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Nepalese familyFamilia nepalesa.
© Peter Bruyneel

La cultura es y ha sido siempre un aspecto central del desarrollo. Dado que se trata de un aspecto natural y fundamental en las vidas de los seres humanos, es preciso integrar la cultura en las políticas y los programas de desarrollo; en este informe se indica de qué manera se aplica este proceso en la práctica.

El punto de partida del informe es la validez universal del marco internacional de derechos humanos. En consecuencia, el aspecto medular es analizar y mostrar de qué manera los enfoques con sensibilidad cultural revisten importancia crítica para la vigencia de los derechos humanos en general y de los derechos de la mujer en particular.

En el informe se ofrece un panorama general de los marcos conceptuales, así como de la práctica del desarrollo, considerando los eventos cotidianos que conforman la experiencia de las personas con respecto al desarrollo. Los enfoques con sensibilidad cultural requieren un conocimiento a fondo de la cultura: estar familiarizados con la manera en que operan las culturas y la manera de colaborar con ellas. El informe presenta algunos de los retos y dilemas de las estrategias dotadas de sensibilidad cultural y sugiere de qué manera es posible abordarlos al entablar relaciones de colaboración.

La cultura—las pautas heredadas de significaciones y explicaciones compartidas—influye sobre las maneras en que las personas conducen sus vidas y proporciona la lente por conducto de la cual interpretan sus sociedades. Las culturas afectan las maneras en que las personas piensan y actúan; pero no producen uniformidad de pensamiento ni de comportamiento.
Es preciso considerar las culturas dentro de un marco más amplio: las culturas influyen sobre las circunstancias externas, son influidas por éstas y cambian en respuesta. Las culturas no son estáticas; las personas las modifican continuamente aun cuando algunos aspectos de la cultura siguen influyendo sobre las opciones y los estilos de vida durante períodos muy prolongados.

Las costumbres, las normas, los comportamientos y las actitudes culturales son tan variadas como dinámicas y difíciles de reflejan en instantáneas. Es peligroso generalizar y es particularmente peligroso juzgar una cultura sobre la base de las normas y los valores de otra cultura. Esas simplificaciones excesivas pueden conducir a suponer que cada miembro de una cultura piensa lo mismo que los demás miembros. Esto no sólo es una percepción errónea, sino que deja de lado uno de los factores que impulsan el cambio cultural: las múltiples expresiones de resistencia interna, de las cuales surgen las transiciones. El avance hacia la igualdad entre hombres y mujeres es un buen ejemplo de este proceso en operación.

A veces, las exhortaciones a hacer gala de sensibilidad cultural e involucramiento en la cultura se interpretan erróneamente como aceptación de prácticas tradicionales nocivas o maneras de excusar el incumplimiento de normas universales de derechos humanos. Esto está lejos de ser verdadero: un relativismo de esa índole no proporciona ninguna base para la acción y sólo produce estancamiento y frustración. Los valores y las prácticas que infringen los derechos humanos pueden encontrarse en todas las culturas. Los enfoques con sensibilidad cultural encuentran lo que tiene sentido para la gente y trabajan sobre la base de ese conocimiento. Al involucrarse en las realidades culturales es posible poner de manifiesto las maneras más eficaces de cuestionar las prácticas culturales nocivas y fortalecer las prácticas positivas.

    Los enfoques con sensibilidad cultural:

  • no se limitan a determinar "qué", y tratan de comprender "cómo" y "por qué" las cosas son como son;
  • buscan los conocimientos locales que pueden proporcionar bases para el diálogo y el cambio positivo;
  • evitan las generalizaciones y reconocen las diferencias en los valores y objetivos, incluso dentro de una misma cultura;
  • alientan una actitud de humildad entre quienes trabajan con las comunidades; y
  • aseguran que sea la comprensión profunda de las realidades humanas, incluida la cultura, y no las teorías o las suposiciones, lo que constituye la base de la formulación de políticas.

Los enfoques con sensibilidad cultural son tanto lógicos como prácticos, al reconocer que el desarrollo cultural es un derecho, tanto como lo es el desarrollo económico o social. Dentro de las culturas abundan las soluciones creativas, de modo que los enfoques con sensibilidad cultural van en procura de esas soluciones y trabajan con ellas. Los enfoques con sensibilidad cultural tienen importancia crucial para comprender los contextos locales—inclusive las relaciones de poder en los ámbitos jurídico, político, económico y social—y sus implicaciones para el desarrollo.

