|
Desde los albores mismos de la humanidad, los seres humanos han migrado. Los éxodos y las corrientes migratorias siempre han sido parte integrante, así como importante factor determinante, de la historia humana. Pero los desplazamientos intercontinentales de gran magnitud recién comenzaron en el siglo XVI, con la expansión de Europa y los asentamientos en las colonias(1). En los últimos dos siglos, la migración aumentó hasta un nivel sin precedentes, debido principalmente a la globalización de la actividad económica y sus efectos sobre la migración de la mano de obra(2). Si bien quienes se desplazan son, en su gran mayoría, migrantes internos (individuos o familias que migran dentro de su propio país), el número de migrantes internacionales(3) es de magnitud significativa.
Un mundo en movimiento
La migración internacional es un componente vital de la globalización en el mundo de hoy. Puede desempeñar un papel fundamental en la promoción del desarrollo y la reducción de la pobreza. Ofrece beneficios evidentes, que podrían ser realzados, y desventajas, que podrían ser minimizadas. No obstante, muchas cuestiones relativas a la migración son complejas y delicadas. La introducción de personas pertenecientes a una cultura en otra cultura diferente tiende a suscitar recelos, temores e incluso xenofobia. Varios incidentes de alta visibilidad en que participaron migrantes, así como muchos debates acalorados, han puesto en evidencia casos de “migración descarrilada”. Los millones de casos de “migración bien encauzada”—de mujeres, hombres y jóvenes que se marchan de su lugar de origen y contribuyen tanto a su país de adopción como al de origen, mediante sus aptitudes, su trabajo y sus pagos de impuestos—quedan, por lo general, en el silencio.
En los últimos decenios hubo un pronunciado cambio en las características generales de la migración, a medida que los transportes y las comunicaciones fueron mejorando en un mundo cada vez más globalizado. Actualmente, todos los países están involucrados en los desplazamientos de personas, o bien como países de origen, o bien como países de tránsito o de destino. En los últimos 50 años, casi se ha duplicado el número de personas que viven fuera del país del que son oriundos; esa cantidad llegó a 191 millones en 2005(4). Actualmente, las mujeres constituyen casi la mitad de todos los migrantes y predominan en las corrientes migratorias hacia los países desarrollados (véase el Capítulo 2).
La migración puede ser voluntaria o forzada, aun cuando en realidad, la experiencia puede abarcar elementos de una y otra. Los migrantes, en su mayoría, se desplazan por razones de trabajo, de reunificación familiar o de matrimonio. La demanda de migrantes laborales (es decir, quienes buscan mejores oportunidades económicas en el extranjero) ha sido un importante factor en el aumento de la migración hacia los países desarrollados(5). Con respecto a este grupo, los expertos aluden al papel potencial de la migración en la promoción del desarrollo y la reducción de la pobreza, especialmente dados los notables efectos que tienen en los países de origen las remesas financieras y otros beneficios. En cambio, la migración forzada y la trata de seres humanos, son los aspectos que generan más vulnerabilidad atinentes a los desplazamientos internacionales, particularmente cuando afectan a mujeres y niños (véanse los Capítulos 3 y 4).
Pese a que muchos creen lo contrario, la proporción de migrantes internacionales ha permanecido a un nivel relativamente bajo en todo el mundo, pues ha aumentado sólo desde 2,5% del total de la población mundial en 1960 hasta 2,9% en 2000(6). No obstante, la migración neta constituye una creciente e importante proporción del crecimiento demográfico en las regiones desarrolladas: en el lapso 2000-2005, representó las tres cuartas partes(7). Si bien en las regiones en desarrollo la emigración no ha causado reducciones apreciables en el crecimiento de la población, en 48 países—en su mayoría, Estados pequeños o insulares—ha redundado en reducciones de más del 15%(8).
Actualmente, la cantidad de personas que viven fuera de su país natal es mayor que en cualquier otro momento de la historia. Si los migrantes internacionales residieran todos en un mismo lugar, equivaldrían a un país que ocuparía el quinto lugar entre los más populosos del mundo, después de China, la India, los Estados Unidos e Indonesia(9). Con todo, en realidad la migración se ha hecho más lenta: vale decir, la cantidad absoluta de nuevos migrantes internacionales ha disminuido desde 41 millones en el lapso 1975 a 1990 hasta 36 millones en el lapso 1990 a 2005(10). Parte de esa disminución puede atribuirse al menor número de refugiados.
Los países en desarrollo están experimentando una pronunciada reducción en la tasa de aumento de la inmigración, mientras que para los países desarrollados (excluida la ex Unión Soviética), esa tasa sigue elevándose: de los 36 millones de personas que migraron entre 1990 y 2005, 33 millones terminaron residiendo en países industrializados(11). Las tendencias ponen de manifiesto que actualmente, un 75% de todos los migrantes internacionales viven en sólo 28 países(12). Entre 1990 y 2005, un 75% del aumento ocurrió en sólo 17 países, mientras que en 72 países, la migración realmente disminuyó(13). En síntesis, la migración se concentra en un grupo relativamente pequeño de países: uno de cada cuatro migrantes reside en América del Norte y uno de cada tres, en Europa(14).
Desiguales oportunidades en un mundo en proceso de globalización
La creciente interdependencia de los países, sumada a las desigualdades cada vez pronunciadas, probablemente redundarán en una mayor intensificación de los desplazamientos internacionales. En su “afanosa búsqueda de personal calificado en todo el mundo”(15), los países adelantados están recurriendo cada vez más a un creciente conjunto de mano de obra sumamente móvil(16). Al mismo tiempo, a fin de que sus economías sigan creciendo, los países desarrollados necesitarán más migrantes para ocupar empleos menos remunerados, que las personas oriundas del país no pueden o no quieren ocupar, particularmente cuando los salarios son bajos y las condiciones de trabajo, deficientes.
Esos empleos—caracterizados por cuatro D: desaseados, difíciles, denigrantes y desprotegidos(17)—abarcan, por ejemplo, la recolección de basura, la limpieza de calles, la construcción, la minería, el trabajo sexual, etc.(18). Otros empleos, que los trabajadores locales tal vez eludan ocupar o no, son estacionales y requieren un complemento de trabajadores extranjeros(19). En el otro extremo de la escala, también va en aumento la demanda de profesionales sumamente calificados en esferas tecnológicas, científicas, de gestión o administrativas(20). Los países ricos, en su mayoría, son receptivos a la inmigración de personal sumamente calificado, incluso la alientan, pero tienen posiciones de ambigüedad o negativas acerca de la mano de obra que necesitan en el extremo más bajo de la escala.
