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State of World Population 2009

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Messias

Presidente de una comunidad amazónica pionero de la permacultura

Todo empezó como una broma: "Este chico habla tanto que debería ser presidente; sí, no para, es un pez saltando en el barro", decían los mayores. Pero, de chiste en chiste, empezaron a tomarlo en serio y, con el tiempo, Messias, de 12 años por entonces, el quinto hijo de Maria y Raimundo, fue elegido presidente de la comunidad de Sant'Antonio, en la isla de Urubú, municipio de Boa Vista do Ramos, estado de Amazonas, Brasil.

La Amazonia es la mayor reserva verde del planeta: cinco millones y medio de kilómetros cuadrados —repartidos entre Brasil, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela y las Guayanas— que albergan una parte importante de la biodiversidad del mundo, y reabsorben grandes cantidades de CO2 y aminoran el efecto invernadero. La Amazonia también tiene una gran influencia en el clima de todo el continente. Pero en los últimos 40 años la deforestación para plantar soja y criar ganado arrasó más de medio millón de kilómetros de selva.

Messias nació el 5 de diciembre de 1984 —"¿o sería el 83?, la verdad, no recuerdo"— en un rancho de techo de paja junto al río; su padre trabajaba para un terrateniente de la región. En un mundo donde la mayoría son colonos recién llegados, los padres de Messias eran amazónicos, hijos de amazónicos, caboclos sin tierra. Messias creció viendo partir a sus hermanos: la plata no alcanzaba y, uno a uno, tuvieron que salir a buscarse la vida. Trabajaban de marineros en el río y siempre mandaban algo a casa. Messias se convirtió en una especie de hijo único; su padre, analfabeto, lo llevaba a trabajar la tierra con él y siempre le decía que no debía depender de los patrones o de los comerciantes: que para ser libre tenía que ser capaz de producir su propio alimento. Así que algunas noches se iban al monte a cazar venado, tatú, paca, tapir —que entonces abundaban— y le enseñaba todo sobre las plantas y los animales. Otras veces iban a pescar con arco y flecha —"sí, como los indios"—, con red o con arpón. Cuando Messias empezó la escuela ya sabía mucho sobre el río, la selva y las cosechas.

Urubú es una zona retirada, aislada, sin acceso terrestre: pocos barcos llegan hasta allí. No había electricidad y las personas vivían —todavía viven— al ritmo de la luz natural. Messias tenía seis o siete años la primera vez que sus padres lo llevaron a una ciudad, para que lo atendiera un médico. Estaba asombrado: nunca antes había visto una calle asfaltada, un coche, casas de dos pisos, luces, esos mercados llenos de objetos y frutas y verduras.

En esos días, también, Messias vio por primera vez ese bicho tan raro que sus vecinos más ricos habían traído de lejos: un televisor. Los lugareños maravillados se reunían frente al aparato a mirar el fútbol. Cada uno ponía unos centavos para pagar el gasoil del generador; los que no los tenían también podían mirar por la ventana. Pero todos querían pegar la nariz a la pantalla.

Fue una novedad increíble. Antes todo era radio, radio y más radio. Uno sólo podía oír pero no conseguía ver nada.

El fútbol era importante en su vida: cada sábado y domingo todos los miembros de la comunidad se juntaban alrededor de la cancha para un partido, un poco de música, las charlas y algunas cervezas. Messias ya tenía 12 años y se la pasaba hablándoles: les decía que debían producir su propia comida para no depender de las ciudades, que podían cultivar más cerca de sus casas para no caminar tanto. En la Amazonia suele usarse un sistema de quema y desmonte que produce gran cantidad de CO2, lo cual contribuye al calentamiento global y agota muy rápido el suelo. Según este sistema, cada parcela se puede usar dos años y, después, debe quedar en barbecho durante seis o siete, de modo que los campesinos no cosechan todo lo que precisan. De hecho, en "el gran pulmón verde del mundo", el 80 por ciento de los alimentos viene de fuera.

Los vecinos de Messias lo escuchaban: en las siguientes elecciones, Messias derrotó a una de sus primas —en la isla todos son más o menos parientes— y fue elegido presidente de la comunidad.

El presidente es el que organiza el funcionamiento de la comunidad y su relación con las autoridades. También cuida el patrimonio común, mira si cada vecino contribuye, organiza la fiesta del santo patrón, garantiza la limpieza, controla el trabajo de los maestros, media entre los vecinos. Muchos preferían hacer las cosas bien antes que pasar por la vergüenza de que los retara un chico como yo...

