UNFPA - United Nations Population Found

State of World Population 2009

go to UNFPA.org

2 Al borde

Al considerar el cambio climático provocado por los seres humanos, el primer principio que debe respetarse es evitar empeorar la situación.

En agosto de 2009, después de que el Tifón Morakot azotó la costa en Taiwán, provincia de China, un hotel se desmoronó hacia el mar.
© Associated Press

Las acciones que se realicen hoy para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero ayudarán en el futuro a que la humanidad evite un desastre a largo plazo.

No hay tiempo que perder; ya estamos al borde del precipicio. En 2007, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático llegó a la conclusión de que, incluso si se mantuvieran las actuales concentraciones de gases de efecto invernadero, el aumento acumulativo de las temperaturas medias en la Tierra podría ser superior a 2 grados, en comparación con el momento en que comenzó la Revolución Industrial (1). Sobre la base de evaluaciones realizadas por el Grupo y otros especialistas acerca de los probables efectos de diversos aumentos en las temperaturas mundiales, muchos gobiernos y muchas organizaciones no gubernamentales han aceptado que este nivel de 2 grados es el límite máximo que no debe excederse, a fin de evitar cambios climáticos posiblemente catastróficos causados por los seres humanos (2).

El gran volumen de gases de efecto invernadero ya incorporados a la atmósfera a raíz de las actividades humanas desde los comienzos de la Revolución Industrial—pero especialmente en los últimos 40 años—ha dado al cambio climático tanto impulso que sólo una iniciativa integral y concertada por parte de todos los países y todos los pueblos tiene probabilidad de frenar o contrarrestar el calentamiento de la superficie terrestre.

Todos los países y todos los seres humanos han contribuido en diferentes grados a la carga del calor atrapado en la atmósfera, no solamente mediante emisiones de anhídrido carbónico causadas por la quema de combustibles fósiles, sino además debido al anhídrido carbónico generado por cambios en el uso del suelo, al metano (más de la mitad del cual proviene de campos cultivados), al óxido nitroso (más de las cuatro quintas partes de tales emisiones proceden de la agricultura) y a los demás gases cuyas moléculas están constituidas por más de dos átomos (3).

Entre 1850 y 2002, correspondía a los países que hoy llamamos desarrollados una proporción de emisiones acumuladas de anhídrido carbónico provenientes de combustibles fósiles estimada en 76%, mientras que correspondía a los que hoy llamamos países en desarrollo una proporción estimada en 24%, según el World Resources Institute. Pero el análisis de las emisiones acumuladas efectuado por este Instituto no toma en cuenta las emisiones debidas al cambio en el uso del suelo ni a las recientes deforestaciones, gran parte de las cuales ocurrieron en países en desarrollo. Reforzadas por sus crecientes poblaciones y por el aumento de la riqueza, en 2005 la suma de las emisiones procedentes de todos los países en desarrollo comenzó a superar los totales correspondientes a todos los países desarrollados y ahora constituye un 54% del total, según informa el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático. Se piensa que en 2007, China ha superado el total de las emisiones de anhídrido carbónico resultantes de la quema de combustibles fósiles en los Estados Unidos (4).

Si bien los países desarrollados contribuyeron a la mayor parte del incremento del anhídrido carbónico producido por combustibles fósiles y acumulado en la atmosfera a partir del comienzo de la Revolución Industrial, las proyecciones de la Agencia Internacional de la Energía indican que corresponderá a los países en desarrollo la mayor parte del aumento del volumen total de emisiones de anhídrido carbónico relacionadas con combustibles fósiles (5). Pero las emisiones per cápita, con algunas excepciones, siguen siendo en los países desarrollados en general mayores—y en muchos casos, mucho mayores—que en los países en desarrollo (6).

Aun cuando entre los numerosos factores que contribuyen al aumento de las emisiones es difícil cuantificar el papel que corresponde al crecimiento de la población, éste figura entre los factores que influyen sobre el total de las emisiones, tanto en países industrializados como en países en desarrollo. Cada persona que se agregue a una población consumirá alimentos, necesitará vivienda, utilizará los transportes que consumen energía, y tal vez utilizará combustible para la calefacción de su hogar y para el abastecimiento de electricidad. La influencia de la población adicional sobre el aumento de las emisiones es lógicamente mayor allí donde son mayores el consumo medio de energía per cápita y los niveles medios de consumo material, es decir, en los países desarrollados. Y aun cuando la correlación no prueba que haya relación causal, según las proyecciones de la Agencia Internacional de la Energía, las emisiones serán en 2030 inferiores a las actuales solamente en Europa y el Japón, donde las cantidades de población están aproximándose a una disminución o ya están disminuyendo (7).

