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Estado de la población mundial 2010

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Capítulo cuatro

En tiempos de crisis, las relaciones entre los géneros cambian continuamente

Un hombre muy atribulado, que había huido de la República Democrática del Congo, dijo a un agente de asistencia mientras éste hablaba con los refugiados en Uganda, que él no podía soportar ser testigo de brutales sevicias infligidas a otros hombres a su alrededor, sin poder hacer nada. Había experimentado cuán inermes podían estar esos hombres frente a la anarquía, la criminalidad y la violencia desenfrenadas. Además, había sido víctima de malos tratos sexuales, y ni siquiera había podido protegerse a sí mismo contra la violencia por motivos de género. Dijo: “Somos todos unos cobardes, nos sentimos muy mal. Todos nos hemos marchado por esa razón”.

Una oficial tailandesa de la Policía de las Naciones Unidas (al frente, a la izquierda) y una oficial de la Dependencia de Personas Vulnerables, Policía Nacional de Timor-Leste (PNTL) (a la derecha), responden a un llamado cerca de la aldea de Gleno.
©UN Foto/Martine Perret

A medida que el mundo y sus instituciones internacionales fueron comenzando, después de mucho tiempo, a prestar atención a los malos tratos infligidos a las mujeres en situaciones de conflicto y desastre, para muchas personas que trabajan en comunidades desintegradas se fue haciendo evidente que los hombres también han padecido malos tratos de diversos tipos. Actualmente, lograr que esos hombres se recuperen y puedan recobrar su lesionado sentido de autovalía en la sociedad se considera de importancia crucial para el éxito a largo plazo de los procesos de reconciliación y reconstrucción. Las mujeres y los hombres están colaborando, no sólo en la reconstrucción física de viviendas y comunidades; también están hablando de los cambiantes papeles de género y la desaparición de las definiciones ancestrales de masculinidad, a consecuencia del conflicto y de los desplazamientos.

Durante varios años, en las resoluciones del Consejo de Seguridad y en otros documentos de las Naciones Unidas se ha utilizado la palabra “civiles” para denotar a todos los afectados por la guerra, hombres, mujeres y niños, aun cuando la intención en aquellos documentos era mayormente abordar la violencia contra las mujeres y las niñas. Las matanzas específicamente por razones de género, como el asesinato de miles de hombres y niños varones perpetrado en Bosnia y Herzegovina a mediados del decenio de 1990, como parte de lo que el mundo denominó “limpieza étnica”, fueron condenadas por el crimen que eran; pero esos hechos no se tradujeron en campañas sostenidas para eliminar la violencia contra los hombres y los niños varones.

La focalización en los hombres y los niños varones no deja de ser algo controvertida. Muchas mujeres y muchas organizaciones de promoción de la mujer expresaron su preocupación y dijeron que no es posible permitir que sus interminables y duras batallas en pro del reconocimiento, la justicia y la compensación pasen a segundo plano si se desvía la atención hacia los hombres. Después de todo, la violencia contra las mujeres sigue en un alto nivel, y en algunos lugares, va en aumento. Por ejemplo, en África, la Declaración de Goma sobre erradicación de la violencia sexual y eliminación de la impunidad en la Región de los Grandes Lagos, aprobada en 2008, afirmó que la violencia sexual y por motivos de género, particularmente contra las mujeres y los niños, había llegado a “proporciones pandémicas” y que “no sólo ocurría en situaciones de crisis y de guerra”. Y en Bosnia y Herzegovina, donde el uso de la violación sexual en la guerra a comienzos del decenio de 1990 condujo a la tipificación internacionalmente reconocida como crímenes de guerra de los abusos sexuales de todo tipo, el Centro de Asuntos de Género del Gobierno informó en 2010 que iba en aumento la violencia en el hogar, 15 años después de que un acuerdo de paz puso fin al conflicto.

No obstante, muchos, si no la mayoría, de los participantes en la lucha mundial contra la violencia por motivos de género, tanto mujeres como hombres, acogen con agrado que se preste mayor atención a los hombres y los niños varones y lo consideran un acontecimiento importante debido a que se piensa que los hombres son parte de toda solución duradera, aun cuando se considere que el comportamiento masculino dio lugar al problema.

