Angelo
Encontrar el ritmo. Una cuestión de supervivencia urbana
Rio De Janeiro, Brasil
Cuando era chico, a Angelo no le gustaba
jugar al fútbol. Eso lo hacía un poco
distinto de los demás chicos de Vigário
Geral, pero no tanto: compartía con ellos la
pobreza, las familias rotas, la escuela a saltos, el
trabajo temprano, la marginación. Vigário Geral es una de las 500 o 600 favelas
de Rio de Janeiro.
Las estadísticas varían, pero se calcula que, de
los 12 millones de habitantes del área urbana
de Rio de Janeiro, por lo menos un cuarto vive
en esos barrios precarios: más de 3 millones de
personas. Las favelas de Rio tienen diversos grados
de desarrollo y consolidación. Vigário Geral ya
cumplió más de cuarenta años y tiene casas de
material, calles de cemento, agua corriente. A
Angelo no le gustaba el fútbol, pero disfrutaba
jugar y pelearse en la calle con los otros chicos. Sólo que no tenía mucho
tiempo para hacerlo.
Angelo es el mayor de cuatro hermanos; en
1994, cuando tenía ocho años, su padre se fue. El
dinero que su madre ganaba limpiando casas no
le alcanzaba para mantenerlos, y Angelo tuvo que
empezar a trabajar.
–Ella no me obligó, no me dijo nada, pero yo veía las
necesidades que pasábamos, que a veces no teníamos que
comer, y como era el más grande me di cuenta de que tenía
que hacer algo.
Angelo averiguó dónde comprar caramelos y
chupetines y empezó a venderlos en buses, trenes,
semáforos. A veces se preguntaba por qué tenía
que hacer eso mientras tantos otros chicos no
tenían que trabajar para vivir, pero no encontraba
respuestas. Y menos entendía que toda esa gente
tuviera tanto y no hiciera nada para ayudar a los
que no tenían nada.
–Ahora me parece que ellos deben tener miedo de
acercarse a nosotros, porque creen que los negros favelados
somos todos peligrosos, mala gente.
Algunos días Angelo podía ir a la escuela; otros
no. Pero cada día tenía la satisfacción, dirá después,
de ver cómo su esfuerzo ayudaba a su madre y
sus hermanos a sobrevivir. Aunque, a veces, la
tentación se le acercaba demasiado.
En Vigário Geral la tentación está siempre
presente: todavía hoy, los narcotraficantes se
pasean por la calle mostrando sus ropas caras, sus
zapatillas de marca, sus armas largas relucientes,
sus chicas lindas, su impunidad. Cuando Angelo
era un adolescente, muchos de sus amigos
querían ser como ellos; a veces, parecía la única
salida: la ciudad no les ofrecía más que rechazo
y marginalidad. Pero Angelo también había
visto, como todos los chicos de la favela, la cara
dramática de esa vida: las detenciones, los tiroteos,
las muertes tan frecuentes. Por eso, cada vez que
un “bandido” –un vecino, un amigo– se le acercaba
para ofrecerle algo, le decía que no.
–Yo sabía que la violencia parece fácil, al principio
parece una broma, una forma de ser más vivo que los
otros, pero después hay que pagar. Aunque no te maten,
nunca puedes estar tranquilo, tienes que vivir cuidándote,
siempre en guardia, siempre con la amenaza ahí.
Pero a veces, en esas tardes de tratar de vender
sus caramelos bajo el sol implacable, en esas
noches en que había poco que comer, su decisión
flaqueaba. Hasta ese día, a sus trece años, en que
escuchó, en un local cerca de la favela, la música de
los muchachos de AfroReggae.
–AfroReggae nació del caos.
