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Chapter 1 Natalia
MOLDOVA, VÍCTIMA DEL TRÁFICO DE PERSONAS

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La ruta de los traficantes de Natalia
la llevó desde Moldova a través de Rumania y varias otras fronteras nacionales hasta un país donde sufrió explotación y abuso.

En 1990, cuando Natalia tenía siete años, su madre murió de cáncer. Natalia estaba convencida de que se había enfermado porque su padre le pegaba demasiado, y ella no había sabido defenderla. Pero su padre no estaba haciendo nada fuera de lo común: en Moldova hay un refrán muy popular que dice que "una mujer sin golpear es como una casa sin barrer".

Natalia se quedó sola con sus cuatro hermanos y su padre, que trabajaba en el campo. Él le pegaba, le decía que era una carga para la familia, que para qué mandarla a la escuela. Y sus hermanos no la trataban mucho mejor. Natalia empezó a buscar pequeños trabajos para ganarse la vida.

Nunca entendí por qué no me querían, por qué me maltrataban todo el tiempo.

A los 14, Natalia se empleó en la casa de una vecina: limpiaba, cuidaba los animales, cortaba leña. Tres años después le pidió ayuda: quería seguir su educación. Natalia pudo empezar a cursar un profesorado de educación física y artes marciales, hasta que se le acabó la plata y tuvo que volver a trabajar. Volvió a su casa; para congraciarse con su padre y su hermanos les daba casi todo su dinero, pero ellos le seguían pegando. Cuando se sentía muy sola, Natalia subía al cementerio y le contaba a su madre sus desdichas. Al tiempo decidió irse a Kishinau, la capital, y consiguió un trabajo en el mercado central; sus hermanos fueron a buscarla y se la llevaron de una oreja, porque alguien tenía que ocuparse de la casa.

Cuando cumplió 19, Natalia aceptó la propuesta de un muchacho de un pueblo vecino: se casarían y se irían juntos. Ella no estaba enamorada, pero era la única forma de empezar otra vida. Al principio todo fue feliz: consiguieron trabajo y una pieza en Kishinau, se reían, la pasaban bien juntos. Hasta que él empezó a celarla demasiado y a reprocharle cada centavo que gastaba; discutían, le pegaba. Cuando un médico le dijo que estaba embarazada, ella tuvo miedo de su reacción; él, al principio, pareció contento. Después empezó a decirle que si ella dejaba de trabajar él tendría que mantener a los tres, que por qué no se había cuidado mejor, y le pegaba más.

En esos días su marido le dijo que se fueran a Italia, a labrarse un futuro. Natalia aceptó: como todo el mundo, había escuchado historias de emigrantes exitosos. Su marido le presentó un amigo que les conseguiría papeles, les prestaría la plata; ellos se la devolverían más adelante. El amigo era un cuarentón simpático, sofisticado, inteligente. Ella, ahora, lo llama el señor X.

¿Nunca habías oído hablar del tráfico de personas?

Yo no miraba la televisión, no leía los diarios. Había escuchado algunas cosas, pero no las creía. Y, de todas formas, uno siempre piensa que esas cosas les pasan a los otros.

Su marido la convenció de viajar primero, a trabajar como mucama para la hermana del señor X; él la seguiría poco después.

Yo tenía muchas ganas de irme: pensé que le iba a dar una vida mejor a mi hijo.

Esa tarde Natalia se subió al coche del señor X y, a poco de andar, se quedó dormida. Se despertó, ya de noche, en un descampado junto a un río; en el coche había dos chicas más que le dijeron que estaban en Rumania. El señor X les ordenó que se bajaran a caminar un rato. Natalia le preguntó por qué; él le dijo que obedeciera y se callara. Natalia empezó a llorar y pensó que algo terrible estaba por pasar.

Caminaron entre sombras, en medio de ninguna parte. Al fin encontraron un coche con tres hombres adentro. El señor X se acercó: Natalia vio como los hombres le daban muchos dólares. Natalia trató de escaparse, pero entre todos la agarraron, le pegaron, la patearon. Desde el suelo, Natalia le dijo al señor X que se iba a arrepentir, que iba a volver a Moldova a buscarlo y se iba a arrepentir. El señor X se rió y le dijo que nunca iba a volver porque alguien muy cercano a ella se había asegurado que eso nunca sucedería.

Tardé un tiempo en saber que mi marido me había vendido por 3.000 dólares. ¡Mi marido! No puedo imaginar una traición peor que ésa.

Natalia gritaba desde el suelo. Sus nuevos dueños albaneses la esposaron y sacaron una jeringa: la iban a drogar para el viaje. Natalia quiso decirles que no, que estaba embarazada; pero no hubo caso.



"Las jóvenes traficadas que logran escapar de sus captores deben tener acceso a lugares seguros donde residir y recuperarse mientras se preparan para volver al mundo real."

