BENI, República Democrática del Congo – Las mujeres y las niñas de la República Democrática del Congo han sufrido un aumento dramático de la violencia sexual durante el último año, a medida que los grupos armados intensifican sus ataques contra la población civil.
La Oficina Conjunta de Derechos Humanos de las Naciones Unidas registró 1.534 sobrevivientes de violencia sexual relacionada con los conflictos en 2025, así como de esclavitud sexual, en la cual las mujeres y niñas permanecen en cautiverio prolongado y son objeto de agresiones reiteradas. Además, debido a que el estigma y la vergüenza impiden que muchas sobrevivientes denuncien ante las autoridades, es probable que incluso estas cifras asombrosas no sean las reales.
Maman Masika* es una de esas mujeres.
Sin embargo, su relato no es solo de horror, sino también de supervivencia, recuperación y empoderamiento. A pesar de haber estado expuesta repetidamente a la violencia y las agresiones, su espíritu no se ha quebrado.
Como explicó, su motivación para sobrevivir y prosperar es demasiado poderosa: “No solo trabajo para mí misma. Quiero que mis nietos vayan a la escuela y tengan un futuro mejor”.
Secuestrada y agredida
Todo comenzó en agosto, cuando combatientes armados atacaron su aldea, situada a unos 100 kilómetros al norte de la ciudad de Beni, en la provincia de Kivu del Norte. Ella y su esposo eran agricultores y la Sra. Masika se encontraba trabajando en el campo cuando unos rebeldes armados la agredieron violentamente y secuestraron.
“Ese día perdí la paz interior”, confesó al UNFPA, el Fondo de Población de las Naciones Unidas, la agencia de la ONU para la salud sexual y reproductiva.
Su esposo y otras dos mujeres también fueron capturados en el ataque. Su esposo logró escapar, pero la Sra. Masika y las otras mujeres fueron llevadas al bosque y luego separadas.
La Sra. Masika fue sometida a actos de violencia sexual brutales y repetidos.
Días después, mientras la obligaban a caminar entre los árboles, se produjo un momento de confusión entre los rebeldes y la Sra. Masika logró escapar.
Al no sentirse segura en su aldea, ella y su familia escaparon a Beni. “Huimos dejándolo todo atrás”, relató.
La recuperación física y mental
Las primeras 72 horas tras una agresión sexual son las más críticas. En ese período de tiempo, las sobrevivientes pueden recibir tratamientos de emergencia que pueden prevenir el embarazo y la transmisión del VIH. Desafortunadamente, el prolongado cautiverio de la Sra. Masika, que duró alrededor de una semana, hizo que no pudiera acceder a este tipo de ayuda dentro de dicho período.
Sin embargo, cuando llegó a Beni, la derivaron a un centro especializado en el Hospital General de Referencia de Beni, donde las sobrevivientes de violencia sexual pueden recibir un paquete integrado de servicios. El centro de salud, que cuenta con el apoyo del UNFPA y la financiación del Gobierno de la República de Corea, ofrece todo tipo de servicios, desde atención médica física hasta apoyo jurídico, emocional y económico.
En primer lugar, desinfectaron y trataron las heridas físicas de la Sra. Masika y después se le proporcionó atención psicosocial para traumas extremos.
La Sra. Masika comenzó un tratamiento individual intensivo de tres meses con psicólogos apoyados por el UNFPA para superar los ataques de ansiedad, las pesadillas y el mutismo parcial provocados por las terribles agresiones. La terapia también le ayudó a comprender que no merecía la profunda sensación de vergüenza con la que cargaba después de la experiencia.
Empoderamiento económico
Se trataba de un camino difícil, pero la Sra. Masika sabía que no podía rendirse. Ella y su numerosa familia, incluidos sus cuatro hijos y seis nietos, habían sido desarraigados y debían comenzar una nueva vida.
“Después de tanta violencia, no nos quedaba nada más. Empezamos a cultivar yuca de nuevo y, después de la cosecha, traté de vender ‘pagnes’”, agregó, refiriéndose a las llamativas telas que se usan en la comunidad. “Desafortunadamente, no funcionó”.
Las ganancias no resultaron suficientes para mantener a la familia. También intentó otros proyectos, incluida una unidad veterinaria móvil y una pequeña farmacia, pero sus negocios fueron atacados y saqueados tres veces por hombres armados, lo que aterrorizó aún más a la Sra. Masika y puso en peligro su frágil recuperación.
“Hubo momentos en los que pensé que todo había terminado”, confesó.
Fue entonces cuando comenzó a recibir otra forma de apoyo posterior a la violencia: la asistencia económica del Fondo Nacional de Reparación de Víctimas de Violencia Sexual Relacionada con los Conflictos (FONAREV), una asociación conjunta entre el UNFPA, la Oficina Conjunta de Derechos Humanos de las Naciones Unidas en la República Democrática del Congo (BCNUDH), el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, ONU Mujeres y UNICEF.
El costo de la violencia sexual relacionada con los conflictos a menudo no puede remediarse únicamente con la atención de la salud física y mental. Por ese motivo, la iniciativa trabaja para ayudar a las sobrevivientes a lograr una recuperación social y económica integral.
“La independencia económica aumenta la autoestima. Cuando una mujer recupera la capacidad de contribuir a las necesidades del hogar y de tomar decisiones, se reduce su vulnerabilidad”, explicó una de las psicólogas clínicas.
Después de completar sus sesiones de asesoramiento, la Sra. Masika se inscribió en un programa de capacitación que cubría aptitudes técnicas en materia de emprendimiento y gestión empresarial.
Más adelante le ofrecieron 230 dólares para iniciar un nuevo negocio. “Cuando recibí ese dinero, me di cuenta de que todavía podía comenzar un negocio en el sector textil porque conozco el mercado por haberlo intentado una vez”, comentó la Sra. Masika.
No más silencio
Hoy en día, la violencia sufrida no define a la Sra. Masika, pues se ve a sí misma como comerciante, como madre, como abuela y como un pilar de su familia.
En un puesto improvisado hecho de madera bajo un mango, vende coloridos “pagnes” a personas de su comunidad. Las ganancias cubren una buena parte de los gastos del hogar y, lo que es más importante para ella, pagan la matrícula escolar de sus nietos.
“Antes lloraba en silencio”, confesó. “Hoy planifico mi futuro y sé que no estoy sola”.
*Se ha cambiado el nombre por motivos de privacidad y protección