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State of World Population 2009

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Youness

FUTBOLISTA MARROQU�: ADAPTARSE A UNA NUEVA VIDA

Al principio le pareció una lluvia normal, como tantas, pero ya llevaba cuatro días. Esa mañana de febrero de 2009, Youness estaba charlando y jugando a las cartas con sus amigos en el lugar donde solían encontrarse, una casa en ruinas sobre una colina a la entrada de su pueblo.

Su pueblo era un pequeño valle con dos docenas de casas en los alrededores de Sidi Slimane, una ciudad de 150.000 habitantes en el centro de Marruecos, no muy lejos de la capital, Rabat. Youness no es agricultor, pero su padre sí: sus padres habían llegado veinte años antes desde el sur, cerca de Marrakech, buscando un lugar mejor para sus cultivos y su vida. El sur es seco y caluroso; en la llanura del Gharb, alrededor de Sidi Slimane, el clima es más templado y húmedo y la tierra más fértil. Allí pudieron comprarse dos hectáreas, donde empezaron a cultivar bananas y frutillas.

Aquella mañana, de pronto, en medio de sus juegos, Youness y sus amigos oyeron algo raro: gritos, movimientos extraños. Entonces salieron para ver qué pasaba, y vieron que, allá abajo, sus vecinos gritaban y corrían porque sus casas se estaban inundando. Las casas del pueblo estaban hechas de ladrillos de barro; el agua, en el valle, ya llegaba hasta la cintura de los hombres y las mujeres que se esforzaban por salvar sus colchones, sus muebles, sus ropas. Youness y sus amigos bajaron corriendo a buscar unos baldes para tratar de ayudar.

Hacia las tres de la tarde la situación parecía controlada: las casas más afectadas habían sido evacuadas y la lluvia se iba apagando. Los vecinos estaban cansados y molestos pero más tranquilos: finalmente, no era nada que no les hubiera sucedido ya otras veces.

Esa noche, en la cena, Youness y sus padres comentaron los incidentes del día. Hablaron de si Mohammed había perdido su radio, si Hanae se había quedado sin ropa para su bebé. Menos mal que la lluvia había parado, dijeron, y que el agua no había llegado hasta su casa, situada un poco más arriba. Hacia las nueve, Youness miraba la televisión cuando una especie de diluvio empezó a repiquetear sobre su techo. A las once la lluvia seguía con la misma fuerza, y Youness oyó gritos y un ruido que no conocía: como un tatatatá; mucho tiempo después diría que era como un animal gigante que avanza y pisotea. Youness salió a la puerta; en medio de la oscuridad, pudo ver que las casas de abajo se estaban hundiendo. El río se había desbordado y todo estaba lleno de agua. Los gritos, en medio de la noche, eran aterradores.

Youness volvió a entrar y buscó a sus padres y a su hermano. Sin apenas vestirse, sin llevarse nada, salieron de la casa y corrieron hasta lo más alto de la colina. Otros corrían con ellos, gritando, pidiendo socorro. Todos estaban asustados y empapados; ateridos, intentaron refugiarse bajo un árbol pero el agua los encontraba igual. Seguían escuchando ruidos, gritos: en la oscuridad, suponían que era las corridas de los chicos, los esfuerzos de sus padres tratando de rescatarlos, los intentos por salvar algo antes de huir. A los pocos minutos ya eran veinte, treinta vecinos bajo aquellos árboles: entre todos, en murmullos, como si la desazón los obligara a hablar en voz muy baja, trataban de entender qué estaba sucediendo.

¿En qué pensabas cuando estabas ahí?

En la muerte, solamente en la muerte. Nunca había vivido nada igual. Pensaba que nadie nos podía ayudar, que el agua iba a seguir subiendo y al final nos iba a tapar a todos y nos iba a matar.

Casi todos lloraban, rezaban. Youness también rezó y le pidió a su Dios que lo sacara vivo de allí. Pero seguía oyendo los ruidos y los gritos y pensó que tenía que hacer algo. Dos o tres hombres fueron hacia la inundación, y Youness decidió acompañarlos:

Me voy para abajo, voy a ayudar. No, hijo, no vayas, no vayas, por favor.