Derechos humanos
Además de la Declaración Universal de Derechos Humanos (1948), los Estados Miembros de las Naciones Unidas han aprobado una amplia gama de instrumentos sobre la base de los principios de universalidad, indivisibilidad, interdependencia, igualdad y no discriminación. Una vez que esos instrumentos entran en vigor, los países convienen en acatar sus disposi¬¬¬ciones: las disposiciones fundamentales son obligatorias para todos los países. A esos instrumentos se suman documentos de consenso como el Programa de Acción de la Conferencia Internacional sobre la Población y el Desarrollo (1994) y la Plataforma de Acción de la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer (1995).

Se ha debatido mucho la universalidad de los derechos humanos, pero en ese debate a menudo se han dejado de lado las interrelaciones de importancia crítica entre derechos humanos y culturas. El marco de derechos humanos prevé protecciones para los derechos colectivos de los grupos, así como de los individuos; entre éstos figura el derecho a la salud, incluida la salud reproductiva. El lenguaje de los derechos es el lenguaje de la resistencia contra la privación y la opresión, que son comunes en todas las culturas: las personas han comenzado a utilizar el lenguaje de los derechos para efectuar sus propias reivindicaciones.

Los derechos universales se llevan a la práctica por determinados pueblos y grupos en sus propios marcos culturales y así deben ser comprendidos. Esa puesta en práctica es lo que tratan de lograr los enfoques con sensibilidad cultural.

    Los enfoques con sensibilidad cultural reconocen que:

  • en diferentes culturas, las personas interpretan los derechos de diferentes maneras;
  • personas distintas que viven en una misma cultura también tienen diferentes perspectivas sobre los derechos y diferentes experiencias al respecto;
  • las personas abogan por los derechos de maneras adecuadas a sus marcos culturales;
  • los derechos humanos pueden arraigarse profundamente cuando cuentan con "legitimidad cultural"; y
  • para facilitar la legitimidad cultural es preciso conocer la cultura y asumir un compromiso al respecto.

Los enfoques con sensibilidad cultural pueden proporcionar instrumentos para comprender de qué manera interactúan los derechos humanos y las culturas. Las personas respetarán los derechos humanos que perciban como culturalmente legítimos, pero para velar por la legitimidad es menester contar con importantes salvaguardas:

• Evitar la imposición de interpretaciones particulares de los derechos que obstaculicen la apropiación cultural.
• No soslayar las luchas con respecto a los significados de los derechos, sino reconocerlas.
• Contribuir a las políticas teniendo seriamente en cuenta las normas y prácticas locales.
• Comprender las culturas a nivel local, nacional e internacional, así como las relaciones recíprocas entre ellas.

Los enfoques con sensibilidad cultural requieren que se incluya a todas las sociedades y que se llegue hasta las comunidades, inclusive los grupos marginados dentro de las comunidades. Este proceso no es ni rápido ni predecible. El desarrollo humano con plena vigencia de los derechos humanos depende de un serio y respetuoso involucramiento en las culturas.

Ampliación de los medios de acción de la mujer e igualdad de género
En diversas reuniones y conferencias internacionales celebradas a partir de 1975, los gobiernos, las entidades de la sociedad civil y los órganos de las Naciones Unidas se han comprometido a colaborar con las mujeres y trabajar en pro de ellas, estableciendo objetivos y metas concretos, más recientemente en 2000, con los Objetivos de Desarrollo del Milenio. No obstante, la desigualdad entre hombres y mujeres sigue generalizada y profundamente arraigada en muchas culturas. Las mujeres y las niñas constituyen las tres quintas partes de los mil millones de personas más pobres del mundo; las mujeres constituyen las dos terceras partes de los 960 millones de adultos del mundo que no saben leer, y las niñas constituyen el 70% de los 130 millones de niños que no asisten a la escuela. Algunas normas y tradiciones sociales y culturales perpetúan la violencia por motivos de género, y las mujeres y los hombres pueden aprender a hacer caso omiso de esa violencia, o a aceptarla. En verdad, en algunos casos las propias mujeres defienden las estructuras que las oprimen.