NI LOS MÁS POBRES, NI LOS MENOS EDUCADOS
Entre los migrantes suelen predominar algunas características demográficas y socioeconómicas en lo relativo a edad, sexo, educación, categoría ocupacional o disposición a correr riesgos. Esos factores los diferencian del resto de la población de sus comunidades de origen(21). Hay dos tendencias que se ponen más de manifiesto: en los países que reciben migrantes, hay demanda de mano de obra en ambos extremos de la gama de ocupaciones (es decir, personal sumamente calificado y personal con pocas calificaciones)(22) y, pese a la gran escasez de datos desagregados por edades, también es evidente que, en una gran proporción, esos migrantes son personas de entre 15 y 30 años de edad(23). La selectividad de migrantes, a su vez, tiene efectos directos sobre quiénes se benefician y cuáles son esos beneficios, en las comunidades tanto de origen como de destino.
Hay una creencia generalizada acerca de que los migrantes, en su mayoría, proceden de las poblaciones más pobres. Esto es incorrecto(24). En verdad, quienes emigran suelen estar mejor educados que quienes quedaron atrás(25). La enorme mayoría de quienes migran a los países miembros de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE), por ejemplo, posee educación secundaria o superior(26). Salvo para desplazamientos transfronterizos a corta distancia (es decir, personas que migran desde México y América Central hacia los Estados Unidos, o los turcos que migran a Europa occidental), en general los migrantes necesitan acceso a información y a algún tipo de apoyo financiero (los migrantes chinos pueden necesitar hasta 60.000 dólares EE.UU.(27) a fin de poder cruzar las fronteras, legal o ilegalmente.
ÉXODO, DESPERDICIO Y GANANCIA DE PROFESIONALES
La demanda de trabajadores calificados puede redundar en que gran número de ellos se marchen de sus países de origen. Esta situación ha dado lugar a uno de los más importantes debates relativos a la migración internacional y puede representar una pérdida apreciable para los países en desarrollo. Los países dedican considerables recursos a la formación de profesionales sumamente capacitados: cuando estos se marchan, el país de origen pierde tanto las aptitudes del emigrante como la inversión inicial efectuada en él.
La preocupación por esa gran pérdida de personal capacitado no es nueva, pero la competencia mundial impulsa a los países a contratar a trabajadores migrantes sumamente calificados a fin de mantener y acrecentar sus ventajas económicas. Muchos investigadores consideran que, en consecuencia, entre una tercera parte y la mitad del personal especializado en ciencia y tecnología, oriundo del mundo en desarrollo, vive actualmente en el mundo desarrollado(28). No obstante, un estudio del Banco Mundial llega a la conclusión de que “en 22 de los 33 países para los que pueden estimarse datos sobre nivel educacional, ha migrado menos del 10% de los grupos mejor educados (con diplomas de nivel terciario) de esos países exportadores de mano de obra”(29).
Pero lo que es un regalo del cielo para el mundo desarrollado puede ser devastador para países más empobrecidos. Tal vez en ningún ámbito se perciba más agudamente el efecto del “éxodo de profesionales” que en el ya frágil sistema de salud de los países en desarrollo(30). Mientras los países de África al sur del Sahara se están tambaleando bajo la mayor carga mundial de enfermedades infecciosas (25%), sólo retienen a 1,3% de los profesionales de la salud de todo el mundo (véase el Gráfico 3)(31). En algunos países, se ha reducido pronunciadamente el número de enfermeras y médicos(32). Las enérgicas políticas de contratación que aplican los países desarrollados al tratar de subsanar su propia escasez de personal calificado en el sector de salud son parcialmente responsables de esa situación(33).
Recientes encuestas efectuadas por la Organización Mundial de la Salud (OMS) muestran que la intención de migrar es especialmente prevalente entre los agentes de salud que viven en las regiones más gravemente afectadas por el VIH/SIDA: 68% en Zimbabwe y 26% en Uganda(34). La Comisión Mundial sobre las Migraciones Internacionales (GCIM) informa de que en la ciudad inglesa septentrional de Manchester hay más médicos procedentes de Malawi que en todo ese país. De los 600 médicos capacitados después de que Zambia hubo llegado a la independencia, sólo 50 siguen ejerciendo su profesión en Zambia(35).
Aun cuando sean motivo de preocupación, este tipo de situaciones no agotan el panorama. Algunos investigadores aducen que para que el éxodo de profesionales sea nocivo es preciso que existan dos condiciones: pérdida de una alta proporción del total de personas educadas de un país y consecuencias económicas perjudiciales. Los investigadores observan que los países pequeños menos adelantados, particularmente en África y el Caribe, probablemente sufrirán más los efectos del éxodo de profesionales(36). Por ejemplo, en 2000, más del 70% de las poblaciones con altos niveles educativos de Guyana, Haití, Jamaica, y Trinidad y Tabago estaban viviendo en países miembros de la OCDE(37).
También es necesario separar los efectos directos de los indirectos (efectos de retroacción) para poder emitir juicio acerca de los efectos generales de la emigración. Los efectos económicos directos probablemente serán negativos: la pérdida de capital humano y los menores niveles de educación de las poblaciones que quedan atrás pueden retrasar el crecimiento económico y hacer estancar las acciones encaminadas a reducir la pobreza. Por otra parte, también se han determinado varios efectos indirectos positivos(38). En verdad, el Banco Mundial sostiene que, pese a que los países en desarrollo están cada vez más preocupados por el “éxodo de profesionales”, las pérdidas pueden quedar ampliamente compensadas por las remesas que envían y por el aumento del intercambio comercial y de las inversiones(39). Dicho más simplemente: el ingreso resultante de las remesas puede estimular el consumo en el país de origen y ser utilizado para efectuar inversiones productivas.
Entre la espada y la pared: Migración irregular
El aumento de la demanda de mano de obra y de las disparidades entre los países alientan a los posibles migrantes a desplazarse hacia países más ricos a fin de mejorar sus perspectivas. E incluso si los aspirantes a la migración con frecuencia no pueden migrar legalmente, igualmente lo harán. Muchos países titubean cada vez más en recibir grandes cantidades de migrantes permanentes(48), pero las disparidades económicas y sociales cada vez mayores podrían redundar en mayores cantidades de migrantes indocumentados y dispuestos a infringir las reglamentaciones a cambio de la promesa de una vida mejor. Asimismo, los expertos y las instituciones de desarrollo están señalando cada vez con mayor frecuencia la “asimetría” del proceso de globalización, pues mientras se permite cada vez más que bienes, capitales, servicios, información e ideas atraviesen sin trabas las fronteras internacionales, las personas siguen enfrentando una amplia gama de controles oficiales(49).
