Introducción Introducción Capítulo 5 Capítulo 5
Capítulo 1 Capítulo 1 Notas Notas
Capítulo 2 Capítulo 2 Notas para las citas Notas para las citas
Capítulo 3 Capítulo 3 Notas para los recuadros Notas para los recuadros
Capítulo 4 Capítulo 4 Indicadores Indicadores
CAPÍTULO 4 Printer Friendly imprimir artículo
Chapter 1 Por la fuerza y no de buen grado:
Las mujeres refugiadas y las solicitantes de asilo

Mayor protección y reconocimiento

Violencia contra las mujeres y las niñas

Salud reproductiva, incluida la prevención del VIH

Repatriación, integración y reasentamiento

Violencia contra las mujeres y las niñas

La violencia es una realidad en la vida de los campamentos. Las mujeres y las niñas corren grandes riesgos cuando salen del perímetro del campamento para recoger leña, agua y otros recursos escasos. Entre 1996 y 1997, en los campamentos de Dadaab (Kenya septentrional), aproximadamente un 90% de las violaciones denunciadas ocurrieron mientras las mujeres somalíes salían a recoger leña o cuidar al ganado(25). A fines del decenio de 1990, las mujeres etíopes manifestaban que tenían miedo de salir a recoger leña debido a la hostilidad de los habitantes locales, intensificada por la competencia por recursos escasos(26). En 2001, muchas mujeres residentes en campamentos de Zambia manifestaron que no era infrecuente el trueque de relaciones sexuales a cambio de pescado, un alimento básico muy buscado(27). Los asentamientos de diseño deficiente pueden acrecentar el riesgo. En algunos casos, los retretes y las duchas están ubicados en la periferia de los campamentos y con frecuencia las mujeres y las niñas evitan utilizarlos, pues temen ser violadas.

La alta tasa de desempleo, el estrés y la frustración de los hombres refugiados también pueden redundar en un aumento de la violencia doméstica. En 2001, en seis campamentos de Guinea, el número de casos de violencia doméstica denunciados fue cinco veces superior al de casos de violación(28). Por añadidura, algunos hombres pueden ser presa de resentimiento al verse excluidos de proyectos que se centran principalmente en las mujeres y los jóvenes(29).

Las niñas adolescentes y las mujeres jóvenes son las que corren mayores riesgos. Es frecuente que grupos armados merodeen en torno a los campamentos, en busca de niños para secuestrar y reclutar como combatientes y, cuando se trata de niñas, como esclavas sexuales, cocineras y lavanderas. Cerca de Uganda septentrional, los trabajadores de asistencia informan de que las niñas tratan de congraciarse con los intermediarios en el campamento a fin de evitar que las entreguen a los grupos armados(30). En la zona oriental del Chad, las niñas sudanesas acusan a los habitantes locales de atacarlas y violarlas cuando tratan de salir a recoger leña(31). Las amenazas también pueden provenir de miembros de la comunidad, de la propia familia y de otros jóvenes; a veces, sus parientes obligan a las niñas a contraer matrimonio precozmente a cambio de dinero o como medio de garantizar su propia seguridad física(32).

Hasta personas encargadas de la protección se transformaron en abusadores. En 2002, la comunidad internacional tomó conocimiento de la explotación de mujeres jóvenes en los campamentos de refugiados del África occidental. Lo realmente escandaloso fue que la explotación era perpetrada por el personal de socorro de las Naciones Unidas y de ONG, así como por miembros de las fuerzas internacionales de mantenimiento de la paz: por las propias personas cuya misión era brindar protección. Los investigadores constataron que esos funcionarios estaban trocando suministros y servicios de asistencia humanitaria-como trigo, láminas de plástico, medicamentos, tarjetas de racionamiento y cursos educacionales-a cambio de relaciones sexuales, muy frecuentemente con niñas de entre 13 y 18 años de edad(33). Entre las víctimas figuraban niñas separadas de sus familias, niñas jefas de hogar y niñas en hogares de guarda o que vivían con parientes. Casi todas eran adolescentes mujeres y, si bien los expertos creen que también había adolescentes varones entre las víctimas, el enorme estigma impedía hablar del tema(34). Esto impulsó en 2003 a la Asamblea General de las Naciones Unidas a aprobar una resolución por la que se ordenaba realizar una investigación(35). Seguidamente, ese mismo año, el Secretario General de las Naciones Unidas emitió un boletín en que exhortaba a la comunidad internacional a intensificar las medidas para prevenir la explotación y el abuso sexuales y estipuló que los funcionarios de las Naciones Unidas y de todas las entidades distintas de las Naciones Unidas que colaboren en la asistencia deben cumplir con las normas del derecho internacional humanitario(36). También dispuso que el personal de las Naciones Unidas debe comunicar toda sospecha o preocupación acerca de la posibilidad de que haya explotación o abuso sexuales. La política de tolerancia nula adoptada por el Secretario General ha vuelto a dinamizar las acciones y condujo al establecimiento de dependencias que vigilan la conducta de las fuerzas de mantenimiento de la paz, y dependencias que aplican sanciones disciplinarias. Las investigaciones sobre la conducta del personal también han redundado en varios despidos. A comienzos de 2006, entre 70% y 90% del personal civil, policial y militar recibió capacitación sobre el tema(37).