Se pasó el viaje entre sueños y alucinaciones -y amenazas y golpes -. En algún momento, sabe, la violaron: se despertó desnuda y dolorida en el baúl de un jeep. Tenía tanto miedo.

En algún lugar la bajaron de un bus y tuvo que caminar horas y horas por montañas con otras seis chicas. Una trató de escaparse y la mataron; Natalia se peleó con uno de los guardias: le rompieron un brazo, le pegaron hasta cansarse. Terminó en una casa de un pueblo donde un señor le dijo que la había comprado y que tendría que trabajar duro para él. Como bienvenida, dos matones la ataron y la violaron.

Durante el día estaba encerrada en mi cuarto. A la noche me sacaban, me daban alcohol y me obligaban a satisfacer cada deseo de los clientes.

Una noche se sintió mal y tuvo que contarle a su patrón que estaba embarazada; él le dijo que no se preocupara. Un supuesto médico le forzó un aborto; Natalia se pasó tres días llorando sin parar.

Semanas más tarde encontró el modo de escaparse y refugiarse en un convento; las monjas, al cabo de unos días, le dijeron que se fuera, que tenían miedo. De vuelta en la calle, su patrón la encontró enseguida, pero estaba harto de ella y la vendió barata. Su nuevo patrón le prometió que, si se portaba bien y le devolvía lo que le había costado, en unos meses la dejaría ir. Cada noche, Natalia tenía que bailar y "satisfacer a los clientes".

Eran unos animales, tipos sin alma, enfermos, perversos, violentos.

Natalia, ahora, se atrapa con el dedo una lágrima, la mira como si fuese un enemigo. Sus manos pequeñas retuercen un plástico con odio.

Pasaron varias semanas hasta que un cliente habitual le propuso ayudarla; Natalia se escapó y se refugió en la casa del cliente, que quería obtener gratis las prestaciones del burdel. Natalia huyó otra vez; corría por un campo cuando oyó un coche: eran los matones del prostíbulo. La agarraron, trataron de meterla en el coche; ella les dijo que prefería morirse que volver allí, y consiguió soltarse. La persiguieron con el coche, la atropellaron, la dejaron por muerta en el camino.

¿Qué harías si te encontraras con tus secuestradores?

Natalia se ríe, por primera vez en esta larga charla se ríe de verdad.

Les pasaría por encima con un coche.

Natalia se despertó en un hospital, tras tres días de coma profundo. Los médicos le dijeron que quizás no volviera a caminar. La recuperación necesitó varias operaciones y seis meses de convalecencia; allí supo que también tenía una hepatitis B. Natalia empezaba a temer que tampoco volvería a Moldova cuando apareció un abogado turco que le dijo que le pagaría el pasaje de vuelta. Natalia pensó que lo había mandado su patrón para alejarla y evitar que lo denunciara a las autoridades. O quizás no: Natalia nunca supo.

Cuando llegó al aeropuerto de Kishinau no la esperaba nadie. Fue a su pueblo a ver a su familia pero su padre y sus hermanos no quisieron hablarle, le dijeron que para ellos ella estaba muerta: que era una desagradecida, que se había ido y ni siquiera les había mandado plata. Natalia nunca les contó lo que le había pasado, y se fue a la casa de una tía, en otro pueblo. Su tía no le hizo muchas preguntas pero le permitió quedarse, lamerse las heridas. Natalia estaba preocupada porque no podía trabajar en la casa -para pagarle sus ciudados- y porque no quería dar pena. Un día, todavía en muletas, se fue a Kishinau, a buscar un trabajo y una vida propia. A su tía le dejó una cinta grabada con su historia, porque quería que la supiera pero le daba vergüenza contársela cara a cara.

En Kishinau, Natalia tuvo que dormir en un parque hasta que consiguió trabajo en un jardín de infantes, donde el director le permitió dormir si nadie se enteraba. Nunca salía del jardín: trabajaba de día, se refugiaba de noche. Tras unos meses, un primo le habló de la hot-line de La Strada, una ONG que lucha contra el tráfico de personas; Natalia llamó, vino al refugio que mantiene la Organización Internacional para las Migraciones, y aquí es donde está ahora tratando de recuperarse de sus heridas físicas y psíquicas. Natalia habla con ojos bajos, la voz baja, monocorde, muy cerca del llanto. Cada palabra es una búsqueda, un titubeo, una zozobra.

¿Por qué hablas con nosotros?

Bueno, yo primero quería ocultar mi historia, porque acá cuando se enteran no te tratan como víctima sino como culpable. Pero ahora sé que tengo que contarlo: si no, me voy a pasar toda la vida pensando en esos meses. Contarlo es la manera de dejarlo atrás y de ayudar a que no le pase a otras chicas como yo.

¿Qué esperas del futuro?

Natalia se calla, piensa, intenta una sonrisa.

"Qué pregunta difícil." Dice



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