Los migrantes en situación irregular, o indocumentados(50), son personas que carecen del debido visado para ingresar en un país, o permanecer o trabajar en él. Debido a la incertidumbre de su situación, tienden a aceptar empleos de baja remuneración, que no se registran ni contabilizan y se pagan sólo en efectivo. En consecuencia, los migrantes indocumentados tienen más probabilidades de ser explotados, de trabajar demasiadas horas diarias, de padecer mala salud y de residir en viviendas que no reúnen requisitos mínimos de habitabilidad y a menudo son ilegales. Cuando el migrante indocumentado es una mujer, tiene más probabilidades de sufrir sevicias sexuales y físicas. La migración irregular también puede socavar las protecciones laborales en el país receptor, sus planes de pensión y su sistema jurídico, proporcionando a los futuros empleadores grupos de trabajadores explotables a bajo costo que no pueden recurrir a las negociaciones colectivas u otros medios de obtener una adecuada compensación(51). Debido a que, en la mayoría de los países, los migrantes indocumentados no están oficialmente registrados, no se sabe a ciencia cierta cuántos son. Las estimaciones a nivel mundial varían entre 30 millones y 40 millones(52).
Los migrantes indocumentados enfrentan enormes riesgos al tratar de llegar a destino. Cada año, abundan las crónicas periodísticas acerca de quienes fracasaron: migrantes ahogados, o muertos a la intemperie por la inclemencia meteorológica, o asesinados por contrabandistas inescrupulosos. Cada año hay miles de migrantes africanos que tratan de trepar el muro que separa los enclaves españoles de Ceuta y Melilla del territorio de Marruecos(53). A medida que las autoridades reprimen cada vez más esas corrientes, aumenta el número de migrantes desesperados que se embarcan para efectuar cruces cada vez más peligrosos. El peligro no queda limitado a África y Europa. Miles de personas de todos los países de América Latina y el Caribe pierden la vida tratando de llegar a los Estados Unidos o al Canadá(54).
 |
|
|
La migración internacional facilita, al mismo tiempo que limita, el logro de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM)(1). En su informe de 2005, Un concepto más amplio de la libertad, el Secretario General de las Naciones Unidas Kofi Annan dijo que la migración es “una de las principales cuestiones sustantivas en la actualidad”(2); se ha afirmado, acertadamente, que “cada ODM tiene algún vínculo, directo o indirecto, con la migración”(3).
Va en aumento el número de personas que piensan que la migración les daría medios para mantener a sus familias. Por consiguiente, las remesas (ingresos de los migrantes que estos envían a su lugar de origen) puede aportar beneficios directamente al Objetivo 1 de los ODM, erradicar la extrema pobreza y el hambre; al Objetivo 2, educación primaria universal; y a los Objetivos 4, 5 y 6, relativos a la salud. Las remesas, especialmente cuando son las mujeres quienes determinan de qué manera se ha de gastar ese dinero, suelen invertirse en satisfacer las necesidades cotidianas y mejorar la nutrición, la educación y la salud de la familia. Por otra parte, las contribuciones no se limitan solamente al capital financiero. Las comunidades en la diáspora también pueden alentar el desarrollo efectuando inversiones, estableciendo vínculos de intercambio comercial y transfiriendo conocimientos teóricos y prácticos y tecnología. Las mujeres migrantes, en particular, tienen mayor probabilidad de impartir lo que han aprendido acerca del valor de la educación y las buenas prácticas de higiene y atención de la salud, en beneficio de las familias y las comunidades que quedaron en el lugar de origen.
La migración transfronteriza es directamente pertinente a los Objetivos 4, 5 y 6 de los ODM: mejorar la salud materna e infantil y combatir el VIH/SIDA, el paludismo y otras enfermedades. En varios países de origen, la migración de agentes de salud capacitados ha contribuido a una devastadora escasez de personal en sistemas de salud ya desprovistos de recursos, inclusive los que tratan de hacer frente a las altas tasas de mortalidad y morbilidad materna e infantil, así como las causadas por el VIH. En algunos países, también las escuelas se resienten por el éxodo de maestros. Pero muchos migrantes también se benefician en sus nuevos países con un mejor acceso a los servicios de educación, y de salud, así como a la información y los conocimientos al respecto, inclusive en materia de salud sexual y reproductiva. La planificación de la familia faculta a las mujeres para regular su propia fecundidad, algo que sus homólogas en los países de origen con frecuencia no están en condiciones de hacer.
La migración puede contribuir al Objetivo 3—promover la igualdad entre los géneros y habilitar a la mujer—aun cuando también puede colocar a las mujeres migrantes en situaciones de riesgo (véase el Capítulo 2). Según la OIM, las cuestiones de género constituyen “posiblemente, el factor más importante que configura la experiencia de migración”, con diferentes conjuntos de obstáculos y/u oportunidades para migrantes varones y mujeres(4.) En lo que respecta a los jóvenes, en su mayoría migran debido a la falta de oportunidades en sus países de origen. Por consiguiente, la migración se relaciona con una de las metas del Objetivo 8: fortalecer la asociación mundial a fin de aumentar las oportunidades de trabajo digno para los jóvenes. |
Migración forzada: Refugiados y solicitantes de asilo
La migración forzada es la resultante de coacción, violencia, apremios políticos o medioambientales, u otras formas de coacción, en lugar de acciones voluntarias(55). Esa situación a menudo coloca a los migrantes en situación de gran desventaja. Aun cuando la población de migrantes forzados es pequeña en comparación con los migrantes que buscan trabajo, la integran los grupos más vulnerables y más marginados.
Dentro de la categoría de migración forzada, el grupo más conocido y cuyo número es más preciso es el de “refugiados”: personas que huyen de países asolados por guerra, violencia y caos, y que o no pueden o no quieren regresar a sus países de origen debido a que allí carecerían de una protección efectiva. En 2005 había 12,7 millones de refugiados: 8,4 millones en jurisdicción de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y otros 4,3 millones en jurisdicción del Organismo de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en el Cercano Oriente (OOPS)(56). En total, los refugiados constituyen actualmente el 7% de todos los migrantes(57), en comparación con 11% a comienzos del decenio de 1990(58).
A diferencia de los migrantes que se desplazan para buscar trabajo y que tienden a gravitar hacia las regiones desarrolladas, se estima que actualmente un 90% de todos los refugiados viven en países en desarrollo(59). Los refugiados, en su mayoría, buscan amparo en países limítrofes. Por ejemplo, durante el genocidio de 1994 en Rwanda, más de un millón de refugiados cruzaron la frontera con la República Democrática del Congo en sólo tres días para ubicarse en Goma; y se estima que desde 2004, 730.600 refugiados sudaneses han huido al Chad, la República Centroafricana, la República Democrática del Congo, Etiopía, Kenya y Uganda(60). Los refugiados representan un 18% de los migrantes internacionales en África, un 15% en Asia y un 3% en Europa(61).
