YOUTH REPORT
Seif es un chico tan normal. Él lo repite una y otra vez:
"
Nosotros somos chicos normales, como todos los chicos. La situación alrededor puede ser distinta de otras, nuestras ideas a veces pueden ser distintas, pero antes que nada somos chicos, chicos como todos los chicos".
Seif nació en 1991 en Jerusalén y vive en Birzeit, un pueblo de Cisjordania a treinta kilómetros de esa ciudad. Su madre trabaja en una ONG que gestiona microcréditos para mujeres palestinas; su padre es un ingeniero que participa en algunas de las construcciones más importantes de la región.
Seif es un hijo de esa clase media ilustrada que los palestinos han mantenido a través de todas sus dificultades.
Y tenÃa una vida normal: iba a una escuela cuáquera bilingüe, jugaba al fútbol y a la computadora, miraba Tom & Jerry, dibujaba, se peleaba con su hermana mayor, estudiaba lo menos posible. Seif siempre miraba las noticias, porque su padre las miraba, asà que desde muy chico supo que en su paÃs habÃa problemas, pero la primera vez que entendió que estaba sucediendo algo terrible fue aquella noche de septiembre de 2000, cuando la violencia estalló en Jerusalén. Al dÃa siguiente se extendió a la Franja de Gaza y Cisjordania, y empezó la Segunda Intifada.
Antes de eso éramos libres. HabÃa conflicto, pero no lo sentÃamos como ahora. La vida era distinta antes de todo eso.
Seif tenÃa nueve años. Unos meses más tarde, una mañana, descubrió que su escuela, de pronto, estaba mucho más lejos. Su escuela estaba a unos ocho kilómetros de su casa, en Ramallah, la sede de la autoridad palestina. Seif solÃa ir en un taxi con su hermana. Pero aquel dÃa un control israelà en la carretera les cortó el camino: desde entonces, cada mañana durante varios años, Seif y su hermana tuvieron que bajarse del coche, pasar un control militar, caminar un kilómetro de carretera vacÃa bajo el sol, esperar en fila para pasar otro control y, recién allÃ, buscar otro taxi del otro lado.
Yo era un chico que solamente querÃa ir a la escuela, y de pronto me encontraba con un soldado que me apuntaba con una ametralladora y me daba órdenes.
Alrededor del puesto de control solÃa haber pedradas, corridas, disparos: los jóvenes de la zona participaban de eso.
Tú estabas de acuerdo con ellos?
SÃ. Estaban defendiendo sus hogares. Quién sabe qué les habrÃa pasado. Quizás un hermano o su padre habÃan estado en la cárcel…
Y tú tirabas piedras?
Seif se calla un momento y después habla muy bajo. Con su barbita y sus ojos serenos parece bastante mayor que sus diecisiete años, salvo cuando tropieza con una pregunta que no puede o no quiere contestar, y sonrÃe como el chico que es. Al final dice que no, que no lo hizo.
Por qué?
Quizá tenÃa miedo, no sé. No quiero hablar de eso.
Pero se queda pensando y dice que tirar piedras no va a conseguir nada: "Puedes lastimar a un soldado, dos soldados, pero ellos tienen ametralladoras, qué les vas a hacer. No es una buena manera. No sirve". Algunos de sus amigos sà participaban de los enfrentamientos. En Cisjordania todos cuentan historias sobre algún chico que se pasó meses en la cárcel por tirar piedras.
Y charlabas con tus amigos sobre el conflicto?
Siempre. Hubo una época, cuando yo tenÃa doce, trece años, que parecÃa que era lo único de lo que hablábamos.
La familia de Seif es católica ortodoxa, aunque no son muy practicantes. Pero su abuela le contaba historias de Jesús antes de dormir, su hermana iba a la iglesia, y Seif solÃa ir también. Aunque ahora ya no va: "Quizá me aburrió", dice; "yo quiero ir, pero siempre se me ocurre algo mejor que hacer". Y además hace ocho años que no ve a sus abuelos: ellos viven en la Franja de Gaza y, desde que empezó la Segunda Intifada, las dos partes de la familia no han podido verse.
Pero sigues creyendo en Dios.
Por supuesto!
Y por qué hay tantos conflictos en tu tierra?
No sé… La vida es asÃ. Tienes que enfrentar estas cosas. En el ParaÃso no te vas a encontrar con estas cosas, pero aquà en la Tierra tienes que pasarlas. Es como un examen para ver si puedes ir al ParaÃso o no.
Los cristianos son menos del dos por ciento de los cuatro millones de palestinos, y los católicos son una minorÃa dentro de la minorÃa. La mayor parte de la población es musulmana. Seif dice que en su pueblo no hay problemas entre las dos religiones, que todos se conocen y se tratan bien.
Pero ni las familias cristianas ni las musulmanes suelen aceptar que sus hijos e hijas se casen con alguien de otra religión, por ejemplo, y se cuentan muchas historias de crÃmenes cometidos para lavar el "deshonor" de una pareja mixta.