En algunas sociedades tradicionales, los hombres han acogido con alarma el lenguaje del feminismo y los derechos de la mujer, que debe traducirse cuidadosamente a los idiomas locales y adaptarse a las culturas locales, a fin de involucrar a los hombres en el intercambio de ideas sobre los cambios sociales que están ocurriendo en todas partes. Ésa fue la opinión expresada por Otellu Eyatty, Superintendente de Policía en Amuria, distrito rural de Uganda oriental. Dijo que utilizar el lenguaje importado de los países del Norte creaba malentendidos entre los hombres de esta zona, que ya estaban sometidos a estrés después de haber perdido su ganado a raíz de incursiones de ladrones furtivos provenientes de la vecina región de Karamoja, donde tienen sus bases clanes armados. “Esos hombres no tienen idea de lo que es ampliar los medios de acción de la mujer”, dijo. Para un hombre, eso suena amenazador, como si las mujeres fueran a despojarlo de su poder”. Agregó que la manera en que se presenten esas ideas puede redundar en una enorme diferencia en cuanto a poder o no comprender los papeles de género.

En varias regiones de Uganda, los hombres han padecido muchos ataques psicológicos y físicos, idénticos a los cometidos en numerosos otros lugares donde los conflictos o los desastres han trastornado la vida, por ejemplo, en Liberia, donde, según se estima, un 30%, o más, de los hombres tal vez hayan sido objeto de malos tratos durante años de turbulencia política y guerra civil. Existe la categoría obvia de ataque físico violento, como la violación sexual, a menudo por parte de grupos armados. El proyecto de Ley de Refugiados preparado en la renombrada Universidad de Makerere ha documentado esos malos tratos recopilando historias de personas desplazadas en Uganda y refugiados procedentes de la región de los Grandes Lagos, en particular, de la República Democrática del Congo. Los resultados de la investigación para dicho proyecto sirvieron de base a una película filmada en 2008, Gender Against Men (El género contra los hombres).

En la película, un refugiado congolés, con su silueta oscurecida, describe cómo fue objeto de abusos sexuales por parte de “numerosos” soldados no identificados pertenecientes a una de las facciones en pugna en el Congo. Dijo: “No sé cuántos eran; esto me causa muchos traumas emocionales. Uno no sabe realmente cómo volver a vivir de la misma manera que antes”. Lo más aterrador, en varios niveles, fue la explicación que dio del comportamiento de sus atacantes: “Éramos despreciables”, dijo. “Nos colocaban en el lugar de las mujeres. [Dijeron] vamos a mostrarles que todos ustedes son hembras. Ustedes no son hombres como nosotros”.

Las heridas padecidas por los hombres no siempre son directamente de orden físico. También, a menudo solapadamente, se inflige un trauma psicológico, muchas veces con propósitos de intimidación y humillación. Esos actos destruyen el alma porque atacan el sentido de la propia identidad de un hombre, de su ser, de su virilidad, dice Chris Dolan, Director del proyecto de Ley de Refugiados en la película Gender Against Men. “Muchos conflictos entrañan antagonismos de identidad: entre identidades étnicas, identidades políticas, e incluso un intento de determinar quién está incluido en un determinado grupo, quién está excluido, quién es digno de estarlo y quién no. Una cuestión clave es la humillación. ¿Cómo se puede humillar y probar que quienes están excluidos deben estarlo? ¿Cómo se establece la propia supremacía, el propio derecho a controlar? Al parecer, gran parte de estas cuestiones se zanjan aplicando ciertas formas particulares de violencia. A mi juicio, el uso de violencia sexual entraña en gran medida un ataque a la esencia, al sentido de sí mismos de los individuos y los grupos”.

Se obliga a los hombres y a los niños a observar mientras su esposa y madre es violada sexualmente por los atacantes armados y se demuestra que son impotentes para repeler el ataque. A veces, las víctimas son hermanas, padres y madres ancianos u otros parientes. A veces, el jefe de la familia es maniatado para inmovilizarlo mientras los atacantes prosiguen con sus depredaciones. Los niños están presentes; el daño psicológico que se les inflige es inconmensurable. En Gender Against Men, una joven relata cómo su hermano fue asesinado debido a que se negó a violarla pese a que se lo obligaba, amenazándolo con un arma de fuego.

      Personas internamente desplazadas y refugiados, 1989 a 2009


      Fuente:
Centro de Seguimiento de los Desplazamientos Internos, Consejo Noruego para los Refugiados.

