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State of World Population 2009

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Marjorie

Pescadora filipina de conchas: en aguas cálidas

Lo primero que la impresionó fue el espacio: en la isla de Zaragoza todo parecía enorme, lleno de cielo y luz y muchos árboles. Marjorie había pasado sus primeros cinco años en un barrio precario de Cebú, la capital de la isla de Cebú, en el sur de las Filipinas. Allí había vivido en un cuartito oscuro con un televisor como única ventana. Su padre había nacido allí y su madre había llegado unos años antes, dejando atrás aquella isla donde la vida le parecía demasiado estrecha. Pero la vida en la ciudad no mejoraba: él trabajaba, cuando podía, en una fábrica de ladrillos huecos y ella en lo que salía —una mueblería, un restaurancito popular— y el dinero no alcanzaba. La ciudad era demasiado cara, porque debían pagar por todo: agua, comida, electricidad, alquiler. En cambio en la isla podían levantar una cabaña, plantar maíz, mandioca, bananas y, sobre todo, pescar: el mar les aseguraría la comida.

Así que se mudaron en 1996. Meses después, cuando su madre le preguntó si quería volver a la ciudad, Marjorie se asustó de la simple pregunta y le dijo que no, que de ninguna manera. Le gustaba su vida en la isla. Le gustaba andar todo el día de un lado para otro, jugando con sus primos; le gustaba incluso cuando se reían de ella porque no sabía nadar como ellos, que siempre habían jugado en esas aguas cristalinas azules relucientes. Y más le gustaba cuando esperaban la marea baja para enseñarle y reírse con ella.

La isla de Zaragoza está separada de la costa de la Cebú meridional por un kilómetro de mar y corales. Es una colina de 170 hectáreas de piedras y casas de madera y pasto ralo y buganvillas increíbles. Las 300 familias que viven en la isla han logrado domesticarlas para cultivar sus huertos, criar sus chanchos, sus gallinas. Pero la actividad principal de los isleños siempre fue la pesca: sardina, dangit, atún, caballa, calamar y muchos otros pescados que los hombres traían cada mañana o cada tarde, y que las mujeres iban a vender en el mercado de Badian, el pueblo del otro lado del agua.

En la isla —donde es rara la mujer con menos de seis o siete hijos—, los padres de Marjorie empezaron a tener más. Marjorie entró en la escuela primaria y, como hacían todos los chicos, empezó a acompañar a su padre cuando salía a pescar. Su padre y su abuelo echaban la red desde lo que los lugareños llaman bancas, esas canoas muy angostas con un balancín a cada lado. Después su padre buceaba en el agua para empujar los peces hacia la red. Desde la banca, Marjorie los ayudaba a recogerla. Pero era más una diversión que un trabajo: la pesca siempre fue cosa de hombres.

Aunque cada vez se les hacía más difícil. Había más y más pescadores compitiendo por la pesca. Además, los más viejos empezaron a notar que el agua estaba más caliente y que, por lo tanto, las algas favoritas de los peces se estaban secando. Eso significaba que menos peces encontraban alimento en las aguas que rodean la isla. Los especialistas definen el aumento de la temperatura de las aguas oceánicas como uno de los efectos más decisivos del cambio climático. Pero ya antes de escuchar hablar de calentamiento global, los pescadores de Zaragoza sabían que algo estaba pasando. El dinero alcanzaba menos aún que antes: muchas familias dejaron de comer tres veces al día y algunas tuvieron que pedir ayuda a sus niños.

Un día, cuando tenía 13 años, mi madre me pidió si podía comenzar a pescar más seriamente, como si fuera un trabajo.

¿Cómo te sentiste?

Contenta, porque me había dado cuenta de que estábamos pasando por un momento difícil, y yo sabía que podía ayudarlos a pescar más. El problema llegó un año más tarde, cuando mamá me dijo que las cosas habían empeorado y que era necesario que abandonara el colegio, así podía trabajar más y nos ahorrábamos el costo de los estudios.