O sea que cuando quieras buscar novia te tienes que limitar al dos por ciento de la población, una de cada cincuenta chicas. Tus posibilidades disminuyen mucho.
Seif se rÃe y dice que no lo habÃa pensado. Pero ahora mismo no le importa: desde hace unos meses está de novio con una compañera de clase –católica. Seif y su novia salen a pasear juntos, pero no de la mano: serÃa una provocación, dice, mucha gente se sentirÃa molesta y podrÃa reaccionar. Hace tres años la situación en Cisjordania se alivió y Seif tuvo la sensación de que su vida volvÃa a ser casi como antes: él y sus amigos cada vez hablaban más de deportes, de música, de Star Academy, de las chicas. Seif, ahora, está en el último año de la escuela y hace muchas cosas normales: mira la tele, pasea o chatea con sus amigos, con su novia, juega al basketball, baila en un grupo de dabkeh, una danza tradicional palestina:
Me gusta, y me permite expresar mi amor por mi paÃs, por nuestra cultura.
A veces incluso visita Jerusalén, tan cerca y tan lejos. Sus padres no están autorizados, asà que él va, de tanto en tanto, con su hermana. Igual es complicado: tienen que pedir un permiso a las autoridades israelÃes, y nunca están seguros de conseguirlo. También dibuja mucho: sobre todo a Handala. Handala es un personaje muy conocido en Palestina, creación de Naj Al-Ali, un caricaturista famoso: un chico refugiado, pobre, descalzo, que siempre aparece de espaldas, como enojado, ante escenas de la realidad; Handala las mira, se calla, ejerce la crÃtica de su mirada silenciosa. Seif lo admira y reproduce:
Handala es como la conciencia de los palestinos.
Desde sus seis años, Seif siempre fue a los campamentos de verano que organizaba la iglesia católica de Birzeit: allà los chicos hacÃan música, deportes, artes, juegos, bailes. Y el año pasado hizo un curso para ser lÃder en uno de esos campamentos.
A mà siempre me gustó la idea de ser el que enseña, el que organiza, el que maneja. Asà que te gusta estar a cargo y compartir cultura… SÃ, me gusta. Me gusta poder decirles a los demás lo que sé, contarles cómo hacer las cosas.
Seif es vicepresidente del consejo de su escuela, y querrÃa hacer algo semejante en la Universidad de Birzeit, una de las más prestigiosas de Palestina, donde piensa estudiar. En el 2007 fue seleccionado entre muchos para representar a los chicos palestinos en un debate alrededor del Reporte Graça Machel sobre Niños y Conflicto en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York. El viaje fue largo: Seif tuvo que ir a tomar el avión a Amman, capital de Jordania, porque los palestinos de Cisjordania tienen prohibido usar los aeropuertos israelÃes. Pero la llegada a Nueva York fue uno de los grandes momentos de su vida:
Yo lo habÃa visto, por supuesto, en fotos, en pelÃculas, pero nunca imaginé que los edificios fueran tan altos, tan inmensos…
En Nueva York, Seif contó cómo los chicos palestinos sufrÃan por la guerra. Dijo, sobre todo, que habÃa muchos chicos que iban a clase y que, de pronto, habÃan quedado del otro lado del muro de separación que los israelÃes habÃan construido en su paÃs y no habÃan podido volver a sus escuelas. "¿Cuál era la culpa de esos chicos?", preguntó. "Qué mal podÃan haber hecho para que, de pronto, los castigaran separándolos asà de sus escuelas, de su educación, de su futuro?"
La educación y el debate están entre sus intereses centrales. Últimamente Seif ha dado unos cursos organizados por la YMCA para chicos de la región: allà discuten sobre cuestiones de género –"muchos creÃan que las mujeres son inferiores, pero al final aceptaron que son iguales a los hombres"–, sobre las drogas y el cigarrillo –"convencà a algunos de que no fumaran, estuvo muy bien"–, sobre el HIV/SIDA –"ése fue para contarles sobre los cuidados y precauciones"– o sobre cómo respetar al otro, al que piensa distinto, "porque antes que nada somos todos personas con la misma cultura, más allá de ser cristianos o musulmanes, fatah o hamas, lo que sea". Pero hay un tema que le preocupa por encima de todo:
Yo no sé qué va a pasar con mi paÃs. Nosotros somos gente normal, pero como vivimos bajo ocupación, tuvimos que hacer cosas que nunca habrÃamos hecho.
Por su dedicación al trabajo comunitario, por educación y por elección, Seif privilegia el diálogo, la comprensión. Pero la participación civil tiene un lÃmite: la situación de conflicto en que vive a menudo no le ofrece la posibilidad de poner en práctica esos valores respecto a su paÃs.
El año próximo Seif va a ir a la universidad a estudiar arquitectura, porque quiere hacer casas para sus compatriotas y quiere ser un muchacho normal. Y también quiere seguir haciendo sus campamentos, sus charlas, y bailando dabkeh y jugando al basket y saliendo con sus amigos. Y quiere intervenir en la polÃtica universitaria y quizás, algún dÃa, en la de su paÃs.
