Chapter 1 Edna
ZAMBIA, SEROPOSITIVA

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La migración del marido de Edna
lo llevó a puestos militares en la frontera entre Zambiay Namibia. Allí, supone Edna, contrajo su infección.

La noticia no fue sólo que tenía que dejar el colegio porque la plata no alcanzaba. Ese día sus padres también le dijeron que le habían conseguido un marido y que se casaría con él en un mes. Su madre le mostró una foto: el muchacho tenía veintipico y el traje de soldado le quedaba bien. Era el hermano menor de un vecino de su pueblo, Mpika, en el norte de Zambia; el vecino y sus padres habían arreglado todos los detalles de la boda.

La dote no fue mucho, unos 300.000 kwacha, porque yo soy una bemba, y los bemba no cobran muy caro sus mujeres.

Trescientos mil kwacha era el precio de un ternero. Edna tenía 17 años y pensó que esa boda era lo más lógico: si ya no podía ir a la escuela no tenía qué hacer en la vida.

Yo no lo conocía, claro, pero conocía a su familia, y mis padres lo habían elegido. Estaba bien.

Su padre era un empleado municipal jubilado, su madre ama de casa, y habían tenido 14 hijos: era difícil mantener a toda la familia. Cuando vio al soldado por primera vez, Edna se asustó un poco: era raro pensar que pasaría el resto de su vida con él. Pero sus padres lo habían decidido, y Edna había aprendido de sus mayores que los mayores siempre tienen razón.

Si no hubieras querido casarte con él, ¿qué habría pasado?

No sé.

Dice Edna, y se ríe: después dice que la idea nunca se le pasó por la cabeza. El soldado se la llevó a vivir en los alrededores del cuartel en Kabwe-Chindwin, en el centro del país. Edna estaba contenta; al cabo de un año nació su primera hija, su marido la trataba bien, las cosas funcionaban. Era cierto que el soldado no siempre estaba en casa -a menudo tenía misiones que lo mantenían lejos mucho tiempo-, pero cuando volvía solía traerle algún regalo, y solía embarazarla. A veces Edna se molestaba: era evidente que su marido, durante sus misiones, había estado con otras mujeres. Como aquella vez que se pasó seis meses en la frontera con Namibia: años después, Edna pensaría que fue entonces cuando empezó el desastre.

Pero también lo entendía: un hombre no puede pasarse tanto tiempo sin mujer, y su marido no era la excepción. Ella sí se mantenía fiel: las mujeres son algo diferente. Cuando su marido estaba fuera, Edna preparaba buñuelos y pasteles y los vendía en el mercado. El sueldo de él no estaba mal -había ganado su estrella de sargento-, pero siempre era bueno reforzarlo con algo.

Edna y su marido ya habían tenido dos hijos más -dos varones-, cuando él empezó a sentirse mal, débil. No era que estuviese enfermo todo el tiempo, pero a veces tenía esas crisis que lo dejaban días en la cama sin poder levantarse. Edna le insistía que fuera al hospital, que se hiciera atender. A principios de 2001 nació su cuarta hija; seis meses después murió el padre de Edna.

Al final de ese año la familia tuvo que ir a Kapiri, un pueblo cercano, para un funeral. Estaban caminando por la calle cuando de pronto el sargento cayó desmayado. Lo llevaron de prisa al hospital, y allí murió.

Edna se enfrentó a su nueva vida: no tenía padre ni marido que se ocuparan de ella y de sus cuatro hijos, y no sabía adónde ir, qué hacer. Unos días después del funeral encontró una carta que su marido le había dejado por si se moría: allí le contaba que se había hecho un test de VIH y que había dado positivo, pero había preferido no decírselo.

¿Qué sentiste cuando encontraste esos papeles?

Nada.

¿No te enojaste con tu marido?

Bueno, al principio me deprimí, me enfermé, me pasé dos semanas en el hospital. Pero después pensé que había muchas otras viudas en la misma situación y que ellas podían seguir adelante, así que yo también. Y ahora pienso que no vale la pena que me enoje con él, si de todas formas está muerto, no le puedo hacer nada.

Edna imaginó que su marido debía haberse contagiado aquella vez, cuando fue a Namibia. Pero eso no cambiaba nada.


"De los 6,2 millones de jóvenes que viven con VIH/SIDA en África al Sur del Sahara, tres de cada cuatro son mujeres."

