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Trabajadores humanitarios bajo ataque: en el Líbano, la familia de Batoul recuerda a quien fue «la alegría de nuestra casa»

calendar_today17 Agosto 2026

Dos hombres vestidos de negro, de perfil, agachados frente a lápidas negras cubiertas de flores y grabados dorados. Detrás de ellos hay algunos árboles, rocas y edificios entre los escombros, a un costado del cementerio.
Mohamad (en primer plano) y Hashem Qallaji lloran la muerte de su hermana, sus padres y su sobrino junto a sus tumbas en el valle de Bekaa, en el Líbano. Todos murieron en un ataque aéreo contra su casa en junio de 2026. © UNFPA El Líbano

VALLE DE LA BEKAA, El Líbano – «Batoul era la alegría de nuestro hogar», declaró Hashem Qallaji, en el valle de Bekaa, en el Líbano. «Era pura risa. Cuando te sentabas a conversar con ella, era como si le devolviera la vida a tu alma».

Durante casi una década, su hermana Batoul Qallaji apoyó a mujeres y niñas a través de su trabajo para la Asociación Amel, un asociado local del UNFPA, el Fondo de Población de las Naciones Unidas, la agencia de la ONU para la salud sexual y reproductiva.

«Batoul no trataba a las personas con las que trabajaba como números o casos», continuó Hashem. «Las trataba como seres humanos, como personas con esperanzas y sueños. Personas que habían sufrido injusticias y se encontraban en circunstancias difíciles».

En todo el mundo, trabajadores humanitarios de primera línea como Batoul están siendo asesinados, heridos y detenidos simplemente por hacer su trabajo. El derecho internacional humanitario establece que eso es ilegal, que las violaciones de derechos deben investigarse y que los perpetradores deben rendir cuentas; sin embargo, eso no ha impedido el creciente desprecio por estas leyes, que tienen como objetivo proteger a la población civil y a los trabajadores humanitarios en los conflictos armados.

«Batoul sabía que, cuando alguien enfrenta una crisis, lo que más necesita es una mano amiga», añadió Hashem. «Alguien que esté a su lado, que la defienda, que la ayude a reclamar sus derechos».

Sin embargo, al igual que más de 1.000 personas en todo el mundo entre 2022 y 2025, Batoul fue asesinada por tender esa mano. La trabajadora social de 40 años murió junto con sus padres y su hijo pequeño cuando una bomba impactó en su casa el 20 de junio de 2026, un día después de que se anunciara un alto el fuego.

«Eso es lo que lo hace aún más desgarrador», confesó su hermano Mohamad. «Todos sabían quiénes eran: un hombre de edad, una mujer de edad, una trabajadora humanitaria y un niño pequeño. No tenían nada que ver con ninguna actividad militar. Eran civiles».

«Y Batoul trabajaba en el ámbito humanitario. Eso debería haberle garantizado protección».

Escasa rendición de cuentas a nivel mundial

Una mujer con un pañuelo granate en la cabeza y lentes de sol encima del pañuelo sonríe a la cámara.
Batoul Qallaji apoyó a mujeres y niñas durante casi una década a través de su trabajo en la Asociación Amel, un asociado local del UNFPA en el valle de Bekaa, en el Líbano. © UNFPA El Líbano

Según la Organización Mundial de la Salud, en 2026, Gaza, el Líbano y Ucrania han sufrido el mayor número de ataques contra los sistemas de atención sanitaria hasta la fecha. Cuando los servicios de salud son blanco de ataques o se ven interrumpidos en un conflicto, las mujeres y los niños se ven afectados de manera desproporcionada: los servicios de salud sexual y reproductiva y los centros de apoyo para sobrevivientes de violencia sexual han sido atacados en diversos conflictos.

Estas faltas de justicia no pasan desapercibidas. Los medios de comunicación internacionales, las agencias de la ONU, los grupos de defensa y el periodismo ciudadano las documentan a diario; pero el mundo, en gran medida, ha optado por mirar hacia otro lado. 

