Reham
Una salida de la violencia urbana
El Cairo, Egipto
Se podría pensar que fue un incidente banal,
una de esas cosas que pasan todo el tiempo
en la ciudad. Pero Reham dice que esos
minutos le cambiaron la vida. Reham salía de su
trabajo: un programa llamado Sueños de las Chicas
en Qalyobeya, un suburbio del Cairo, donde enseña
a chicas que no fueron a la escuela a leer y escribir y a manejar ciertas
habilidades que les permitan
conseguir empleo.
–Este proyecto me permitió estar en contacto con un grupo
de gente de la que sólo había escuchado, chicas cuyo único
propósito en la vida es comer, beber y dormir. Y sentir
que puedo ayudarlas es maravilloso.
Reham nació en Suez, Egipto, en 1982, la mayor
de cuatro hijos. Su padre es el dueño de una pequeña
empresa de transportes y su madre una empleada
pública. La familia se mudó al Cairo cuando ella tenía
diez años. Reham no recuerda grandes eventos en su vida: siempre le
gustó escribir su diario, leer, dibujar,
y, ya en la adolescencia, salir con sus amigas al cine,
al mall, escuchar música, bailarla. Y siempre tuvo la
sensación de que ella, como mujer, tenía los mismos
derechos que los hombres.
–Pero en Egipto sigue sin haber muchas mujeres
en el parlamento, en el gobierno, en la justicia.
–Sí, las mujeres egipcias no tienen acceso a ciertos puestos de
poder. Pero en la vida cotidiana somos iguales a los hombres.
Su formación fue la de tantas chicas de clase
media urbana: una escuela laica, la televisión, el
aprendizaje de las bases del islam –pero ni su padre
ni su madre son particularmente religiosos. Reham
habría querido estudiar psicología o literatura pero sus notas no le
alcanzaron: entre las opciones a
su alcance, eligió trabajo social. Al principio no le
interesaba demasiado; poco a poco, la posibilidad
de ayudar a otras mujeres la fue apasionando. Y,
poco después de graduarse, encontró ese empleo en Qalyobeya. Ya había
pasado allí más de tres
años cuando sucedió aquel incidente decisivo.
–Ese día hacía calor, mucho calor.
Aquella tarde Reham salía de su trabajo con una
compañera, eran poco más de las tres, caminaban
por una calle estrecha. Reham llevaba jeans, una
blusa, su pañuelo en la cabeza. De pronto, una
mano la agarró desde atrás; Reham gritó, se
defendió, pero ahora las manos eran dos y seguían
avanzando por su cuerpo. Reham gritaba más, el muchacho de las manos
trataba de agarrarla para
llevarla a alguna parte; todo duró unos segundos,
hasta que los gritos atrajeron a un par de vecinos, y
el muchacho corrió. Reham cayó al suelo, lloraba;
el muchacho, desde la esquina, la miraba como
si esperara el momento de volver a empezar.
Después, Reham se pasó muchos días encerrada en
su casa.
–No podía caminar por la calle. Estaba aterrada.
Es muy difícil conseguir cifras sobre este tipo
de acoso sexual: en las ciudades grandes, en
general, no se lo denuncia, no se lo computa,
los acosadores no suelen ser castigados. Pero en
una encuesta reciente entre mujeres del Cairo
publicada por la revista Nesa’a –Mujeres–, un tercio
de las consultadas dice que lo sufre todos los días. El acoso no discrimina:
mujeres de todos los
países, grupos de edad y sectores sociales lo han
sufrido. El acoso puede consistir en toqueteos,
seguimientos, palabras ofensivas o exhibiciones, y
sus grados de violencia y agresión varían. Pero lo
cierto es que la mayoría de las mujeres cairotas -y
de muchas otras ciudades- siente que salir a la calle
es una aventura, que la ciudad es un espacio hostil
donde nada ni nadie las defiende.
El fenómeno llega, por momentos, a picos
inesperados. En octubre de 2006, al final del Ramadán, centenares de
hombres persiguieron y
acosaron a muchachas que caminaban por una de las calles más céntricas
del Cairo. Algunas de ellas
iban vestidas con pantalones y camisetas; otras,
con el vestido largo que llaman abaya. La policía
no intervino. La prensa no registró los incidentes,
y la historia sólo se conoció a partir de reportes
de bloggers en Internet. Aún entonces, algunos
periódicos contestaron que todo era mentira.
El medio urbano parece ofrecer más
anonimato a los que perpetran actos violentos
contra mujeres y niñas
Reham ya había sufrido acosos antes de aquella
tarde en Qalyobeya. Y más de una vez se había
sentido culpable.
–¿Culpable de qué?
–Culpable de ponerme ropa ajustada, de hacer que la
gente hable de mi cuerpo. Me siento mal, no me siento
feliz por eso.
–¿Es muy agresivo usar pantalones?
–Yo soy un poco grande, y solía vestirme con cualquier
estilo de ropa que me gustara. Pero había gente que
pensaba que yo me vestía así para provocar. Quizá
son personas con problemas, que piensan mal, pero
yo estaba empeorando la situación poniéndome ropa
ajustada.