Los solicitantes de asilo son personas que piden se reconozca su condición de refugiados en otro país o por conducto de una embajada y que por lo general deben esperar a que el organismo apropiado adopte una decisión con respecto a su solicitud. El ACNUR informó de que, en 2004, 336.000 personas solicitaron asilo en 50 países industrializados—mayormente, en América del Norte y Europa—, cantidad inferior en un 50% a la registrada en 2000. Esos niveles fueron los más bajos registrados en casi 20 años; las mayores disminuciones ocurrieron en las solicitudes presentadas ante las autoridades del Canadá y de los Estados Unidos. Esta pronunciada disminución se atribuye a que las reglamentaciones de los países de destino se han hecho más rigurosas, además de haberse resuelto varios conflictos de antigua data(62). Los solicitantes de asilo se ven frente a un creciente escrutinio debido a la preocupación de que otros migrantes que no son refugiados estén aprovechando el sistema de asilo para obtener admisión en condiciones reglamentarias. Algunos críticos afirman que los legítimos solicitantes de asilo—muchos de los cuales migran por cauces irregulares en busca de protección—están sufriendo injustamente las consecuencias de las medidas que aplican los países de destino para reprimir la inmigración ilegal y el contrabando. Varios países detienen automáticamente a cada solicitante de asilo, a la espera de una decisión administrativa sobre si satisface o no las condiciones necesarias; si no las satisface, es deportado a su país de origen.
Los solicitantes de asilo a veces permanecen en esa situación de incertidumbre durante meses y años enteros(63). Con frecuencia, los solicitantes de asilo cuyas solicitudes son denegadas no pueden ser deportados debido a que el país de origen no los acepta o a que carecen de pasaportes. Dado que las leyes suelen prohibir que busquen empleo en el sector estructurado de la economía, con frecuencia terminan trabajando en el sector paralelo o no estructurado (informal), que no está reglamentado y ofrece condiciones de mayor inseguridad(64).
Sacar provecho de la esperanza: Migración internacional, remesas y desarrollo
Las remesas—es decir, los ingresos que los migrantes envían a sus países de origen—son la principal razón por la que algunos expertos afirman que la migración internacional es importante para la reducción de la pobreza. Si bien es difícil determinar las cifras exactas, se trata de sumas enormes. Según estimaciones del Banco Mundial, en 2004 las remesas efectuadas por cauces oficiales aportaron aproximadamente 232.000 millones de dólares EE.UU. y de este importe, los países en desarrollo recibieron 167.000 millones(65). Se considera que el importe real de las remesas es sustancialmente mayor, dado que es preciso tomar en cuenta los fondos transferidos por cauces oficiosos o paralelos.
El valor de las remesas es considerablemente mayor que el de la Asistencia Oficial para el Desarrollo (AOD) y, por orden de importancia, ocupa el segundo lugar entre las fuentes de recursos externos recibidos por los países en desarrollo, y se sitúa después de las inversiones extranjeras directas (IED). Además, las remesas tienden a ser fuentes de ingresos más predecibles y estables que las IED o la AOD. Para algunos países pequeños, esas remesas representan una gran proporción del PIB, como en los casos de Tonga (31%), la República de Moldova (27%), Lesotho (26%) y Haití (25%)(66). Un 70% de las IED en China proceden de la diáspora china(67). Los efectos de las remesas sobre las economías de los países en desarrollo son tan grandes que, según el Banco Mundial, un 10% de aumento en la proporción del PIB de un país constituida por las remesas podría redundar en una reducción de 1,2% en la proporción de personas que viven en extrema pobreza(68).
Esa teoría queda confirmada por las estadísticas. En Nicaragua, más del 60% de los 22.000 hogares que entre 1998 y 2001 escaparon a la pobreza tenían un miembro de la familia que residía en el extranjero(69). Las remesas de los migrantes enviadas a El Salvador, Eritrea, Jamaica, Jordania y el Yemen en el año 2000 acrecentaron en más del 10% el PNB de esos países(70). Ese mismo año, 1,2 millón de marroquíes lograron escapar de la pobreza debido únicamente a la magnitud del ingreso proveniente de las remesas(71). Según la CEPAL, en 2002 las remesas del extranjero ayudaron a elevar sobre la linea de la pobreza a 2,5 millones de personas residentes en países de América Latina y el Caribe(72).
La propensión a remitir dinero—y el importe enviado—dependen de varios factores, entre ellos, la edad, el número de familiares a cargo, el estado civil del migrante y la duración de su residencia en el país de destino. Un estudio comprobó que los migrantes mexicanos tienen más probabilidades de enviar dinero a sus familias cuando están casados, son menores de 40 años y tienen sólidos contactos sociales en el país anfitrión(73). Las mujeres, pese a tener menor ingreso, envían una proporción de éste mayor que la de los hombres(74) (véase el Capítulo 2); los migrantes temporales envían más dinero que los residentes permanentes; y los trabajadores no calificados o semicalificados tienden a generar importes totales de remesas mayores que los profesionales sumamente calificados (aun cuando esto se debe en parte a que estos últimos constituyen un grupo más pequeño)(75). Otro factor que afecta la cuantía de las remesas es la solidez de los lazos familiares del migrante y su intención de regresar o no al país de origen. En otras palabras, los migrantes que prevén que un día regresarán al país de origen tienen más inclinación a enviar remesas que quienes optan por permanecer en el país de destino. Esto implica que las remesas pueden disminuir a lo largo del tiempo, a medida que se van debilitando los lazos con las comunidades de origen(76).
Si bien y al parecer, los efectos de las remesas sobre los países en desarrollo son claramente beneficiosos, algunos autores siguen cuestionando que las remesas tengan consecuencias positivas para la pobreza en el corto plazo, o el desarrollo a más largo plazo. Un problema de gran magnitud es que quienes menos se benefician con las remesas son las personas más pobres y los países más pobres. Los que reciben mayores importes son los países de ingresos medianos: en 2002, los países de África al sur del Sahara recibieron sólo 1,5% de todas las corrientes de remesas(77). Esto sólo demuestra que las personas de las regiones más pobres son quienes más dificultades tienen para migrar, para obtener fondos y para remitirlos desde el extranjero. Otra cuestión motivo de preocupación es que las remesas a veces pueden exacerbar la desigualdad del ingreso en el país de origen, pues las familias y las comunidades que reciben remesas prosperan, mientras no ocurre lo propio con sus vecinos menos afortunados(78). Además, algunos expertos aducen que las remesas propician la dependencia, al desalentar las medidas gubernamentales necesarias a fin de reestructurar las respectivas economías(79). Otros investigadores afirman que los países donantes utilizarán las remesas como excusa para eludir el cumplimiento de sus compromisos de aportar AOD a fin de combatir la pobreza; y al mismo tiempo, los países en desarrollo podrían descuidar las necesidades de sus poblaciones más vulnerables debido a que algunas familias pobres están recibiendo ingresos en forma de remesas. Por ende, pese a sus contribuciones a la reducción de la pobreza, la migración no necesariamente es, en última instancia, un factor de igualación, particularmente en un mundo donde las desigualdades van en aumento.
