Geeta
De sin techo a activista comunitaria
Mumbai, India
El pueblo no le gustó nada. Cuando
sus padres la llevaron por primera vez
al pueblo donde habían nacido, en
Karnataka, sur de la India, Geeta tenía cinco años
y se pasó todos esos días esperando impaciente el
momento de volver a la ciudad, porque en la casa
del pueblo siempre había demasiada gente: tíos,
tías, la abuela, los primos; no era como su casa en la
ciudad. Geeta todavía no había entendido que lo que
ella llamaba su “casa en la ciudad” era una choza en
medio de la calle: dos cartones y un plástico negro
como techo, dos catres y unas pocas ollas. Todas las
casas que conocía en la ciudad eran como la suya.
Hace cincuenta años, Mumbai tenía tres millones
de habitantes; ahora son más de dieciséis –de los
cuales seis millones viven en barrios precarios;
entre ellos, más de cien mil viven en la calle, en
chozas levantadas en el espacio público –veredas,
vías férreas, basurales–: son los más pobres de
los pobres. Geeta era una de ellos: en su choza
también vivían su padre, su madre, sus dos
hermanas menores y su hermano.
–Pero no se crea que mis padres no trabajaban. Los dos
trabajaban. Mi madre limpiaba casas y mi padre llevaba
chicos a la escuela.
–¿En un rickshaw?
–No, en una bicicleta. Podía llevar a dos, a tres al mismo
tiempo en su bicicleta. Tenía mucha experiencia.
Muchos chicos de la calle no son aceptados en
las escuelas públicas: no tienen domicilio oficial, así
que oficialmente no existen. Los maestros se quejan
de que no estudian, no prestan atención, están muy
sucios. Pero la madre de Geeta había conseguido
matricularla en una escuela privada, porque conocía
a una maestra que le ofreció pagarle los estudios.
Geeta no recuerda su infancia con tristeza: iba
a clase, jugaba en la calle, a la noche comía las
sobras que le daban a su madre en las casas donde
trabajaba. Geeta y su familia no tenían ni baño ni
luz ni agua corriente; cada mañana, a las 5, Geeta
o su madre tenían que ir hasta un taller vecino
cuyos trabajadores les dejaban sacar agua. Su madre
también solía traerles ropa vieja que le regalaban
sus patronas: Geeta llegó a la adolescencia sin
haber estrenado ni una camiseta. Pero le gustaba
estudiar, a veces se quedaba hasta muy tarde: la
iluminaba una vela o el farol de la calle. Era una
vida casi tranquila, aunque acechaba la amenaza de
la demolición: de tanto en tanto, por alguna queja,
las autoridades municipales llegaban y arrasaban
su choza y las vecinas. Entonces Geeta y su familia
esperaban que los agentes se fueran y volvían a
armarla, otra vez, en el mismo lugar.
–Volvíamos, pero siempre estábamos amenazados. Eso
no era tan bueno. Algunos vecinos de los edificios decían
que los que vivíamos en la calle éramos sucios, que éramos
ladrones. Y cualquiera venía y nos insultaba sin razón.
Estábamos ahí, sin ninguna protección, en la calle.
A sus diez años, Geeta empezó a ayudar a
su mamá en su trabajo, pero seguía yendo a la
escuela. El problema fue cuando tenía catorce y
su padre se enfermó de cáncer y su hermano tuvo
cálculos renales: por sus paupérrimas condiciones
sanitarias, los sin techo tienen tasas de enfermedad
y mortalidad altísimas. Los remedios y los médicos
eran muy caros y la familia se endeudó: Geeta tuvo
que trabajar en tres casas para ayudar a pagar las
deudas, y no pudo volver a la escuela.
–Yo siempre había pensado que iba a ser buena en mis
estudios. Pero de pronto todo eso se acabó, y casi ni me
di cuenta. Lo único que importaba era comprar remedios
para mi padre y mi hermano, ayudar a mi mamá. De
pronto dejé de pensar en el futuro…
En esa época, su madre conoció a algunas
mujeres del Mahila Milan. El Mahila Milan –Mujeres unidas, en hindi–
había empezado sus
actividades unos años antes, en 1986, cuando
cuatro o cinco jóvenes trabajadoras sociales decidieron que lo que
hacían no alcanzaba para nada y propusieron otras formas de actuar
a las mujeres de la calle. Se asociaron con una ONG
que se llamaba SPARC –Society for the Promotion
of Area Resource Centers–; y pensaban, entre
otras cosas, que lo más importante era que esas
mujeres tuvieran un espacio propio, un ámbito donde juntarse a discutir
sus problemas y buscarles
soluciones –las “area resource centers”.