Las sobrevivientes de la violencia por motivos de género pueden padecer lesiones de larga duración, embarazos no deseados, disfunción sexual, trastornos por estrés postraumático y enfermedades de transmisión sexual, inclusive el VIH/SIDA. Se estima que en Sierra Leona, de las sobrevivientes de violación durante la guerra de 1991 a 2002, entre 70% y 90% contrajeron infecciones de transmisión sexual (ITS), inclusive VIH/SIDA(38). En marzo de 2006, el ACNUR informó de que dos terceras partes de las mujeres sudanesas refugiadas que recibían tratamiento en el Hospital de Abeche (Chad) habían sido víctimas de violación. La víctima más joven tenía sólo 10 años de edad(39). El UNFPA y el ACNUR están apoyando al Hospital para que dispense tratamiento a las pacientes de fístula, trastorno causado por el parto obstruido o la extrema violencia sexual. Dado que las mujeres suelen estar demasiado avergonzadas para denunciar la violación y solicitar asistencia, el ACNUR ha estado tratando de establecer un sistema de remisión de pacientes que coordine la asistencia médica con la jurídica(40). Asimismo, funcionarios del Cuerpo Médico Internacional están celebrando consultas con ancianas y curanderos tradicionales sobre el trauma posterior a la violación, impartiendo sesiones de asesoramiento psicosocial con sensibilidad cultural y en beneficio de toda la familia de la víctima(41). Sobre la base de un proyecto piloto para sobrevivientes de la violación en Tanzanía, en 2005 el UNFPA y el ACNUR capacitaron a agentes de salud que prestan servicios en campamentos de Kenya y Uganda sobre la gestión clínica y la profilaxis después de la violación (para disminuir los riesgos de infección con el VIH)(42).

Con el apoyo del Consorcio de Salud Reproductiva en intervenciones posteriores a conflictos, las mujeres refugiadas residentes en Tailandia han preparado una Guía a fin de ayudar a las sobrevivientes de la violencia por motivos de género. En la Guía se establecen normas de atención, inclusive atención de la salud, asesoramiento psicosocial, promoción y tratamiento de los casos(43). En el distrito de Kono (Sierra Leona), donde los refugiados han comenzado a repatriarse, el ACNUR y la organización International Rescue Committee (IRC) han contribuido a establecer centros comunitarios dirigidos por mujeres que ofrecen, entre otras cosas, datos útiles sobre la manera de evitar la violencia por motivos de género y de responder a ella. Se han congregado mujeres, hombres y jóvenes en grupos de acción cuyo propósito es crear conciencia y proporcionar oportunidad de hablar de esas cuestiones. La iniciativa es parte de otra mayor para la ampliación de los medios de acción de la comunidad, dirigida por representantes del Gobierno, el ACNUR y otros copartícipes en la ejecución(44).

En Burundi, el ACNUR proporciona leña y ha instalado moliendas dentro de los campamentos. Las fuerzas de seguridad de los campamentos ahora incluyen a mujeres(45). Además, se designó a más de 70 ancianas refugiadas para que cumplan funciones de "madres voluntarias" que detecten, ayuden y atiendan a las jóvenes víctimas de violación. Esas voluntarias, a su vez, captaron a hombres ancianos para que actúen como "padres voluntarios", dado que los hombres pueden desempeñar un papel fundamental en la prevención de la violencia sexual(46). Los ancianos también despliegan actividades en Kenya, donde se organizaron comités contra la violación a fin de desalentar los ataques contra las mujeres y las niñas somalíes. Los ancianos iniciaron la aplicación de varias medidas prácticas, entre ellas la siembra de matorrales espinosos especiales en torno a los campamentos a fin de ahuyentar a posibles predadores humanos(47).




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SACRIFICIO DOBLE DE LAS MUJERES Y LOS NIÑOS: TRATA DE REFUGIADOS

Las mujeres y los niños refugiados y desplazados son especialmente vulnerables a la trata. Durante el conflicto en Tayikistán, en el decenio de 1990 y posteriormente, las mujeres y los niños desplazados fueron objeto de trata para su explotación sexual en países de Europa oriental y occidental y del Golfo Pérsico(1).

En el África meridional, hay entre los refugiados tanto tratantes como personas objeto de trata. Según informes de la OIM, los hombres refugiados suelen captar a sus propias parientas en el país de origen. En muchos casos, las mujeres y los niños se ven obligados a realizar trabajo sexual comercial y todas las utilidades van a miembros de la familia. Algunos tratantes ayudan a sus víctimas a solicitar que se reconozca su condición de refugiadas, a fin de prevenir la deportación y de ese modo, proteger "su inversión"(2).

Las políticas de asilo estrictas o inadecuadas pueden aumentar más la vulnerabilidad de los refugiados. En Tailandia, los solicitantes de asilo desplazados de Myanmar a quienes se deniega la condición de refugiados, a menudo se ven obligados a la clandestinidad, y en esas condiciones, aumentan las probabilidades de que sean objeto de trata y esclavizados(3).


Las mujeres también están desempeñando importantes funciones de seguridad en otros lugares. Por ejemplo, el ACNUR ha capacitado a 90 oficiales de policía ugandeses, de los cuales 25 son mujeres, para que trabajen con los refugiados congoleños. Mediante juegos teatrales en que los oficiales de policía, por turnos, representaban a sobrevivientes que denunciaban violación, se trató de mejorar las aptitudes para entrevistarlas, aprender cómo recopilar pruebas forenses, suministrar información sobre servicios de remisión y adquirir información sobre las leyes ugandesas relativas a la violencia por motivos de género(48).


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