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Estado de la población mundial 2010

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Capítulo siete

Presas en el propio hogar: la vida bajo la ocupación

Hace varios años, en Gaza,cuando las incursiones y el bloqueo de carreteras por las autoridades israelíes impedían a las mujeres del poblado de Beit Hanoon llegar hasta los hospitales, Fiza Shraim decidió crear una sala de partos provisional en una clínica de atención primaria de la salud accesible a las mujeres.

Una mujer palestina y su hijito pasan a través del puesto de control en Hawarra, cerca de la ciudad de Nablus, en la Ribera Occidental.
©Getty Images/Uriel Sinai

Shraim —laureada en 2010 con el Premio a la Salud y la Dignidad de la Mujer, instituido por la organización Americans for UNFPA— había percibido las necesidades que la rodeaban y había encontrado la manera de satisfacerlas. Otrora, Gaza tenía una tasa de 99% de alumbramientos en establecimientos de salud, que es preferible en países pobres donde tal vez escasean las parteras y los alumbramientos en el hogar son peligrosos. Dados los ataques intermitentes, el bloqueo y otros impedimentos, ese porcentaje comenzó a disminuir, de modo que la iniciativa de Shraim para un parto sin riesgo aportó un oasis acogedor.
                                                            
Shraim poseía un diploma de enfermera y otro diploma universitario obtenido mientras criaba a 13 niños. También había reunido los requisitos para registrarse como partera diplomada y en una emergencia, había atendido el parto de su propia madre, cuando solamente tenía 12 años de edad. En 2008 y 2009, durante el ataque israelí a Gaza, Shraim reabrió la sala de partos de emergencia de Beit Hanoon que había creado muchos años antes, y ofreció servicios tanto de salud como psicológicos. Durante los 21 días que duró el asalto contra Gaza, mientras Shraim trabajaba sin interrupción, 52 mujeres dieron a luz. Varias veces la llamaron por la noche para que acudiera a hogares donde las embarazadas habían quedado atrapadas por bombardeos o la falta de transportes, y ella acudió, pese a los graves riesgos, para atender los partos.

“Hice frente a muchas dificultades”, escribió en una narración oficiosa acerca de su vida. “Yo tenía una familia numerosa y era la única fuente de apoyo”. Para asegurar que su familia siga teniendo un ingreso mientras su esposo está desempleado, Shraim está empleada en el hospital Balsam, en Beit Hanoon. Pero su plan es encontrar la manera de abrir centros y capacitar a parteras en zonas más remotas de Gaza, de modo que el parto sea allí más fácil y más seguro, y se reduzca la mortalidad de madres y recién nacidos.

La situación económica por la que atraviesa el hogar de Shraim debido a que su esposo no puede encontrar trabajo es muy común en Gaza. Sabha Sarhan, fundadora de cursos para mujeres sobre generación de ingresos e iniciativas de desarrollo comunitario en Gaza, habló junto con Shraim en una videoconferencia acerca del Territorio Palestino Ocupado y dijo que los jóvenes varones, en especial, sufren al estar desempleados. Agregó: “Van a la universidad, pero después no encuentran empleo. Se sienten frustrados. El único trabajo que encuentran es en los túneles”. Esos son los túneles para el contrabando de artículos desde Egipto hacia Gaza, una actividad ilegal que, no obstante, contribuye a subsanar carencias causadas por el bloqueo israelí, el cual ha privado a los habitantes de Gaza de muchos productos de primera necesidad, en particular materiales para reconstruir los edificios dañados por la guerra.

En los territorios ocupados por Israel, el ámbito de vida se va estrechando incesantemente para los palestinos. En Gaza, están bloqueados hacia el este por la frontera con Israel, sometida a rigurosas restricciones. Hacia el oeste, enfrentan el control israelí de la costa del mar Mediterráneo y hacia el sur, están limitados por Egipto. En la Ribera Occidental, hay humillaciones cotidianas junto a los puestos de control en las carreteras, y es visible la amenaza del avance israelí que rodea las ciudades palestinas con asentamientos a manera de fortificaciones en las colinas circundantes. Una gigantesca barrera, pared de hormigón armado para mantener a los palestinos fuera de Israel, va acompañada en su demostración de hostilidad por carreteras, vedadas a los habitantes locales, que unen entre sí los asentamientos israelíes sobre tierras palestinas.

