo que ir a otro lado para poder seguir haciéndolo, me voy.

El trabajo, es cierto, es duro. Pero la partida de muchos profesionales lo hace más duro. Es un círculo vicioso: cuantos más se van, más quieren irse, porque los que se quedan tienen que trabajar mucho más para cubrir esos puestos vacíos.

Y siempre aparecen oportunidades. De vez en cuando, alguna empresa holandesa publica avisos para reclutar enfermeras. Y, si no, están las relaciones de familia o amistad, los azares -que siempre van en la misma dirección-. Una tí de Bibi es enfermera en Canadá. Hace unos meses, su madre estaba hablando por teléfono con ella y le dijo que Bibi estaba estudiando enfermerí: ah, entonces cuando se reciba puede venir a trabajar aquí, conmigo. Desde entonces, Canadá es una de sus perspectivas principales.

¿Sabes algo sobre Canadá?

No, nada. Sé que hace mucho frío.

¿Te imaginas fuera de aquí?

Sí, me imagino en cualquier parte. En la vida hay que tener ambición, ir hacia delante; si no, uno se queda estancado. Y yo soy valiente y quiero salir adelante, así que no me preocupa cómo puede ser la vida en cualquier otro lado.

¿Pero si te vas a otro lado serí sólo porque te pagan mejor o hay otras razones?

No, no hay otras razones. Yo trabajo duro y quiero que me paguen lo que me merezco.

Todas las compañeras de estudio de Bibi dijeron que pensaban en la posibilidad de dejar Suriname. Los destinos más citados fueron Holanda, Curaçao y Aruba, pero también los Estados Unidos, Canadá, el Reino Unido. Ni Bibi ni las demás saben casi nada sobre los países donde podrín irse; sólo saben que quieren irse. Para estas mujeres, la idea de emigrar no es un sueño sino casi una certeza.

¿Y si te vas piensas que volverís?

No sé. Yo voy a tratar de vivir donde la vida sea mejor. Y acá parece que siempre vas a estar estancado en el mismo lugar.

¿Cómo serí una vida mejor?

No sé, tener mi propia casa, quizás un coche, llegar tranquila a fin de mes.

Son todas cosas materiales.

Sí, el resto viene después.

Sí, el resto viene después.

Sí, pero no tengo problema. Si puedo irme, me voy.

Una compañera de Bibi, S. cuenta que decidió su vocación desde muy chica. Una tarde llegaba a su casa en un pueblo del interior y escuchó que su vecina gritaba pidiendo ayuda. Se acercó y vio que estaba en pleno trabajo de parto; S. buscó dos bolsas de plástico, se las puso en las manos a modo de guantes y agarró la cabeza del bebé, que ya estaba saliendo, mientras le decí a su vecina que empujara. El parto terminó bien, y S. resolvió que querí ser partera. Pero seis meses después la nena se enfermó: "tení mucha saliva". Su madre la llevó al hospital local, donde el único médico se habí ido meses antes y sólo quedaba, a cargo, un veterinario. El veterinario recetó un remedio, y S. siempre sospechó que fue un error. Dos dís después la nena estaba muy mal. S. le pidió a su primo que las llevara -a ella y la bebé- en bicicleta hasta el hospital. Cuando llegaron, la chiquita habí muerto; y S. tuvo que llevarla, muerta, en brazos, de vuelta a su casa. La falta de personal médico no es una abstracción para S., pero aun así, ha decidido que ella también quiere irse a trabajar al extranjero.

¿No te da culpa contribuir a que esas cosas sigan sucediendo?

No, por qué. No soy yo la que tiene que solucionarlas.

Es como si el país no hubiese conseguido convencer a sus ciudadanos de participar en un proyecto colectivo. Todos saben que si se van lo perjudican, pero igual piensan irse. Bibi lo sintetiza bien:

¿O sea que te irís aun sabiendo que tu país te necesita y no vas a estar ahí?

Si me necesitan, tienen que cubrir también mis necesidades. Eso es algo que va en las dos direcciones, ¿no?



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