Algunos expertos también expresan preocupación puesto que las remesas, en su mayor parte, no se destinan en general a inversiones productivas. Esto sucede debido a que las remesas son recursos de propiedad privada, utilizados en gran medida para contribuir al ingreso de la familia y no a las corrientes de capital, y debido a que los migrantes tienden a no estar familiarizados con los instrumentos de inversión(80). Por otra parte, muchas investigaciones realizadas destacan que las remesas pueden desempeñar potencialmente un papel más significativo en cuanto al desarrollo y la mitigación de la pobreza. Las remesas se utilizan o bien para efectuar inversiones o bien para financiar el consumo, pero en uno y otro caso aportan importantes beneficios a los hogares, las comunidades y los países que las reciben(81). Se ha comprobado que las remesas son más estables que otros tipos de corrientes financieras privadas hacia los países en desarrollo y pueden amortiguar los efectos de las fluctuaciones y los choques económicos sobre esos países(82). Después de efectuar un análisis exhaustivo, la OIM llega a la conclusión de que lo más probable es que quienes reciben remesas internacionales ahorren ese dinero y lo utilicen para financiar pequeñas empresas y facilitar la obtención de créditos que sirven como capital de inversiones. Al crear nueva demanda de bienes y servicios intensivos en mano de obra, también pueden acrecentar la demanda agregada y, por consiguiente, el producto y el ingreso(83). El Banco Mundial, las Naciones Unidas y otras instituciones de desarrollo han expresado opiniones similares(84).
Los expertos, en su mayoría, concuerdan en que lo que falta son mecanismos capaces de aprovechar el potencial de las remesas a fin de promover el crecimiento económico a más largo plazo. Otro problema es el costo de la transferencia de fondos. Si bien dicho costo se ha ido reduciendo, sigue siendo una barrera importante debido a que puede suponer hasta un 20% del ingreso proveniente de las remesas(85). Varias instituciones, entre ellas el Banco Mundial, ya están abordando este problema(86).
CÓMO APROVECHAR LAS REDES TRANSNACIONALES: REMESAS COLECTIVAS Y “SOCIALES”
En la actualidad, las mejores comunicaciones y el menor costo de los transportes significan que la migración ya no entraña una ruptura definitiva con el pasado. Una cantidad grande y creciente de vínculos con la comunidad de origen ayuda a mantener los lazos locales, nacionales, étnicos y religiosos. A su vez, esos lazos contribuyen a generar otros tipos de corrientes financieras que se suman a las remesas individuales, entre ellas, las IED, el turismo de expatriados, además de la filantropía y la recaudación de fondos en relación con el lugar de origen(87). Aun cuando hay un enorme potencial de desarrollo por conducto de redes estructuradas de la diáspora, siguen siendo incipientes los mecanismos para encauzar dichas corrientes financieras.
Las remesas colectivas podrían combinarse con fondos equivalentes aportados por fuentes públicas u organismos de desarrollo(88). En la actualidad, el volumen de las remesas colectivas sigue siendo muy pequeño. En América Central, representa sólo 1% del total de las remesas(89). En México, varios programas gubernamentales están tratando de encauzar las corrientes de remesas de los trabajadores hacia el desarrollo de infraestructuras y el estímulo a la creación de empresas. En 2002, los gobiernos federal, estatales y municipales de México iniciaron el programa “Tres por Uno”, que aporta tres dólares por cada dólar de las remesas enviadas desde los Estados Unidos. En 2004, el programa logró recaudar 70 millones de dólares EE.UU., que seguidamente fueron utilizados para financiar proyectos regionales, comunitarios y de infraestructura. Los organizadores del programa están colaborando ahora con el Banco Mundial a fin de iniciar proyectos conducentes a aumentar el nivel de empleo y alentar así a posibles futuros migrantes a
que permanezcan en el país de origen(90).
La red transnacional de la diáspora también puede constituir una cabeza de puente para empresas del país de origen que tratan de comercializar bienes y servicios en el país de destino(91). Por ejemplo, muchos atribuyen a los coreanos emigrados la exitosa penetración en el mercado de los Estados Unidos de
automóviles, productos electrónicos y otras manufacturas coreanas. En el Canadá, la migración de personal calificado procedente de países asiáticos condujo a un aumento del 74% en las importaciones desde Asia hacia ese país. Mientras tanto, las redes estructuradas y oficiosas de la diáspora están desempeñando un notable papel en la transmisión de información y conocimientos a los compatriotas que quedaron en el país de origen(92). La importancia de esas redes está suscitando recomendaciones concretas de explotar su potencial de desarrollo en una sociedad globalizada.
Además, está la cuestión de las remesas “sociales”: la transferencia de ideas, información, conocimientos, actitudes, pautas de comportamiento, identidades, cultura y capital social, desde una sociedad a otra(93). En sus contactos con las comunidades de origen, o al regresar a ellas, los migrantes pueden operar como agentes de transformación política y cultural, lo cual puede ser particularmente beneficioso para el fomento de la igualdad entre hombres y mujeres (véase el Capítulo 2). No sólo se benefician los países de origen, sino también los países de destino. Por ejemplo, la OIM afirma que en Australia, la inmigración en gran escala desde países de Asia y otros países ha estimulado en gran medida las interacciones económicas, sociales y políticas de ese país con los países de origen. La organización señala que, si bien tales beneficios aún no se han “cuantificado”, son, no obstante, de magnitud apreciable e incluyen la diversidad lingüística y cultural y una mayor “apertura” hacia otros países, además de la ampliación concomitante de la gama de actitudes, valores y costumbres. Todo ello ha contribuido sustancialmente a la cultura y al modo de vida en Australia(94).
¿Una carga o un beneficio? Efecto sobre los países de destino
La migración puede entrañar tanto beneficios como costos para los países de destino, en función del marco cultural, social y económico. Las tres quejas que se oyen con mayor frecuencia en relación con cuestiones económicas son: los inmigrantes restan oportunidad de empleo a la población local; los inmigrantes contribuyen a rebajar los salarios; y los inmigrantes constituyen una pesada carga sobre el sistema de bienestar social del país(95).
Las pruebas empíricas en apoyo de cada una de esas quejas son o bien débiles, o bien ambiguas, al menos a nivel agregado. Los efectos generales de la inmigración sobre la situación de empleo y los salarios de la población nativa son pequeños, trátese de inmigrantes documentados o indocumentados, transitorios o permanentes(96). Esto se debe a que los inmigrantes tienden a ocupar empleos en los que no tienen interés los residentes. Por ende, las corrientes migratorias tienden a afectar más a los residentes con bajas calificaciones, quienes más probablemente competirán directamente con inmigrantes que poseen calificaciones similares y el mismo nivel educacional(98). La mayor competencia puede mantener el bajo nivel de los salarios y puede retrasar las inversiones en tecnologías más productivas. Pero muchos aducen que la amenaza a obreros de fábrica y trabajadores manuales no es mayor que la dimanada de artículos importados de bajo costo, intensivos en mano de obra(97).