La escuela de Marjorie es pública y no cobra ninguna matrícula: cuando habla de los costos de sus estudios se refiere a los cuadernos, los lápices, algún libro que sus primos no puedan prestarle. Durante dos años, Marjorie y su madre salieron a pescar todos los días en una banca mientras el padre y un hermano menor salían en otra. Había que multiplicar los esfuerzos para conseguir lo mismo o menos que antes.

¿Quiénes pescaban más? ¿Tú y tu madre o ellos?

Ellos, porque iban a zonas más profundas.

¿Y por qué ustedes no iban a zonas más profundas?

Porque allí la red se volvía muy pesada, es más para los hombres.

Al cabo de un tiempo, Marjorie ya conseguía pescar lo suficiente como para que su madre pudiera quedarse en casa y criar a sus otros seis hijos. Durante el día salía a pescar conchas marinas: en sus buenos tiempos, los isleños solían buscarlas sólo para el consumo personal, pero últimamente pasaron a ser parte importante de sus ingresos. Marjorie pesca conchas marinas igual que las pescaron sus ancestros durante siglos: la única diferencia es que ella usa un par de antiparras cuando se sumerge en las aguas costeras para buscar a los animalitos escondidos en los corales o hundidos en la arena. También lleva una cuerda atada a la cintura que está, a su vez, atada a la proa de su pequeña banca. Si trabaja durante cinco horas intensas, sumergiéndose una vez y otra y otra, puede ganar, si todo va bien, unos 50 pesos filipinos, alrededor de un dólar estadounidense.

¿No tienes miedo en el agua a veces?

A veces sí. Cuando el agua no es clara, ima-gino que puede haber tiburones o anguilas.

¿Hay tiburones?

Sí.

¿Matan a personas?

Se cuentan muchas historias.

Pero a pesar de todo el tiempo que pasaba en el agua, Marjorie no podía olvidarse de la escuela. Sus primos ya la habían terminado y ella pensaba que nunca la terminaría, que había perdido su única oportunidad.

Tenía muchas ganas de ir, porque una vez que me recibiera podría ayudar a mis padres a enviar a mis hermanos a la escuela, dice Marjorie y, de pronto, le caen unas lágrimas que trata de disimular.

El año pasado Marjorie habló muy seriamente con su madre: le prometió que, si la dejaba volver a estudiar, no descuidaría el trabajo y que incluso trabajaría un poco más para pagar sus gastos escolares. La madre le dio permiso; Marjorie ya cursó todo un año. Ahora está por empezar el penúltimo año de escuela.

Estoy muy entusiasmada con la idea de terminar la escuela. Debí haberme recibido dos años atrás, y ahora tengo miedo de no ser capaz de lograrlo.

Marjorie tiene mucho trabajo. Cuando llegan los peces pequeños sale por las noches en un bote más grande, el único que puede llevar las grandes redes que esos peces precisan. Allí Marjorie es una empleada que se reparte el dinero con todos los demás y que trabaja, por supuesto, al mismo ritmo. Pero estos últimos años es más difícil dar con esos peces: siempre aparecían en el verano, seco y caliente, pero ahora en verano también llueve y los peces pequeños huyen al mar abierto: otra complicación del cambio climático, dice Isyang, la tía y capitana del bote. Y hay más: antes los isleños plantaban maíz cuando llegaba la estación de las lluvias; ahora, como ya no saben cuándo va a ser, lo plantan cuando ven que ha llovido dos o tres días seguidos. Pero nunca se sabe: después, a veces, las lluvias paran y las plantas se mueren. Y, por lo mismo, han dejado de secar sal del mar, otro de sus recursos: la sal se arruina si se moja cuando está en el secado. Los ingresos de los isleños se reducen por todos los costados.

Así que muchas veces Marjorie sale sola con su banca a buscar peces o conchas marinas. Y cada mañana, a las siete, navega hasta la escuela secundaria en Badian. Si estuvo pescando toda la noche, sólo le queda tiempo para pasar a buscar sus cosas por su casa y salir. Esos días se deja todo preparado, así no pierde tiempo; los otros días vuelve antes, hacia la una de la mañana, y puede dormir un rato. Marjorie trata de organizarse para aprovechar su tiempo, pero hay cosas que no puede controlar: como ese día, hace unos meses, en que su banca no soportó los vientos que anunciaban un tifón y zozobró. Marjorie se asustó mucho pero de algún modo consiguió regresar nadando a la costa; luego volvió a su casa, se cambió y remó de nuevo hacia la escuela. Marjorie realmente quiere terminar sus estudios.