Cuando los hombres han perdido sus hogares y sus medios de vida debido al conflicto y están confinados en campamentos de refugiados o albergues transitorios para personas desplazadas, aparece otro factor: esos hombres pierden a menudo su sentido de valía personal y dignidad. Ven que las mujeres asumen la conducción de la frágil economía de la familia, comprando y vendiendo lo que pueden, recurriendo al trueque por comida u otros artículos de primera necesidad, y a veces prostituyéndose para obtener dinero y poder así poner alimentos en los platos vacíos. Actualmente, se considera en general que las variaciones en los papeles tradicionales de género son un factor contribuyente al aumento de la violencia en el hogar dentro de los campamentos, la cual tal vez continúe después de que esas personas regresen a sus hogares o sean reasentadas en otro país. En un reciente informe preparado para las Naciones Unidas por el Centro de Seguimiento de los Desplazamientos Internos, establecido por una organización no gubernamental, el Consejo Noruego para los Refugiados, se constató que el número de personas obligadas a marcharse de sus hogares en sus propios países, considerado a escala mundial, había aumentado desde 17 millones en 1997 hasta más de 27 millones en 2009, la mayor cantidad registrada desde que comenzó el seguimiento en el decenio de 1990, tras el estallido de guerras civiles y conflictos internos. Dados esos aumentos, las amenazas a la paz en el hogar y la confusión acerca de los papeles de género sólo pueden agravarse. La investigación indica que si bien los acuerdos de paz y de cesación del fuego celebrados en todo el mundo en el primer decenio de este siglo tal vez hayan reducido en algunos lugares la cantidad de personas desplazadas, han surgido nuevas crisis en otros lugares. En 2009, el Pakistán tenía la cantidad más alta de personas internamente desplazadas —unos 3 millones — debido en parte a la proliferación de la insurgencia de los talibanes y la respuesta militar del Gobierno. Esa cantidad aumentó —tal vez en varios millones— en agosto, cuando las inundaciones devastaron varias zonas de ese país.

Las dificultades y angustias que afectan a los hombres, aparte de no haber suscitado nunca campañas internacionales de concienciación, a menudo son invisibles y no reciben servicios debido a que los hombres no solicitan tratamiento o ayuda tan a menudo o tan pronto como lo hacen las mujeres. Alumai Francis, Coordinador de Capacitación en la Organización Psicosocial Transcultural de Uganda, dice: “Esta cuestión de responder a los hombres es una cuestión de aceptación. Después, la aceptación se vincula con la cuestión de la masculinidad. Ningún hombre puede ponerse de pie y anunciar a todo el mundo que está derrotado. Los hombres tratan de superar la situación. Y, de acuerdo con mi experiencia, en la mayoría de los casos esta imposibilidad de hablar de lo sucedido … provoca cambios en los comportamientos. Algunos comportamientos y hábitos, como el consumo excesivo de alcohol, se agravan y ocurre lo propio con la violencia en el hogar y algunas forma de violación sexual”.

“Cuando se considera a los hombres en su medio familiar se comprueba que, al igual que las mujeres y los niños, ellos necesitan asesoramiento psicosocial”, dijo Francis, refiriéndose al estrés creado en los conflictos, al sumarse a una conversación con representantes de otras organizaciones no gubernamentales reunidos en la sede del UNFPA en Kampala. “Lograr que los hombres acudan a los centros para obtener apoyo no es fácil. Un hombre sólo aceptará apoyo cuando esté completamente aniquilado. Cuando se los invita a concurrir a los centros de asistencia psicosocial, los hombres piensan que eso es para personas con trastornos mentales. Al ser invitados a ir a un centro de asistencia psicosocial, ellos interpretan que no es por estar enfermo, sino por estar realmente loco. Por consiguiente, ser visto en un centro de asistencia psicosocial es totalmente inaceptable. ¿Qué pensará la comunidad al respecto? ¿Qué dirá la comunidad acerca de una persona que va a ese centro? Es así como por esa razón, los hombres, en su mayoría, se refugian en la denegación. Esa denegación [también en este caso] deriva hacia otras modalidades negativas de comportamiento: consumo excesivo de alcohol, violencia en el hogar, malos tratos infligidos a los niños e infracciones similares”. En comunidades de familias que han regresado de campamentos de personas desplazadas hay asistentes sociales que están contribuyendo a que los hombres superen su renuencia a acudir en procura de ayuda, dijo. Pero eso lleva tiempo.