Las duras realidades del alto nivel de emisiones per cápita en los países industrializados y del acelerado aumento de las emisiones en los países en desarrollo destacan la urgencia de movilizar a la humanidad entera para frenar colectivamente esas tendencias, ahora que estamos al borde de un posible desastre climático. Los científicos del clima, como James Hansen de la NASA, Administración Atmosférica y Espacial Nacional de los Estados Unidos, e investigadores en el Instituto de Investigaciones sobre los Efectos Climáticos, de Potsdam, sugirieron que la meta mundial debería ser estabilizar las concentraciones de anhídrido carbónico en la atmósfera a niveles inferiores a los actuales, de más de 380 partes por millón. En efecto, esos científicos están diciendo que deberíamos dar un paso atrás desde el borde del abismo, restaurando la atmósfera a la situación existente hacia 1990 (8). Una cuestión de importancia crítica para los negociadores sobre el clima, los gobiernos y los habitantes de todos los países, es la manera en que se ha de distribuir equitativamente la responsabilidad de lograr ese resultado, en un mundo donde algunas poblaciones han contribuido desproporcionadamente más que otras al cambio climático.

Cambios en la población y emisiones

Los círculos de científicos especialistas en el clima señalan en general que la cambiante magnitud y la variación en el ritmo y la estructura del crecimiento de la población son parte de los factores que posibilitan comprender el cambio climático. Esta opinión se refleja en el Cuarto Informe de Evaluación 2007 del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, en el que se afirma que "el producto interno bruto per cápita y el crecimiento de la población fueron los principales factores que impulsaron el aumento de las emisiones mundiales durante los tres últimos decenios del siglo XX" (9).

Las investigaciones publicadas en 2006 por la Agencia Internacional de la Energía consideraron cuatro importantes factores contribuyentes a las emisiones de gases de efecto invernadero entre 1970 y 2000, y efectuaron proyecciones de las maneras en que esos mismos cuatro factores podrían conducir al aumento o la reducción de las emisiones entre 2000 y 2030. Las investigaciones indicaron que el aumento del ingreso per cápita ha sido y será responsable de la mayor proporción de emisiones. Las mejoras en la "intensidad energética"—la cantidad de energía necesaria para generar un monto dado de producto económico—son los factores que redundan en mayores reducciones en las emisiones de gases de efecto invernadero a lo largo del tiempo. Mientras tanto, un factor de menor magnitud pero constante, entre los que contribuyen al aumento de las emisiones de anhídrido carbónico relacionado con la energía ha sido el crecimiento de la población (10).

Los negociadores en cuestiones climáticas están tratando de plantear temas de población como parte del proceso conducente a concertar un nuevo acuerdo sobre el clima en Copenhague en diciembre de 2009. Ningún gobierno y ninguna entidad del sistema de las Naciones Unidas está sugiriendo el "control" de la población. En verdad, ha sido el temor de las apariencias de apoyar el control de la población lo que ha frenado hasta hace poco toda mención de "población" en el debate sobre el clima. No obstante, algunos participantes en el debate están sugiriendo tentativamente la necesidad de considerar al menos los efectos del crecimiento de la población. La Unión Europea ha presentado una propuesta de incluir las tendencias de la población entre los factores que han de tenerse en cuenta cuando se fijan metas para la mitigación de emisiones de gases de efecto invernadero. Los otros factores son: producto interno bruto per cápita, grado de "intensidad de gases de efecto invernadero" en el producto interno bruto de los países, y tendencias de las emisiones en el pasado (11).

