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Shimu

Dacca, Bangladesh

Shimu no tiene cumpleaños: nunca supo en qué fecha nació. Tampoco sabe qué edad
tiene: creo que 22 o 23, dirá –pero después, cuando cuente su historia, resultará que quizá sea mayor.

–¿Y no quieres elegir un día y decidir que ése va a ser tu cumpleaños, y celebrarlo?

–No, para qué. Yo soy pobre. Con lo que cuesta celebrar un cumpleaños, es una suerte no tener.

Shimu sí sabe que nació en un pueblo del distrito de Natore, en el norte de Bangladesh, donde su padre cultivaba medio acre de tierra –que no siempre alcanzaba para darle de comer a la familia. También sabe que su madre se murió cuando ella tenía tres o cuatro años, pero ignora cómo ni por qué: Shimu cree que se envenenó con un pescado que pescó su abuelo, pero no está segura. Y sabe que entonces se fue a vivir con una tía y después con su padre y su nueva esposa, y por fin con una hermana mayor y su marido. Allí, cuando tenía 9 o 10 años, Shimu descubrió, en la casa de un vecino, una extraña caja donde había personas que se movían, hablaban, hacían cosas: estaba impresionada. La primera vez que vio una muerte en una serie de televisión, Shimu lloró: nadie le había contado que el muerto no había muerto de verdad –y nadie se lo diría hasta mucho después de su boda.

En esos días Shimu empezó a ir a la escuela, pero unos meses después su hermana la sacó: si se pasaba tanto tiempo en clase, le dijo, ¿cómo iba a ayudarla con las tareas domésticas y el cuidado de su hijo?

–¿Y no trataste de seguir yendo a la escuela?

–No, me gustaba no ir. No tenía que estudiar, tenía más tiempo para jugar con mis amigas y con mis muñecas.

Y también para ir a buscar leña, lavar la ropa, barrer la casita, ir al mercado. En el mercado había un vendedor de melaza de caña que la miraba, le hacía caras; Shimu a veces le contestaba las miradas. Un día él se le acercó y le dijo que quería hablarle; se sentaron por ahí y él le dijo que quería casarse con ella. El muchacho tenía 17 años; Shimu tenía 11 o 12 y no entendió del todo. Matrimonio era, para ella, una palabra que había escuchado aquí y allá, en la televisión, en alguna charla de vecinas, y poco más que eso.

En Bangladesh la edad media de las mujeres en el momento de su casamiento es de 15 años –aunque baja en los sectores rurales más pobres. Pero, en general, son matrimonios arreglados por los padres. Aquella tarde, Shimu no sabía qué hacer, y le dijo al muchacho que hablara con su hermana y su cuñado.

–Ellos son mis guardianes, ellos son los que van a decidir.

El muchacho los fue a ver con su propuesta: aceptaría casarse con Shimu sin siquiera cobrar la dote, porque le gustaba. En las zonas rurales de Bangladesh, los matrimonios incluyen una dote –en dinero o especies– que el padre de la novia paga al novio: es una “tradición� nueva –no más de medio siglo– que, pese a haber sido declarada ilegal, sigue
vigente en tres de cada cuatro matrimonios.

Los guardianes de Shimu estuvieron de acuerdo, con una condición: como la niña era tan chica, el novio esperaría dos años antes de llevársela a su casa. El novio aceptó, y la fiesta fue breve: Shimu ya era formalmente una mujer casada, pero su vida no había cambiado casi nada.

Todo se complicó unos meses más tarde, cuando el marido de Shimu empezó a reclamar alguna dote: sus amigos se estaban casando y todos recibían algo, decía; ¿cómo quedaba su prestigio si a él no le daban nada? Sus reclamos se hicieron
más violentos; al cabo de unos días dijo que ya que no le daban dote, se llevaría a su mujer –por las buenas o por las malas.

–¿Tú querías ir con él?

–No es si quería o no quería. Él era mi marido, así que mi deber era seguirlo donde él me dijera.

