Chapter 1 Noraida
FILIPINA, TRABAJADORA DOMÉSTICA EMIGRANTE

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La migración de Noraida
ya la hizo viajar tres veces desde Filipinas hasta el Golfo Pérsico para realizar trabajo doméstico como una forma de aliviar la pobreza de su familia. La primera vez que se fue sólo tenía trece años.

Su primera migración la llevó al pueblo de su tía. Eran sólo dos horas de autobús, pero para Noraida fue el principio de una vida distinta.

Noraida nació en 1982 en Al-Salam Mosque Compound, un suburbio pobre y superpoblado de Quezon City, Filipinas, la cuarta entre los ocho hijos de un imam y una pescadora. A los ocho años ya no iba a la escuela y se pasaba los días jugando en la calle. Aunque esa tarde, cuando vino su tía, estaba en casa:

Pude escuchar que mi tía, que no tenía hijos, les preguntaba a mis padres si ella y su marido podían adoptarme. Ahí mismo entré y dije que me quería ir con ellos.

Noraida pensó que su vida sería mejor si se iba, y que también les sacaría presión a sus padres, que tenían problemas para alimentar tantas bocas. Su tío trabajaba como agente de seguridad: tenía un buen ingreso y la pareja la trató "como a una hija". Su madre se pasaba el día vendiendo pescado; su tía, en cambio, estaba mucho con ella. Noraida la ayudaba con el trabajo de la casa y no extrañaba demasiado a su familia.

Cuando cumplió 13 años, su tía le sugirió que se fuera como empleada doméstica al Golfo Pérsico. Para eso tendría que viajar con un pasaporte falso, porque el gobierno no permitía trabajar en el exterior a los menores de 18. Noraida estuvo de acuerdo: conocía a otras chicas de su pueblo que ya se habían ido. Y no le preocupaba no conocer a nadie en su destino, no saber hablar árabe ni mucho inglés.

Estaba tan entusiasmada con la idea de irme y ganar plata y ayudar a mi familia que no pensé demasiado en esas cosas.

Su tía la llevó a ver a un agente que le consiguió un empleo, y Noraida partió sin siquiera poder despedirse de sus padres.

A su llegada, sus empleadores se impresionaron cuando les dijo su verdadera edad. Pero había tenido suerte: sólo debía acompañar a los dos hijos del matrimonio, de cinco y un año, y todos la trataban como si fuera de la familia. Le permitían comer todo lo que hubiera en la nevera, la llevaban con ellos a los centros comerciales, a los parques de diversiones, a la playa. Y todos los meses le transferían su sueldo a su tía. Su vida era tan diferente de lo que había sido en su país; Noraida aprendió a hablar árabe y tenía tanto para hacer que, en los tres años y medio que pasó en esa casa, nunca tuvo tiempo para la nostalgia.

Pero cuando volvió a Filipinas, regresó a la casa de sus padres en el Al-Salam Mosque Compound. En su ausencia, las relaciones entre sus padres y sus tíos se habían agriado: su tía no le había dado a su madre nada de sus ganancias. Noraida se apenó por esa traición, por la continua lucha de sus padres contra la pobreza y, más aún, porque la vida la había traído de vuelta a su punto de partida. Por un tiempo trabajó como vendedora en una tienda, pero la paga era escasa. Noraida decidió volver a irse. Su conocimiento del árabe y su condición de "ex migrante" la ayudaron. Consiguió su visa en sólo tres semanas -un proceso que puede llegar a tardar un año- y se colocó en la casa de un juez saudí, viudo con dos hijas.

Era una casa grande, opulenta, y Noraida era una de las diez trabajadoras domésticas. La asignaron a la hija menor, una estudiante de medicina de 16 años, y sus responsabilidades se limitaban a limpiar sus habitaciones, lavar su ropa y servir sus comidas. Noraida estaba contenta. Tenía un horario regular, se entretenía con las demás empleadas y, mejor aún, podía mandar todo su sueldo de 200 dólares a sus padres; con ese dinero, ellos comprarían un trozo de tierra y se construirían una casa.

Dos años y medio más tarde, Noraida volvió brevemente a su pueblo antes de conseguir otro empleo a través de la misma agencia. Esperaba poder ahorrar algún dinero para ella, mientras seguía ayudando a su familia. En su primer contrato, muy pocos migrantes ahorran lo suficiente para mantener a su familia por mucho tiempo. Además, las oportunidades de empleo y las fuentes de subsistencia son tan escasas en Filipinas que la mayoría de los retornados vuelve a buscar un empleo en el extranjero. Sus hijos y nietos pueden seguir su ejemplo. Pero esta vez, Noraida fue recibida de otro modo:

El marido era amistoso, pero la mujer era muy antipática y los chicos no querían estar conmigo. Al principio no me preocupé mucho, pensé que todo se iba a arreglar.