La "intensidad de gases de efecto invernadero" denota una determinada cantidad de esos gases—medida de manera uniforme sobre la base del potencial relativo de calentamiento de cada gas en comparación con el anhídrido carbónico—que se emite por cada unidad monetaria (por ejemplo, dólar o euro) de actividad económica. Por consiguiente, si la intensidad de los gases de efecto invernadero a escala mundial disminuyera con rapidez suficiente, la economía mundial podría crecer aun cuando disminuyeran las emisiones; y éste es el principal objetivo de la política del clima, puesto que los responsables políticos, en su mayoría, aspiran al crecimiento económico, pero al mismo tiempo quieren reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Algunos afirman que las pautas y los niveles de consumo ejercen una influencia más importante sobre el cambio climático que el crecimiento de la población. A comienzos de 1990, cuando el debate sobre esta cuestión era especialmente intenso entre algunos investigadores de países tanto industrializados como en desarrollo, Atiq Rahman de Bangladesh, especialista en medio ambiente y desarrollo, señaló lo que denominó "la extrema disparidad" en las emisiones per cápita y señaló que era el consumo, y no la población, la "bomba climática". Rahman escribió: "El cambio climático es mucho más sensible a las pautas de consumo que a las consideraciones demográficas, puesto que la dinámica demográfica está sujeta a fuerzas con mayor inercia que las pautas de consumo y de producción .... [A]bordar el consumo no sólo tiene bases éticas más sólidas, sino que además ofrece mayor margen para una acción rápida" (12).

El alegato de que el consumo es el principal ámbito de acción para la reducción de las emisiones ha perdido poco impulso en los últimos dos decenios, tal vez debido en parte a que adscribe la mayor parte de la responsabilidad del cambio climático a los países más ricos, donde hay más altos niveles de consumo. "[L]os 500 millones de personas más ricas del mundo—es decir, un 7% de la población mundial—son responsables del 50% de las emisiones mundiales de anhídrido carbónico", escribió el periodista del medio ambiente Fred Pearce en 2009. "Mientras tanto, el 50% más pobre es responsable de solamente un 7% de las emisiones" (13).

En el distrito de Bikita, Zimbabwe, afectado por la sequía, la agricultora Mabel Zevezanayi muestra una mazorca de maíz seca.
© AFP/Getty Images

Pero los cálculos acerca de la contribución del crecimiento de la población al aumento de las emisiones en todo el mundo arrojan reiteradamente como resultado que la mayor parte del pasado crecimiento de la población ha sido causa de entre 40% y 60% del aumento de las emisiones. Durante el mencionado debate, celebrado a comienzos del decenio de 1990, dos investigadores de la India, Jyoti Parikh y J. P. Painuly, señalaron que una reducción de las tasas de natalidad en el decenio de 1990 "podría redundar en sustanciales reducciones de las emisiones de gases de efecto invernadero [en comparación con lo que ocurriría de otro modo] para 2100". Cada alumbramiento produce no sólo las emisiones atribuibles a esa persona durante el transcurso de su vida, sino también las emisiones de todos sus descendientes. En consecuencia, la reducción de emisiones cuando los alumbramientos son deseados o planificados se multiplica a lo largo del tiempo. Una razón para establecer ese nexo entre el crecimiento de la población y las emisiones de gases de efecto invernadero es el gran efecto de los aumentos de población sobre el total de las emisiones en algunos países desarrollados. En los Estados Unidos, por ejemplo, las emisiones per cápita de anhídrido carbónico generado por combustibles fósiles se mantuvieron esencialmente invariables, incluso durante los años de prosperidad económica en el período 1990 a 2004. Para los Estados Unidos en su conjunto, el total de las emisiones del país aumentó en paralelo con su población, a razón del 18% anual. Pero esta relación varía de un estado a otro de los 50 que componen el país. En algunos estados, las emisiones per cápita se redujeron cuando la población aumentó, y en otros, ocurrió lo contrario.

En 1991, el físico John P. Holdren, actualmente principal asesor en cuestiones científicas del Presidente de los Estados Unidos Barack Obama, señaló que "los cambios en las pautas de asentamiento resultantes del crecimiento de la población redundan en mayor transporte per cápita de recursos, bienes y personas", de manera que el crecimiento de la población estimula directamente el crecimiento del consumo. Indicó que otros aumentos en el consumo de energía podrían ser concomitantes de la mayor utilización de aire acondicionado, si las zonas urbanas densamente pobladas crean "islas de calor" o si "la densidad y la distribución de la población crean demanda de servicios con gran consumo de energía que no eran necesarios cuando la población era de menor magnitud" (14).

