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Freddy

San Salvador, El Salvador

La primera vez que vio un deportado, uno de Los �ngeles, Freddy se quedó impresionado por sus tatuajes –y por el respeto que todos le mostraban. Ese hombre se veía distinto a los otros. En los años noventa empezaban a llegar al país los primeros salvadoreños deportados de Estados Unidos por su actividad en las pandillas angelinas. Nadie imaginó, entonces, lo que estaba empezando.

Con 21.000 kilómetros cuadrados, El Salvador es el país más pequeño de América Central. En los setentas y ochentas, miles y miles de salvadoreños emigraron ilegalmente a los Estados Unidos: huían de la guerra o del hambre de la guerra o
del hambre habitual. La mayoría se instaló en Los �ngeles. Les costó mucho trabajo adaptarse a la ciudad: enorme y desconocida. Sus hijos no encontraban un espacio propio –y, muchas veces, sufrían la violencia de las pandillas de sus barrios: uno de los rasgos distintivos de la cultura urbana contemporánea. Con el tiempo, salvadoreños integraron –y eventualmente lideraron– dos pandillas que serían poderosas: la Mara Salvatrucha-13 y la Calle 18. Mara, dicen, viene de marabunta: una invasión de hormigas descontroladas, asesinas.

Las maras eran un modo de armar una sociedad propia, alternativa a esa sociedad
que los rechazaba o desdeñaba. Frente a la incertidumbre de lo nuevo y hostil, las Maras eran una reivindicación del origen y se convirtieron en una forma colectiva y organizada de mantener una identidad común. Las maras prosperaron: las autoridades locales se preocuparon, y empezaron las deportaciones. Los pandilleros –chicos
inmigrantes– fueron obligados a volver al país de sus padres, un país que muchos de ellos no conocían, y trajeron una cultura muy particular. En San Salvador ya había pequeñas pandillas barriales, pero sus enfrentamientos empezaban con el break dance y terminaban, si acaso, a cuchilladas. Los deportados de la MS y la Calle 18 introdujeron las armas de fuego, los pantalones baggy, las cabezas rapadas, los tatuajes, mucha
más crueldad –y ciertos criterios “empresariales� que fueron convirtiendo a las pandillas en grandes unidades de negocios.

En esos días Freddy tenía diez años y en su casa no había discusiones, peleas, golpes, como en las otras casas vecinas: su madre no tenía con quién. Su madre solía contarle que, cuando él era un bebé, su padre había tratado de parar a un amigo que le pegaba a su mujer y que el amigo lo cosió a cuchillazos y que su padre se desangró solo, tirado en la calle hasta que se murió –pero Freddy nunca supo si su madre le contaba la verdad.

Freddy no iba mucho a la escuela. Su madre lo mandaba pero a él no le parecía importante asistir a clases. Casi siempre se escapaba y se iba por ahí. Su madre trabajaba todo el día limpiando las casas de otros, y sus dos hermanas, que lo cuidaban, lo consentían y lo hacían sentir un perrito faldero. Sus vecinos lo trataban de cobarde, maricón. Cuando cumplió once años, Freddy decidió que había llegado el momento de demostrarles que él podía valerse por sí mismo. Dice que se unió a Las Maras para formar parte de una institución poderosa y respetada.

–En mi barrio había unos muchachos que se habían unido a la Mara y todos los respetaban. Los muchachos usaban drogas, robaban, les tenían miedo. Y yo empecé a andar con ellos, así me respetaban a mí también.

Los muchachos eran parte de la Mara Salvatrucha, y lo hicieron esperar años hasta que por fin lo aceptaron: ese día, cuatro de sus compinches le pegaron duro durante trece segundos. Freddy tenía catorce años: si lloraba o se quejaba no lo aceptarían. Freddy aguantó, y empezaron a llamarlo Kruger. Desde ese día fue uno más de la pandilla, un homeboy o homie.

–Ellos eran mi familia, la gente que te quiere, que te cuida, que se va a jugar la vida por vos. Y me enseñaron cosas buenas: a respetar, a ser unido, solidario. Y también cosas malas: a robar, a matar, a usar drogas, a venderlas.

El rápido crecimiento urbano, en combinación con la crisis económica y las instituciones
débiles, contribuye a la violencia de los jóvenes y el crimen

La primera vez que tuvo que clavar un cuchillo en un cuerpo, Kruger dudó: habían emboscado a uno de la 18 porque tenían que vengar algo – siempre había alguna venganza que cobrarse – y un amigo le dijo que lo pinchara. Kruger se acordó de esas películas donde parecía tan fácil, pero no pudo hacerlo. Uno de sus homies le empujó el brazo hacia la carne ajena –y después volvieron a tratarlo de cobarde y maricón. Nunca más volvió a dudar. Del pegamento y la marihuana pasó al crack y la cocaína, perdió la compasión y la piedad, se tatuó el cuerpo con los emblemas de su “barrio� –su pandilla.

–Los tatuajes son para decir que voy a estar ahí para siempre, que no voy a traicionar. Y que yo no niego a mis amigos, no me niego a mí mismo: si un enemigo me para por la calle, yo no puedo decir que no soy MS, porque lo tengo escrito ahí.

La pandilla es una entidad territorial que basa su identidad en el enfrentamiento permanente contra la pandilla enemiga: debe mantener el control de su barrio –golpear o matar a cualquier intruso que aparezca– por orgullo y para poder seguir usándolo para sus negocios de extorsión y venta de drogas. Para los homies, salir de su territorio a cualquier otro lugar de la ciudad era un peligro, una verdadera operación militar: los enemigos podían aparecer y atacarlos en cualquier momento. Y sus códigos estaban hechos de violencia: para ganar “respeto�, cada cual debía demostrar su valor –o su “locura�: Kruger hablará todavía, con respeto, de un homie que quemó viva a su cuñada.