Esa no era la única razón por la que Reham
había empezado, casi un año antes, a pensar en
cambiar radicalmente su imagen y agregar la abaya
al pañuelo que usaba desde hacía varios años.
–Al principio pensé en este traje como un nuevo estilo
de ropa. ¡Me parecía cool! Era una moda, pero después mis
amigas me dijeron que había un compromiso religioso
de por medio, así que no me lo puse de inmediato. Soy
de esas personas que sólo hacen las cosas cuando están
convencidas. Pensé que si después volvía a ponerme
pantalones y blusas ajustadas estaría cometiendo un
pecado, y pensé que lo mejor sería esperar a estar
preparada.
El incidente de Qalyobeya fue decisivo, pero
probablemente no lo habría sido si Reham no
hubiese pasado, justo un mes antes, aquel susto.
Una tarde de Ramadan, Reham viajaba con otras
dos personas en un tuk-tuk –esas motos taxi que
llevan pasajeros en un pequeño trailer–, cuando el
conductor hizo una maniobra brusca y el vehículo
volcó. Reham tuvo sólo una herida superficial en
la cabeza pero, en el momento del vuelco, creyó
que se iba a morir y tuvo miedo. Estaba, pensó,
demasiado alejada de Dios.
–Descubrí lo más importante: que cuando Dios ama a
alguien le envía muchas advertencias para que regrese
a Él. Yo pude haber muerto, pensé, y ni siquiera hacía lo más simple
para Dios: ¡rezar! Como humanos, como musulmanes, pensamos en Dios
todo el tiempo, pero el diablo se mete en tu cabeza, y Dios te manda
señales y
advertencias para decirte regresa a Mí, lee el Corán, reza.
Los seres humanos sólo pensamos en Dios cuando estamos
en una situación estresante. Por ejemplo, cuando vas a dar
un examen, rezas. Es nuestra naturaleza: nos olvidamos
de Dios, y entonces Él, para salvarnos, nos pone en una
situación que nos duele un poco, para que regresemos a Él.
Reham decidió ocuparse más de sus deberes
religiosos. Lo cual, por otra parte, la acercó a
su novio: Reham se había comprometido unos
meses antes con un ingeniero informático muy
religioso que, aunque no le exigió que lo siguiera
en sus prácticas, se alegró mucho cuando vio que
ella empezaba a hacerlo. Así que, cuando aquel
muchacho la atacó en la calle, Reham pensó que ya
había recibido suficientes avisos:
–Después del primer accidente no me cambié la ropa, no
aprendí la lección, así que Dios me mandó otro aviso y
entonces decidí hacerlo.
Fue una decisión largamente pensada, y Reham
está segura de que no tiene vuelta atrás: desde fin
de 2006, Reham se viste con el pañuelo y la abaya
que ocultan su cuerpo por completo, y dice que
los seguirá usando toda su vida. No es la única:
muchas jóvenes musulmanas se sienten más
seguras con el vestido tradicional. Es una forma
de poner una doble barrera entre sus agresores
potenciales y sus cuerpos: ese vestido dice que no
quieren entrar en ningún juego de seducción, por
un lado, y que se ponen bajo la protección de una
comunidad y de una tradición.
–¿Y te sientes muy diferente?
–Yo soy la misma persona. Quizá soy menos nerviosa
que antes, y pienso un poco más antes de hacer algo.
Quizá ahora tomo más en cuenta lo que está permitido
y prohibido– halal y haram en islam–, pero en
realidad soy la misma. La ropa no te va a cambiar de la derecha a la
izquierda, o viceversa. No me resta
libertad, posibilidades de trabajo, de salir, mi vida es
exactamente igual. No, no cambió nada. Tengo 24 años,
soy una persona normal, tengo mi manera de pensar, y
la mantengo ahora que me visto con este traje. La gente
siempre pensó que yo era una persona divertida, y todavía
lo soy.
Reham tuvo que enfrentar la oposición de su
madre, que no quería que diera ese paso. Le decía
que la hacía parecer más vieja, menos bonita; Reham
siguió adelante y descubrió, dice, “que tengo una
personalidad fuerte”. Y ahora se siente más cómoda, más tranquila:
dice que desde que empezó a usar
la abaya la acosan mucho menos en la calle, y que
su nueva religiosidad la ha acercado mucho a su
novio. Pero sigue manteniendo su opinión sobre
ciertas cuestiones: insiste en que el Islam considera que la mujer
es igual al hombre y y que nunca se le
ocurrió que no fuera así. Reham y su novio se van
a casar a mediados de 2007, y ella está feliz con el
proyecto: quiere tener varios hijos, ocuparse de su
casa y su marido y seguir trabajando para que los
sueños de las chicas se hagan realidad. Y no lamenta
haber dejado ciertas cosas: ya no baila en fiestas
o reuniones, por ejemplo, porque a su novio no
le gustaría: “es una cuestión de tradiciones de los
hombres orientales, yo estoy de acuerdo con eso”,
dice.
–Y, de todas formas, este tipo de cosas no me cambian
en nada. Yo sigo siendo la misma persona. O una mejor
persona, incluso, me parece.