El efecto que Holdren señaló está obstaculizando ahora en los Estados Unidos algunas medidas para efectuar una transición hacia fuentes de energía renovables. Según un cálculo, una determinada cantidad de energía renovable puede requerir unas 300 veces la superficie de tierras que la misma cantidad de energía producida con combustibles fósiles. La razón de ello es que la extracción de combustibles fósiles por lo general sólo abarca una reducida extensión de tierras, pues las minas o pozos perforados llevan esos combustibles desde las profundidades hasta la superficie. En cambio, la energía solar requiere grandes superficies de tierra con células fotovoltaicas o espejos que captan y concentran la energía de la luz del sol. La energía eólica, por lo general, requiere extensas superficies donde puedan ubicarse muchas turbinas gigantes. Varios defensores del medio ambiente y funcionarios del Gobierno de los Estados Unidos se preocupan porque la necesidad de tierras de los proyectos de energía renovable agregarán un factor más a la competición ya enconada entre las necesidades de los seres humanos y las de los ecosistemas, especialmente en las zonas occidentales del territorio de los Estados Unidos (15).

El enfoque de la dinámica de población adoptado en el Programa de Acción de la Conferencia Internacional sobre la Población y el Desarrollo (CIPD) para países en desarrollo—respetar los derechos reproductivos y proporcionar acceso universal a servicios de salud sexual y reproductiva, incluidos los de planificación voluntaria de la familia—es apropiado también para los países desarrollados. Las tasas de embarazo no deseado en los países industrializados son, en verdad, superiores a las de los países en desarrollo, según informa el Instituto Guttmacher, que estudia el fenómeno en ambos bloques de países. En Europa, Australia, el Canadá, el Japón, Nueva Zelandia y los Estados Unidos, en promedio, un 41% de todos los embarazos son no planificados (16). Según se estima, en los países en desarrollo ello ocurre en un 35% de los embarazos. Al prevenir los embarazos no deseados, podría contribuirse a estabilizar la población a largo plazo y esto, a su vez, podría contribuir a reducir las futuras emisiones de gases de efecto invernadero (17).

[12] Hipótesis sobre el futuro crecimiento de la población

La División de Población, Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas, ha efectuado varias proyecciones de la población mundial para 2050, sobre la base de diversos supuestos acerca de las tasas de fecundidad y otros factores que influyen sobre el crecimiento demográfico. Según la hipótesis de la "variante baja", por ejemplo, para 2050 habrá en el planeta aproximadamente 8.000 millones de personas; en esta hipótesis se supone que la tasa de fecundidad es de 1,54, valor muy inferior a la "tasa de fecundidad de reemplazo", de 2,1. A escala mundial, la tasa de fecundidad total es actualmente 2,56.

En su hipótesis acorde con la variante mediana, las proyecciones de la División de Población suponen que en las regiones menos desarrolladas consideradas en su conjunto la fecundidad ha de disminuir desde 2,73 hijos por mujer en 2005-2010 hasta 2,05 en el período 2045-2050. Según la División de Población, para lograr esas disminuciones es imprescindible ampliar el acceso a servicios de planificación voluntaria de la familia, particularmente en los países menos adelantados. En 2005, en los países menos adelantados, la prevalencia del uso de métodos anticonceptivos modernos era de 24% entre las mujeres en edad de procrear que estaban casadas o en una unión. Otro 23% de esas mujeres no utilizaban anticonceptivos, pese a su deseo de no quedar embarazadas en ese momento o en el lapso de los dos años siguientes, concepto que define la "necesidad insatisfecha"18. Según un informe del Secretario General de las Naciones Unidas sobre la población mundial y el Programa de Acción de la CIPD, en los países en desarrollo hay, según se estima, 106 millones de mujeres casadas que tienen necesidad insatisfecha de métodos de planificación de la familia (19).

Hipótesis sobre la futura población mundial, 2050
Variante baja Variante mediana Variante alta
7.959 millones 9.150 millones 10.461 millones
Tasas de fecundidad mundial, 2045 a 2050,
correspondientes a las hipótesis de crecimiento de la población
Variante baja Variante mediana Variante alta
1,54 2,02 2,51

Población y cambio climático: Una mirada más de cerca

A comienzos de 2009, en un informe que presentó el Secretario General de las Naciones Unidas a la Comisión de Población y Desarrollo durante su 42º período de sesiones, se expresa una opinión más pormenorizada acerca de la relación entre población, desarrollo, emisiones de gases de efecto invernadero y cambio climático. El informe, preparado por la División de Población, vincula el rápido crecimiento de la población mundial en el siglo XX con un crecimiento aun más rápido de las poblaciones urbanas, la producción, las tierras cultivadas, el uso de agua y el consumo de energía. El informe indica que esas tendencias, "en su conjunto, están teniendo efectos sin precedentes sobre el medio ambiente, causando el cambio climático, la degradación de los suelos y la pérdida de diversidad biológica".