El poder opera dentro de las culturas por conducto de la coacción, la cual puede ser visible, o puede estar oculta en las estructuras de gobierno y en las leyes, o puede estar arraigada en las percepciones que las personas tienen de sí mismas. Por consiguiente, las relaciones de poder son el factor aglutinante que sostiene y moldea la dinámica de género y subyace a la justificación y a las maneras en que las culturas interactúan y se manifiestan. Algunas prácticas, como el matrimonio en la infancia (que es una de las causas principales de la fistula obstétrica y de la defunción derivada de la maternidad) y la mutilación o corte genital femenino (que tiene múltiples consecuencias perjudiciales para la salud) continúan en muchas países, pese a las leyes que las proscriben. En algunos casos, las mujeres se suman a quienes perpetúan esas prácticas, pues piensan que es una forma de protección para sus hijos y para sí mismas.

Los adelantos en cuanto a la igualdad entre hombres y mujeres nunca se han logrado sin una lucha cultural. En América Latina, por ejemplo, las mujeres han logrado que la violencia por motivos de género sea visible al lograr que se legisle contra ella; pero la imposición en la práctica de esas leyes sigue tropezando con problemas.

El enfoque que aplica el UNFPA a la programación para ampliar los medios de acción de la mujer y promover la igualdad de género integra los derechos humanos, la incorporación en las actividades de la perspectiva de género y la sensibilidad cultural, alentando el cambio y la transformación cultural endógenos. El UNFPA colabora no sólo con los gobiernos, sino también con diversas organizaciones locales y múltiples personas, muchos de los cuales individualiza en su carácter de agentes de cambio.

El instrumento del UNFPA para cuestionar la desigualdad entre hombres y mujeres y entablar alianzas es la "lente cultural". Ese instrumento le ayuda a lograr el profundo conocimiento de la cultura necesario para negociar, persuadir y cultivar la aceptación y la apropiación cultural.

Los enfoques con sensibilidad cultural deben responder a las variaciones en las necesidades, las experiencias y las culturas; deben comprender de qué manera las personas sortean los obstáculos en sus propios ámbitos de acción, y deben aprender de la resistencia local. Los enfoques deben basarse en la reflexión y ser ponderados, críticos e integrales.

Salud reproductiva y derechos reproductivos

Las personas y las comunidades asignan una amplia gama de significados a la salud reproductiva y los derechos reproductivos; las interpretaciones pueden variar incluso entre personas pertenecientes a una misma comunidad. La sensibilidad cultural atañe a percibir y comprender esas diversas significaciones y estar preparados para algunas realidades inesperadas; por ejemplo, tal vez algunos hombres propugnen la igualdad de género, contrariando su aparente interés personal, y tal vez algunas mujeres apoyen prácticas que aparentemente las perjudican. Los enfoques con sensibilidad cultural tratan de comprender las opiniones de la comunidad acerca de lo que los hombres y las mujeres aportan a la procreación, y tratar de colaborar con la comunidad al respecto; por ejemplo, lo que significa cuando una mujer o una pareja no se reproducen, el efecto de los anticonceptivos sobre el potencial de la mujer para concebir, o la opinión masculina de lo que constituye su "hombría". Esa comprensión es imprescindible para una efectiva cooperación.

La sensibilidad cultural contribuye a mitigar y superar la resistencia a que las parejas y los individuos planifiquen voluntariamente el tamaño de sus familias, el espaciamiento de sus hijos y el momento de tenerlos. Esto prepara el camino para aumentar los medios de acción de la mujer, en particular en lo atinente al control de su propia fecundidad. Los enfoques con sensibilidad cultural son instrumentos imprescindibles para las organizaciones de desarrollo interesadas en promover la salud sexual y reproductiva.

Los enfoques con sensibilidad cultural también tienen importancia crítica para movilizar a las comunidades y entablar alianzas a fin de combatir ciertas prácticas tradicionales dañinas, particularmente la mutilación o corte genital femenino. Los gobiernos nacionales, en su mayoría, y también las comunidades locales y la comunidad internacional en general, todos se oponen firmemente a la mutilación o corte genital femenino y lo consideran una conculcación de los derechos humanos y un peligro para la salud física y mental. No obstante, se trata de una tradición generalizada y profundamente arraigada en ciertas comunidades, a veces respaldada por una interpretación totalmente espuria de las enseñanzas religiosas. Tal vez se considere que es un requisito imprescindible para ingresar plenamente en la adultez y para pasar a ser miembros de la comunidad; las mujeres que no han sido sometidas a esa mutilación o corte tal vez sean consideradas feas y mancilladas. Para eliminar esa práctica es menester tener en cuenta todas las diferentes interpretaciones culturales y encontrar alternativas significativas, cooperando estrechamente e intercambiando ideas con la comunidad.