Al principio Messias tenía miedo de hacerlo mal o de que no le hicieran caso; poco a poco aprendió y se fue tranquilizando. Eran tiempos difíciles: el patrón de su padre lo había echado, tras 40 años de trabajo, sin la menor explicación. Raimundo le inició un juicio pero, mientras tanto, les faltaba la plata: Messias se fue a trabajar a otras haciendas, pescaba para comer, se desesperaba.

Cuando tenía 18 años su amiga quedó embarazada y tuvieron su primer hijo, pero Messias no quiso mudarse con ella. Para entonces su padre había recibido como indemnización la tierra donde siempre habían vivido, y Messias pudo entrar en la escuela agrotécnica de la isla. Allí conoció a la gente del Instituto de Permacultura do Amazonas, con base en Manaos, que quería empezar un proyecto en el interior.

La permacultura — o agricultura permanente — es la ciencia de lo obvio: observar la naturaleza para aprender de ella cómo producir alimentos sin destruirla -dice Carlos Miller, quien fundó, junto con Ali Sharif, el Instituto en 1997.

Significa pensar sistemas de cultivo sustentables, donde todos los elementos se relacionan y ayudan entre sí, porque todo está conectado: la permacultura no se trata del suelo, el árbol, la lluvia, el sol, los animales, sino de las conexiones entre todos ellos. Siempre decimos que ningún elemento tiene una sola función: todos tienen varias, y hay que saber combinarlas. La idea es crear una nueva ecuación de riqueza en la Amazonia que permita preservar la región: una riqueza que no signifique destruir.

Hasta ese momento Miller había trabajado en ONG ecologistas que, para preservar ciertas áreas, las vaciaban:

Yo estaba incómodo: no podía ser que para salvar una tierra hubiera que echar a las personas que vivían en ella. Cuando me encontré con la permacultura, pensé que podía ser una solución. El hombre cuando planta saca todo lo que hay y planta en ese vacío. El bosque amazónico hace lo contrario, porque está asentado sobre un suelo muy pobre en nutrientes, y necesita vivir de sí mismo, de su propia descomposición. Nosotros lo copiamos, y usamos abonos naturales y mezclamos distintas plantas que se ayudan unas a otras para crecer sin arruinar el medio ambiente.

Messias se entusiasmó: le pareció que allí podía haber un camino para su gente. Miller le dijo que siguiera la escuela y le demostrara que su interés era auténtico. Cuando se recibió, en octubre de 2004, fue a terminar su formación en el Instituto de Manaos, que estaba preparando —en colaboración con el municipio de Boa Vista— su Proyecto "Casa Familiar Rural" en la isla de Urubú. El Proyecto estaba dirigido por Genice, una mujer joven de origen indígena. En 2006, Ali y Carlos lo invitaron a sumarse.

Ahora, el Proyecto es una gran cabaña en medio de una hectárea —una sola hectárea— repleta de recursos: más de cien variedades de plantas productivas —maíz, mandioca, caña de azúcar, arroz, cebolla, banano, café, ananá, aguacate, castaña, maracuyá, guayaba, açaí y tantos más—. Hay también un vivero para criar más plantas; criaderos de gallinas y de codornices que producen huevos y abono; un sistema para recuperar y filtrar el agua de lluvia; paneles de energía solar; un WC para producir abono. Hay un estanque para criar peces y, pronto, habrá un chiquero cuyos detritus se transformarán en gas metano. El Proyecto tiene que sostenerse y tiene, sobre todo, que funcionar como un modelo para ayudar al desarrollo comunitario, mostrándoles a los vecinos que pueden sobrevivir sin tanta pérdida de energía, de tiempo, de recursos naturales.

No es fácil, porque ésa es su cultura: quemar, plantar y pescar. Cuando les dices que se puede producir sin quemar, sin arruinar la naturaleza, algunos te tratan de loco, de ignorante —dice Messias, sentado a la entrada del mismo rancho donde siempre vivió.

Uno de los problemas, dice, es que las comunidades de la zona están demasiado acostumbradas a la ayuda pública. Hace unos meses, por ejemplo, el Proyecto le regaló un gallinero lleno de animales a una comunidad cercana. Poco después los vecinos vendieron las gallinas y pidieron que les compraran más.