Por otra parte, la influencia del crecimiento de la población sobre las emisiones se complica debido a otras fuerzas. Según la División de Población, "la relación entre el crecimiento de la población y el aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero no es directa, y las hipótesis de futuras tendencias de las emisiones no posibilitan evaluar los efectos de la dinámica de población, pues sería preciso excluir los efectos de cambios económicos y tecnológicos. Además, las cambiantes estructuras de edades en la población, la creciente urbanización y los cambios en el tamaño de los hogares también interactúan para afectar las emisiones" (20).

Los investigadores comenzaron a analizar minuciosamente los efectos de las variaciones de la población sobre las emisiones recién a mediados del decenio de 1990. Entre las primeras constataciones figura una de 1995 en el sentido de que las reducciones en el tamaño de los hogares, que a menudo son correlativas de la disminución de las tasas de fecundidad y el mayor crecimiento económico, podrían acrecentar sustancialmente el total de las emisiones de gases de efecto invernadero. Esos investigadores constataron que los hogares son unidades básicas de consumo de energía y tienden a calentarse o enfriarse independientemente de si están ocupados por una familia de siete personas o por una sola persona. En verdad, el aumento en las emisiones causado por la reducción del tamaño de los hogares es tan pronunciado que los demógrafos del Programa de Población Mundial en el Instituto Internacional de Análisis Aplicado de Sistemas manifestaron: "Un divorcio puede causar más emisiones de anhídrido carbónico que un nacimiento adicional" (21)

La importancia de los hogares más pequeños en el aumento de las emisiones, afirmada por un estudio de 2004 en que se cuantificaron esos efectos, destaca que el crecimiento de la población ocurre en determinadas condiciones que pueden realzar o atenuar su influencia sobre el medio ambiente (22). Incluso la unidad demográfica—por ejemplo, una persona sola o una familia—puede alterar sustancialmente los resultados de los modelos sobre emisiones. El efecto de los hogares más pequeños sobre las emisiones condujo a algunos investigadores a preguntarse si el envejecimiento de la población, es decir, el aumento de la edad media de una población a medida que aumenta la esperanza de vida y disminuye la fecundidad, podría conducir a un aumento de las emisiones, cancelando al menos parcialmente las reducciones en las emisiones resultantes del crecimiento más lento. Por otra parte, los estudios sobre el propio envejecimiento han producido conclusiones discordantes. Un grupo de investigadores vinculados a instituciones de los Estados Unidos y Europa constató que el envejecimiento reduce las emisiones sustancialmente en los Estados Unidos y algo menos sustancialmente en la India y China (23). Los investigadores constataron que, aun cuando lo probable es que las personas de más edad vivan en familias más pequeñas, los efectos serán compensados con creces por el más lento crecimiento económico y la reducción en el consumo que, según se presume, ha de acompañar el envejecimiento de la población.

Algunos de esos mismos investigadores comprobaron que la urbanización opera en sentido opuesto. El traslado de población desde zonas rurales a las ciudades parecería intensificar pronunciadamente las emisiones. Esto no necesariamente se debe a que los residentes en ciudades contribuyan más per cápita a las emisiones de gases de efecto invernadero que quienes viven en zonas rurales. Pero otros investigadores afirmaron que esto es una ficción y que actualmente las zonas urbanas aportan mucho menos que la mitad de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, pese a que en ellas reside más de la mitad de la población mundial (24). El crecimiento económico estimulado en las ciudades tiende a tener efectos de propagación en todo el país y ayuda a reforzar, al mismo tiempo, el crecimiento económico en las zonas rurales. A su vez, un mayor crecimiento económico podría acrecentar las emisiones de gases de efecto invernadero en todo el país (25). En general, se pone de manifiesto reiteradamente que un cambio económico es la influencia más inmediata sobre las emisiones de gases de efecto invernadero, superior a la de los cambios en la población.