[Estamos]pasando revista a nuestra experiencia para que ésta posibilite que respondamos al desafío cultural: ayudar a los países, a las comunidades y a las personas a que interpreten principios universales, traducir estos últimos en términos dotados de sensibilidad cultural y al respecto, formular programas que las personas realmente puedan considerar como propios. Podemos tener éxito en esta tarea si mantenemos junto a nuestro corazón la convicción de que cada vida humana es singularmente valiosa y que el derecho al desarrollo es el derecho encaminado a que las mujeres y los hombres expresen cabalmente su humanidad. —Thoraya Ahmed Obaid, Directora Ejecutiva, UNFPA
— Thoraya Ahmed Obaid, Executive Director, UNFPA

Al reconocer y apoyar las acciones locales, es importante entablar alianzas con quienes forjan la opinión pública y con los líderes, así como con las personas cuyo trabajo sobre el terreno les da alcance e influencia sustanciales. Algunos de los cambios más espectaculares ocurren cuando los guardianes de las normas y prácticas culturales, los "guardabarreras", son paladines de los derechos de la mujer. En Camboya, las monjas y monjes budistas tienen funciones prominentes en la lucha contra el VIH; en Zimbabwe, los líderes locales han asumido el desafío. Las alianzas eficaces procuran amplias asociaciones en materia de derechos humanos e igualdad entre hombres y mujeres, y fijan normas aplicables en determinadas esferas, como la prevención del VIH y el tratamiento y la atención del SIDA. La sensibilidad cultural también requiere que se tengan en cuenta las numerosas otras acciones locales en pro del cambio por parte de organizaciones de diversos tipos: de mujeres, de jóvenes y de trabajadores; y también que se tengan en cuenta las maneras en que dichas organizaciones colaboran entre sí y se refuerzan recíprocamente.
La religión es un componente central en la vida de muchas personas y una importante dimensión de la cultura, que influye sobre las decisiones y las acciones más íntimas. A veces se invoca la religión para justificar algunas prácticas culturales como los asesinatos "para preservar el honor", o los "crímenes pasionales", que son flagrantes violaciones de los derechos humanos. La sensibilidad cultural entraña el apoyo a las numerosas mujeres—y a algunos hombres—que, dentro de la sociedad, cuestionan esa práctica.

Los enfoques con sensibilidad cultural son indispensables para alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio, que incluyen el Objetivo 5, reducir en 75% el índice de mortalidad materna. Las cantidades de mujeres que pierden la vida como consecuencia del embarazo y el parto han permanecido esencialmente invariables desde el decenio de 1980, en aproximadamente 536.000 por año; cantidades muy superiores de mujeres, entre diez y quince millones, padecen lesiones o enfermedades. Para lograr reducir la mortalidad derivada de la maternidad y evitar lesiones como la fístula obstétrica es preciso ofrecer mejor atención del embarazo y el parto, servicios de emergencia en caso de que surjan complicaciones, y acceso a métodos de planificación de la familia. Para lograr éxito en esas iniciativas de importancia crítica, es indispensable actuar con sensibilidad cultural.