Dijo alguna vez José Júnior, su fundador. En
1993 José Júnior era un DJ de origen humilde
que se había hecho conocido en la escena musical
de Rio de Janeiro. En esos días, la policía mató a
21 jóvenes en Vigário Geral –y muchos creyeron
que era en venganza por el asesinato de cuatro
oficiales de policía por los narcotraficantes locales. Cuando se piensa en
cultura juvenil urbana se piensa en música; las ciudades son el espacio donde
los jóvenes encontraron sus formas de expresión
propias, que muchas veces pasan a través del
ritmo. Júnior estaba empeñado en usar la música
para alejar a los jóvenes del crimen, las drogas y
la violencia. Primero creó una revista que trataba sobre reggae, rap, hiphop
y otras cuestions de la
cultura negra; con la gente que se reunió alrededor
de ese proyecto, fundaron el primer Núcleo
Comunitário de Cultura en Vigário Geral; de allí
saldrían, tiempo después, los integrantes de la cara
más pública de la ONG: su Banda AfroReggae.
Mientras en las comunidades rurales tradicionales,
la familia extensa y las costumbres establecidas
guían la transición a la adultez, en el medio urbano
rápidamente cambiante los jóvenes aprenden mucho
de sus pares sobre qué esperar y cómo comportarse
y, cada vez más, de los medios masivos de
comunicación
La Banda consigue fondos y visibilidad para
el proyecto con canciones y espectáculos que
tratan sobre la vida en las favelas, la violencia,
el racismo, la brutalidad policial, las alternativas
posibles: ya grabó varios discos, ha hecho giras
por todo el mundo, ha recibido el apoyo de artistas
importantes, como Caetano Veloso y Regina Casé.
José Júnior se siente orgulloso:
–A través de nuestra música Vigário Geral pasó de las
páginas rojas de los periódicos a las de cultura.
Aquella tarde de junio de 1999, Angelo los
escuchó, se entusiasmó, quiso ser como ellos: él
también podría hacer con su vida algo que valiera la
pena. Cuando volvió a su casa empezó a tamborilear
sobre una lata vieja, y descubrió que tenía el
ritmo en el cuerpo: “en el corazón”, dirá después.
Angelo estaba fascinado: pasaba cada minuto libre pegándole a sus latas.
Cuando le pareció que
empezaban a sonar bien, invitó a tres o cuatro
vecinos a tocar con él. El grupo se iba armando, y
un día decidieron que debían buscarse un nombre.
–No estábamos seguros, pensamos en varias opciones de
nombre y al final le pusimos Afro Lata. Afro porque
nosotros somos afro, de ahí venimos, lo llevamos en la
sangre. Y Lata porque seguíamos tocando en latas. O
sea: hacíamos lo mismo que AfroReggae pero como no
teníamos dinero para comprar los instrumentos de verdad,
nos las arreglábamos con esas latas viejas.
Angelo y sus amigos habían transformado basura
en instrumentos musicales y en arte precario.
Pasaron a formar parte de AfroReggae: la ONG ya
tiene, además de la banda principal, una docena de
grupos jóvenes que hacen música, danza, capoeira,
teatro, circo. Angelo y sus compañeros empezaron
a tocar en distintos lugares: primero de la ciudad,
después del país, e incluso los invitaron a un
festival en Holanda. Angelo ya no vendía caramelos
en la calle: AfroReggae le había conseguido una
beca para que pudiera dedicarse a ensayar, tocar
–en Afro Lata y en otra banda joven, Makala– y
enseñar percusión.
–Es bueno enseñarles música y danza a los chicos del
barrio, porque les damos algo en que interesarse y se
pasan menos tiempo en la calle, se alejan de la tentación
de la droga, del crimen, estudian, se preparan. Tendría
que verlos: cuando empiezan con nosotros los chicos
cambian, se transforman. Y para nosotros es un orgullo
pensar que todos esos chicos no van a ser bandidos y van a
tener algo en la vida.
AfroReggae ya abrió Núcleos Comunitarios de
Cultura en otras cuatro favelas de Rio. En total,
llevan adelante sesenta proyectos que alcanzan
a 2.000 jóvenes y, entre empleados y becarios,
dan trabajo a 175 personas. Pero el núcleo
principal del proyecto sigue estando en Vigário
Geral, donde están construyendo un edificio de
tres pisos y un millón de dólares, el mayor del
barrio, con el apoyo de varios patrocinadores.