La distancia psicológica que los hombres deben recorrer suele ser enorme, no sólo para ajustarse a nuevas realidades en situaciones posteriores a conflictos, sino también para acudir en busca de ayuda cuando ese proceso de ajuste abruma toda posibilidad de hacer frente a la situación. En un informe preparado por Chris Dolan hace un decenio y titulado “El colapso de las masculinidades y la debilidad de los Estados: Estudio de un caso en Uganda septentrional”, se explica que los estereotipos y modelos de comportamiento masculinos y femeninos están profundamente arraigados. En ese orden de cosas, las mujeres son siempre ciudadanas de segunda clase. Por ende, las nuevas formas de pensamiento que animan a las mujeres después de haber superado enormes obstáculos y haber demostrado sus aptitudes de supervivencia aguzadas por la necesidad, cuando aspiran a algún grado de independencia económica y social al reanudar la vida en la aldea, son desafíos monumentales para los hombres, que tal vez hayan supuesto que iban a restablecer rápidamente toda la autoridad y la dominación de que disfrutaban antes.

Un grupo de jóvenes frente a una escuela en Amuru, Uganda.
©Panos Pictures/Jenny Matthews

Entre los palestinos residentes en tierras ocupadas por Israel, también se están cuestionando las anteriores opiniones sobre los papeles de género, aun cuando de diferentes maneras y por diferentes razones, según Ziad Yaish, Representante Auxiliar para el Programa del UNFPA en el Territorio Palestino Ocupado. Yaish ha escrito una tesis de maestría sobre el tema para la Universidad de Birzeit, y centró su investigación en la ciudad palestina de Nablus, donde las familias han soportado decenios de ocupación y esporádicos ataques militares. Los asentamientos israelíes se están ampliando en la zona de Nablus, que está conectada con el exterior mediante caminos vedados al tránsito de los palestinos.

Nablus, antigua ciudad con una larga historia de resistencia, ha sido castigada por ataques israelíes e intrusivas operaciones de allanamiento. La ciudad está casi totalmente rodeada por barricadas israelíes que limitan el acceso; los puestos de bloqueo vial se reubican a veces sin aviso previo, con lo cual los residentes pierden tiempo yendo en búsqueda de caminos abiertos. La economía local está deteriorada, los empleos son escasos y la tasa de desempleo es alta. Yaish dijo en una entrevista que, dada esta situación crítica, le interesaba saber de qué manera se negociaba dentro de los hogares la asunción de autoridad.

“Yo quería saber cómo se sienten los hombres frente a toda esa situación y cuál es el efecto de la ocupación sobre los papeles de género en la familia”, dijo. “Yo quería estudiar a los hombres, y a los esposos en particular, y también sus relaciones con sus esposas y sus hijos. La idea surgió cuando presencié cómo se humillaba a los hombres en los puestos de control israelíes, a veces obligándolos a desnudarse e interrogándolos frente a sus familias. Yo me preguntaba de qué manera esos hombres reaccionarían cuando regresaran a sus hogares”.

“Los estudios acerca de los efectos de la guerra y el conflicto armado sobre la masculinidad en el mundo árabe son limitados” escribió Yaish en su tesis. “En ese mundo, el concepto mismo de masculinidad es nuevo”. Dijo que en sus búsquedas por librerías y bibliotecas de El Cairo, Ammán, Damasco y Jerusalén encontró muy pocos libros o artículos pertinentes.

En la zona de Nablus, Yaish dividió a las personas estudiadas en hombres de menos de 40 años de edad y de más de 40, para tratar de determinar si había diferencias entre generaciones. También conversó con esposas de hombres desempleados. “Se supone que son los hombres quienes mantienen a la familia y la protegen. Pero aquí, cuando pierden sus empleos, al parecer las mujeres toman el timón para tratar de mantener a la familia. Las mujeres tratan de realizar proyectos para obtener ingresos, [u] obtener empleo para ganar un sueldo”. Constató que los hombres de más edad tienden a apartarse de sus familias si se sienten marginados por las mujeres, muchas de las cuales tratan de proporcionarles apoyo psicológico, a la espera de que algún día ellos recuperen sus papeles “normales”.

