Chapter 1 Falcao
COLOMBIANO, FUTBOLISTA EN ARGENTINA

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La migración de Falcao
lo llevó a dejar Colombia para jugar en uno de los mejores equipos de fútbol de la Argentina, donde sueña con pasar algún día a uno de los grandes clubes europeos.

Esa mañana, octubre 2005, Radamel Falcao García Zárate se puso realmente nervioso. El director técnico de River Plate, uno de los equipos de fútbol más importantes de la Argentina, acababa de convocarlo a su habitación:

Esta tarde salís de titular en la primera, pibe. No te pongas nervioso, que todo va a salir bien. Pero no se lo digas a nadie, eh. Ya se van a enterar cuando llegue el momento.

Era la hora de almorzar. El muchacho tenía náuseas, no podía pasar bocado. Sus compañeros tragaban los clásicos espagueti pre-partido; él no sabía qué hacer y, casi sin querer, pensaba en los años que había pasado preparándose para llegar a ese momento: toda su vida.

Aunque su preparación, en realidad, había empezado antes que su vida. Cuando nació, en Santa Marta, Colombia, en 1986, su padre lo bautizó con su propio nombre -Radamel- y el de un crack brasileño que admiraba: Falcao. Su padre era un jugador de fútbol profesional, que no llegó a hacer una gran carrera. Nunca duraba demasiado en el mismo club, y su familia lo acompañó por distintas ciudades de Colombia y Venezuela, al ritmo de sus contratos. Pero cuando llegó su primer hijo varón, Radamel decidió que sería un gran futbolista, y, para eso, lo bautizó con el nombre de su ídolo.

El pequeño Falcao aprendió a patear una pelota antes que a hablar. Sus primeros recuerdos son futbolísticos: su padre le enseñaba, lo alentaba, lo llevaba a sus partidos, a sus entrenamientos. Y él cumplió: nada le importaba más que la pelota. A los diez años, su padre se retiró del fútbol y la familia se instaló en Bogotá; allí Falcao se inscribió en un club y, muy pronto, empezó a llamar la atención de los entrenadores.

Entonces me convencí de que tenía condiciones para triunfar en esto y decidí que tenía que apostarle todo al fútbol, que mi futuro estaba ahí.

¿Cuándo fue eso?

Cuando tenía once, doce años. Empecé a participar en la selección de mi ciudad, primero, después de mi país: ahí ví que tenía que dedicar todo mi tiempo a eso, que tenía que vivir para el fútbol.

En América Latina, casi todos los chicos sueñan con ser futbolistas. Y muchos miles pueden mantener su sueño en la adolescencia: son los mejores, los que juegan en las divisiones infantiles de los clubes profesionales. Falcao fue uno de ellos -uno entre tantos- hasta que un sábado, cuando tenía 14 años, su entrenador le dijo que se alistara porque al día siguiente iba a viajar a Buenos Aires: un empresario le había organizado una prueba en River Plate.

Falcao estaba emocionado: la Argentina era una de sus metas. Siempre había seguido el fútbol argentino -uno de los más poderosos del continente- y, además, su entrenador conocía Buenos Aires y le hablaba de ella: al muchacho le gustaba la idea de esa "ciudad bien futbolera, antigua, linda, con diferentes estaciones, gente muy cálida, que habla tan gracioso: siempre fue mi sueño venirme para acá".

¿Estabas asustado?

No, no estaba asustado; estaba decidido, con mucho hambre de triunfar. Era la oportunidad de mi vida y, con la ayuda de Dios, no pensaba desaprovecharla.La prueba resultó: lo contrataron. Lo instalaron en una habitación de hotel y tuvo que aprender a vivir solo en una ciudad que no era la suya. Al principio no extrañaba nada; sólo al cabo de un año, cuando una lesión lo apartó del juego por unos meses, se desalentó y hubo momentos en que quería volver a su casa y olvidarse de todo. Tenía 16 años. A una edad en que la mayoría de los jóvenes está empezando a pensar qué estudiar, dónde trabajar, cómo orientar su vida, los pichones de futbolistas se juegan su destino. Muchos tienen que dejar sus ciudades, sus estudios, sus diversiones, sus amigos: saben que ésta será su única oportunidad.

Es una vida muy rutinaria: entrenar, cuidarse, acostarse temprano, ver que todos los demás hacen muchas cosas que uno no puede hacer. A veces me molestaba mucho, me impacientaba, pero entonces me decía que yo estaba acá por un objetivo, y que tenía que sacrificar todo para conseguirlo.

Nueve de cada diez no lo consiguen; a los 18, 19 años, se consideran unos fracasados: alguien que ya perdió la gran ocasión de su vida. Falcao no quería ser uno de ésos, y encontró fuerzas para resistir: para entrenar cada vez más, para aprender a ser fuerte y no dejarse tentar, para convencerse de que su meta es lo más importante. Un futbolista profesional debe ser un obseso de la competición y del triunfo.


"Si hace una década los jugadores emigraban cuando tenían 18 ó 20 años, ahora es común verlos partir de sus países a los 12."

A principios de 2005 Falcao fue promovido al plantel de la primera división -pero nunca jugaba-. Hasta aquella mañana de octubre, cuando su técnico le dijo que ése iba a ser su día.