Quieren inaugurarlo en enero de 2008, cuando
estén listas las salas de ensayo, de grabación, de computadores, de encuentro,
de administración,
el auditorio en la terraza. Por ahora, en el edificio
prestado donde todavía funcionan, unos 400
jóvenes participan de sus actividades: en una
comunidad de 8.000 personas, es una proporción
importante. Vitor, el responsable del Núcleo de
Vigário Geral sabe que, frente a la magnitud del
problema, es muy poco, pero que peor sería no
hacer nada.
–Hay quienes dicen que es una gota de agua en el mar,
que por cada chico que apartamos del crimen hay diez
más que quieren seguir ese camino. A veces parece cierto,
pero a nosotros nos importa intentar, sacar aunque sea
a ese chico, y hacer visible nuestro problema en muchos
lugares donde antes lo ignoraban.
Angelo piensa que es casi una cuestión de
supervivencia:
–El mundo es muy injusto, y a nosotros nos quieren dejar
en un costado, como si no existiéramos. Solamente se
acuerdan de nosotros cuando hay crímenes, violencia. Con lo que hacemos les
mostramos a los blancos, a los ricos,
que los negros favelados no somos todos marginales, todos
delincuentes, que también podemos hacer cosas buenas,
crear, llevar la paz adonde vamos. Si la gente se da cuenta
de eso, quizás nos empiece a tratar de otra manera.
Por las noches, siempre que puede, Angelo va a
la escuela. Está por terminar su educación primaria:
AfroReggae insiste mucho en que su gente siga
estudiando, formándose.
Angelo gana unos 150 dólares americanos por
mes –más algún extra por las actuaciones–, que
no siempre le alcanzan para mantener a los suyos.
Angelo es un fenómeno de estabilidad. Varios de
sus compañeros de banda ya tienen –a sus 20, 22
años– dos o tres hijos con mujeres diferentes, pero
él se puso de novio con una chica hace siete años,
se fue a vivir con ella hace tres, tuvieron su primer
hijo hace uno.
–Yo soy cuidadoso, uso condón, al final cuando tuvimos al
chico fue porque quisimos.
–¿Ahora los jóvenes tienen menos hijos que antes?
–No, al revés. Esto está lleno de nenes. Antes las mujeres
no empezaban a tener hijos tan chiquitas, pero ahora, con
tanto alcohol que corre, las drogas, todo eso…
Angelo tiene las manos callosas de tanto pegarle
a los tambores y las latas, y una sonrisa siempre
lista. Angelo vivió siempre en Vigário y ama su
comunidad y trabaja por ella, pero igual dice que
querría irse, llevarse a su familia. Que no dejaría de
trabajar con AfroReggae y con su comunidad, pero
que preferiría vivir en otra parte:
–Acá hay mucho peligro, muchos tiroteos, peleas entre
bandidos. Así se hace difícil vivir. Yo espero que podamos
irnos y tener una vida mejor.
–¿Cómo sería una vida mejor?
–Yo quiero que mi hijo no tenga que salir a trabajar
chiquito, que pueda tener las cosas que yo quería y no
tuve.
–¿Qué cosas?
–No sé… Un coche. Yo siempre quise tener un coche,
y un computador. Pero lo que más sueño es tener a toda mi familia bien, conmigo,
nos imagino en una casa linda,
comiendo junto a una piscina. Eso sí que sería una buena
vida.
Dice Angelo, y se le iluminan los ojos.
–¿Y crees que con la música lo puedes conseguir?
–Claro, ojalá. Yo estoy trabajando para eso. Pero
aunque no lo consiga, igual me siento bien. Cuando estoy
ahí arriba tocando me siento tan bien. Siento como un
carnaval dentro de mí, un mundo, me acuerdo de toda la
gente que quiero, mis amigos, mi familia, vivos, muertos,
todos. Cuando estoy ahí arriba pegándole al tambor me
siento como un rey.