En Gaza, donde la vida de los palestinos está incluso más restringida que en la Ribera Occidental, un grupo de mujeres, hablando a través de un enlace televisivo con la oficina del UNFPA en Jerusalén, dijo que en los últimos años se han presenciado cambios en los papeles de hombres y mujeres, a medida que el territorio iba quedando más aislado. Sabha Sarhan, que desde 2003 ha organizado a las campesinas en clubes de autoayuda donde se enseña, entre otras cosas, cómo producir alimentos y cómo preservar sus fuentes de ingresos, dijo que las mujeres reconocían que las condiciones de vida habían dañado las mentes de los hombres y que trataban de encontrar maneras de mantener la paz en sus hogares. Dijo: “Los hombres se frustran cuando tropiezan con pequeños problemas, por ejemplo, cuando no pueden comprar cigarrillos. Pero las mujeres son sagaces. Pueden ganar dinero para apoyar a los hombres y también pueden evitar situaciones de violencia”. Sarhan dijo que desde el comienzo de sus proyectos rurales se empeñó en lograr la abolición de la costumbre de confinar a las mujeres en sus hogares y piensa que las mujeres palestinas de Gaza están ahora más fortalecidas, debido en parte a lo que han sufrido y han tenido que esforzarse por mantenerse vivas y mantener vivas a sus familias.

Maryam Zaqoot, activista de derechos humanos y Directora de la Asociación de Cultura y Pensamiento Libre en Gaza, agregó que su organización y otras reconocen que el conflicto con Israel afecta de diversas maneras a los hombres más que a las mujeres y, como aspecto positivo, ha contribuido a una más intensa colaboración para mitigar las dificultades. “Los hombres están adquiriendo mayor conciencia de la situación” dijo. Fiza Shraim, una pionera palestina que mejoró la partería y la atención de la salud materna en situaciones extremadamente difíciles, expresó la misma opinión y agregó que, según había observado, al parecer habría menor cantidad de hombres jóvenes que, al buscar futuras esposas, prefieren mujeres dóciles y sin educación que permanezcan en el hogar; en cambio, muchos buscan mujeres dotadas de aptitudes y capaces de trabajar y contribuir a mantener a sus familias. Agregó que ahora ve mayor cantidad de hombres dispuestos a ayudar con las tareas del hogar, una novedad en el mismo sentido y un signo de que las actitudes están cambiando.

En la Ribera Occidental, Yaish constató que las mujeres suelen excusar los comportamientos abusivos, pues piensan que los hombres desempleados necesitan la ayuda y el apoyo de las mujeres. Los hombres palestinos desempleados más jóvenes no se retraen ni se ausentan de la vida familiar, como lo hacen muchos hombres de más edad, sino que están inquietos y siguen buscando empleo activamente. Para pasar el tiempo, se reúnen con amigos, y conversan en las cafeterías, si pueden permitirse este gasto, o simplemente se reúnen con ellos en la calle. “Están muy enojados, se sienten frustrados”, dijo Yaish. “Los hombres más jóvenes suelen recurrir con más frecuencia a la violencia para afirmar su masculinidad en el hogar”. Normalmente, los hombres palestinos ni buscan ni aceptan asistencia psicosocial, ofrecida por numerosas organizaciones. Pero, según constató Yaish, tanto los hombres como las mujeres hablan de la intensificación de su religiosidad en busca de paz interior y para poder hacer frente a una vida sembrada de dificultades.

“Uno siempre ha de mirar la masculinidad en relación con la feminidad; hay que contemplar una y otra conjuntamente, dijo Yaish. “Aquí … he encontrado muchos programas que tratan de la violencia por motivos de género pero siempre … acerca de la mujer. Se convierte en una cuestión de la mujer. Pero yo pienso que no es así. En resumidas cuentas, es una cuestión tanto de mujeres como de hombres”.

[19] CUANDO SON LAS MUJERES QUIENES COMBATEN

A menudo, las feministas han aducido que las mujeres son naturales promotoras de la paz y que, siempre que es posible, escogen una solución no violenta. Pero desde tiempos inmemoriales, las mujeres han ido a pelear en las guerras, y los conflictos en tiempos contemporáneos han involucrado a muchas mujeres, o bien porque así lo eligieron, o bien porque fueron reclutadas por la fuerza. Los conflictos étnicos y las causas nacionalistas o relativas a la lucha de clases han comprometido a muchas mujeres en guerras civiles y, a veces, en actos de terrorismo. La guerra de alta tecnología librada por los países desarrollados ha atraído a las mujeres a carreras en el ejército, donde tratan de ascender a funciones de comandancia, en competición con los hombres.

