Bing - Country Map

Bing

Tianjin, China

A sus doce años, Bing quería ser soldado. Su padre solía hablarle con fervor de sus tiempos en el ejército, y Bing había visto militares en su pueblo y en la televisión: admiraba su apostura, sus uniformes, su altivez. Además, pensaba que si fuera soldado podría salir de su pueblo, ver el mundo. Y si tenía suerte, podría defender a su país como lo hicieron esos personajes históricos de los que hablaba la maestra: ninguno lo fascinaba más que el presidente Mao y la historia de cómo había liberado a su país.

– Cuando decía que quería ser soldado mis hermanas me alentaban: me decían que yo, como era hombre, podía irme donde quisiera.

Bing nació en 1980, poco antes de que China lanzara su política de un hijo por familia. Bing tenía tres hermanas; la mayor, que le llevaba casi quince años, lo cuidaba como una madre cuando sus padres salían a trabajar los campos.

Bing había nacido en Fuping, pero tenía poco más de un año cuando sus padres decidieron dejar su pueblo natal para ir a probar suerte a Zha Lantun, en la Mongolia interior: eran muy pobres y creían que allí, en esas tierras remotas, podían tener más y mejores oportunidades. En Mongolia, los padres de Bing primero pastorearon ovejas;
después empezaron a criar pollos. El sustento familiar dependía del clima: si las cosechas y los animales crecían, les iba bien; si no, no les alcanzaba la comida.

Cuando cumplió seis años, Bing empezó la escuela. No le gustaba: era inteligente, pero
hacía mucho lío y las maestras no sabían cómo controlarlo. Bing todavía recuerda aquella vez –nueve, diez años– en que le robó un dulce a un compañero de la escuela, porque él nunca tenía dinero para dulces. Sus compañeros lo descubrieron, lo corrieron, quisieron pegarle. Pero en su casa casi nunca se quedaba con hambre.

–No, a mí me daban todo lo que podían. Yo era el único hombre y el hijo menor.

En las familias chinas tradicionales la madre y las hermanas pueden llegar a quedarse sin comer para que el benjamín se alimente a su gusto.

–¿Y tus hermanas no se resentían por eso?

–No, ellas respetaban la tradición, y además siempre me quisieron mucho.

Cuando Bing tenía quince años a sus padres les empezó a ir bien con la cría de pollos, y de pronto hubo algo más de dinero. Entonces se compraron el primer televisor a color:

–Ahí fue que ví por primera vez cómo eran las grandes ciudades, en esa televisión.

–¿Y qué pensaste?

–¡Que en la gran ciudad había tantos colores! En mi pueblo casi no había colores: blanco en invierno, verde en primavera, amarillento en verano, rojo y dorado en el otoño. En cambio en la ciudad estaban todos los colores mezclados, ahí, al mismo tiempo. Era increíble.

Bing decidió que, alguna vez, conocería ese mundo. Pero antes, a sus 16, su padre lo mandó a una escuela lejana: en la pequeña ciudad de Haila’er, a muchas horas de tren de su pueblo, muy al norte, había un instituto con muy buena fama y, gracias a los pollos, el padre de Bing pudo pagar la cuota. En la escuela de Haila’er el frío era espantoso: el primer día, con cuarenta y cinco grados bajo cero, el maestro los sacó a hacer ejercicios al patio y les dijo que si las orejas les dolían por el frío, se las frotaran
con nieve; así, un poco de piel les podía quedar en la mano, pero si se las frotaban sin nieve, les dijo, lo que se les iba a quedar en la mano era una oreja. También les dijo que trabajaran duro.

–Si trabajas duro, puedes tener éxito, justificar tu vida. Si no trabajas duro, vas a ser una especie de nada toda tu vida.