Youness trató de explicarle a su madre que tenía que ir; su madre lloraba y le decía que no fuera, que si iba no volvería, que se iba a morir ahí abajo. Al final le dijo que si bajaba, ella se moriría de un infarto. Youness se quedó; después, su decisión le pesaría en el alma.

"Siempre me gustó la idea de ser el que enseña, el que organiza, el que hace cosas... Me gusta ser capaz de decirles a otros lo que sé."

Youness había nacido allí 22 años antes. Su infancia fue calma: jugaba con los chicos de su pueblo al fútbol, nadaba en el río, hablaba de lo que harían cuando fueran grandes. Youness era bueno para el fútbol y un hincha furioso del Real Madrid: solía decir que alguna vez jugaría, inshAllah, en ese equipo. Pero también le gustaba leer, estudiar, y terminó la escuela primaria sin problemas. Después siguió adelante con la secundaria, y a los 20 años se recibió; al año siguiente, sus padres pudieron mandarlo a la Universidad Mohammed V de Rabat, donde Youness quería seguir estudios de Inglés. No lo logró: no había vacantes, y Youness se inscribió en Francés. No le fue tan bien en ese campo —"el francés no me gustaba, la gramática es tan complicada"— y al año siguiente se volvió a su pueblo. Allí, Youness empezó a trabajar todas las tardes en un pequeño cybercafé y se inscribió en un curso de dos años para aprender a diseñar ropa. Pensaba que, cuando fuera mayor, podía diseñar jeans e irse a una ciudad grande para conseguir un trabajo y "desarrollar una buena vida". Muchos de sus vecinos ya habían partido porque la productividad de sus tierras había bajado mucho por el agotamiento de los suelos. Habían migrado hacia las ciudades o, incluso, al extranjero.

¿Qué quiere decir desarrollar una buena vida?

Tener un trabajo, tener una casa, tener un coche y tener una mujer maravillosa. Eso es una buena vida.

Hasta esa noche en que el agua llegó para llevarse todo. Bajo los árboles, Youness veía —o, más bien, oía— cómo las casas allá abajo se derrumbaban bajo el peso del agua. Youness estaba seguro de que todo eso no sucedía de verdad, que estaba en medio de una pesadilla. Y no conseguía despertarse.

A las cuatro de la mañana oyeron el ruido de unos motores; eran los primeros auxilios. Gente de la región que llegaba en pequeños botes tipo zodiac o en canoas de remos a tratar de ayudarlos. Hacia la madrugada la lluvia se detuvo; unas horas más tarde, Youness y sus padres pudieron volver a su casa, una ruina llena de barro y piedras, los muebles y la ropa y los demás objetos destruidos por el agua. Trataron de despejar un espacio para descansar pero no fue posible. Youness fue entendiendo poco a poco que ya no tenían casa y que, a partir de ese momento, su vida no iba a ser la misma. Pero lo peor estaba por llegar: poco más tarde, Youness se enteró de que Ali, su mejor amigo, había muerto junto con toda su familia cuando se derrumbó el techo de su casa.

Sigo pensando todo el tiempo en aquella noche. No puedo sacármela de la cabeza; sigo sufriendo todo aquello.

¿En qué piensas?

Me siento culpable. No hice nada por los demás, no fui capaz de ayudarlos. Sobre todo a mi amigo, era muy amigo mío y no pude hacer nada por él.

¿Por qué no pudiste ayudarlo?

Te dije, tenía miedo a la muerte. No quería preocupar a mi madre... No sé, pero sé que tendría que haber hecho algo más por los demás, algo más que mirar.

Hacia las diez de la mañana el agua empezó a bajar: todo estaba cubierto de barro, basura, trozos de muchas cosas, animales muertos. Los socorros del Estado llegaron cerca del mediodía, demasiado tarde para salvar muchas vidas. Sólo quedaba remover las ruinas, rescatar los cuerpos. Esa tarde, Youness y su familia trataron de dormir en un refugio improvisado con frazadas y plásticos; Youness estaba agotado pero no podía dejar de pensar en el amigo muerto, la casa perdida, el campo arruinado, su futuro desaparecido.

¿Por qué crees que pasó lo que pasó?

Por el clima, que cambió tanto por causa de la globalizacion. Hay demasiados coches, buses, demasiada gente, demasiadas industrias, y entonces el clima cambia y pasan cosas como ésta: que yo me quedo sin casa, sin tierra, sin amigos...

