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State of World Population 2009

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Mariama

Integrante nigerina de un banco cerealero: ganar respeto y asegurar el alimento

Mariama tiene un marido, tres hijos, montones de parientes, una choza de adobe con su techo de paja, varias gallinas, cinco vestidos, algunos pañuelos de colores, un mortero, una azada, una docena de platos y tazas, algunas cucharas, cuatro ollas, unos bidones para buscar el agua, cuatro lamparitas, tres pulseras y un collar muy bonito. Mariama sabe que nació en 1983 pero no sabe la fecha exacta, y nunca pensó que debiera saberlo.

Níger es uno de los países más pobres del mundo, un país muy grande lleno de desiertos; sus 15 millones de habitantes —83 por ciento de campesinos— crecen con la tasa de fertilidad más alta del planeta: 7,7 hijos por madre. Mariama nació en Dokimana, un pueblo sin electricidad ni agua corriente a 60 kilómetros de la capital, Niamey, donde su padre cultivaba sus tres o cuatro hectáreas de tierra. Era la quinta de siete hermanos, así que siempre tenía con quien jugar en la casa o junto al río. A los seis años empezó a colaborar en las tareas domésticas: ayudaba a su madre a cocinar, limpiar, traer agua del pozo y leña del monte. También en sus cultivos: a menudo, las mujeres cultivan por su cuenta gombo, un condimento muy usado en la comida nigerina.

Sus padres nunca la mandaron a la escuela. Sus hermanos iban pero ella no, y ahora lo lamenta: cree que si hubiera ido habría tenido más posibilidades, como algunas de sus vecinas que se hicieron maestras y ganan un sueldo y no se pasan la vida moliendo mijo. Cuando tenía diez años, sin embargo, su madre y su abuela empezaron a enseñarle el Corán: Mariama aprendió a reconocer las letras y, al cabo de un tiempo, podía recordar y reproducir esos sonidos que, todos juntos, armaban unas frases en árabe que, por supuesto, no entendía. Era como recitar una música que cantaba, le habían dicho, la palabra de Dios. Después, poco a poco, cada noche, en la escuela coránica del pueblo, a la luz de las lámparas de aceite, el marabú —el sabio religioso— le fue explicando el sentido de lo que repetía.

¿Qué era lo que más te gustaba hacer cuando eras una adolescente?

Lo que más me gustaba era llenarme la panza y vestirme bien y leer el Corán.

Hace diez años, cuando Mariama tenía 16, llegó a Dokimana un hombre de Dalweye, 30 kilómetros más allá: se llamaba Aboubakar. Tenía 25 años y algunos parientes en el pueblo y, se supo después, buscaba matrimonio. Un día el hombre se le acercó, la miró fijo y le dijo que la amaba. Luego se volvió a su pueblo a decir a sus padres que ya había encontrado esposa.

Acá no pasamos mucho tiempo hablando, noviando, esas cosas. Si un muchacho se quiere casar con una chica y a la chica le parece bien, se casan en cuanto pueden preparar la boda.

Dalweye es un pueblo muy pobre, hecho de un centenar de construcciones de adobe desparramadas sobre la tierra seca. Mariama tenía miedo: ya no estaba a cargo de su padre sino de su marido, e iba a pasar el resto de su vida con un hombre que casi no conocía en un lugar que no era el suyo.

¿No estabas contenta de casarte?

No, sí... Bueno, yo sabía que podía tener confianza en mi marido, era alguien conocido de mi familia. Pero el hombre siempre es más fuerte, una no sabe lo que puede pasar.

Mariama se convirtió en esposa: limpiaba la casa, molía el grano, lavaba, cocinaba, iba al campo a llevar la bola de mijo a su marido para el almuerzo. Un año después tuvo su primera hija, en su casa, atendida por la partera del pueblo. Una vida normal, laboriosa, que sería tranquila si no fuera porque el hambre siempre está amenazando.

La familia de Mariama —y la mayoría de los campesinos nigerinos— come, si puede, tres veces por día: al alba, una bola hecha con mijo molido largamente en un mortero de madera, mezclada con un poco de leche o agua; al mediodía vuelven a comer la misma bola o una sopa de agua caliente con harina de mijo. La cena, al caer la noche, es la comida más elaborada: una pasta de mijo o de maíz con una salsa hecha de hojas de baobab o gombo o lo que haya. Dos o tres veces por mes se agrega algún pescado, unas presas de pollo. Y en las fiestas y ocasiones especiales, Mariama prepara arroz blanco con una salsa de acedera, calabaza, tomate y pasta de maní.

