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Tres mujeres, tres historias: Recogiendo los jirones de vidas destruidas por la fístula obstétrica

Pemba (en camiseta amarilla) y otras pacientes comparten con el cirujano principal, Dr. Lucien Wasingya Kasereka de FisPro DRC, una organización socia del UNFPA que trata a mujeres con fístula obstétrica. © FisPro DRC
  • 18 Mayo 2022

KINSHASA, República Democrática del Congo/DISTRITO DE KURIGRAM, Bangladesh/Kilifi, Kenya – A Pemba la llamaron “ndoki” (bruja) en su comunidad. Entre los que así la llamaron estaban su padre y sus hermanos. Sojina se sentía prisionera en la habitación a la que fue desterrada, y se le prohibió salir incluso para asistir a ceremonias religiosas. La carrera de Jamila como profesora de desarrollo infantil terminó abruptamente. 

Las tres mujeres habían pasado por un parto prolongado y doloroso que se había complicado con una obstrucción. Las tres perdieron a sus bebés, y las tres desarrollaron fístula obstétrica, la lesión de parto que las dejó goteando orina y heces y, por eso, las convirtió en parias en los únicos hogares que conocían. 

Pemba es de una aldea en la región de Bandundu en la RDC y tenía 15 años cuando se encontró embarazada y encima abandonada, pues su novio huyó a la vecina Angola. “Mi bebé no sobrevivió. Lloré durante tres días y no podía comer. Después del parto, noté flujos permanentes de orina”. El novio finalmente regresó y quiso casarse, pero los pobladores de la aldea y su familia le dijeron que ella tenía una maldición. Una hermana que vivía en la capital cubrió los gastos para que fuera a buscar atención, pero debido al olor permanente, la estigmatizaron y no la invitaban a sentarse a la mesa en las comidas; solo recibía humillaciones e insultos.  

“Mi padre ya no me consideraba su hija. No me habló durante casi cinco años, ni siquiera cuando estuvo en Kinshasa”, afirmó Pemba. “Cuando le pedí regresar a la aldea, me negó la posibilidad. Le exigió a mi hermana que me sacara de su casa, así que durante los últimos tres años he estado viviendo con amigos”. 

“Sucedió algo terrible que lo cambió todo”

Sojina estaba a seis u ocho semanas de su fecha de parto cuando comenzó a sentir dolor grave. Se casó a los 16 años y quedó embarazada a los 18, cuando dio a luz a un bebé sano. Cinco años después, vivió días de intenso dolor, que su marido y familiares le aseguraron que desaparecería con el debido reposo. Cuando ya no pudo tolerar la situación, acudió a un centro sanitario, donde le dieron la noticia de que todo el tiempo había estado en labor de parto, y había perdido la criatura. En cuestión de días comenzó a gotear orina incontrolablemente, pero el médico le dijo que el goteo se detendría pasados unos días. No fue así.  

Debido al estigma que rodea a las sobrevivientes de fístula en Bangladesh, el marido de Sojina la hizo regresar a la aldea rural de su padre, y allí fue aislada en una habitación a la que nadie más entraba. 

“Estaba destrozada. No tenía a mi primer hijo conmigo. Me consternó profundamente la pérdida de mi segundo hijo. Estaba a punto de perder a mi marido”, recordó. “Lo único que podía hacer era lavar mi ropa y permanecer en esa habitación como una prisionera”. 

“Me daba demasiada vergüenza ir a trabajar”

Durante los últimos cinco años, Jamila había visitado clínicas para recibir tratamiento. El dolor y el goteo empeoraban con la menstruación, y tenía que cambiarse de ropa constantemente. “Estaba demasiado avergonzada para ir a trabajar, sobre todo por las miradas y la discriminación de mis compañeras y compañeros debido al olor de la orina”, explicó. Jamila tiene 35 años y es una entusiasta maestra de desarrollo infantil, pero perdió toda la pasión por el trabajo, ya que su afección le cobró un alto precio emocional. 

Se estima que, en Kenya, cada año se registran 3.000 nuevos casos de fístula, y sólo el 7,5 % de las mujeres tienen acceso a la atención médica.  

El rayo de esperanza de Jamila llegó cuando una voluntaria de salud comunitaria le habló de un campamento gratuito de fístula organizado por el UNFPA y sus asociados, entre estos AMREF Health Africa, el gobierno del condado de Kilifi, la Fundación M-Pesa y la Sociedad de Médicos Voladores de África. Durante el campamento de una semana, 119 mujeres que habían sido sometidas a ostracismo por sus comunidades fueron sometidas a exámenes de detección, y se ingresó a 30 pacientes para cirugía de reconstrucción de fístulas y otros casos ginecológicos, entre ellas a Jamila.  

“Ahora tengo la esperanza de volver a ser madre y seguir mi carrera”, celebró. “Quiero recuperar el tiempo que perdí a causa de la fístula".  

Nuevos medios de vida, nuevas vidas

Un niño pequeño sonríe mientras es sostenido por su madre.
Sojina, que había vivido aislada durante dos años, se reunió con su hijo después de su reparación de fístula. © UNFPA Bangladesh 

Siete años después de desarrollar la fístula y de vivir con sus terribles consecuencias, a Pemba le informó un trabajador sanitario de la comunidad sobre FisPro DRC, una organización socia del UNFPA que le brindó tratamiento de forma gratuita y también le enseñó el arte de tejer cestas, como una forma de reintegrarse en la sociedad, ya que muchas mujeres con esa afección tienen prácticamente cero oportunidades de empleo. 

“Mi vida ha dado un cambio total”, aseguró Pemba, que ahora tiene 22 años y ha restablecido la relación con su padre. “Espero conseguir marido y un día tener hijos. Espero que tejer cestas sea una oportunidad para comenzar a trabajar. Esto me permitirá ser independiente y tener los medios para regresar a mi pueblo”.

En cuanto a Sojina, que casi había perdido la esperanza de un futuro mejor, una trabajadora de campo del gobierno entrenada en la detección de la fístula se enteró de su aflicción e inmediatamente se puso en contacto con el Hospital del Distrito de Kurigram, donde la diagnosticaron y la remitieron al Hospital LAMB, apoyado por el UNFPA, para una reparación de la fístula y, al igual que Pemba, para capacitación en edios de subsistencia.

“Me dieron patos, que estoy criando y de los que vendo los huevos para obtener dinero para mi familia”, explicó Sojina, que ahora tiene 25 años. “Tengo la esperanza de poder reconstruir una vida mejor para mí. Regresé a casa con mi marido e hijo y juntos comenzamos nuestra nueva vida”.

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