Involucrar a los hombres en la formulación, la puesta en práctica y la ejecución de los programas, por ejemplo, es tanto un medio de aplicar enfoques con sensibilidad cultural como un resultado de aplicarlos, y un requisito de todo proceso de desa¬rrollo que tenga la intención de cambiar comportamientos y actitudes. En general, se considera que la desigualdad entre hombres y mujeres y las actitudes masculinas negativas suscitan problemas para la salud reproductiva y los derechos reproductivos. Prestar más estrecha atención a las experiencias masculinas en cuestiones de género y sus desigualdades, es uno de los componentes fundamentales de los enfoques con sensibilidad cultural.
La construcción cultural de los conceptos de masculinidad y sexualidad puede provocar un aumento de las conductas riesgosas y reducir la probabilidad de que los hombres acudan en procura de asistencia. Los hombres tienden a iniciar relaciones sexuales a edades más tempranas que las mujeres, y también tienden a tener mayor cantidad de parejas que las mujeres; esto tal vez se relacione con las expectativas de la sociedad acerca de lo que constituye un hombre "verdadero", y alienta el comportamiento sexual riesgoso. Tal vez algunos hombres estén menos preocupados por su salud que por su masculinidad. Las construcciones culturales de esos conceptos acrecientan el estrés y la presión sobre algunos hombres para que den pruebas de su "hombría" ejerciendo autoridad "masculina", a punto tal de forzar relaciones sexuales con mujeres que no están dispuestas a entablarlas. Su comportamiento perjudica no sólo la salud de la mujer, sino también su personalidad social: hay casos de mujeres víctimas de violación sexual que han sido obligadas a contraer matrimonio con los perpetradores y hasta han sido acusadas de adulterio.

Los hombres tal vez piensen que acudir en busca de ayuda, o incluso de información, es un signo de debilidad. Los hombres tienen mucho menores probabilidades que las mujeres de acudir voluntariamente a recibir asesoramiento y pruebas de detección del VIH. La ignorancia y la ansiedad de los hombres crean riesgos, tanto para las mujeres como para los hombres, pero tal vez los hombres no consideren que su comportamiento sea riesgoso. Los factores sociales y económicos también son importantes: en las comunidades donde la pobreza, las drogas y las armas de fuego son comunes, el VIH y el SIDA se suman a los demás riesgos.

Los enfoques con sensibilidad cultural no se limitan a la explicación estandarizada del comportamiento masculino, sino que investigan la relación entre los marcos sociales, políticos y jurídicos, así como las normas culturales resultantes, y las condiciones en las cuales los hombres y las mujeres se resisten a esas normas culturales. Al basarse en este conocimiento de las iniciativas locales se hace posible un mesurado apoyo al desarrollo, con claros objetivos.

Pobreza, desigualdad y población

Universal access to education and health care helps all. El acceso universal a servicios de educación y de salud es beneficioso para todos.
© UNICEF/HQ06-1355/Claudio Versiani

El Programa de Acción de la Conferencia Internacional sobre la Población y el Desarrollo (CIPD) es la base para alcanzar los objetivos de población, de los cuales depende el desarrollo. Los objetivos de la CIPD actualmente incorporados en los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) son: el acceso universal a la atención de la salud reproductiva, la educación universal, la autonomía de la mujer y la igualdad entre hombres y mujeres. Las comunidades marginadas son las que menos se benefician de las políticas de desarrollo y las que más probabilidades tienen de ser pobres. Sus servicios de educación y salud no son tan buenos que los de quienes están en mejor posición económica, y sus vidas son más cortas. Las mujeres más pobres, en particular, están sujetas a aspectos dañinos de la tradición y la cultura, y a más altos riesgos de defunción, enfermedad y lesión a raíz de la maternidad.

El "desarrollo" desigual acrecienta la magnitud y la profundidad de la pobreza. Los bajos niveles de salud y de educación dificultan que cualquier ingreso adicional se traduzca en mayor bienestar e impide que las personas fijen objetivos personales o los alcancen. Las relaciones de género y las capacidades físicas también tienen efectos sobre la determinación del acceso a las oportunidades y los recursos y sobre la posibilidad de disfrutar de los derechos humanos. Por consiguiente, una condición previa para formular mejores políticas es analizar las opciones de las personas en sus condiciones y ámbitos locales.

Las cuestiones de población se condensan en las decisiones que las personas adoptan en determinados marcos culturales, por ejemplo, con respecto a la planificación de la familia, la educación, la atención de la salud y la migración. En comparación con el pasado rural, el desarrollo ha redefinido el valor de los hijos. Las familias más pequeñas y las mayores inversiones en cada hijo han pasado a ser la norma, y las culturas se han adaptado en consecuencia, con la ayuda de mejores servicios de salud reproductiva y de otros tipos. Las personas pobres siguen aspirando a tener familias más grandes, debido a que sus circunstancias han cambiado menos. Muchos pobres todavía no han comprobado que las familias más pequeñas y las mejores condiciones de salud y de educación los pueden beneficiar.