Las mujeres jóvenes con autonomía sobre sus ingresos tienen más libertad para decidir cuándo y con quién se casan, y el momento, el número y el intervalo entre sus hijos

Su marido vivía con su madre, hermanos, cuñadas, sobrinos –y Shimu tuvo que ocuparse de buena parte del trabajo de la casa. Al principio no le importó: estaba acostumbrada. Pero su marido la trataba cada vez peor. Le decía que era tonta, le reprochaba que su familia nunca le diera regalos, le gritaba –y empezó a pegarle. Shimu pensaba que, de algún modo, la culpa era suya:

–Sí, porque nosotros éramos tan pobres que no le habíamos dado nada. Esa era mi culpa.

Unos meses después, Shimu empezó a sentirse rara: algo en su panza se movía. Una vecina le dijo que claro, niña, estás embarazada. A Shimu nunca le habían contado cómo era, y por eso tardó 4 o 5 meses en notarlo. Cuando se lo dijo, su marido no pareció particularmente interesado; Shimu sólo atinó a pensar que ojalá su bebé le saliera bonito. Pero el día del nacimiento, cuando la partera del pueblo dijo que era un varón, todos la felicitaron:

–Yo estaba feliz. Yo quería un hijo, porque era lo que quería mi marido. Tener un varón da mucho prestigio.

Esos primeros días su familia política la ayudó y la cuidó; pocas semanas después, todo volvió a su curso habitual –y su marido le pegaba cada vez más fuerte. Alguna vez algún vecino se asomaba, atraído por los gritos; el hombre les decía que era su mujer, que podía hacer con ella lo que se le antojara. Como decirle, por ejemplo, que mejor se fuera, así él podía casarse con una mujer que le diera dinero.

Es cierto que a veces se arrepentía y la invitaba al cine del pueblo y Shimu pensaba que quizá pudieran tener una familia después de todo. Pero la ilusión duraba poco: los golpes, el desprecio volvían pronto. En algún momento su suegra dejó de darle de comer
y Shimu tuvo que empezar a trabajar en otras casas del pueblo para pagarse la comida.

Pasaba el tiempo, el sufrimiento. Al cabo de cuatro años, Shimu volvió a quedar embarazada y volvió a tener un varón. Pero ya no le importaba a nadie. Su marido quería deshacerse de ella y la acusó de haberse acostado con su hermano. Shimu juró sobre un Corán que no era cierto, pero él le pegó con saña y una caña de bambú; Shimu, herida, fue a refugiarse a casa de su hermana. Su marido fue a buscarla; Shimu volvió, porque sus hijitos la necesitaban.

Una de esas tardes, Shimu volvía de su trabajo y se paró en el camino a descansar. Su marido pasaba, la vió, la acusó de estar esperando a un amante, le pegó en la calle. Shimu había soportado casi todo: la falta de comida, el desprecio, los golpes. Pero no pudo soportar esa deshonra.

–Nunca te importó que yo tuviera que trabajar en casas de otros. Pero me ves ahí parada en la calle y ya me acusas de ser una cualquiera.

Shimu le dijo a su marido que no la buscara nunca más y se fue a refugiar a casa de su padre. A la mañana siguiente fue al registro civil a presentar su demanda de divorcio, pero no se atrevió. Shimu tenía 18 o 19 años, dos hijos y ninguna posibilidad de mantenerlos. Su madrastra le dijo que su única posibilidad era dejarle a los chicos e irse a trabajar a la ciudad.

–Tenía razón. En el pueblo no tenía cómo ganar dinero, no hay ningún trabajo, y yo necesitaba ganar algo para ellos.

La única ciudad de la que Shimu sabía algo era de Dacca. La había visto por la televisión: era un lugar grande repleto de autos y rickshaws y personas. Dacca es una ciudad grande, con unos doce millones de habitantes. Cuando llegó a la casa de una tía, la ciudad le pareció todavía más grande, más ruidosa, más ajena: estaba asustada. Pero también le gustó esa sensación de caminar por la calle sin que nadie la mirara, sin que nadie supiera quién era. A los pocos días, Shimu consiguió trabajo en una fábrica de ropa y todo pareció encarrilarse.