[13] Las mujeres, los hombres y las emisiones de gases de efecto invernadero

Si las emisiones de gases de efecto invernadero se deben a actividades humanas individuales, ¿podrían las emisiones originadas por las mujeres ser diferentes de las que originan los hombres? Hay pocas investigaciones orientadas a responder a esta pregunta, particularmente en los países en desarrollo. Y en los países desarrollados sólo unas pocas encuestas de opinión pública sobre el cambio climático y otras cuestiones relativas al medio ambiente han desglosado los resultados por sexo.

Según investigaciones publicadas por la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos en 2008, en los países industrializados es más probable que las mujeres sean "consumidoras sostenibles", es decir, por ejemplo, tienden a comprar alimentos orgánicos y producidos con métodos respetuosos del medio ambiente, es más probable que reciclen y están más interesadas en un aprovechamiento eficiente de la energía. Las investigaciones comprueban que en esos países, corresponde a las mujeres hasta un 80% de las decisiones sobre consumo (26).

No obstante, no queda en claro si las pautas de consumo que menos contribuyen al calentamiento de la atmósfera son resultado de decisiones conscientes de las mujeres en cuanto a respetar el medio ambiente a nivel del hogar, o si son resultado de las crónicas desigualdades económicas y sociales que impiden a las mujeres beneficiarse con el desarrollo económico de sus países y sus comunidades, y contribuir a éste. Varios estudios, desglosados por género, sobre las actitudes acerca del medio ambiente o del cambio climático realizados en los Estados Unidos, fundamentan en general la opinión de que las mujeres se inclinan más que los hombres a comprar productos "ecológicos", presentados en los anuncios comerciales como menos dañinos para el medio ambiente. Además, las mujeres tienden en general menos que los hombres a confiar en que los gobiernos y las empresas han de resolver los problemas del medio ambiente y probablemente tienen más aspiraciones a involucrarse personalmente en esas cuestiones. Esas diferencias de género se acentúan al elevarse el nivel de ingresos (27). En un estudio realizado en 22 países, los investigadores constataron que las mujeres tendían a preocuparse algo más por los problemas del medio ambiente, como el cambio climático, y a cambiar sus comportamientos en consecuencia (28).

En Sydney, Australia, en una encuesta de residentes suburbanos realizada en 2008 acerca de la sostenibilidad del medio ambiente se constató que era más fácil atraer a las mujeres y las niñas hacia iniciativas de cooperación, y que estaban más interesadas en cuestiones sociales y más preocupadas acerca de los efectos del cambio climático. Al considerar cuestiones medioambientales, era menos probable que los hombres y los adolescentes varones se involucraran en cuestiones de sostenibilidad, y en cambio se inclinaban más hacia la tecnología y las cuestiones de gobernabilidad y empresariales (29).

En países nórdicos, varios investigadores han considerado las implicaciones de las diferencias en las emisiones y constataron que las mujeres provocan menos efectos sobre la atmósfera en general, en países tanto desarrollados como en desarrollo. Al parecer, la razón principal es que las personas de uno y otro sexo se trasladan de manera diferente de un lugar a otro; es más probable que los hombres utilicen un automóvil (en Suecia, un 75% más probable que las mujeres (30)) y también que viajen en aviones. Por otra parte, esta diferencia parecería dimanar más del acceso desigual a los recursos económicos y ejercer menos influencia en la adopción de decisiones, en lugar de ser resultado de comportamientos o actitudes relativos al medio ambiente o a los medios de transporte en general. Ese estudio también cuantificó otro factor diferencial en el consumo relacionado con las emisiones de gas de efecto invernadero: en los países desarrollados, los varones consumen más carne: en Dinamarca, en promedio 139 gramos diarios, en comparación con 81 gramos para las mujeres danesas. Las mujeres no sólo consumen menos alimentos en proporción con el tamaño de sus cuerpos, sino que también, al menos en algunos países, consumen una dieta con más proporción de verduras y menos carne.

Población y futuras emisiones

Ningún ser humano es auténticamente "neutral en cuanto a la producción de carbono", especialmente cuando se incorporan en la ecuación todos los gases de efecto invernadero. Por consiguiente, cada uno de los seres humanos es parte del problema, de modo que cada uno debe ser, de alguna manera, parte de la solución. Los gobiernos y los pueblos de todo el mundo deberán colaborar en todos los aspectos para contrarrestar los factores que acrecientan las emisiones de gases de efecto invernadero. Uno de esos factores es el aumento de la población del planeta.