Son tan dependientes. Sin alguien que los empuje se pasan el día mirando el cielo, dejando pasar el tiempo. Yo trato de explicarles que tienen que hacer las cosas solos, por sí mismos, pero aun así sigo siendo yo quien les digo que las hagan así. Pero ése es nuestro papel aquí: mostrarles que no es necesario quemar para arrasar el monte o pescar con redes. Y algunos lo van entendiendo, lo van poniendo en práctica. Hay más gente que ya no quema el monte, pescan con más cuidado. Prohibieron pescar en ciertos lagos. Empezaron a hacer huertas, plantar frutales, criar abejas. Y la idea es que esta región del río Urubú sea un ejemplo para otras comunidades, que vean cómo mejoran nuestras vidas y lo puedan aplicar y divulgar en su zona.

"...les digo que tenemos que cuidarlo, porque no somos sólo nosotros, el mundo entero necesita a la Amazonia."

Messias sigue entusiasmado, pero sabe que hay muchos que se oponen al modelo: los hacendados, porque quieren tener más tierras para echar más ganado; los comerciantes, porque si los campesinos produjeran su comida dejarían de comprársela. Por eso Messias intenta que el gobierno lo ayude y trata de explicar a sus paisanos que si no preservan la naturaleza van a perder todo: que preservar la naturaleza es su deber de amazonenses, porque la degradación de la selva tiene consecuencias para todos.

Ahora todos sabemos que en muchos países de África hay terribles sequías y la gente tiene hambre, entonces yo les explico que es porque las generaciones pasadas no pensaron en las presentes: se olvidaron de que sus hijos, nietos, bisnietos iban a necesitar la naturaleza, y siguieron destruyendo el bosque, por eso ahora están así. Además el mundo precisa respirar el aire puro que tenemos aquí, entonces yo les digo que tenemos que cuidarlo, porque no somos sólo nosotros, el mundo entero necesita a la Amazonia.

Pero cuando alguien tiene hambre y piensa que quemando va a conseguir comida, no suele preocuparse por el aire de los italianos o los chinos.

Bueno, antes no se preocupaban. Ellos pensaban si yo tengo, qué me importa el que no tiene. Pero ahora en nuestra región tienen una visión diferente, porque saben que mucho del trabajo que estamos haciendo acá depende del dinero de otros países. Entonces yo les digo que si ellos nos ayudan, nosotros tenemos que ayudarlos a ellos. Hay que dejar de pensar en uno mismo todo el tiempo y entender que cuando se quema hay mucho carbono que se va a la atmósfera y la arruina. Por eso el clima está cada vez más loco, y, si sigue así, ¿adónde vamos a ir a parar?

Messias vive de sus cultivos, de sus 470 panales de abejas y de su sueldo en el Proyecto. Sigue jugando al fútbol todos los fines de semana y detestando las ciudades:

No soporto el ruido, el estrés. Aquí estoy tranquilo, respiro buen aire. Si quiero comer, pesco. No tengo puertas que cerrar, no tengo miedo de que nadie me asalte. Yo a la ciudad voy para conseguir algún conocimiento que me pueda traer para acá, para mi gente.

Mientras tanto tuvo otro hijo con la misma mujer, "su amiga". En la región la mayoría de las mujeres tiene muchos hijos, porque nadie les habla de planificación familiar:

Es un círculo vicioso. Para poder alimentar a tantos chicos con el sistema de quema y desmonte se deforesta más, se destruye más naturaleza. Entonces la tierra deja de producir comida y esos chicos cuando crecen no tienen qué comer. Para ayudar a preservar la naturaleza sería muy útil una buena planificación familiar.

En estos días a Messias le han ofrecido una candidatura de concejal en el gobernante Partido de los Trabajadores, y no sabe qué hacer. Él hace política social, dice, no política partidaria, y querría seguir así porque la política partidaria está llena de plata sucia, arreglos, presiones, corrupción... Pero si quiere cambiar realmente las cosas quizá tenga que meterse en un partido, dice, y, por primera vez en mucho tiempo, no sabe cuál será su próximo paso.