Pero a veces no tenemos tanta comida, y podemos comer sólo dos veces, una vez por día. O no tenemos nada.

Lo más difícil es ese momento del año que llaman la "soudure". En junio, cuando empiezan las lluvias, los campesinos plantan el mijo y el maíz, que podrán cosechar en octubre; esos meses en que la cosecha anterior se está acabando y la próxima todavía no ha llegado —agosto y septiembre, sobre todo— son el tiempo del hambre. Mariama siempre había conocido esas penurias, pero la situación empeora año tras año.

Antes un campo mediano, de tres o cuatro hectáreas, podía producir hasta 300 parvas de mijo. Ahora si da 150 ya es mucho. Y antes cada parva daba siete, ocho tias, y ahora nunca da más de tres.

La medida más usada en Níger, el tia, es un tazón que contiene dos kilos y medio de grano. Y Mariama dice que los granos no llegan a madurar porque las tierras están agotadas, los fertilizantes son muy caros y ni siquiera tienen carretas para llevarlos. Y que, además, quedan pocos árboles porque los tiraron para hacer leña, casas, utensilios —"acá sin madera no se puede hacer nada", dice—, y que como no hay plantas hay menos agua. Pero lo peor es que ahora llueve mucho menos, dice, cada vez menos. Mariama habla, sin saber el nombre, del cambio climático.

En 1999, cuando llegó a Dalweye, Mariama se enteró de que algunas mujeres habían for-mado un grupo para ayudarse entre ellas. En su pueblo no existía algo así, y ella, al principio, forastera y tímida, no se atrevió a pedirles que la dejaran entrar, pero seguía sus actividades. El primer grupo de mujeres de Dalweye se había formado en 1997 a partir de una iniciativa de Care International. Eran unas 40 mujeres que se reunían, hablaban de sus problemas y, además, trataban de contribuir 100 francos —unos 20 centavos de dólar estadounidense— por semana para formar un fondo del que tomaban créditos de 5.000 o 10.000 francos que les servían para intentar algún pequeño empren-dimiento: vender buñuelos, cuscús, leche. El grupo las ayudaba a vivir pero, tiempo después, supieron de la existencia de los bancos cerealeros y quisieron hacer uno.

Los bancos cerealeros son una de las formas más eficaces de combatir la amenaza del hambre que la sequía produce en Níger, y ya hay unos 2.000 en todo el país. El mecanismo es simple: un grupo de mujeres con una trayectoria de actividades en su pueblo se compromete a construir un depósito y recibe, de parte del Programa Mundial de Alimentos, a través de determinadas ONG, un capital inicial en granos: habitualmente son unas cien bolsas de cien kilos de mijo, maíz y arroz.

El banco vende o presta pequeñas cantidades de grano a la comunidad en dos momentos claves del año: hacia el mes de junio, cuando las primeras lluvias indican que es el tiempo de plantar, y cuando llega la "soudure". Lo administran las mujeres divididas en comisiones, aunque todas las decisiones importantes se toman en asamblea general. El proyecto debe ser "rentable": cada año, con los ingresos recibidos, el banco se "capitaliza" comprando más grano para el año siguiente. El banco permite que las mujeres puedan adquirir grano en su propio pueblo, en lugar de caminar docenas de kilómetros hasta el mercado más próximo. El banco también regula los precios, porque siempre vende más barato que el mercado. Y, sobre todo, es un recurso que reduce la amenaza del hambre y que permite que sus integrantes ganen un lugar en sus comunidades y en sus casas.

Ahora mi marido me mira distinto. Él sabe que sin el banco a veces nos quedaríamos sin comer, y el banco somos nosotras, las mujeres. Y yo también me veo distinto, porque sé que aporto algo a la casa.

"Yo también me veo distinto, porque sé que aporto algo a la casa."

En 2002, las mujeres de Dalweye juntaron todos sus recursos para construir el depósito de granos. Ahora dicen, con orgullo, que lo hicieron ellas solas.

No, los hombres ayudamos, dice un representante del jefe de la comunidad.

Ustedes trabajaron, pero la plata la pusimos las mujeres.