La industria del vestido aporta el 70 por ciento de las exportaciones de Bangladesh y emplea a dos millones de trabajadores: muchos de ellos son migrantes rurales y cuatro de cada cinco son mujeres. Shimu empezó trabajando como auxiliar por un sueldo de 700 taka por mes –que eran, entonces, unos 15 dólares americanos. La fábrica de Shimu es una construcción de siete pisos en el centro de Dacca: visto desde afuera parece un edificio de departamentos; por dentro, cada piso tiene un gran taller con docenas de empleados, máquinas de coser, mesas de corte –donde se fabrica todo tipo de ropa. Shimu estaba contenta: tenía un trabajo, estaba aprendiendo, sus compañeras la ayudaban. Por primera vez en su vida se había sacado de encima el peso de su esposo, su familia política, el pueblo, sus imposiciones. A los pocos meses de su llegada, Shimu encontró el coraje necesario para volver a su pueblo y pedir el divorcio: ahora, capaz de mantener a sus hijos, ya podía permitírselo.

Al cabo de un año la nombraron operaria: la primera vez que tuvo una máquina de coser para ella sola se sintió, dice, alguien, una persona de verdad. Una tarde, pasados dos años, su supervisora le dijo que se fuera a su pueblo, que su hijo menor estaba enfermo, y cuando llegó –muchas horas de viaje– le dijeron que ya lo habían enterrado. Shimu lloró y lloró y pensó que si Dios lo había hecho tendría sus razones, y se volvió a su puesto. Ahora, seis años después de su llegada, Shimu sigue siendo operaria y gana 2.100 taka –30 dólares– mensuales por ocho horas diarias de trabajo, seis días por semana. La industria del vestido prospera gracias a esos sueldos: el costo del operario representa el uno por ciento del precio final de una camisa o pantalón made in Bangladesh.

–¿Sientes que has cambiado mucho en estos años?

–Sí, mucho. Ya no estoy tan flaca. Me tengo más confianza. Puedo mandar dinero para que mi hijo vaya a la madrassa –la escuela islámica– y se eduque. Ya tiene 11 años, está muy bien.

–¿Lo mandas a la escuela islámica porque eres religiosa?

–Sí, siempre quise mandarlo a la madrassa. Yo sufrí mucho, pero Dios escribió ese destino para mí, así que debía merecerlo. Para que haya personas felices, algunos tenemos que ser infelices. Y a mí me tocó no tener nada, ni dinero, ni educación. Pero ahora he mejorado mi destino al ganar dinero y al poder mandar a mi hijo a la madrassa.

Shimu habla despacio, como quien no duda. Vivir en la ciudad le permitió romper las redes tradicionales. Es cierto que a veces se siente sola, no sabe qué hacer. Pero, en cambio, sabe que no va a tener que hacer lo que le digan sus parientes, sus mayores.

–Yo me siento satisfecha. Mi sueño es que mi hijo se eduque y consiga un buen trabajo.

–¿Y tú qué quieres hacer en el futuro?

–Yo no tengo educación, soy analfabeta. Lo mejor que puedo hacer es trabajar toda mi vida como operaria. Si tuviera una educación podría pensar en otras cosas, pero no tengo. No me preocupa. Sólo querría ganar un poco más.

Shimu prefiere vivir en Dacca porque “hay más seguridad y puedo ganarme la vida, puedo vivir a mi manera, puedo pensar a mi manera�. En su pueblo nada de eso habría sido posible. Pero cree que cuando sea más vieja va a volver a su pueblo, se va a comprar un lote de tierra, se va a instalar allí. Ya ha podido ahorrar 20.000 taka –casi 300 dólares americanos.

–Pero si la vida en Dacca es mejor, ¿por qué quieres volver a tu pueblo?

–Porque aquí, si no trabajo, no me va a alcanzar el dinero. En el pueblo sí. Y, de todas maneras, cuando sea vieja ya nadie va a poder presionarme para que haga cualquier cosa que no quiera. Entonces sí voy a poder vivir en mi pueblo.