SELVAS

HOGAR AMENAZADO DE PUEBLOS IND�GENAS

Entre 2000 y 2005, la pérdida anual mundial de bosques superó los siete millones de hectáreas, o el 0,18 por ciento de la superficie forestal mundial.(1) La deforestación afecta a más de mil millones de personas en todo el mundo, de las cuales la mayoría viven en países en desarrollo.(2)

Los bosques pluviales en particular producen oxígeno y retienen carbono, y así mitigan el impacto de las emisiones de este gas en el cambio climático.(3) Desafortunadamente, estos bosques también están amenazados por la deforestación. En Amazonia, se prevé que la deforestación reduzca las precipitaciones, ya que la mitad de éstas son generadas por la selva misma, a través de la evapotranspiración de los árboles. La pérdida de precipitaciones podría alcanzar el 20 por ciento, lo que llevaría a futuros períodos secos, temperaturas superficiales más altas y cambios en la estructura de la selva.(4)

La deforestación es un factor que contribuye al cambio climático, y a su vez el cambio climático amenaza con acelerar la deforestación. Si bien hay muchos esfuerzos en curso para detener la pérdida inmediata de bosques como resultado de la deforestación, los efectos a largo plazo del cambio climático sobre los bosques se están volviendo cada vez más difíciles de evitar. A medida que la temperatura mundial aumenta, los ecosistemas forestales corren el riesgo de ser desplazados, ya que las mayores temperaturas desplazarán las zonas climáticas aptas para la vegetación templada y boreal. La evidencia indica que la migración de especies vegetales se ha producido históricamente a un ritmo de 20 a 200 kilómetros por siglo. En la actualidad, la migración hacia el norte de las zonas climáticas aptas para la vegetación templada y boreal podría llegar a ser del orden de los 200-1.200 kilómetros para el año 2100, lo que significa que las plantas corren el riesgo de quedar rezagadas.(5)

Cambios como este han sucedido durante toda la historia de la Tierra, pero con el calentamiento global la velocidad a la que se producen aumenta drásticamente, lo que no permite que el suelo y los ecosistemas se adapten de la manera en que lo han hecho en el pasado.(6) En las regiones orientales de la Amazonia, el aumento de la temperatura llevará muy probablemente hacia la mitad del siglo XXI a una disminución de la cantidad de agua del suelo, lo que a su vez hará que el bosque tropical se transforme gradualmente en una sabana.(7) Para los países en desarrollo, mitigar los efectos del cambio climático en las áreas deforestadas plantea grandes desafíos, debido a la pobreza y a las restricciones institucionales. En muchos países, los actores públicos, privados y no gubernamentales carecen de recursos adecuados para enfrentar los problemas, con el riesgo de una espiral continua de efectos negativos que serán aún más difíciles de contrarrestar. Rara vez se ponen en marcha mecanismos que puedan proveer incentivos financieros a prácticas alternativas a la tala de bosques.

Además de los cambios ecológicos, la deforestación y el cambio climático también afectan directamente a los pueblos indígenas que habitan los bosques pluviales de todo el mundo. Los pueblos indígenas enfrentan problemas no sólo en cuanto a efectos tales como la amenaza a las cosechas y las tierras tradicionales debido a las condiciones meteorológicas extremas; también en cuanto a la influencia política, en la medida en que sus selvas se politizan gradualmente por los esfuerzos de frenar la deforestación y el cambio climático.

Si bien sus derechos son crecientemente reconocidos, en particular a través de la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas, adoptada en 2007, los pueblos indígenas son a menudo ignorados o marginados sistemáticamente de la toma de decisiones vinculadas a los bosques en los que viven.(8) La exclusión de los pueblos indígenas proviene tanto de las instituciones y los programas estatales como del sector privado, y podría llevar a la pérdida del conocimiento tradicional sobre los bosques.

Los niños y los jóvenes son afectados particularmente por la deforestación, en el corto y el largo plazo. La deforestación y otros usos no sustentables de los bosques aumentan la cantidad de pobres y la cantidad de personas que enfrentarán en el futuro la pobreza. Esto afecta directamente las decisiones que toman los jóvenes, y un ejemplo es la amenaza a la posibilidad de ir a la escuela.(9) A medida que los efectos del cambio climático sean más fuertes, los jóvenes indígenas que viven en bosques pluviales tendrán que manejar la respuesta a los desafíos futuros. Para que puedan hacerlo, se los debe capacitar para participar plenamente en el trabajo que ya se está llevando a cabo. Por lo tanto, los esfuerzos para frenar el cambio climático y su efecto en los bosques tropicales deben incluir estrategias para aumentar la asistencia a la escuela y mejorar los medios de subsistencia de los jóvenes.

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