Si no lo hago, la gente supondrá que no sé nada y no podré trabajar en la ciudad.

¿Entonces quieres ir a la ciudad? Tu mamá fue allí y volvió.

Bueno, por eso necesito estudiar. Quiero ir a la ciudad porque quiero trabajar allí. Si acá en la isla hubiera tantos peces como antes me quedaría, porque la gente vivía bien. Pero ahora, con el cambio climático, es imposible vivir de esto.

¿En qué te imaginas trabajando?

Quiero ser soldado.

"No me gusta lo que llaman 'trabajo femenino'. Me gusta cómo entrenan a los soldados y creo que también puedo hacer eso."

Marjorie dice que desde niña le gustó la independencia que tienen los muchachos, y que quiere ser capaz de realizar sus sueños.

¿Por qué quieres ser soldado?

No me gusta lo que llaman "trabajo femenino". Me gusta cómo entrenan a los soldados y creo que también puedo hacer eso.

Los soldados son entrenados para matar personas, y a veces lo hacen. Si fueras soldado y tuvieras que matar a alguien, ¿qué harías?

Marjorie se ríe, tímida, discreta. Marjorie siempre está tratando de no molestar a nadie, de no hacerse notar:

Bueno, me gustaría poder disparar antes que la otra persona.

¿No sentirías culpa?

No, no la sentiría, porque si yo no lo hiciera, esa persona podría matar a mis compañeros.

Marjorie dice que por ahora no quiere tener un novio. No se imagina como una de esas madres isleñas cargadas de hijos. El presidente de la cooperativa de Zaragoza, Rogelio, un hombre chiquitito, padre de 12, dice que ése es el mandato de los ancestros y que hay que respetarlo. Si no, dice, los ancestros se van a enojar. Isyang le contesta que qué saben los ancestros de lo difícil que está la vida ahora: ésas eran ideas de otros tiempos, dice. Marjorie escucha a lo lejos, se sonríe. Por ahora prefiere estudiar y nadar y pescar con los chicos de la isla antes que salir con sus compañeros de la escuela, "que se lo pasan enviándose mensajes de texto y yendo a bailar, yo no soy así". Salvo en lo que respecta al cubo: el cubo de Rubik se ha puesto de moda en Filipinas en el último año, e incluso la escuela secundaria de Badian organizó un concurso. A Marjorie le gustaba el desafío, pero no tenía los 500 pesos —10 dólares estadounidenses— necesarios para comprarse el cubo, así que tuvo que conformarse con una versión genérica que costaba mucho menos. Pero era tan duro que resultaba difícil hacerlo rotar; Marjorie lo trató con aceite, con champú, con todo lo que pudo pero no funcionaba. Entonces empezó a tomar la costumbre de llegar un rato antes a la escuela para pedírselo prestado a una chica rica de la clase que sí lo tenía. Hasta que llegó el día del concurso:

Nunca olvidaré ese día: gané. Nadie se esperaba que ganara; tampoco yo. Gané 5 pesos, ¡y estaba tan feliz! Ahorré el dinero para poder comprar algo que necesite o que tenga ganas de comprar.

Esa tarde Marjorie pensó que quizá sí podría terminar la escuela, quizás incluso después conseguir un título y cumplir su sueño de ser soldado, o si acaso ser maestra como quiere su madre e irse a la ciudad. Dice que va a extrañar la isla, su familia, el mar, esos espacios. Y que si sólo hubiera suficiente pesca, se quedaría. Pero que todos dicen que esto no va a mejorar. Que, de hecho, se va a poner cada vez peor, y que qué puede hacer ella, tan pequeña, frente a algo tan grande.

PESCA Y ACUICULTURA: TRABAJAR EN EL AGUA

(1).