La discusión, en la asamblea de las mujeres de Dalweye, sigue un rato entre risas. Se han reunido, esta mañana, en la hirara —el "lugar de las palabras" en lengua djerma— bajo el árbol de mango, y discuten las cifras del último ejercicio. La presidenta les muestra la libreta de ahorro donde consta que tienen 821.930 francos en efectivo y 153 bolsas de cien kilos de grano.

Mariama está sentada entre ellas. Se incorporó hace siete años, en el momento de la construcción del depósito, y ahora comparte todas sus actividades: charlas, debates, cursos de formación y alfabetización. Cuando llega la "soudure", Mariama suele comprar grano: las mujeres de Dalweye decidieron hace unos años que ya no prestarían, porque a menudo la devolución se demoraba demasiado y eso creaba problemas.

En 2005, la electricidad llegó a Dalweye. Antes, la noche en el pueblo era sombría y silenciosa; ahora ya no tienen que irse a dormir cuando oscurece. Y el molino funciona mejor, y algunos tienen incluso un refrigerador para enfriar agua y venderla. Mariama sólo usa la electricidad para iluminar su casa con un par de lamparitas: no tiene ningún otro aparato.

Aquel año, además, Mariama tuvo su primer hijo varón, y sintió un gran alivio. Un varón puede ayudar a su padre en el campo y, cuando contrae matrimonio, no abandona la casa sino que trae a su esposa: entonces su madre le deja su trabajo a la nuera y puede, por fin, descansar. Un hijo varón es fuerza de trabajo y garantía de retiro. Y Mariama sabía que las mujeres que no tienen varones pueden ser desdeñadas por sus maridos. Es más: si pueden, los hombres piensan en tomar una segunda esposa, porque nunca se creen responsables por no tener hijos varones.

La vida de Mariama es casi siempre igual. Se levanta con el sol cada mañana, va a buscar el agua al pozo, prepara el desayuno, manda a sus hijos a la escuela, limpia el polvo del patio, muele el mijo, charla con sus parientas, prepara la bola del almuerzo, se la lleva al marido, cultiva su pequeña parcela de gombo, lava la ropa, vigila a los chicos, prepara la cena, se acuesta. Y a veces va a vender cuscús a la salida de la escuela.

¿Hay algún día en que no trabajes?

No, ¿por qué?

Preguntaba.

No. Solamente cuando estoy enferma, pero fuera de eso no, no hay ni un solo día en que no trabaje.

¿Y te gustaría?

Sí, me gustaría, pero sé que nunca lo voy a tener. Bueno, quizá cuando mis hijos sean grandes, pero antes no, seguro.

Mariama piensa que si los chicos aprenden a leer y escribir, si aprenden algo de francés, quizá cuando sean grandes tendrán un oficio y, quizás, incluso, puedan mantenerla.

¿Conoces Niamey?

He ido, sí, para ver parientes. Me gusta mucho. Hay rica comida, y se ve que la gente está bien alimentada. Ahí la gente es linda, limpia, les brilla la piel, tienen ropa bonita. Los pobres de la ciudad están mejor que los ricos de acá.

¿Te gustaría vivir ahí?

Sí, claro.

¿Por qué no lo intentas?

Porque no tenemos plata para vivir ahí. Ahí se necesita mucha plata, porque todo hay que pagarlo: la madera, el agua, la comida, ahí todo se vende.

Y si un día viniera un mago y te dijera que puedes ser lo que quisieras y hacer lo que quisieras, ¿qué elegirías?

Lo que yo quiero es tener plata de verdad para comprar unas vacas y engordarlas, plantar especias y venderlas en el mercado, tener un refrigerador para poner agua y venderla, empezar a hacer negocios en serio. Eso es lo que yo elegiría. Saber que no voy a pasar hambre.

SEQU�A Y DESERTIFICACIÓN

CULTIVAR UNA TIERRA MÁS CÁLIDA

En el próximo siglo, es probable que las regiones del mundo que experimentan regularmente sequías y olas de calor sufran con mayor frecuencia condiciones meteorológicas extremas a causa del cambio climático. Además, se estima que la vulnerabilidad a las sequías, tanto en los países en desarrollo como en los desarrollados, será mayor de lo que se creía, a partir de la observación de eventos recientes.(1)

Como nos muestra la historia de Mariama, muchas mujeres asumen tareas agrícolas a una edad temprana. Pero su historia también demuestra que hay formas de salvaguardar la disponibilidad de semillas y alimentos y a la vez empoderar a las mujeres, incluidas las jóvenes. Esto es importante, ya que los expertos afirman que el manejo de las tierras secas sólo será exitoso cuando hombres y mujeres participen plena e igualitariamente en el trabajo.(2)