En el Territorio Palestino Ocupado, designación que abarca la Ribera Occidental y Gaza, en 2009 el total de la población ascendía a unos 3,94 millones de personas, según la Oficina Central Palestina de Estadística, que ha estado realizando sus propios censos desde 2007, con el apoyo del Organismo de Obras Públicas y Socorro para los Refugiados de Palestina en el Cercano Oriente, de las Naciones Unidas, conocido por sus siglas OOPS, y más recientemente, con la ayuda del UNFPA. De aquel total, unos 2,45 millones de personas residían en la Ribera Occidental y aproximadamente 1,5 millón, en Gaza. El OOPS, establecido en 1949, ofrece asistencia, protección y promoción a unos 4,7 millones de refugiados palestinos registrados en Jordania, el Líbano y Siria, así como en el Territorio Palestino Ocupado. El OOPS, que funciona casi por completo gracias a contribuciones voluntarias, ofrece servicios básicos como los de educación y de salud en toda la región, dondequiera que estén registrados los refugiados palestinos.

En la Ribera Occidental y Gaza, dos sociedades, que difieren entre sí en varios aspectos, están en condiciones similares, pues nunca hay seguridad completa en el ámbito donde viven, y siempre es posible que se reanuden y cesen las hostilidades, una y otra vez. Las mujeres palestinas que viven en territorios ocupados por Israel, y los hombres que las apoyan, han demostrado que son valerosos, creativos e ingeniosos al tratar de mitigar las tribulaciones en que están inmersos y lograr una vida con mayor seguridad para sus familias. Uno de los retos más arduos que enfrentaron los palestinos ha sido el de proporcionar servicios de salud reproductiva, tanto en la Ribera Occidental como en Gaza, donde otrora casi todos los alumbramientos ocurrían en clínicas u hospitales, las condiciones preferidas por los expertos locales en salud reproductiva.

Debido al toque de queda era efectivamente imposible salir de noche, aunque se tratara de emergencias médicas.

En la Ribera Occidental, la situación cambió en 2002-2003 cuando las Fuerzas de Defensa de Israel, en respuesta a una serie de ataques palestinos, sitiaron varias ciudades de la Ribera Occidental, entre ellas Ramallah, Jenin y Nablus, dejando tras de sí muchos muertos y considerable destrucción. En los años siguientes, el acceso a la atención médica se hizo cada vez más difícil para los palestinos y hubo muchos informes acerca de personas necesitadas de atención médica u hospitalaria que quedaban detenidas en los puestos de control en las carreteras o eran enviadas de regreso. Con frecuencia, debido al toque de queda era efectivamente imposible salir de noche, aunque se tratara de emergencias médicas. Después de la cesación de las hostilidades, los obstáculos persistieron durante años.

Una mujer palestina camina a lo largo del muro israelí en al-Ram, Ribera Occidental, en los aledaños de Jerusalén.
©Reuters/Baz Ratner

La historia de Samira, una mujer oriunda de la aldea de Azoun Atmeh, cerca de Qalqilia, se ha transformado en simbólica entre los palestinos. En 2007, cuando aparentemente estaban mejorando las condiciones, el punto de control en la carretera para salir de su aldea se cerraba por la noche. “Entonces, las mujeres en trabajo de parto enfrentaban un problema”, dijo su hija Hannan, cuando se reunieron las mujeres de la familia para relatar lo que había ocurrido. “Las mujeres tenían que marcharse de la aldea con varios días de antelación y residir en casa de parientes para estar cerca del hospital”. Agregó que se fue deteriorando, en general, la atención regular de la salud reproductiva durante el embarazo, debido a que las mujeres no querían arriesgarse a pasar por los aparatos de rayos X en los puestos de control, y la atención de postparto era deficiente. Teniendo en cuenta esas condiciones, Hannan decidió estudiar salud reproductiva y partería, lo cual tal vez haya las vidas de su madre y de su hermanito.

Antes del amanecer, en la mañana en que comenzó el trabajo de parto de su madre , el padre de Hannan sólo pudo conducir su automóvil hasta el punto de control más cercano, donde se le dijo que no podía avanzar. Él rogó a los soldados israelíes que lo dejaran pasar. Respondieron que si avanzaba, lo matarían, dijo Hannan. Su madre imploró a su esposo que retrocediera, que pensara en las nueve personas de su familia que tenía a su cargo, y que no arriesgara su vida. Cuando su padre y su madre regresaban a su hogar, Hannan comprobó que la cabeza del niño ya era visible. Ayudó en el alumbramiento del niño en el automóvil y luego ayudó a su madre a ingresar a la vivienda, donde encontró una hojita de afeitar y un cordel para cortar y anudar el cordón umbilical. Actualmente, Hannan es enfermera y realiza trabajo voluntario como asistente médica.