Entre las mujeres más pobres, algunas aspiran a tener menor cantidad de hijos, pero las limitaciones culturales las inhiben. Teniendo en cuenta estas circunstancias, los programas de planificación de la familia pueden tener éxito, aun cuando haya habido escaso desarrollo económico, como ocurrió en Bangladesh. Por otra parte, algunas mujeres pobres utilizan anticonceptivos debido a que no pueden costear la crianza de los hijos, y no para proteger su propia salud reproductiva.

La clave de la salud reproductiva es lograr reducir los riesgos de la maternidad mediante: 1) acceso a servicios de planificación de la familia a fin de reducir los embarazos no deseados y espaciar los embarazos voluntarios; 2) ofrecer atención por personal calificado a todos los partos; 3) proporcionar oportunamente atención obstétrica cuando surjan complicaciones del parto; y 4) proporcionar atención de personal calificado a las mujeres y los recién nacidos después del parto.

Cuanto más probable sea que una mujer dé a luz con la atención de personal calificado, tanto más probable será lograr un buen resultado. Para las mujeres más pobres y para los países más pobres, donde las proporciones de partos atendidos por personal calificado son más bajas, son mayores las tasas de mortalidad y morbilidad derivadas de la maternidad. Tal vez una mujer escoja una partera tradicional en lugar de una partera calificada debido a que la primera ofrece una gama de servicios antes y después del parto y dado que está más familiarizada con la mujer y su cultura. Proporcionar agentes de salud calificados que tengan conexiones culturales con las mujeres a cuyo servicio están, además de ofrecer eficaz atención de emergencia y obstétrica y remisión de pacientes a establecimientos de mayor complejidad, también en circunstancias culturalmente aceptables, es un desafío para los servicios de salud reproductiva.
La migración ha sido una experiencia desigual para todos los interesados. Los migrantes internacionales—unos 191 millones en 2005—envían todos los años al menos 251.000 millones de dólares a sus países de origen, lo cual tiene efectos apreciables sobre las economías de los hogares y los países. Su contribución es tanto cultural como económica; los migrantes recogen y transmiten mensajes culturales en las comunidades tanto de origen como de destino, inclusive las actitudes con respecto a los derechos humanos y la igualdad entre hombres y mujeres.

Host countries' migration policies often have to contend with misunderstanding, discrimination and hostility towards migrants; source countries deal with the loss of skilled, qualified workers as well as family and community members. Trafficking, the dark underside of migration, damages both communities and the individuals concerned. It is becoming more common as migration policies become more restrictive, exposing migrants to economic exploitation, physical abuse and violence. These conditions provide fertile ground for conflicting cultural discourses. These include the reinvention of tradition (some of which entail perpetuating harmful practices such as FGM/C) among some groups of migrants, who feel alienated by the physical distance from their cultures of origin, while also marginalized by their host cultures.

La migración interna produce una gama de riesgos y oportunidades, con preponderancia del riesgo para los pobres en las poblaciones tanto naturales del lugar como migrantes. Los mejores servicios urbanos, entre ellos los de salud reproductiva, quedan contrarrestados por su costo y por la falta de redes sociales entre los migrantes. Muchas migrantes vuelven a su país de origen para dar a luz, pese a que la calidad de los servicios allí es más deficiente.

Los efectos acumulativos del cambio económico y social están obligando a las culturas a cambiar en respuesta. Pero ese proceso no puede ser rápido, y una adaptación exitosa depende de comprender lo que está ocurriendo. El propio cambio cultural puede cambiar el ámbito social, político y económico que produjo dicho cambio; y las tradiciones y los sistemas de significaciones pueden sobrevivir tras numerosos cambios.

La guerra, la igualdad de género y la autonomía de la mujer
Durante la guerra, las mujeres se transforman en blancos debido a que se percibe su posición como guardianas de la cultura. La violación sexual es un acto de violencia dirigido no sólo contra la mujer, sino también contra la composición cultural de su identidad nacional o comunitaria. En algunos casos, las comunidades consideran que las mujeres víctimas de violación están mancilladas o desvalorizadas y estas mujeres tal vez sufran nuevos actos de violencia como resultado. Son pocas las comunidades que abordan abiertamente la violencia por motivos de género, y con frecuencia las mujeres no hablan al respecto.