 «Batoul trabajaba en el ámbito humanitario. Eso debería haberle garantizado protección» – Mohamad Qallaji 

En febrero de este año, Batoul y su familia se vieron obligados a huir de su aldea, Sohmor. Regresaron cuando se anunció el alto el fuego el 19 de junio, pero poco después del mediodía del día siguiente, según recuerda Hashem: «el cielo se abrió de par en par. Todo estalló».

Los hermanos quedaron desolados. «La familia que perdimos abarcaba todas las generaciones: desde el padre, que tenía 83 años, hasta el nieto, que solo tenía nueve».

Una familia afligida, una comunidad en duelo

Un hombre con barba, camiseta negra y jeans sentado en el exterior de un edificio con una computadora portátil plateada en las manos. A su lado se encuentra una niña con un hiyab negro y, junto a ella, otro hombre con camiseta negra, barba más corta y anteojos.
Hashem (a la derecha) sentado junto a su hija, que también se llama Batoul, y a Mohamad (a la izquierda). Batoul nació el mismo día que su tía y en su honor recibió su mismo nombre.© UNFPA El Líbano

Los trabajadores humanitarios están protegidos por el derecho internacional porque tienen la misión de ayudar a los demás a sobrevivir. Al igual que Batoul, muchas de esas personas son originarias de las comunidades a las que prestan servicio.

«Detrás de esa persona hay una familia, un hogar», explicó Hashem. «Si tú o yo nos viéramos envueltos en una guerra, lo más probable es que nuestro instinto nos haría alejarnos del peligro. Un trabajador humanitario hace lo contrario. Puede que lleve a su familia a un lugar seguro, se asegure de que estén a salvo, y luego vuelva a ese lugar a exponerse al peligro».

«Proteger a los trabajadores humanitarios no es un privilegio, es un deber. Están prestando un servicio civil a la sociedad, ayudando a las comunidades a recuperarse y a superar las dificultades que enfrentan».

Sin embargo, esta protección se está socavando deliberadamente, ya que los drones armados y otras tecnologías cada vez más letales ponen a la población civil, incluidos los trabajadores humanitarios, en peligro cada vez mayor. 

Las consecuencias deben recaer sobre los perpetradores, no sobre las víctimas 

 A female health worker in a red vest and blue medical mask hands a package of medical supplies to a person outside a mobile health clinic van
El UNFPA ha desplegado nueve unidades de salud móviles en todo el Líbano para brindar atención materna y apoyo obstétrico de emergencia en los refugios colectivos. © UNFPA El Líbano/Georges Roukoz

«Cuando se pierde a un trabajador humanitario, no es solo su familia la que sufre esa pérdida», continuó Hashem. «Las comunidades a las que ayudaba la sufren también».

 «Proteger a los trabajadores humanitarios no es un privilegio, es un deber» – Hashem Qallaji 

Los hermanos encontraron un consuelo inesperado al conocer a las numerosas personas a las que Batoul había ayudado durante sus años como trabajadora humanitaria.

«En realidad, no supe de las personas a las que Batoul había ayudado hasta después de su muerte, cuando vinieron a dar el pésame», confesó Hashem. «Cuando escuché a cuántas mujeres había ayudado, a cuántos niños, a familias sin hogar, a quienes necesitaban atención médica, a personas que necesitaban documentos legales… eso me llenó de orgullo».

Un llamado a la rendición de cuentas

En este Día Mundial de la Asistencia Humanitaria, las agencias de la ONU piden que cese la violencia, que se investiguen a fondo los ataques contra el personal de respuesta humanitaria y que se enjuicie a los responsables. Las y los sobrevivientes y sus familias también merecen apoyo y solidaridad.

Según contó su hermano, a Batoul le encantaba su trabajo. «No esperaba que nadie le dijera: ‘Bien hecho, Batoul. Buen trabajo’. Cada vez que podía marcar una diferencia en la vida de alguien, cada vez que podía ayudar a alguien, esa era su recompensa».

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