Brian O'Neill, del National Center for Atmospheric Research (31) afirma que si se materializara la proyección de la variante baja del crecimiento de la población calculada por la División de Población de las Naciones Unidas—aproximadamente 8.000 millones de personas para el año 2050—, esto podría redundar en que las emisiones de carbono fueran inferiores entre mil millones y dos mil millones de toneladas a las que ocurrirían si se materializara la hipótesis mediana—poco más de 9.000 millones de personas para 2050—. Otras estimaciones arrojaron reducciones similares en las emisiones para 2050 si se aplicaran técnicas conocidas de eficiencia energética en todos los nuevos edificios que se construyan en todo el mundo, o erigiendo dos millones de turbinas a viento de un gigawatt cada una para reemplazar las centrales generadoras de electricidad que utilizan actualmente carbón (32). Además, después de mediados de este siglo seguirían aumentando sustancialmente las reducciones en las emisiones anuales, a medida que la población mundial, tras haber llegado a un máximo, comenzara a disminuir, en comparación con el continuo crecimiento de la población que presupone la proyección de la variante mediana. Esto significa que las reducciones netas en las emisiones que se lograran en una hipótesis de variante baja del crecimiento de la población serían equivalentes a las reducciones netas que se obtendrían efectuando inversiones de gran magnitud en tecnologías energéticas al materializar la hipótesis de variante mediana.

En Changzhi, Provincia de Shanxi, China, una mujer cultiva maíz cerca de una planta que convierte carbón en coque.
© Reuters

El economista británico Nicholas Stern estimó que, a fin de evitar que las temperaturas mundiales lleguen a magnitudes potencialmente catastróficas, "será preciso que para 2050, el promedio mundial de emisiones per cápita [de gases de efecto invernadero] sea—como cuestión de aritmética básica—de alrededor de dos toneladas", suponiendo que el total de la población mundial sea de 9.000 millones de personas y efectuando el cálculo en equivalentes de anhídrido carbónico. "Esa cantidad es tan baja que hay escaso margen para que cualquier grupo grande de personas se ubique muy por encima o muy por debajo de ese nivel" (33).

Si el mundo siguiera una trayectoria acorde con la proyección según la variante baja de la División de Población de las Naciones Unidas, que arrojaría 8.000 millones de personas para 2050, la atmósfera terrestre estaría en condiciones de tolerar emisiones per cápita mayores, dado que una menor cantidad de gente estaría emitiendo gases de efecto invernadero (34). La proyección según la variante baja presume que las tasas de fecundidad han de ser más bajas como resultado de un mayor acceso a los servicios de salud reproductiva, incluidos los de planificación de la familia y otras medidas a fin de ampliar las oportunidades y las libertades de que disfrutan las mujeres y las niñas. Un estudio del costo de evitar una determinada cantidad de emisiones de anhídrido carbónico derivadas de combustibles fósiles comprobó que, en términos de dólares, las inversiones en planificación voluntaria de la familia y educación de las niñas también reducirán en el largo plazo las emisiones de gases de efecto invernadero, en una medida al menos igual que las mismas inversiones en energía nuclear o eólica (35).

Según un informe preparado en 1992 por un comité de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos "los efectos de la planificación de la familia sobre las emisiones de gases de efecto invernadero son importantes, sean cuales fueren los niveles de desarrollo". El Comité llegó a la conclusión de que: "El menor crecimiento de la población, asociado con el mayor aumento de los ingresos...compensa en gran medida las mayores emisiones de gases de efecto invernadero correlativas de un más acelerado crecimiento económico. Debido a los efectos de la planificación de la familia, para 2020, en los países de ingresos bajos, medianos y medianos superiores, las emisiones de carbono han de tener un nivel inferior en aproximadamente un 15% al que tendrían si no existiera la planificación de la familia. Los fuertes programas de planificación de la familia son ventajosos para todos los países que se preocupan por los gases de efecto invernadero, así como por razones más amplias de bienestar general" (36).

Las inversiones en las mujeres y las niñas, a fin de mejorar su salud, su bienestar y su condición social, conducen a reducciones en las tasas de fecundidad y, por ende, han de contribuir a la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero en el largo plazo.