La militarización de una cultura obra contra la autonomía de la mujer y la igualdad de género, en parte por conducto del aumento de la incidencia—y la aceptabilidad—de la violencia. El conflicto impone responsabilidades y costos adicionales sobre las mujeres, que tal vez se transformen en jefas de hogar, dada la ausencia de los hombres. Los hombres pueden sentirse impotentes e incapaces de cumplir con sus deberes de proteger a sus familias. Esto puede suscitar el resentimiento masculino y la violencia.

Los derechos humanos de la mujer son una preocupación de seguridad internacional, aceptada como tal por la resolución 1325 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, en la cual también se reconoce que es necesario el involucramiento cultural para asegurar que las mujeres formen parte del proceso de paz. Pese al cuestionamiento de algunas omisiones en la resolución 1325 del Consejo de Seguridad, ésta reconoce las carencias de políticas de importancia crítica y exhorta al cambio.

Quienes trabajan en cuestiones de desarrollo y asistencia humanitaria necesitan sensibilidad cultural cuando trabajan con mujeres que han hecho frente al estrés suscitado por conflictos armados. Los enfoques con sensibilidad cultural se focalizan en el posible y el real deterioro en las relaciones de género y tratan de proteger los progresos que las mujeres hayan logrado hacia la igualdad entre hombres y mujeres, inclusive los relativos a la salud reproductiva y los derechos reproductivos. Los enfoques con sensibilidad cultural son especialmente necesarios en circunstancias de conflicto armado, que ponen en jaque las expectativas culturales de masculinidad, entre ellas, la responsabilidad del hombre por proteger a su familia.

La frustración y la impotencia del hombre frente a las tribulaciones en tiempos de guerra a menudo se vuelcan contra la mujer, pero la percepción habitual de las mujeres como víctimas de agresores masculinos no describe las múltiples responsabilidades que asumen las mujeres en tiempos de guerra como jefas de hogar, sostén de las familias, fuentes de cuidado para sus familiares, y combatientes. Las políticas y los enfoques deben reconocer esa complejidad. Si no se reconocen la resistencia y el ingenio de las personas y lo que ha cambiado como resultado del conflicto, pueden quedar excluidas las mujeres y las minorías, inclusive las personas con discapacidad, de la participación en la fijación de prioridades y la formulación de estrategias de desarrollo después del conflicto.

Los enfoques con sensibilidad cultural también son necesarios para atender a personas que han pasado por situaciones de trauma, para satisfacer las necesidades de los refugiados en materia de atención de la salud sexual y reproductiva, para concertar alianzas con organizaciones locales y para ayudar a las personas a fin de que mantengan o recuperen su sentido de identidad cultural en medio de las depredaciones de la guerra.

Las alianzas estratégicas inclusivas son una base fundamental de los enfoques con sensibilidad cultural. Se basan en el reconocimiento de que las interpretaciones creativas sobre los derechos humanos y en torno a éstos suelen necesitar una sustancial participación de las comunidades, basada en la apreciación de símbolos, formas y poderosos agentes de comunicación.
Conclusiones

    Conclusions
  • Los organismos internacionales de desarrollo que hagan caso omiso de la cultura—o la marginen—lo hacen corriendo riesgos. Para promover los derechos humanos es preciso apreciar la complejidad, la fluidez y la importancia de la cultura, individualizando intencionalmente a los agentes locales de cambio y entablando alianzas con ellos.
  • Los enfoques basados en conocimientos culturales dan viabilidad a la formulación de políticas y posibilitan la "política cultural" necesaria para la vigencia de los derechos humanos.
  • Un conocimiento profundo de las culturas determina de qué manera se desarrollan—y pueden ser desarrollados—los sistemas de significaciones, la oposición económica y política, o las políticas de apoyo.
  • A fin de lograr un conocimiento profundo de las culturas, el UNFPA propone utilizar una "lente cultural" como instrumento de programación.
  • Los enfoques con sensibilidad cultural investigan de qué manera algunas variables, entre ellas, nivel económico, política, leyes, clase social, edad, género, religión y pertenencia a un grupo étnico se entrecruzan y conducen a interpretaciones y manifestaciones divergentes del poder.
  • Los enfoques con sensibilidad cultural requieren la utilización de diferentes marcos analíticos y operacionales y la realización de introspección por parte de quienes se ocupan de la asistencia al desarrollo.

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