La ciudadanía activa estimula la acción
colectiva, cuyos resultados pueden ser
servicios públicos más efectivos y con
destinatarios mejor definidos
Mahila Milan nació cuando quinientas mujeres
de la calle se opusieron al desalojo y demolición de
las chozas, y las jóvenes trabajadoras sociales las
ayudaron y trataron de orientarlas. Poco después,
con la ayuda de SPARC, las mujeres consiguieron
cartillas de racionamiento: en la India, los pobres
de los barrios precarios tienen derecho a ciertos
alimentos subsidiados por el Estado pero, hasta que
Mahila Milan empezó a reclamarlas, las mujeres de
la calle no las recibían. Esa fue la primera victoria. Y
en esos días se contactaron con la gente del NSDF - National Slum Dwellers
Federation, la Federación
Nacional de Residentes en Viviendas Precarias- que
les dio fuerzas y nuevas ideas. Un día, cuando Mahila
Milan ya tenía varios cientos de miembros, las chicas
del SPARC llegaron con otra propuesta.
–Nos preguntaron si podíamos ahorrar una rupia por
día cada una. Sí, podemos, les dijimos. Bueno, entonces
nosotras podemos ayudarlas a organizar una especie de
banco hipotecario que quizás pueda construir casas para
ustedes. Todas estuvimos de acuerdo Y fue así que empezó
nuestro sistema de ahorros y créditos.
Contará, mucho después, una de las pioneras.
El sistema de ahorro se fue organizando poco a
poco. Las mujeres ahorraban –todos los días– lo
que podían: una de ellas se ocupaba de recorrer
las casas de otras veinte o treinta para recoger el
dinero, y llevaba una contabilidad muy ajustada
–aunque, en muchos casos, era analfabeta. Ese
dinero servía para enfrentar emergencias –una
enfermedad, una muerte, una fianza– o para
otorgar a las participantes un pequeño crédito
que les sirviera para comenzar algún negocio.
Y, cuando podían, trataban de ahorrar sumas
mayores –que guardaban en una cuenta bancaria–
para construirse, algún día, sus propias casas.
–El ahorro es una herramienta de organización y
movilización. El propósito era organizar a los pobres
para que pudieran negociar con las instituciones desde
una posición de cierto poder. Los pobres no deberían ser
suplicantes ante el gobierno, estar siempre en la posición
deme, deme, deme. Deberían ahorrar, buscar tierras,
pensar sus proyectos de casa –y hacerlo colectivamente.
Explica Sundar Berra, consejero de SPARC.
Ahora las tres organizaciones llevan muchos años
trabajando juntas: el NSDF, la más antigua, fundada
en los setenta, organiza y moviliza a los pobres
urbanos; Mahila Milan administra y maneja los
recursos comunitarios, y SPARC provee el apoyo
técnico y logístico necesario. La Alianza trabaja con
más de 200.000 familias de los barrios precarios.
Geeta conoció a las mujeres de Mahila Milan
y de SPARC cuando tenía 16 años, a través de su
madre. Le ofrecieron trabajar con ellas: tendría
que recoger ahorros y colaborar en la contabilidad
general. Geeta se entusiasmó: ayudaba a su
comunidad, ganaba un pequeño sueldo –algo más
de 20 dólares americanos por mes– y pudo dejar de
limpiar casas ajenas
–¿Y qué hacías con tu tiempo libre?
–Nunca tenía tiempo libre. Cuando terminaba con el
trabajo tenía que ocuparme de la casa, de mis hermanas,
de la enfermedad de mi padre. Siempre estaba ocupada.
Pero le habría gustado, dirá, seguir estudiando
y, sobre todo, aprender danzas. Nunca pudo.
Hace cinco años, cuando Geeta tenía 20, ella y su
familia consiguieron mudarse a una habitación de
tres metros por cuatro en un chawl, esas casas de
alquiler donde cada grupo familiar ocupa un cuarto
sin baño ni cocina. Geeta seguía trabajando en
Mahila.
–¿Cuál es la ventaja de que el Mahila Milan sea
un grupo integrado sólo por mujeres?