Ali Shaar, médico y oficial nacional de programas para salud reproductiva del Programa del UNFPA de asistencia a los palestinos, dijo que en 2006, durante la peor etapa de la crisis de salud reproductiva, había cada año unos 1.400 alumbramientos junto a los puestos de control o en automóviles rumbo al hospital. Incluso actualmente, la atención prenatal no es tan buena como debería ser y hay defunciones de recién nacidos que podrían haberse prevenido. Frente a la incertidumbre de poder llegar a un hospital, las mujeres optan por dar a luz en el hogar con la asistencia de parteras, o mediante operaciones cesáreas, que han aumentado hasta un 26% en zonas aisladas del Valle del Jordán, dijo Shaar. Agregó: “Ahora es más fácil el desplazamiento, pero la infraestructura de los puestos de control en las carreteras se mantiene, de modo que la situación podría cambiar en cinco minutos”.

Hay numerosos proyectos de autoayuda emprendidos por mujeres palestinas, para proporcionar asistencia no sólo en materia de salud sino también de desarrollo económico. En Jericó, la YWCA ofrece clases para preparar en el hogar alimentos a nivel profesional que luego pueden venderse para obtener ingresos, de modo de ofrecer a los palestinos alternativas distintas de comprar artículos de producción israelí. Los agricultores palestinos, a menudo bajo presión dado que los asentamientos israelíes avanzan sobre sus tierras, producen dátiles, naranjas, verduras, miel y leche de cabra para fabricar queso, todo ello de alta calidad. En la YWCA, las mujeres también pueden aprender a utilizar computadoras y adquirir otros conocimientos prácticos. Dado que muchos hombres están desempleados, las mujeres pueden aprovechar esos oficios que aprenden. En la ciudad de Nablus, un nuevo centro de mujeres está enseñando rudimentos de finanzas y administración.

En Nablus, el desplazamiento de personas sigue restringido por los puestos de control y las prohibiciones de entrar en las zonas cerradas y reservadas para colonos israelíes. Los residentes locales reconocen que los militantes palestinos han operado desde esa ciudad, de modo que ésta se ha convertido en blanco de ataques israelíes. En 2002, Nablus resultó muy destruida por incursiones israelíes, que en gran medida aniquilaron su industria de fabricación de jabón y otros sectores económicos, con lo cual la población quedó sumida en una prolongada parálisis comercial, con altos niveles de desempleo. Las personas que encuentran trabajo fuera de Nablus, en lugares tan distantes como Jerusalén, a 60 kilómetros al sur, dicen que puede llevar horas recorrer esas distancias en caminos relativamente libres de tránsito pesado, debido a demoras inesperadas en los puestos de control. En esas circunstancias, ha sido difícil reconstruir  sus vidas después de los ataques y persiste la destrucción física general en Nablus, ciudad que figura entre los centros urbanos más antiguos del mundo.

Muchas mujeres de Nablus, mediante iniciativas comunitarias y con el apoyo del gobierno municipal, han establecido en los últimos años una red de asistencia. Hay 60 mujeres capacitadas para labores psicosociales que ayudan a mujeres traumatizadas o lesionadas, derivándolas cuando es necesario a los servicios profesionales que ofrecen los departamentos pertinentes del gobierno municipal. En 2010, la red inauguró una nueva sede, el Rincón de la Mujer, encima de una galería comercial en el centro de Nablus.

En el Rincón de la Mujer, un lugar donde reina una atmósfera optimista, las mujeres pueden solicitar asesoramiento en un programa coordinado por Rafif Mahlas, quien dirige la asistencia psicosocial. También se ofrece capacitación en actividades para generar ingresos y hay una pequeña tienda donde se venden artesanías hechas por las mujeres. Los productos exhibidos, que producen ingresos a las mujeres, incluyen labores de abalorios, bordados, jabones de aceite de oliva y alimentos procesados. Los nuevos programas de finanzas y administración que ofrece el Rincón de la Mujer están ideados para ayudar a las mujeres a dejar de ser meramente productoras en pequeña escala y transformarse en empresarias avezadas que saben cómo comercializar los productos y administrar el dinero. El Rincón de la Mujer también exhorta a los departamentos y servicios municipales a que incorporen en sus trabajos las cuestiones de género y la presupuestación con perspectiva de género.