Swati Parashar, profesora en la Universidad de Limerick, Irlanda, escribió recientemente acerca del feminismo y el conflicto armado en Sri Lanka, donde son niñas o mujeres hasta una quinta parte de los cuadros superiores del grupo de Tigres de Liberación de Tamil Eelam, lo cual suscita algunas preguntas pertinentes. “Las mujeres que apoyan la violencia discriminada e indiscriminada contra instituciones del Estado y civiles inermes, y que practican esa violencia, no sólo redefinen las nociones de nacionalismo, género e identidad religiosa, sino que además destacan sus complejas y problemáticas relaciones con el feminismo. ¿En qué medida el participar en actividades de militancia y combate armado proporciona a las mujeres oportunidades de trascender los papeles de género convencionales? … ¿Cómo son influenciadas las mujeres militantes por esos movimientos políticos y cómo, a su vez, influyen ellas sobre esos movimientos? … ¿Cómo enfocan, o deberían enfocar, las entidades feministas internacionales a esas mujeres militantes?”

Una mujer combatiente maoísta en Bhojpur, Nepal, en 2005.  ©AFP/Getty Images

Una pregunta ulterior podría ser: ¿qué ocurre cuando terminan los combates y esas mujeres regresan a sus hogares? Actualmente, Nepal y Sri Lanka están atravesando procesos de reintegración de mujeres excombatientes. Una advertencia cauta acerca de algunas expectativas que pueden tener después de los conflictos las mujeres que optaron por luchar codo a codo con los hombres fue ofrecida por Sara Emmanuel, en un artículo aparecido en junio de 2007 en la revista ISIS Newsletter, sobre la base de sus experiencias en Centroamérica. Escribió: “En El Salvador, las mujeres excombatientes, al rememorar sus vidas como luchadoras, dicen que experimentaron algún tipo de liberación de las restricciones sociales; una nueva libertad sexual y liberación de las percepciones convencionales respecto de la maternidad; esperanza de encontrar maneras de superar la pobreza y la opresión y de lograr un futuro mejor. No obstante, las realidades que aportaron la paz y la desmovilización fueron muy diferentes. Las mujeres quedaron separadas de sus camaradas, perdieron sus armas, debieron regresar repentinamente a sus hogares y sus familias, y la reintegración fue difícil. Se sentían solitarias y aisladas. Necesitaban atención y apoyo emocional.

En Nepal, las mujeres desempeñaron muchos papeles activos durante un conflicto armado de 10 años entre las fuerzas gubernamentales y los insurgentes maoístas. Eran mujeres muchos combatientes, personal de seguridad del Estado, jefas y únicas fuentes de sostén de sus hogares, investigadoras, activistas, periodistas y políticas. La imagen de mujeres con armas de fuego fue en Nepal una nueva realidad que puso en tela de juicio las percepciones predominantes desde tiempos inmemoriales, de las mujeres como miembros sumisos de la sociedad. No obstante, estuvo completamente ausente la participación de las mujeres en las negociaciones de paz oficiales entre el Gobierno de Nepal y el Partido Comunista-Maoísta Unificado de Nepal, aun cuando algunas mujeres participaron en negociaciones locales, mayormente de manera oficiosa. Tras la firma del acuerdo de paz en 2006, se abrió el espacio para la participación de la mujer en el consolidación de la paz. Una Constitución interina introdujo “derechos de la mujer” como derechos fundamentales y estipuló la no discriminación por motivos de género. Se tipificó como delito punible la violencia contra la mujer y la niña, y las mujeres obtuvieron derecho a la salud reproductiva y a la propiedad de bienes heredados. En 2006, se aprobó la resolución del Parlamento que reserva un 33% de los escaños para las mujeres en todos los órganos estatales.

Las mujeres constituyen hasta una tercera parte de las fuerzas maoístas y muchas de ellas eran niñas cuando ingresaron en las fuerzas armadas. En febrero, cuando los maoístas licenciaron a unos 3.000 menores de su Ejército de Liberación Popular, aproximadamente 1.000 de ellos eran niñas. Como parte de un programa conjunto de las Naciones Unidas conducido por el UNFPA, se ofrecieron a las excombatientes servicios de salud reproductiva, y se prestó asistencia técnica para asegurar que se aplicara un enfoque con perspectiva de género a la planificación y la puesta en práctica del proceso de licenciamiento militar.

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