–Primero, que aquí si ponías hombres y mujeres juntos
en un grupo, los hombres decidían todo. Pero además hay
otras cosas. Los maridos solían pegarles a sus mujeres
si salían cuando estaba oscuro. Cuando se juntaron en
Mahila, las mujeres empezaron a poder salir de sus casas.Los hombres
al principio se resistían, pero cuando vieron
que sus mujeres solucionaban ciertos problemas o paraban
una demolición, ya no dijeron más nada. Y empezaron
a mirarlas distinto: al fin y al cabo, eran ellas las que
conseguían las cosas.
–¿Y dejaron de pegarles?
–Bueno, no del todo, pero menos. Ahora, si algún
hombre le pega a su mujer las mujeres del comité van a la casa y
tratan de resolverlo, de convencer al hombre de que no lo
haga más. Muchas veces lo logran.
Hace unos meses, Geeta consiguió mudarse a
su propio lugar: una pieza de 20 metros cuadrados
con su baño en uno de los veinte edificios que
la Alianza está construyendo en un barrio de los
alrededores de Mumbai, Mankhurd, donde ya se
alojan casi 2.000 familias.
–Nosotras estuvimos acá durante toda la construcción,
controlando que lo hicieran bien.
Dice una de las mujeres de Mahila:
–Aprendimos en la práctica: si no estábamos ahí nos
engañaban, ponían menos cemento, ponían escombros en
lugar de arena, pero nosotras los vigilábamos, no queríamos
vivir en una casa para tres años, queríamos una casa de
verdad.
La consiguieron, y están felices: tener una casa
les cambió la vida. Ahora se sienten diferentes:
–En la calle nadie te respeta. Acá en cambio tienes
tu casa, es tuya y tienen que respetarte. En la calle te puede
pasar cualquier cosa. Acá aunque no tengas qué comer
tienes tu casa, tu lugar en el mundo.
Dice una, y otra dice que la vida de sus hijos
también es muy distinta:
–Ahora no tienen que tener vergüenza, pueden decir
dónde viven. Y les va a resultar más fácil conseguir con
quién casarse. Todas nos sentimos mejor, más confiadas.
Vivir en una casa facilita también su acceso a la
salud y a la educación: es probable que los hijos de
estas mujeres puedan formarse mejor y conseguir
mejores empleos. Pero también les crea problemas
nuevos:
–En la calle había tanto ruido que no se oía el ruido
que hacían los chicos. En cambio desde que estamos acá nos
parecen muy ruidosos.
Y hay otros más graves: ahora tienen nuevas
obligaciones –mantener los edificios, pagar la luz, disponer de la
basura, garantizar la seguridad– y
nuevas complicaciones: muchos de esos hombres y
mujeres trabajaban en el centro, como vendedores callejeros, recicladores,
peones, trabajadoras domésticas, y ahora, viviendo lejos, deben viajar
mucho rato y, en algunos casos, han perdido sus
fuentes de ingresos. Pero no se rinden. Geeta es
una de ellas: sigue con su trabajo en Mahila, donde
ahora lleva la contabilidad de muchos grupos y
gana casi 100 dólares americanos por mes, pero
sigue sin tener tiempo para ella: debe cuidar y
mantener a su madre, a su hermana soltera –que
está estudiando– y a su hermano menor. Su padre
murió hace unos años; su otra hermana se casó, y
fue un alivio:
–¿Les costó mucho juntar la dote?
–No, porque fue un casamiento de amor, no arreglado.
Sólo tuvimos que poner una cadena y unos aretes de oro.
Cuando tiene algún tiempo libre, Geeta va con
sus amigas al cine o a un picnic en algún templo.
–¿Y no querrías tener un novio?
–No, nunca me interesó, nunca tuve tiempo. Yo he tenido
pretendientes, pero no me interesa. Además mis amigas
dicen que tener un novio es un dolor de cabeza.
–¿Por qué?
–Tienes que tener tiempo para verlos, tienes que
escucharlos, tienes que ir adonde ellos te digan. Si alguna
vez quiero casarme, mejor que mi familia encuentre a un muchacho conveniente
y arreglen la boda. Y si no, me
quedo soltera.
Dice Geeta, la mirada dulce, los dientes muy
blancos y los pies arruinados; ni un aro, ni un
anillo, el sari rojo y negro que brilla muy lavado:
–Yo puedo ganarme la vida, y el matrimonio no es
el único propósito de la vida. Y además yo no quiero tener
sueños de felicidad: si esos sueños no se cumplieran, no
podría soportarlo.