En la mayoría de los casos, la suposición generalizada de que los inmigrantes utilizan en gran medida los servicios de bienestar social pero pagan relativamente poco por concepto de impuestos y contribuciones sociales tampoco resiste al escrutinio empírico(99). Por ejemplo, un estudio realizado en 2005 constató que, aun cuando los inmigrantes representan un 10,4% de la población de los Estados Unidos de América, consumen sólo un 7,9% del gasto total en salud del país y el 8% de los fondos que el Gobierno destina a servicios de salud(100). La Agencia Central de Inteligencia (CIA) de los Estados Unidos(101) y, más recientemente, la Comisión Europea (CE), han afirmado que la migración contribuye al crecimiento general, a la mayor productividad y a un más alto nivel de empleo, para todos(102).
Además de las cuestiones relativas al trabajo, los salarios y el bienestar social, las realidades demográficas del envejecimiento en los países desarrollados también han colocado en un primer plano la migración internacional. Un estudio realizado en el año 2000 por la División de Población de las Naciones Unidas sobre la “migración de reemplazo”(103) afirma que la mayoría de los países de destino se encuentran en lo que se denomina “la segunda transición demográfica”. Esa etapa se caracteriza por la baja tasa de fecundidad y, por ende, por una tasa de crecimiento demográfico baja o negativa, lo cual a su vez redunda en que hay una gran proporción de ancianos, que no trabajan, en comparación con la población más joven, en edad activa y productiva(104). Muchos de los países más prósperos del mundo, particularmente el Japón y los países de Europa, tienen tasas de fecundidad inferiores a las de reemplazo, menor cantidad de jóvenes que ingresan en el mercado laboral y, en consecuencia, acelerado envejecimiento demográfico(105). Los autores del informe calculan que los países donde el crecimiento demográfico es lento necesitarán recibir a muchos más migrantes, a fin de compensar la declinación en sus poblaciones y la disminución de los grupos en edad activa, y mantener así las actuales proporciones entre trabajadores y personas mayores de 65 años(106).
Aun cuando dicha publicación despertó una atención pública muy necesaria hacia los peligros del envejecimiento de la población, también suscitó una conmoción en círculos tanto políticos como académicos(107). Quienes disienten aducen que la migración no necesariamente es la panacea para resolver la declinación de las tasas de fecundidad dado que, desde el punto de vista demográfico, sólo se podría prevenir el envejecimiento de la población de un país mediante crecientes e insostenibles cantidades sin precedentes de inmigrantes(108). Desde un punto de vista social, el caudal de inmigración necesario para reemplazar la población que va disminuyendo excede en magnitud la que ningún país desarrollado ni siquiera consideraría seriamente como posibilidad(109).
Al parecer, la controversia con respecto a la “migración de reemplazo” reflejaría, en parte, las hondas emociones que genera actualmente en muchos países el multiculturalismo y la perspectiva de inmigraciones masivas. Los países con bajas tasas de fecundidad, en su mayoría, han llegado a aceptar que la inmigración, en alguna proporción, es económicamente útil, pero les preocupa preservar su identidad cultural. No obstante, países donde la tasa de fecundidad es extremadamente baja, entre ellos Alemania, Italia y España—y potencialmente varios otros países—podrian verse frente a una radical disminución de sus poblaciones en el futuro(110). Para subsanar esa situación será necesario adoptar varios enfoques diferentes, dentro de los cuales la inmigración podría tener un papel creciente, aun cuando no decisivo.
La salud de los migrantes
Al menos inicialmente, los inmigrantes suelen estar en mejor estado de salud que sus contemporáneos, tanto en los países de origen como en los de destino. Esto se debe a que la buena salud es una ventaja: las políticas de admisión con frecuencia estipulan que los inmigrantes deben someterse a un reconocimiento médico. Para los inmigrantes irregulares, que emprenden viajes riesgosos y llenos de exigencias, la buena salud es una ventaja(111). Pero los inmigrantes—especialmente los indocumentados—pueden terminar privados de servicios de salud, especialmente si no pueden sufragar la atención médica y/o temen ser deportados. Muchos inmigrantes están expuestos a ámbitos de trabajo peligrosos, condiciones insalubres en sus viviendas, explotación laboral e insuficiente acceso a los servicios de salud(112).
Los inmigrantes—especialmente los que están en situación irregular—están sujetos a condiciones que los pueden hacer más vulnerables a las enfermedades infecciosas y perjudicar su salud. En verdad, la OIM señala varios estudios que muestran que entre los inmigrantes hay más altas tasas de mortalidad de menores de un año y mayor cantidad de malformaciones congénitas. En algunos países, las mujeres inmigrantes de primera y segunda generación suelen padecer más altas tasas de enfermedades crónicas(113). Muchas mujeres tropiezan con problemas particulares en lo concerniente a la atención de la salud reproductiva (véase el Capítulo 2). No obstante, hay múltiples factores determinantes del estado de salud y los resultados son tan diversos como los antecedentes y el estado general de cada inmigrante. Algunos migrantes, al radicarse en el extranjero pueden obtener acceso a mejores servicios de salud y educación al respecto. Por otra parte, los inmigrantes educados y calificados son quienes menos probabilidades tienen de sufrir a raíz de la experiencia de migración.
Hay varias razones, relacionadas entre sí, por las que ciertos grupos de inmigrantes corren mayores riesgos en cuanto a su salud. En primer lugar, como señala la OMS, la pobreza es el factor determinante de importancia crítica: son los más pobres quienes suelen tener peor salud. En comparación con los residentes, los inmigrantes tienen muchas mayores probabilidades de estar en mala situación económica(114). Además, los planes nacionales de atención de la salud, en su mayoría, discriminan contra inmigrantes transitorios y no autorizados, al autorizar sólo la atención de emergencia para quienes no sean ciudadanos. Los inmigrantes en situación irregular temen que quienes dispensan servicios de salud los denuncien ante las autoridades; esto a menudo los disuade de buscar tratamiento médico y lo que a menudo comienza como un trastorno de menor importancia puede intensificarse y transformarse en una grave enfermedad(115). Pese a esos y otros problemas, pocos funcionarios ejecutivos parecerían estar dispuestos a replantear las políticas existentes y establecer nuevas reglamentaciones que podrían beneficiar tanto a los inmigrantes en situación irregular como al sistema de atención de salud(116). Por otra parte, también los países de destino se beneficiarían: los inmigrantes que gozan de buena salud están en mejores condiciones de aprovechar las oportunidades educacionales y aportar más a la economía nacional(117). Las preocupaciones del público con respecto a los costos deben ubicarse en un marco más amplio: es decir, deberían cotejar la mayor contribución que pueden hacer los inmigrantes en buen estado de salud al país de destino, con los costos adicionales que pesan sobre las sociedades cuando no ofrecen atención de salud a su debido tiempo(118).
 |
|
|
Pese a los estereotipos muy difundidos y a las creencias comunes, ni los migrantes ni la migración, en sí mismos, aumentan los riesgos de transmisión del VIH: los factores que agravan la vulnerabilidad de los migrantes a la enfermedad son las arduas condiciones y las tribulaciones que deben padecer muchos de ellos en su experiencia migratoria(1)
La separación de la familia y del cónyuge, el aislamiento y la soledad, pueden impulsar a muchas personas a entablar relaciones sexuales de alto riesgo. La movilidad misma de los migrantes dificulta más llegar a ellos con información sobre prevención, condones (preservativos), asesoramiento psicosocial y servicios de detección o de atención. Con frecuencia, las comunidades de migrantes están marginadas en materia social, cultural, económica y lingüística y esto, a su vez, interpone barreras al acceso a los servicios de salud(2).