Los migrantes rurales asumen con frecuencia que las oportunidades de empleo son mejores en las grandes ciudades. Muchas veces tienen razón, aunque son más las personas que buscan trabajo que las oportunidades

Bing siempre lo recuerda. Bing terminó su secundaria con muy buenas notas, pero cuando rindió los exámenes de admisión para la universidad falló –porque tenía muy mala letra, dice. Y tampoco pudo entrar en la academia militar, para cumplir su viejo sueño de soldado. Cuando lo supo, su padre lloró; Bing nunca lo había visto tan triste, tan decepcionado:

–Me quería escapar, salir corriendo. Él había puesto tantas expectativas en mí, se había gastado tanto dinero en mí… Yo estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para demostrarle que no le había fallado. Descubrí una escuela de negocios en Tianjin que me aceptó, y le pedí que me pagara los estudios del primer año, que después yo me arreglaría. Mi padre pasaba por un momento económico difícil, pero usó sus últimos ahorros para que yo estudiara. Así fue como, finalmente, me vine para la ciudad.

Bing tenía 19 años y la sensación de que entraba a un mundo nuevo. Tianjin es una ciudad costera de diez millones de habitantes a cien kilómetros de Beijing, que se ha transformado en el polo más reciente de desarrollo económico chino –y, cuando Bing se bajó del tren, le pareció que tenía todavía más colores que los que había visto en la tele. Bing no podía creer la altura de los grandes edificios, la cantidad de autos.

Bing se instaló con otros siete en un dormitorio de su universidad y empezó a asistir a clases; las cosas funcionaban, aunque la ciudad le resultaba demasiado ruidosa, demasiado llena de desconocidos, y extrañaba, cada noche, las estrellas que solía ver en su pueblo. Poco después descubrió que podía ganar algún dinero dando clases de chino a estudiantes extranjeros, pero tardó unos meses en armar su primer negocio serio.

En su universidad había unos teléfonos públicos que requerían unas tarjetas especiales; Bing descubrió un lugar donde las vendían muy baratas, y empezó a vendérselas a sus compañeros con un veinte o treinta por ciento de beneficio.

–¿O sea que te aprovechabas de tus compañeros?

–Sí.

–¿Y no te preocupaba?

–No. Pero tampoco quería estar mal con ellos, entonces incluí a mis compañeros de cuarto en el negocio: les daba tarjetas para que ellos las revendieran, y nos repartíamos la ganancia, cosas así. Esa es la manera china de hacer negocios: conseguir que más gente participe y gane algo, así sabes que te van a apoyar. Si quieres ganar tienes que compartir tu prosperidad.

Bing ganó el dinero suficiente para pagarse sus estudios. Y, cuando terminó su diploma, se le ocurrió un negocio mejor: con un amigo consiguieron un par de máquinas viejas y pusieron un pequeño local de fotocopias frente a la universidad. El negocio funcionó. De pronto, Bing se encontró ganando más de doscientos yuanes –25 dólares americanos–
por día: tenía veintiún años, era rico y era un self made man, un verdadero hombre de negocios. Bing se compró un celular y se sentía el rey del barrio. Sus sueños empezaban a cumplirse, y había sido tan fácil. Pronto podría traer a sus padres y mostrarles lo que había hecho; mientras tanto, se gastaba la plata en ropa, libros, sellos postales.

Hasta que, al cabo de un año, el dueño del local les dijo que quería renovarlo para cobrar más alquiler: Bing y su socio no podían pagar tanto, no encontraron otro lugar y, en unos días, su vida de hombre de negocios se disolvió en el aire.

–Me había olvidado de trabajar duro, pensé que todo era fácil: que podía hacer lo que quisiera.

Bing se empleó en una empresa de computación con un buen sueldo que nunca le pagaron; no consiguió nada más, y al cabo de tres meses tuvo que pedirle a un amigo que lo dejara dormir en su pieza. Bing no siempre comía. Alguien le contó que en un gran club de karaoke, el Oriental Pearl, estaban tomando camareros; Bing se presentó y, al cabo de unos días de entrenamiento, estaba sirviendo tragos y comidas; ganaba, cada mes, un poco más de lo que unos meses antes ganaba cada día.