Aquella noche llegaron otros grupos de auxilio con carpas y comida. Entre ellos estaba Naciri, el presidente de la Association de Soutien aux Espaces Santé Jeunes. Un joven de 24 años que vive en Rabat, Naciri había recibido, aquella madrugada, un pedido de auxilio de los miembros locales de la Asociación. En pocas horas unos 40 voluntarios de esta red de educación entre pares se habían movilizado hacia la zona:

Cuando llegamos no podíamos creer lo que veíamos: todo estaba cubierto de agua. Lo primero que hicimos fue recorrer la zona en unos botes del Servicio de Protección Civil para tratar de salvar a la gente que todavía estaba atrapada en los techos de sus casas.

Esa misma mañana encontraron al responsa-ble de la sección local de la Asociación, que se había quedado atrapado tratando de salvar a un hombre que se hundía en el barro. Esos pozos de barro eran el peor peligro: estaban cubiertos por una capa de agua superficial y, si alguien los pisaba sin darse cuenta, podía quedar atrapado sin salida. Naciri intentaba sacarlos pero no podía; después de unos minutos infinitos tirando de unas cuerdas, consiguieron por fin recuperarlos. Dos horas después, cuando llevaron al joven responsable de vuelta al pueblo, se enteraron de que su madre y su hermana habían muerto ahogadas.

Pero lo peor nos sucedió el segundo día, cuando encontramos a una familia que resistía sobre el techo de una casa. Nos vieron y empezaron a gritarnos para que fuéramos a socorrerlos. Nosotros estábamos acercándonos y justo recibimos una alarma a través de la radio. Nos dijeron que estaba por llegar una segunda ola de agua, que había que volver. Tratamos de llegar a ayudarlos, pero vimos que venía el agua y tuvimos que irnos.

¿Y tú estuviste de acuerdo con esa decisión?

No tuvimos más remedio. Si nos quedábamos, nos moríamos nosotros también. Pero fue horrible. Me quedó una tristeza terrible. No pude dormir durante mucho tiempo.

Los jóvenes de la Asociación trabajaron sin parar durante tres días con sus noches, y fue entonces cuando Youness los conoció. Días más tarde, cuando su padre decidió llevar a toda su familia a la casa del hermano mayor, en Rabat, ellos lo ayudarían. La familia de Youness no fue la única en irse y dejarlo todo. En la región hay muchas casas, calles, escuelas destruidas, y la tierra va a precisar muchos esfuerzos para volver a producir. Las cifras son imprecisas, pero se calcula que 40 por ciento de sus habitantes no han vuelto todavía, y que muchos no piensan hacerlo.

¿Vas a volver a tu pueblo?

No, nunca.

¿Por qué?

Por muchas razones. Estoy tratando de olvidarme de todo eso, de pensar en mi futuro. No creo que ninguno de nosotros vuelva. Ahí ya no tenemos nada, y no queremos hacer nada más. Y mi mejor amigo se murió, así que para qué voy a volver. Prefiero pensar en los momentos que pasamos juntos...

Ahora, gracias a la ASESJ, Youness está haciendo un curso de seis meses para aprender a contestar llamadas en un centro de atención telefónica. Mientras tanto, trabaja de ayudante en obras de construcción; su tarea consiste en llevar los baldes y piedras y ladrillos de acá para allá, y le pagan 50 dirhams —unos 6 dólares estadounidenses— por jornada de siete u ocho horas.

Esto no es lo que debería estar haciendo. Yo tengo un título. Éste no es mi trabajo verdadero.

Dice, casi avergonzado.

Sólo que ahora tengo que hacer esto para salir del paso y ayudar a mi familia, para olvidarme de todo aquello y empezar a vivir de nuevo.

Youness está triste y desconcertado. Imagina que quizá pueda irse a Inglaterra, que siempre le gustó. Piensa que ese país tiene muchas ventajas para la gente que quiere vivir ahí: dice que, por ejemplo, si tienes un título enseguida consigues un empleo allí. Mientras tanto, sigue con sus cursos y su trabajo, e intenta divertirse. Ahora tiene una novia pero dice que por el momento no es nada serio, alguien con quien charlar y pasarlo bien.

Ya sabes, los adolescentes...

Pero tú tienes 22 años.

Youness se ríe por primera vez y reconoce:

Es verdad, ya tengo 22. Voy a tener que apresurarme si quiero tener un futuro.