La situación legal o ilegal y la ocupación de un migrante también influirán sobre la medida en que él o ella se arriesga a exponerse al virus. Los migrantes indocumentados tal vez teman ser deportados si recurren a servicios de salud o tal vez, y en primer lugar, no puedan sufragar esos servicios. Las mujeres migrantes que ingresan en el país de forma irregular, que pierden su rumbo durante el tránsito, que viajan solas, o que son objeto de trata, o están desempleadas, o se marcharon de su país sin contar con recursos, tal vez entablen relaciones sexuales para poder sobrevivir o se dediquen al trabajo sexual; esas mujeres corren mayores riesgo de explotación, de violencia y, por extensión, de infección con el VIH(3). Con frecuencia, los migrantes saben muy poco acerca del VIH y tienen una mínima experiencia previa con servicios de salud en sus países de origen. La migración estacional o cíclica también puede acrecentar los riesgos de transmisión al cónyuge o a la pareja sexual(4). |
MIGRACIÓN Y VIH/SIDA
Hasta el momento, los investigadores no han podido ahondar mucho en la cuestión de las relaciones entre migración y VIH/SIDA, debido a la carencia de datos fidedignos y a la complejidad del problema. No obstante, los expertos, en su mayoría, afirman que el desplazamiento desde zonas de bajo riesgo hacia zonas de alto riesgo acrecienta las probabilidades de infección con el VIH y que cuando hay migración circular, es más probable que el virus “se reubique”(119).
Según un informe encomendado por la Comisión Mundial sobre las Migraciones Internacionales, un 66% de todas las infecciones con el VIH de transmisión heterosexual diagnosticadas en la Unión Europea ocurren en personas procedentes de países con alta tasa de prevalencia, particularmente de África(120). De manera similar, en Australia, entre 2000 y 2004 más de la mitad de todas las infecciones por vía heterosexual se diagnosticaron en personas que procedían de un país con alta tasa de prevalencia o cuyos compañeros sexuales procedían de un país de alta prevalencia. En el Canadá, una cuarta parte de las infecciones con el VIH diagnosticadas en 2005 ocurrieron entre personas procedentes de países con alta tasa de prevalencia de África al sur del Sahara y el Caribe(121). Por otra parte, aun cuando quienes se oponen a la inmigración a veces culpan a los inmigrantes de “ser portadores del VIH/SIDA”, es la propia experiencia de la migración lo que puede hacerlos más vulnerables(122). Tampoco queda muy claro en qué punto del ciclo de la migración ocurre la infección: antes de la partida, en la etapa de tránsito, tras llegar al país de destino o durante una visita ulterior al país de origen. Además, con frecuencia los migrantes están excesivamente representados en las estimaciones sobre prevalencia del VIH debido a que los países de destino y los empleadores a veces exigen que los migrantes se sometan a pruebas de detección, requisito que no se impone a los residentes.
Aun cuando en las regiones más pobres del mundo hay pocos datos sobre el VIH y la migración, en general se ha asociado la migración con una mayor vulnerabilidad a las enfermedades transmisibles. Las estadísticas del Departamento de Salud de Filipinas indican que, de los 1.385 ciudadanos filipinos registrados como seropositivos en 2005, un 33% eran personas que trabajaban en el extranjero(123). En Uganda, la tasa de seroprevalencia entre los migrantes repatriados es 11,5%, el doble de la existente entre quienes no migraron(124). Se estima que en Sudáfrica, está infectado con el VIH uno de cada tres mineros, muchos de los cuales son inmigrantes procedentes de países vecinos(125).
Además, el vínculo entre la movilidad de la población y el VIH es uno de los factores más deficientemente comprendidos y más frecuentemente dejados de lado, entre los causantes de la rápida propagación de la enfermedad en el África meridional(126). La incidencia más alta no ocurre en las regiones más pobres de África, sino en países como Sudáfrica y Botswana, que cuentan con una buena infraestructura de transportes, tasas relativamente altas de desarrollo económico y considerable migración interna y transfronteriza(127). Los datos obtenidos con respecto a Mozambique indican que el VIH se está propagando con mayor velocidad en las provincias por las que pasan las principales arterias de transporte hacia Malawi, Sudáfrica y Zimbabwe y dentro de las provincias de origen de los migrantes que trabajan en Mozambique y Sudáfrica(128). Las tasas más altas de infección de Zambia se registran en ciudades y poblados que están “a horcajadas de importantes rutas de transporte”(129).
En la Declaración de compromiso en la lucha contra el VIH/SIDA, formulada en 2001 por 189 gobiernos, éstos se comprometieron a formular y comenzar a aplicar para 2005 estrategias que posibiliten que los migrantes y los trabajadores móviles tengan acceso a programas de prevención del VIH/SIDA, inclusive la provisión de información y de servicios sociales(130). En la Declaración se estipula una mayor representación y participación de diversas poblaciones móviles cuando se formulen planes nacionales; otra recomendación es involucrar a los empleadores, los sindicatos, las organizaciones comunitarias y las trabajadoras comerciales del sexo en los programas de prevención y atención del VIH/SIDA(131). En Tailandia, el Gobierno está tratando de prevenir las enfermedades infecciosas entre los muchos miles de migrantes indocumentados detenidos (a menudo durante semanas o meses enteros) en el Centro SuanPlu de Bangkok. Allí se proporciona a los detenidos información sobre el VIH/SIDA en su propio idioma(132).
 |
|
|
En virtud del derecho internacional, todos los trabajadores migrantes—sea cual fuere su condición jurídica—tienen derecho a la protección de sus derechos humanos fundamentales, al igual que cualquier otro ser humano. La Convención internacional sobre la protección de los derechos de todos los trabajadores migratorios y de sus familiares es el instrumento internacional más completo que protege sus derechos. Esta Convención, basada en los tratados previos sobre derechos humanos básicos, entró en vigor en 2003. Establece estándares mínimos que están obligados a defender todos los gobiernos que se adhieren a la Convención. Pero, a diferencia de la mayoría de los demás instrumentos de derechos humanos, éste no ha sido ratificado por la mayoría de los países desarrollados.