Aquella tarde, cuando me estaba cambiando, me temblaban las piernas. Pero después salí a la cancha y me transformé. El estadio estaba lleno, la gente gritaba, y yo me dí cuenta de que tenía ese hambre, esas ganas de ganarle a cualquiera que se me pusiera enfrente, esa adrenalina, esa confianza. Es algo que no se puede explicar, hay que vivirlo.

Aquella tarde de octubre fue perfecta: River Plate ganó y Falcao metió dos de los tres goles. Al otro día todos los diarios hablaban de la nueva gran promesa, del muchacho que iba a terminar la mala racha de su equipo. En los seis partidos siguientes, Falcao hizo cinco goles más: se estaba transformando en un ídolo.

Es una sensación increíble: de pronto, de un día para el otro, te cambia la vida. No puedes ir a ningún lado, la gente te reconoce por la calle, tus compañeros te dan mucho más lugar.

Y puedes ganar mucha plata.

Sí, es impactante lo que ganan algunos futbolistas. Te llevas fortunas, y encima te pagan por lo que te gusta hacer: es como un juego de niños y te pagan, aunque también tienes que hacer muchos sacrificios, te pierdes muchas cosas. Pero hoy en día el futbolista es un modelo para mucha gente. Ya en cualquier publicidad los que venden son los futbolistas, mucha gente se viste como los futbolistas, se corta el pelo como los futbolistas. Es raro pensar que quizás alguna vez va a haber chicos que van a tratar de hacer las cosas que yo hago…

El 22 de noviembre de 2005 todo pareció derrumbarse: Falcao sufrió una lesión grave en la rodilla, que lo mantendría fuera de las canchas muchos meses.

Al principio me desanimé de verdad, me preguntaba por qué tenía que pasarme eso justo ahora, por qué Dios me había mandado una cosa así. Después me dí cuenta de que esas cosas tienen algún propósito: te sirven para ir moldeándote, para madurar, pueden ser positivas. Creo que esto me sirve para no perder la cabeza, para saber que no me la tengo que creer: que todo puede desaparecer en cualquier momento. Y entendí que tenía que mantenerme firme, acá, luchando.

Falcao sabe que la vuelta va a ser difícil: hay muchas jóvenes promesas que no pudieron superar una lesión -y hay, por supuesto, muchas que sí-. Ahora espera ansioso ese momento y sigue sus estudios: el año pasado empezó a cursar periodismo en una universidad porteña. No tiene mucho tiempo para su carrera, pero dice que es mejor hacer alguna otra cosa además del fútbol: educarse, abrir un poco la mente a otros espacios.

En el fútbol te puede ir muy bien y ser una gran estrella, te puede ir normal y jugar al fútbol como muchos, o te puede ir mal y no llegar a ser un futbolista. Es una lotería, uno nunca sabe lo que le puede pasar. Uno lo da todo para ganarla, pero también hay que estar preparado por si pierdes. Dependes de demasiadas cosas, la suerte, los equipos, las lesiones…

Falcao vive en un piso alto de una torre moderna en uno de los barrios más caros de Buenos Aires. Desde su living se ve el río, el estadio de River Plate y el campo de concentración más brutal de la dictadura argentina de los años setenta. Su padre, su madre, sus hermanas viven con él: el muchacho se ha convertido en el sostén de su familia. A través de todo el continente, padres y madres que hace veinte o treinta años hubieran regañado a sus hijos si los veían "perdiendo el tiempo con una pelota", ahora los alientan: el fútbol puede ofrecerles un nivel de ingresos mayor que ninguna otra actividad. La apuesta es alta, y Falcao no puede parar de imaginarse su futuro:

Yo pienso mucho en eso, tengo muchas ilusiones. Quiero ir a Europa, a jugar allá con los mejores del mundo.

¿Dónde te gustaría ir?

Al Real Madrid, al Milán, a los grandes…

¿Y te parece posible?

Sí. River vende jugadores a los mejores equipos del mundo. Todo depende de lo que yo pueda mostrar.

Para muchos jugadores latinoamericanos, Buenos Aires es una escala en el camino a Europa: la vidriera donde ofrecerse para dar el salto definitivo, el que les va a dar la riqueza y la fama que buscan desde chicos. Desde los doce, trece años, los pequeños futbolistas latinoamericanos que se destacan tienen una meta: mostrarse en sus equipos para que los "compre" un club europeo. Comprar es una palabra fuerte.

¿Y no te preocupa la idea de seguir cambiando de país?

No, la vida del futbolista es así, siempre moviéndose, buscando lo mejor. En esta profesión, si te va bien puedes llegar a conseguir todo lo que quieres, hasta los mayores lujos.

¿Qué lujos te gustaría darte?

Y, más que nada algún auto. Me imagino un beeme descapotable, esas cosas…

Falcao emigró por primera vez a los 14 años, y piensa que va a seguir haciéndolo. Conserva una relación fuerte con su país: sus compatriotas pueden admirarlo por televisión, ha jugado en su selección juvenil, y espera jugar en su selección mayor. Pero ya no está seguro de que algún día vuelva a vivir en Colombia:

Yo solía pensar que sí, pero ahora ya no sé. Me siento muy cómodo acá en la Argentina, si después voy a Europa quizás quiera quedarme en Europa. Quién sabe si voy a volver a vivir a mi país, después de todo esto.