"Como trabajan en espacios privados, lejos de la mirada pública, las trabajadoras domesticas son particularmente vulnerables a la explotación. "

No fue así. La familia vivía en una casa de dos plantas con dos salones, cuatro dormitorios y siete baños. Cada día, Noraida tenía que limpiar y barrer toda la casa, lavar y planchar, cocinar cada comida y cuidar a los chicos: un bebé que tenía un mes cuando ella llegó y una niña de 4 que debía ser bañada, vestida y llevada a la escuela.

Mi día empezaba a las 5.30 cada mañana y no solía terminar antes de medianoche, porque mi patrona me gritaba, me insultaba, me pegaba en la cabeza si no estaba todo hecho. Me explotaban, yo detestaba que me insultaran y me pegaran. A veces el marido intervenía. Me decía "no le hagas caso, ella es así", y trataba de calmarla.

Al cabo de unas semanas, Noraida empezó a contestarle a su patrona a los gritos; nunca lo había hecho antes. En su tercer mes ya desesperaba por huir.

Trabajaba día y noche y de todas formas mi patrona no estaba satisfecha. Me sentía sola, extrañaba mi casa. No tenía acceso al teléfono, ni siquiera me dejaban hablar con mis padres. Lo único que quería era irme.

La oportunidad llegó un mes después. El marido le había pedido una taza de té; cuando Noraida se la dio, sus manos se tocaron al pasar. La esposa lo notó: a la mañana siguiente no fue a trabajar y, cuando su marido salió, empezó a insultar a Noraida. La llamó "mujer sucia" y la empujó. Noraida la amenazó con irse. La patrona le contestó que la puerta estaba abierta, que se fuera.

Y eso fue lo que hice: me fui de la casa. Estaba tan enojada y nerviosa… No me llevé nada, ni dinero ni nada, y ni siquiera sabía dónde estaba yendo.

Cuando salía apareció el marido. Le preguntó por qué lloraba y trató de calmarla, pero ella insistió en ir a la agencia que la había traído; él la acompañó. Allí, Noraida se quejó de que, aunque la habían contratado como niñera, estaba haciendo todo el trabajo de la casa, y que no le habían pagado el sueldo del mes anterior. El marido dijo que no podía hacer nada porque su esposa decía que no le pagaría a menos que Noraida mejorara su rendimiento.

Noraida no tenía más opción que seguir trabajando para la familia: si rompía su contrato tendría que pagar su pasaje de vuelta. Así que aceptó trabajar tres meses más y volvió a la casa.

La calma duró un par de semanas. Después volvieron los gritos y los insultos. La mujer y yo nos peleábamos todo el tiempo, y yo era una especie de prisionera. Los patrones empezaron a llevar a su hija a la escuela, así yo no salía de la casa. Cuando no estaban, desconectaban el teléfono y me encerraban con llave desde afuera.

Un par de veces Noraida pudo conectar el teléfono y quejarse a la agencia. Pero eso sólo empeoró las cosas: la agencia le decía a sus patrones que había llamado y la mujer se enfurecía. Más tarde, Noraida se enteró de que otras dos chicas habían dejado a esta familia antes de completar sus contratos.

Así que al cabo de siete meses Noraida estaba de vuelta en la casa de sus padres. Volvió con las manos vacías: no tenía nada para mostrar más allá de las lastimaduras que le había hecho su patrona el día antes de partir, cuando la empujó contra un mueble.

Noraida decidió que nunca más emigraría. Unos meses después se casó con Alam, un vecino de 27 años, con la esperanza de construirse una nueva vida en las Filipinas. No es fácil. Alam se gana la vida vendiendo cedés pirateados, Noraida se ocupa de su hija de meses. Viven con los padres de ella en un espacio oscuro dividido en dos piecitas y una cocina. El resto de la casa está alquilado, y Noraida y Alam comparten lo que queda con los padres, dos hermanos desempleados y seis sobrinos, hijos de sus hermanas que trabajan en el Golfo.

En la casa no hay nada: ni muebles ni artefactos ni ningún bienestar, aunque Noraida tiene cuatro parientes cercanas que trabajan en el exterior. Los chicos juegan en la calle junto a una cloaca. La ropa cuelga de la pared, amontonada. En la cocina se acumulan los platos sucios y el horno necesita un arreglo. Nadie cocina, y la familia sobrevive con el arroz que preparan en la arrocera, y un poco de curry comprado en el mercado.

¿Cuál es la diferencia entre tu vida aquí y tu vida en el Golfo?

Yo diría que es la diferencia entre pobreza y riqueza. Aquí nuestras vidas están tan llenas de problemas, de necesidad. Mis padres llevan la casa, nosotros ayudamos lo que podemos. A veces las madres de los chicos mandan un poquito de plata, pero nunca alcanza. Y los otros no pueden ayudarnos, porque tienen sus propias familias que mantener.

Noraida está en una encrucijada, llena de incertidumbre. Su última experiencia en el extranjero la marcó, y no querría volver a buscar un trabajo afuera. Pero si quiere salir y sacar a su familia del pantano donde están, quizás no le quede más opción que volver a emigrar.