MIGRACIÓN

TEMPERATURA EN AUMENTO Y POBLACIONES EN MOVIMIENTO

Ya en 1990, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático afirmó que el efecto más grave del cambio climático sobre las poblaciones sería probablemente el desplazamiento de gente.(1) El informe hablaba de "millones" de personas. Hoy, la migración sigue siendo una de las cuestiones clave cuando se discute el impacto del cambio climático, pero es muy difícil hacer estimaciones debido a la falta de datos y a la complejidad de los temas migratorios, en particular respecto a la diferenciación entre migración voluntaria y forzada. La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) ha señalado que las proyecciones sobre población en movimiento debido al cambio climático varían entre 25 y mil millones de personas.(2) Las grandes diferencias entre las proyecciones dependen de cuál de los escenarios del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático se elija como base, así como de la definición de "migración" que se utilice. Sin embargo, es claro que se puede esperar un aumento significativo en el movimiento de la población a causa del cambio climático.

Existen dos factores ambientales principales que pueden empujar a la migración: eventos de aparición repentina con un impacto directo, como huracanes, inundaciones o sequías, y eventos de desarrollo lento, es decir la evolución gradual del ambiente, como el ascenso de los niveles del mar.(3) Si bien no todos los cambios ambientales pueden ser vinculados claramente con el cambio climático, se prevé que éste aumente la intensidad y la frecuencia de los dos factores mencionados. Como estos dos tipos de causas de la migración pueden ser casi considerados dicotómicos, las características, las respuestas a ellos y por lo tanto sus consecuencias difieren mucho.

Es fácil identificar la ocurrencia de eventos tales como huracanes e inundaciones, y en cierta medida también es posible anticipar cuándo podrían ocurrir. Con ese conocimiento, es posible poner en marcha la mitigación, como así también estrategias tempranas de adaptación. Por otra parte, no hay manera de predecir de qué modo el cambio climático afectará el momento o el lugar en que ocurrirán desastres naturales en el próximo siglo. En circunstancias desafortunadas, los efectos podrían ser nefastos y grandes poblaciones podrían resultar desplazadas temporalmente de sus hogares, sin poder quizás regresar por muchos años.

Si bien muchas de las poblaciones que con mayor probabilidad se verán forzadas a emigrar a causa del cambio climático viven en los países en desarrollo, los más pobres y los más vulnerables no son necesariamente los que más probablemente migren. La migración es muy costosa como estrategia de adaptación. En general el migrante debe tener acceso a capital financiero y redes sociales en el lugar de destino. Además, la migración trastorna la vida cultural y política. Por lo tanto, la migración causada por el cambio climático no dependerá solamente del cambio climático real, sino también de factores económicos, culturales, políticos y sociales.(4)

Esto significa que las respuestas al movimiento de población provocado por el cambio climático deben tener en cuenta otros factores. Por ejemplo, es esencial una perspectiva de género, tanto si la migración es temporal como si es permanente. Las mujeres desplazadas son más vulnerables que los hombres, ya que a menudo tienen un estatus inferior al de los hombres y sus necesidades pueden recibir menos atención.

Cuando es necesario armar una nueva vida, una vez que se ha migrado de manera permanente, el estatus socioeconómico de las mujeres migrantes puede resultar afectado por el hecho de que con frecuencia terminan trabajando en el sector de empleo informal o tienen que desempeñar trabajo doméstico, en particular en condiciones laborales precarias. Las mujeres migrantes pueden sufrir problemas de salud relacionados con la dificultad potencial de acceso a servicios sociales en general y de salud reproductiva en particular, debido a las barreras lingüísticas y los obstáculos legales o financieros. También se debe considerar la cuestión de la seguridad, ya que las mujeres migrantes tienen más probabilidades de ser víctimas de violencia doméstica y abuso.(5)

Si bien se presentan desafíos, también hay que recordar que la migración será, para algunas poblaciones, un modo necesario de adaptarse al cambio climático en el próximo siglo. La migración como estrategia de adaptación ha estado sin duda presente a lo largo de toda la historia humana. Por lo tanto, es decisivo prestar atención a los problemas de las poblaciones migrantes, incluidas las mujeres y los jóvenes migrantes, tanto antes como durante y después del desplazamiento.

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