Raeda Freitekh, quien acudió al Rincón de la Mujer para hablar de su vida como víctima de ataques israelíes y sus largos años de rehabilitación, se ha transformado a su modo en un modelo de determinación y persistencia para muchos otros en Nablus. En 2002, su vivienda fue bombardeada por los israelíes. Dijo: “Dos de mis tías resultaron muertas”. Yo estuve enterrada en los escombros durante nueve horas. Tres días después, recobré el conocimiento en el hospital”. Debido o bien al derrumbe de su hogar o bien a los apresurados esfuerzos de los transeúntes para rescatarla, quedó completamente paralizada; no podía mover nada, ni siquiera las manos. “No puedo recordar nada de lo que pasó, pero me dijeron que alguien que pasaba por ese lugar me oyó bajo los escombros. Tal vez me hayan extraído de manera equivocada, debido a que, en el apuro por salvar mi vida, no pensaban en ninguna otra cosa. En aquel momento, la situación era extremadamente mala. Muchas personas perdieron la vida y muchas viviendas fueron destruidas y nadie podía comprender lo que estaba pasando. Todo lo que la gente podía pensar era que a lo mejor la ciudad iba a quedar completamente destruida sobre nuestras cabezas”.

“No me importaba lo que me estaba pasando a mí”, dijo. “Yo pensaba en mi familia. ¿Dónde estaban mis familiares? Los médicos no me decían nada. Permanecí en el hospital durante tres meses y fue entonces cuando me enteré de la verdad. Nunca iba a poder volver a moverme. Mis tías estaban muertas y mi casa, destruida. Yo tomé conciencia de que ésa era la nueva realidad”. Freitekh se sometió a varias operaciones quirúrgicas, inclusive una en Jordania. “Tres meses después de que yo regresé, mi hermano fue asesinado. Ya no me quedaba nada”.

“Cuando ocurrió el bombardeo, yo tenía 27 años y cursaba mi primer año universitario”, dijo. “Antes había estado casada y tenía un hijo y una hija. Pero me había separado de mi esposo y había regresado al hogar de mi familia. Después de esta herida, para mi esposo fue muy fácil decir: ‘Tú estás inválida, ya no puedes ser una esposa, tú estás divorciada’. Encontró una manera muy expeditiva de decir adiós”. Rawda Baseir, una bien conocida feminista palestina, que había conocido a una de sus tías y había oído la historia de la tragedia de esa familia, acudió para salvar a Freitekh de la depresión y los pensamientos suicidas. “Me dijo: ‘Puedes escoger entre morir aquí en tu lecho o continuar tu vida’”. Baseir había organizado un grupo de apoyo para mujeres que perdieron a sus seres queridos durante los ataques y exhortó a Freitekh a sumarse a ellas. Recuerda la primera reunión, que fue desastrosa: “Sólo asistí a una sesión, pero tenía una convicción interior de que no estaba lista ni para escuchar ni para participar. Todo lo que podía hacer era llorar. Me avergonzaba estar en una silla de ruedas, cuando hacía pocos meses caminaba y me sentía fuerte. Pero ya no podría moverme nunca más”.

Con las constantes exhortaciones de Baseir y su apoyo financiero, Freitekh regresó a la Universidad Nacional An-Najah en Nablus y estudió psicología, a la espera de utilizar esos conocimientos para ayudar a los demás. Para ese entonces, la fisioterapia la había ayudado a recuperar el movimiento en la parte superior de su cuerpo, pero sus piernas no respondían. “Era para mí muy difícil estudiar en la Universidad, utilizando una silla de ruedas. Llegar a las clases era horrible. Debido a que era un viejo edificio universitario, no había acceso para personas impedidas. Mis compañeros de la Universidad me ayudaron mucho, acarreándome por las escaleras para llegar hasta las salas de clase. A veces, algunos profesores optaban por dictar sus clases en la planta baja, simplemente para facilitarme el acceso. Yo era la única persona que utilizaba una silla de ruedas en la Universidad. Ahora hay allí seis personas discapacitadas y la Universidad tiene mejor acceso. Gracias a Dios, mis amigos y mis profesores me brindaron mucho apoyo”.

Una vez que se diplomó, Freitekh pudo encontrar trabajo a jornada parcial en un proyecto de asistencia psicosocial del gobierno municipal. Este año, pasó a ocupar su primer puesto a jornada completa como asesora psicosocial en el Centro de Salud Mental de Nablus . Le dijeron que había obtenido ese empleo dado que había atravesado tantas dificultades —psicosociales y físicas— y sabía de qué manera brindar apoyo a los demás. “Dentro del centro, yo siento que estoy viva”, dijo. “He encontrado algo que soy capaz de hacer”. Su historia ha inspirado a sus propios hijos —su hijo tiene ahora 17 años y su hija, 13 años— y ellos la visitan con frecuencia. Siguen viviendo con su padre, mientras que ella vive en el hogar de un hermano, adaptado a su silla de ruedas. Dijo: “Ahora, mis hijos están muy orgullosos de mí. Están en contacto con personas que afirman que su madre es muy fuerte”. Ella dice que, en verdad, es fuerte, pero fue necesario el apoyo de la comunidad y de otras mujeres fuertes, para que todo eso fuera posible.

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