Sometimes I think that I would like that. But for that to happen I would have to have a country…
That is our problem.
SÃ, a veces pienso que me gustarÃa. Pero claro, para eso tendrÃa que tener un paÃs… Ése es nuestro problema. Mientras tanto, Seif seguirá trabajando para construir la base de una sociedad pacÃfica en su paÃs. Y quizás muy cerca, en Israel, un chico normal como él también esté pensando en comprometerse, en construir la base de una sociedad pacÃfica en su paÃs. Un dÃa, tarde o temprano, los dos estarán felices de ver juntos el resultado de lo que cada uno ha conseguido para construir el cambio desde adentro.
Los Territorios Ocupados Palestinos están entre las escasas zonas del planeta donde la gente vive bajo ocupación. Los jóvenes que viven bajo ocupación sufren esa violencia. El conflicto armado roba a muchos jóvenes sus familias, la seguridad, la educación, la salud, el empleo y las oportunidades para el desarrollo.
En el curso brutal de la guerra, los jóvenes son reclutados o forzados a entrar en las milicias. Sufren asesinatos y mutilaciones, violencias sexuales, la prostitución, el desplazamiento, la separación de la familia, el tráfico y el arresto ilegal.
Los costos indirectos de la guerra también impiden el desarrollo de los jóvenes: menos agua, sanidad, salud y educación y más pobreza, malnutrición y enfermedad. Ha habido una amplia preocupación por el papel de los jóvenes como perpetradores de violencia.
El predominio de los jóvenes en la pirámide poblacional puede hacer que los paÃses sean más susceptibles a la violencia polÃtica, en particular cuando los jóvenes están excluidos del desarrollo, desempleados y desplazados hacia los márgenes de la sociedad.1
Los jóvenes con pocas oportunidades de desarrollo son un blanco fácil para el reclutamiento por parte de grupos violentos.2, 3
La naturaleza de los conflictos ha cambiado. Hoy son mucho más comunes los conflictos internos de baja intensidad que las guerras entre paÃses. Si se consideran esos conflictos internos, el número de conflictos mundiales ha crecido de 30 a 56 en los últimos diez años.4
Pero la violencia también puede ser resultado de una ocupación de largo plazo, que impide a generaciones de jóvenes experimentar la autodeterminación, y asà despoja a ellos y a sus familias del sentido de la dignidad. El examen estratégico realizado a diez años del Reporte Graça Machel sobre Niños y Conflicto identifica algunas de las prioridades en la protección de niños y jóvenes en situaciones de conflicto:5 (1) implementación universal de normas y estándares internacionales para terminar con la impunidad; (2) cuidado y protección de niños y jóvenes en conflictos armados; (3) fortalecimiento de las capacidades y el trabajo conjunto; y (4) prevención del conflicto y construcción de paz.
En esta última área, afirma el examen, debe reconocerse a los jóvenes como participantes naturales en los procesos de pacificación y construcción de paz. Invertir en educación, salud, empleo y bienestar general para los jóvenes también es esencial para la construcción de paz y la prevención del conflicto.
Muchas iniciativas han partido de la base de reconocer que el dinamismo de los jóvenes puede transformar las situaciones de conflicto y establecer los cimientos de sociedades democráticas y pacÃficas. Por ejemplo, la Red Unida de Jóvenes Constructores de Paz, una red global de jóvenes y organizaciones juveniles, ha organizado encuentros internacionales de grupos de trabajo, seminarios de formación en la construcción de paz y conferencias.6
La Red de Jóvenes Constructores de Paz de la Zona de los Grandes Lagos opera en las áreas de conflicto y post-conflicto de Burundi, República Democrática del Congo, Kenia, Ruanda, Tanzania y Uganda.7
UNESCO promueve la participación de los jóvenes en la construcción de paz a través de foros juveniles y una iniciativa que se incluye en todos sus programas educativos, llamada "Aprender a vivir juntos: promover el diálogo para la paz y la reconciliación".8
La mediación cultural y la deconstrucción de estereotipos son una parte intrÃnseca de este proceso. Las redes de jóvenes que auspicia el UNFPA también demuestran cómo movilizar la energÃa, el dinamismo y el entusiasmo de los jóvenes de todas las culturas crea oportunidades para aumentar la conciencia acerca de cuestiones esenciales como la salud, la seguridad fÃsica y la educación.
La participación de los jóvenes, ya sea en la construcción de paz o en el desarrollo de largo plazo, es importante para cualquier sociedad que padezca violencia armada u ocupación. Construir una cultura de paz en las mentes juveniles y junto con ellas es la base para alcanzar una paz sostenible.
"A mà siempre me gustó la idea de ser el que enseña, el que organiza, el que maneja… Me gusta poder decirles a los demás lo que sé, contarles cómo hacer las cosas".