La Convención establece los derechos humanos que todos deben disfrutar, trátese de trabajadores migrantes documentados o indocumentados, entre ellos: protección contra la esclavitud y la violencia; acceso a atención médica de emergencia y educación de los hijos de trabajadores migrantes; igual trato que los nacionales en las condiciones de trabajo; derecho a afiliarse a sindicatos y otras organizaciones que defiendan sus intereses; y derecho a la identidad cultural y a la libertad de conciencia y de religión. Los trabajadores migrantes documentados tienen derechos adicionales, entre ellos acceso a la vivienda, a recibir servicios sociales y de salud, a formar sindicatos y organizaciones, y a votar en sus países de origen. También se establece que los migrantes tienen la responsabilidad de acatar las leyes nacionales del país de destino y respetar la identidad cultural de sus habitantes. Aun cuando no se reconoce explícitamente el derecho a la reunificación familiar, se alienta a los países a facilitarla. La Convención también exhorta a eliminar la trata y el contrabando de seres humanos, actividades clandestinas tan plagadas de infracciones a los derechos humanos que han motivado la aprobación de protocolos sobre esos temas a la Convención de las Naciones Unidas contra la Delincuencia Organizada, Transnacional del año 2000.
Los Estados partes en la Convención que protege a los migrantes están obligados a esforzarse por lograr una reglamentación más humana y equitativa de la migración internacional. Se recomienda que informen a los migrantes acerca de sus derechos, faciliten a los trabajadores migrantes y a los empleadores información sobre las políticas y las leyes, y presten asistencia a los trabajadores migrantes y sus familias. Para prevenir abusos, la Convención restringe la función de contratar migrantes a entidades gubernamentales o agencias privadas debidamente autorizadas.
Hay varios otros instrumentos y mecanismos de derechos humanos que han evolucionado hacia la defensa de los derechos de los trabajadores migrantes, entre ellos, los órganos de vigilancia del cumplimiento de los tratados internacionales, los convenios de la Organización Internacional del Trabajo y las Cartas de derechos humanos a nivel regional. El Relator Especial de las Naciones Unidas sobre los derechos humanos de los migrantes ha desempeñado un importante papel en cuanto a llamar la atención sobre derechos de grupos vulnerables—especialmente, mujeres y niños—y la necesidad de robustecer las medidas para prevenir abusos, inclusive las relativas a trabajadoras domésticas, trata de seres humanos, violencia contra la mujer y racismo. Asimismo, los migrantes pueden presentar denuncias sobre conculcación de sus derechos ante el Relator(1).
Superar la diferencia: Vivir en medio de la diversidad
Un reciente estudio efectuado por las Naciones Unidas indica que entre 1996 y 2005, el número de países que desean reducir la migración internacional ha disminuido desde 40% hasta 22%(133). Éste es un signo alentador. Pese a la mala prensa y a las numerosas controversias, los gobiernos y las comunidades están reconociendo cada vez más el valor de la migración internacional. En verdad, varios análisis recientes están de acuerdo en que, pese a algunos inconvenientes, la migración transfronteriza puede redundar en beneficios sustanciales, tanto para los propios migrantes como para los países de origen y de destino(134). Dado que, al menos en principio, la migración es al mismo tiempo una necesidad y una ventaja para ambas partes, ¿por qué es un tema tan contencioso? ¿por qué tantos países se están esforzando cada vez más por restringir la inmigración?
Se trata de un tema delicado. El verdadero problema tal vez no resida tanto en los obstáculos económicos que se suelen mencionar (y que, aun cuando son reales, en su mayoría pueden ser minimizados mediante políticas apropiadas), sino en barreras sociales, choques culturales y étnicos, además del creciente espectro de la hostilidad pública cada vez más honda hacia la inmigración en los países de destino.
Durante gran parte de los siglos XIX y XX, “asimilación” significaba que a menudo se ejercía presión sobre los inmigrantes para que abandonaran su identidad, es decir, se deshicieran de su bagaje cultural antes de trasponer la entrada al país de destino. En los Estados Unidos, por ejemplo, se alentaba a los inmigrantes—fuese cual fuere su país de origen—a “americanizarse”, y se los ayudaba a lograrlo(135). No obstante, en la última parte del siglo XX, este enfoque de “aplanadora cultural” se tornó insostenible y los funcionarios que formulaban políticas comenzaron a aceptar el multiculturalismo: la idea de que, si bien todos los ciudadanos han de adoptar un conjunto común de valores e ideales, al mismo tiempo pueden mantener sus características étnicas y sus creencias culturales distintivas en el ámbito de su vida privada(136).
En situaciones ideales, según las define el Canadá, “el multiculturalismo asegura que todos los ciudadanos puedan mantener sus identidades, enorgullecerse de sus antepasados y tener un sentido de pertenencia”(137)137. En la práctica, sin embargo, el multiculturalismo ha sido interpretado de muchas maneras diferentes y se ha aplicado en diversos contextos nacionales con distintos grados de éxito y de fracaso(138). Muchos temen que la inmigración en masa esté amenazando el concepto mismo de Estado-nación. De manera similar, se está cuestionando la noción de comunidad nacional basada en el linaje ancestral y el legado cultural. Además, las dificultades prácticas en la puesta en práctica del multiculturalismo—es decir, las relativas al idioma y la cultura dominantes en la sociedad anfitriona—han suscitado considerables reacciones por parte de los comentaristas, tanto de extrema derecha como de la corriente principal de opinión, especialmente en Europa(139). Por otra parte, la “reclusión en guetos” o marginación—social, cultural, económica, política y hasta espacial—de algunas comunidades de inmigrantes en relación con la sociedad principal sólo sirve para ahondar los malentendidos culturales y, al mismo tiempo, obstaculizar la integración.
* * *
Sea como fuere, no cabe duda de que las tensiones reinantes en muchos países que reciben inmigrantes son muy reales y probablemente se intensificarán a medida que, inevitablemente, la migración internacional se vaya acrecentando, en momentos en que el planeta atraviesa un proceso de globalización. ¿Qué se puede hacer? Los factores clave para determinar los resultados de la integración son: la presencia de políticas de integración sostenidas y participativas; la representación de los intereses y los derechos de los inmigrantes por organizaciones de la sociedad civil; y la cooperación entre los países de origen y los de destino. Es inevitable que haya diferentes criterios. Lo que parece eficaz en países fundados sobre la base de la inmigración—como Australia, el Canadá y los Estados Unidos—tal vez no dé buenos resultados en países caracterizados por una comunidad de lengua, costumbres y culturas que data de muchos siglos, cuando no de miles de años. Asimismo, algunas comunidades de inmigrantes están más dispuestas a la integración que otras, en función de su pertenencia religiosa y cultural y de su nivel educacional. Cualquiera que sea la situación, refutar las falacias que justifican la discriminación, al mismo tiempo que refuerzan la xenofobia y, al mismo tiempo, promover el diálogo intercultural son, a no dudarlo, medidas para avanzar en la dirección correcta. Sea cual fuere el enfoque concreto que se adopte, en una sociedad justa es preciso lograr que ese enfoque arroje buenos resultados(140).
|
|