© Amanda Koster/Corbis

Las mujeres y la reducción de las emisiones

Si se incorporaran las diferencias de género, en los debates sobre consumo, tal vez habría oportunidades de ajustar a cada circunstancia en particular las medidas para reducir las emisiones y extraer más eficazmente el carbono de la atmósfera.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, las mujeres producen, en términos generales, la mitad de los alimentos del mundo; en los países en desarrollo, la proporción es de entre 60% y 80% de los alimentos (37). La retención natural de carbono en la tierra—el potencial de suelos agrícolas y forestales, árboles, cultivos de plantas perennes y otras plantas para absorber carbono y mantenerlo excluido de la atmósfera durante décadas—está atrayendo creciente interés, a medida que se van ensayando todas las posibilidades de frenar los aumentos en las concentraciones de gases de efecto invernadero. Si fuera posible preparar instrumentos financieros para alentar esas prácticas—como al parecer ha de ocurrir a medida que los efectos del cambio climático se tornen cada vez más obvios y nocivos—las mujeres agricultoras podrían estar en la línea de frente de las acciones de mitigación (38). Esto también podría tener efectos sustanciales sobre los medios de vida de las mujeres, suponiendo que en algunos países se reestructuren debidamente las leyes y se modifiquen las normas sociales, de modo que las mujeres puedan ser propietarias de las tierras que cultivan y controlar sus propios ingresos.

El mundo ya ha presenciado ejemplos del poder de las mujeres para emprender acciones que contribuyan a reducir los niveles de anhídrido carbónico en la atmósfera. Wangari Maathai fue laureada con el Premio Nobel de la Paz por haber dedicado toda su vida a un activismo ecológico que comenzó movilizando a las mujeres para plantar decenas de miles de árboles en suelos deforestados y degradados de Kenya. En la India, ya a partir del decenio de 1970 surgió el movimiento Chipko de "abrazadoras de árboles", para proteger los bosques y sus propios derechos forestales rodeando con sus brazos y manos los troncos de los árboles para disuadir a quienes venían a talarlos. El movimiento condujo a la introducción de importantes reformas en las leyes de silvicultura de la India, que redundan en el actual aumento de la cubierta forestal (y, por consiguiente, hay más carbón en los árboles y menos en la atmósfera) en comparación con lo que habría ocurrido de no existir ese movimiento. Un estudio de la deforestación, actividad realizada casi totalmente por hombres y responsable de una sustancial proporción del aumento de las emisiones de anhídrido carbónico, constató que en países de bajos ingresos, una activa presencia de organizaciones no gubernamentales de mujeres podría contribuir a proteger los bosques contra la destrucción (39).

[14] Las mujeres y la reforestación

Es sorprendente la relativa escasez de investigaciones sobre los aspectos de género de la deforestación, dada la fuerte conexión entre la leña y actividades como cocción de alimentos y cochura de cerámica. La investigación indica que en muchos países en desarrollo, las mujeres deben recorrer cada vez mayores distancias para recoger leña. Por ejemplo, en una comunidad rural del Sudán, el tiempo necesario se cuadruplicó en una década. Además, los medios de vida de las mujeres en zonas rurales suelen depender de recursos forestales; en consecuencia, la pérdida de bosques menoscaba sus oportunidades de obtener ingresos. Por último, la pérdida de bosques suele afectar la salud de la mujer: al acarrear pesadas cargas de leña a través de distancias cada vez más largas, las mujeres pueden sufrir lesiones en la columna vertebral, complicar sus embarazos y acrecentar el riesgo de mortalidad derivada de la maternidad.

Pero en los últimos decenios, organizaciones no gubernamentales centradas en la mujer, entre ellas, el Movimiento del Cinturón Verde en Kenya y la Women's Environment and Development Organization (WEDO) en los Estados Unidos, se han movilizado para proteger e incluso ampliar las tierras forestadas. Muchos de esos grupos también promueven el cumplimiento de los tratados sobre el medio ambiente, o contribuyen a velar por éste.

En tres universidades de los Estados Unidos—Universidad Estatal de Nueva York en Stony Brook, Brown, y Clark—recientemente varios sociólogos estu-diaron la deforestación ocurrida en 61 países entre 1990 y 2005 y comprobaron que los países donde hay numerosas organizaciones no gubernamentales centradas en la mujer y en el medio ambiente tenían niveles sustancialmente menores de pérdida de zonas arboladas. A juicio de los investigadores, las organizaciones no gubernamentales de mujeres estaban logrando lo que pronosticaba la teoría: promover eficazmente la protección de los bosques y movilizar actividades con neto efecto positivo sobre la conservación de los bosques (40).

Descargar PDF Volver al principio