Que la tierra sea más seca afecta tanto a las poblaciones rurales como a las urbanas, y el impacto es más difícil de mitigar para los pobres y los que viven en tierras secas. La agricultura no sólo sufrirá menores rendimientos, debido a la mayor pobreza de los suelos, la falta de agua y los daños a las cosechas, sino también amenazas tales como el aumento en la mortalidad del ganado e incendios forestales más frecuentes. Las ciudades sufrirán la falta de acceso al agua y su contaminación, que acarrearán problemas sanitarios así como escasez de agua para la industria y la construcción. La población urbana puede esperar el aumento de las sequías y las olas de calor, ya que las ciudades son más calurosas que las áreas rurales cercanas. El riesgo de propagación de enfermedades transmitidas por el agua y la comida también aumenta.(3)

Las pérdidas ocasionadas por sequías y olas de calor más intensas y frecuentes serán tanto humanas como económicas. Si bien no todas las sequías actuales están ligadas al cambio climático, analizar sus efectos da una pista de por qué es esencial la mitigación. En África occidental, las sequías prolongadas han forzado a algunos pueblos nómades a establecerse, transformando de manera radical formas de vida centenarias y obligando a la gente a aprender nuevos métodos para labrar la tierra y cuidar el ganado. Si bien podría no haber alternativas a un cambio de ese tipo, son decisivas las iniciativas para fortalecer las capacidades de esas poblaciones antiguamente nómades, y es necesario que tales iniciativas sean sensibles a lo que el cambio podría significar en términos culturales.

Sequías y olas de calor más intensas y frecuentes también pueden tener amplios efectos en la biodiversidad y la desertificación. La desertificación, es decir la degradación de la tierra en zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas (y no la expansión de los desiertos existentes), sucede cuando interactúan varios factores: uno es la remoción de árboles y plantas de la tierra (para utilizarlos como combustible o dar paso a actividades agropecuarias, nuevas construcciones o expansión urbana), en la medida en que ya nada retiene la capa de suelo. Otro es la erosión del suelo producida por los rebaños de ganado. Un tercer factor es la sobreexplotación del suelo por la agricultura.(4)

Todos estos factores se relacionan con la pobreza y con la falta de capacidad para explotar la tierra de manera sostenible. Alrededor de 90 por ciento de los habitantes de tierras secas del mundo viven en países en desarrollo. La erosión producida por el viento y el agua agrava el proceso, transformando la tierra en una mezcla de arena y polvo. Las sequías y las olas de calor extienden el proceso. En la actualidad, 40 por ciento de las tierras del planeta están amenazadas por la desertificación.(5)

La desertificación no sólo acarrea problemas en términos de escasez de alimentos, tormentas de arena o trastornos en los cursos de agua; también es un problema serio en términos de seguridad. La desertificación puede provocar crisis en regiones caracterizadas por el hambre, los disturbios políticos y civiles, la migración y la guerra.(6) También tiene una dimensión de género: tradicionalmente, el trabajo agrícola en las tierras secas está fuertemente diferenciado por género, y las mujeres asumen una gran responsabilidad en la búsqueda y preparación de alimentos. Por lo tanto, el estatus y los medios de subsistencia de las mujeres están en peligro cuando las sequías y la desertificación amenazan el acceso al alimento. El estatus socioeconómico de las mujeres es, por lo tanto, un componente que debe ser incluido en el trabajo que apunte a la adaptación a los efectos de la sequía y la desertificación y su mitigación.(7) Además, para que los cambios sean aceptados por la comunidad como un todo y se mantengan, es esencial que tanto los hombres como las mujeres se involucren en iniciativas que cambien potencialmente la dinámica de poder. Las experiencias de Mariama son un buen ejemplo.

El término "sequía" puede aludir a una sequía meteorológica (una precipitación bastante por debajo del promedio), hidrológica (bajo caudal fluvial y bajos niveles en ríos, lagos y aguas subterráneas), agrícola (baja humedad del suelo) o ambiental (una combinación de las anteriores). El impacto de una sequía depende del comportamiento humano, por ejemplo de cómo se utiliza el suelo, cómo se explotan los recursos hídricos y el tamaño de la población que vive de una fuente de agua específica.(8)

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