–Fue el peor momento, pero pensé que no tenía que desanimarme. Igual no tenía vuelta atrás: no podía volver al pueblo, mi padre nunca me habría aceptado como un perdedor.

El Oriental Pearl es un monstruo brilloso de varios pisos y un centenar de habitaciones donde los clientes beben, cantan, se relajan, se divierten. Bing ya lleva cinco años en el club; inteligente, perseverante, fue ascendiendo en su trabajo y ahora es un gerente con muchos empleados bajo su mando. Gana unos quinientos dólares por mes, y ahorra dos tercios: ya tiene, dice, unos cien mil yuanes –trece mil dólares– invertidos en acciones, listos para cuando decida empezar su propio negocio otra vez. Bing querría ser, dice, como el dueño del Oriental, un nativo de Tianjin que empezó de la nada y es rico y exitoso y ya tiene siete clubes como ése.

–Tú estudiaste negocios, tuviste tu negocio y ahora eres empleado en un karaoke. ¿Cómo te sientes por eso?

–Acá en China siempre dicen que a los treinta años tienes que ser alguien. Bueno, a mí todavía me quedan cuatro años. Y por ahora estoy ahorrando y preparándome para seguir mi propio camino.

–¿Qué piensas hacer?

–No sé, pero estuve investigando el mercado aquí en Tianjin, y me parece que hay espacio para una tienda que venda carteras de marca. Así que podría poner esa tienda y vender muchas carteras.

–¿Originales o copias?

–Copias, probablemente, así gano más.

Bing piensa que es lógico y justo que algunos tengan mucho y otros poco: los ricos son los que tenían potencial, los que trabajaron duro, los que se lo merecen, dice; los pobres son los que no trabajaron suficiente.

–¿Quieres decir que China es un país de perezosos?

–No, lo que pasa es que no hace tanto que empezó a abrirse. Y el éxito depende mucho del ambiente dónde te mueves. Por eso yo quería venir a la ciudad, que es el lugar donde se puede tener éxito.

Desde que China empezó sus reformas de mercado, unos 150 millones de jóvenes migraron del campo a las ciudades en busca de ese éxito –o, por lo menos, de la posibilidad de comer todos los días. La mayoría de esos jóvenes formaron la primera ola migratoria de campesinos que proveen mano de obra barata para las fábricas de las ciudades; los inmigrantes más preparados, como Bing, son una especie de segunda ola con más posibilidades, más recursos. Pero todos confluyen en las grandes ciudades, y les han cambiado la vida y el aspecto.

–La ciudad es el lugar donde pasan las cosas. La ciudad es el futuro, es el lugar donde todo es posible.

Bing tiene una novia que acaban de echar de su trabajo en una oficina porque se vestía demasiado sofisticado; Bing y su novia piensan casarse en 2008, el año olímpico, porque va a ser un momento feliz para todos y él quiere que su boda sea parte de esa celebración.

–Entonces, si todo te sale bien, ¿cómo sería tu vida dentro de diez años?

–Es realista pensar que dentro de diez años voy a tener mi propio negocio, gente trabajando para mí, una casa, una esposa, un buen coche.

–¿Qué coche?

–Un Audi, seguro.

Bing no está preocupado porque no tiene hukou. El hukou es el documento con que el gobierno chino acredita el derecho de cada persona a residir en un determinado distrito y, por lo tanto, a usar sus escuelas, sus hospitales, sus servicios. La inmensa mayoría de los 150 millones de migrantes no tiene hukou, y su status es una cuestión política y social de primer orden, en debate y cambio permanentes: ya no los expulsan a sus lugares de origen, pero siguen sin tener pleno acceso a los servicios de los lugares donde viven. Sin embargo, con dinero no es difícil conseguir el hukou, y Bing dice que el dinero no va a ser un problema para él.