El cambio climático ya está afectando y alterando las redes alimenticias marinas y de agua dulce de todo el mundo. Los efectos de largo plazo del cambio climático sobre la pesca y la acuicultura son todavía impredecibles, pero podemos esperar ver cambios en la productividad dentro de los ecosistemas. En las aguas cálidas, los efectos deberían redundar en una cantidad menor de peces; en las frías, una cantidad mayor. La propia industria pesquera contribuye de manera moderada, aunque significativa, al cambio climático: la relación media entre el uso de combustible y las emisiones de dióxido de carbono (CO2) para pesca de captura se ha estimado en alrededor de 3 teragramos de CO2 por millón de toneladas de combustible utilizado.(1)

La gente más pobre está en general menos capacitada para adaptarse a las caídas previstas en la productividad del ecosistema. Para los pescadores y las pescadoras de las regiones más pobres, que son las que registrarán la mayoría de los descensos en la productividad, menos peces significarán entonces más dificultades. De acuerdo con los efectos esperables del cambio climático, será necesario pescar en condiciones meteorológicas más extremas, más lejos de la costa, y se requerirán más recursos humanos. Se necesitarán más horas de trabajo y más combustible para reunir la captura necesaria.

En áreas en que la pesca es una parte sustancial de la economía, el cambio climático afectará a un gran número de personas. En el área del Bajo Mekong, por ejemplo, dos tercios de la población, 60 millones de personas, trabajan en la industria pesquera o en sectores relacionados. Su trabajo y su vida a orillas del Mekong cambiarán, ya que se espera que el Mekong cambie debido a la alteración en los patrones de precipitación, al deshielo y al ascenso del nivel del mar. Si bien es difícil estimar con exactitud lo que sucederá, un ascenso de 20 cm en el nivel del mar provocaría, de acuerdo con los modelos, cambios drásticos en
las especies que habitan el delta del Bajo Mekong.(2)

Si bien los cambios en las especies no necesariamente llevarían a una merma en la captura disponible, una pérdida de diversidad biológica podría tener consecuencias en la salud humana. La investigación indica que la diversidad de especies existente en los países tropicales amortigua las enfermedades tropicales que amenazan a los seres humanos. Por lo tanto, una pérdida de diversidad biológica implica el riesgo de un aumento en la difusión de enfermedades tropicales. Muchos sostienen que esas enfermedades son responsables de la mayor parte de los problemas económicos de los países tropicales.(3) Una de esas enfermedades es la anquilostomiasis, considerada como una enfermedad tropical desatendida, que causa anemia infantil y maternal, con el riesgo de producir discapacidades.(4)

Como lo muestra la historia de Marjorie, las niñas de los países en desarrollo participan a menudo en el trabajo agrícola y en tareas de apoyo para el hogar, como conseguir combustible y acarrear agua, en lugar de permanecer en la escuela. Para las familias que trabajan en el sector agrícola informal, con frecuencia es necesario sacar a los niños de la escuela para llevarlos al campo. Sin embargo, es importante destacar que en los países en desarrollo la contribución de los niños a la producción familiar no suele resultar significativa en los esfuerzos por sacarla de la pobreza, ya que los niños carecen del entrenamiento y la experiencia necesarios. Además, los niños son más vulnerables como trabajadores agrícolas. El sector agrícola es uno de los tres sectores más peligrosos para trabajar, en términos de la cantidad de muertes y accidentes relacionados con el trabajo y de casos de enfermedad ocupacional y problemas de salud.(5) En el Sudeste asiático, muchas familias pobres dependen fuertemente de la pesca y la agricultura en pequeña escala para obtener sus medios de subsistencia, y a medida que empiezan a verse los efectos del cambio climático, identifican nuevas amenazas para su posición, que ya era frágil.

Dado que las mujeres y los jóvenes son una gran proporción de quienes se dedican a la pesca, asegurar la supervivencia de la pesca a pequeña escala mejorando sus capacidades para desempeñar el trabajo es crucial de cara al cambio climático. Al mismo tiempo, es imprescindible generar iniciativas que permitan a niños y jóvenes de las familias de pescadores, en particular a las adolescentes, recibir educación. Las adolescentes sin educación o que reciben sólo educación primaria enfrentan mayores riesgos de sufrir embarazos no deseados o inseguros y de carecer de medios de subsistencia sostenibles y de oportunidades de empoderamiento.(6)

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