–¿Tenías miedo de que te mataran?

–No, yo pensaba más en mi pandilla que en mi vida. No tenía hijos, no tenía nada, lo único que me importaba era mostrarle a mis homies que era malo en serio, que me podían confiar. Yo nunca pensé que iba a vivir, sabía que me podían matar en cualquier momento y nunca pensé qué iba a hacer más adelante. Yo nunca pensé llegar a esta edad. Nada más pensaba qué voy a hacer dentro de diez minutos, ya se me está acabando la marihuana, tengo que ir a buscar.

Ahora Freddy parece mucho mayor que sus 26 años: también tiene la sensación de que ha vivido siglos pero ahora cree que quizás “llegue a viejo, a los cuarenta, a los cincuenta�. Aquellos años en la vida de Kruger están llenos de historias silenciadas –y puntuados por amigos muertos.

Kruger era completamente adicto al crack: pasó temporadas en la prisión y salió. Un día un homeboy muy querido lo buscó para que lo acompañara a una pelea; Kruger no fue porque estaba pasado de droga y su amigo se murió desangrado: la policía, cuando lo detuvo, no quiso llevarlo al hospital. Esa noche Kruger decidió dejar el crack: pensó que era una forma de conseguir que la muerte de su amigo sirviera para algo.

A fines de los noventas Kruger se acercó a una organización de “pandilleros no activos� que se llama Homies Unidos e intenta sacar a los muchachos de la violencia: allí, Ringo, uno con fama de duro, le hizo pensar que estaba equivocando su camino. Ringo también murió después, baleado, pero en aquellas reuniones Kruger conoció a una enfermera, se juntó con ella, tuvieron un hijo, y tres años después una hija.

Por momentos se apartaba de la calle; por momentos volvía. A veces su hijo le pedía un dulce, un refresco y Freddy no se lo podía comprar y se desmoralizaba; no conseguía trabajo, no tenía dinero –y salía a robar: si había robado para drogas, decía, cómo no iba a robar para su hijo. La reinserción de los maras es difícil, y Freddy tenía –tiene– su pasado tatuado en la piel.

–Cuando estás manchado no te quieren dar trabajo, te tratan mal, no te dejan volver. Si hasta hicieron una ley que pueden detener a cualquiera que tenga tatuajes de pandilla, aunque no esté haciendo nada.

En 2003 el gobierno salvadoreño dictó una “ley de Mano Dura� que permitía detener a
cualquier tatuado y juzgar a menores de edad. La ley fue declarada inconstitucional. Mientras tanto, las maras se desarrollaron: se extendieron a los demás países de América Central y se calcula que ya son unos cientos de miles. Cobran “protección� a vecinos, comerciantes y transportistas, y se supone que son muy activos en el tráfico de drogas, armas y personas a través de las fronteras. La internacionalización les permite escapar a los países limítrofes – donde sus compañeros de las mismas Maras los
refugian– o, para ciertas operaciones, convocar pandilleros de esos países, que la policía local no conoce. En 2005 El Salvador se convirtió en el país con mayor proporción de homicidios de América Latina: 54,7 por cada 100.000 habitantes. El gobierno dice que dos tercios de estos asesinatos vienen de las Maras. En El Salvador cualquiera tiene un arma; muchos bares y restaurantes tienen carteles en la puerta que prohíben la entrada de personas armadas. La población pide más seguridad.

Hace cuatro años, alguien tiroteó a Kruger y a un amigo en la calle. El amigo murió; Kruger recibió un balazo en el tórax. Estuvo días entre la vida y la muerte; entonces pensó que si Dios lo había salvado debía quererlo para algo, y que tenía que vivir otra vida.

–Dios nunca permitió que me mataran. Todos mis amigos están muertos, pero yo no: para algo me ha guardado. No ha de ser algo malo, porque Dios no tiene mala onda, pero sí permite que te pasen cosas malas para que vayas aprendiendo.

Ahora Freddy sí tiene miedo de morirse, de no estar ahí cuando sus hijos lo precisen: de no poder impedir que sean como él. Le preocupa mucho que algún día sean como él. Sus marcas no le permiten conseguir un trabajo regular. Así que trabaja de chofer en un taxi ajeno y dice que su sueño es llegar a tener su propio coche. A veces la policía lo para, le ordena que se suba las mangas de la camisa y, cuando ve los tatuajes, lo amenaza y le saca la recaudación. Freddy vive en guardia:

–El peligro que tengo ahora es que los mismos homies me quieran matar, porque yo ya me abrí. O que me agarren por la calle los de la 18 y me maten por los tatuajes que tengo. O que la policía un día me quiera cargar cualquier historia. Yo sigo siendo pandillero. El día que me maten, los diarios no van a decir que mataron a un taxista, sino a un pandillero. Entonces para qué me voy a engañar y pensar que ya no soy, si estoy manchado para siempre. No, yo soy pandillero pero no activo en violencia.

–¿Y no pensaste en irte de la ciudad a un lugar más seguro?

–Sí, a veces pienso en irme al campo, tratar de empezar una nueva vida. Pero la verdad es que no sabría cómo vivir allá, qué hacer. Me gusta demasiado la ciudad, yo soy un hombre de ciudad.