Desde que supo que su marido había muerto de SIDA, Edna entendió que debía hacerse un test, pero tenía miedo. Durante dos años se resistió a saber; sospechaba, pero prefería seguir así. Hasta que un día juntó coraje y fue a una clínica. Tenía que volver una semana más tarde, por los resultados. Ese día, la enfermera que le atendió le preguntó si estaba preparada; Edna estaba muy nerviosa, no supo contestarle. La enfermera le dijo no, entonces váyase a su casa, prepárese, vuelva mañana. Edna supo que la enfermera le iba a decir lo que ya sospechaba.

"¿Y ahora que soy positiva qué tengo que hacer? Quiero que alguien me diga qué tengo que hacer." Le preguntó a la enfermera al otro día. La enfermera la mandó a hablar con gente de Corredores de Esperanza, una ONG que trabaja con grupos de alto riesgo como trabajadoras sexuales y camioneros, y con enfermos de VIH/SIDA. Le dijeron que empezaría un tratamiento con drogas antirretrovirales que ellos le conseguirían, que el VIH no era el fin del mundo, que podría vivir con eso muchos años. Y le enseñaron ciertas cosas: que ser positivo no era un estigma social, que tenía que aceptarlo y no callarlo. En Zambia, una de cada cinco personas es seropositiva y están aprendiendo a no esconderse. El SIDA es un tema central en la vida de Zambia: los carteles de la calle, los diarios, las televisiones, el gobierno, la gente, hablan del SIDA todo el tiempo. Casi la mitad de las camas de hospital del país están ocupadas por enfermos de SIDA, y los "huérfanos del SIDA" aumentan día a día.(1)

La enfermedad se encarnizó con Edna. En los tres últimos años, dos de sus hermanas murieron de SIDA, y ella las acompañó en sus últimos días y se quedó con sus cuatro hijos, además de sus propios cuatro. Y, hace unos meses, descubrió que su hija menor también era positiva.

Yo no sabía que mi hija podía estar infectada, no sabía que una nena tan chiquita podía ser positiva.

¿Qué hiciste cuando lo supiste?

Nada. Yo ya aprendí bastante sobre la enfermedad y fui capaz de aceptarlo. Ahora lo que tengo que hacer es cuidarla, quererla, ayudarla a que no se sienta aislada.

¿Te sentiste culpable?

No, eso es peor. Ya me enseñaron que si me concentro en sentirme culpable me voy a sentir débil, estresada, y eso es malo para mi enfermedad. Entonces me puedo morir antes, y voy a dejarla sola. Lo peor que le puedo hacer es sentirme culpable.

La nena tiene seis años y también está tuberculosa. Los médicos deben ocuparse primero de sus pulmones, antes de darle las drogas antirretrovirales. El gobierno, con un amplio apoyo internacional, trata de proveer las drogas que la mayoría de los enfermos no podía comprar: Edna las recibe en el hospital de Kapiri, el pueblo donde vive. En el hospital casi todos los médicos son extranjeros, voluntarios de Médecins sans frontières. Muchos médicos zambios emigran, cuando se reciben, a Inglaterra, Estados Unidos, Canadá; y el país tiene un déficit perpetuo de profesionales.

En el hospital local, Edna recibe también un suplemento alimenticio: no tiene mucha plata, y su dieta -tan importante para su tratamiento- no es la que debería. Edna gana algún dinero como educadora en temas de VIH/SIDA para diversas ONG locales, y sigue vendiendo comida en el mercado. Se la ve bien, activa, interesada, con una sonrisa muy grande todo el tiempo. Ha aceptado que su marido la engañaba y la infectó, que sus hermanas se murieron de SIDA, que su hija también es positiva, y todo con la sonrisa a flor de labios.

¿Cómo haces para aceptar tantas cosas?

Es lo que ya te dije: hablando con gente, con amigos, con personas que están pasando por las mismas cosas. Somos tantos que me doy cuenta de que también se puede vivir así, siendo positiva.

¿Y qué esperas para tu futuro?

Nada. Quiero hacer todo lo posible para que mis hijos vivan felices, quizás armar algún negocio para que ellos puedan vivir mejor. No sé, es eso, hacer algo bueno para mis hijos antes de morirme.

¿Tienes miedo de morirte?

No.

Dice, y se ríe.

¿Por qué no?

He visto morir a mucha gente. Mis hermanos, mis hermanas, mi padre, mi marido, todos se murieron. Yo me voy a morir algún día, pero no me da miedo. Las Escrituras dicen que sí que hay una vida después de esta vida, y yo les creo.

¿Cómo te la imaginas?

No, no me la imagino. No puedo imaginarla.

Edna dice que ahora no tiene novio y que no le preocupa, que no tiene ganas. Bueno, dirá después, hay un hombre que la está cortejando y hasta le propuso matrimonio. Ella le dijo que era positiva y él le dijo que no importaba, que la quiere igual. Pero el hombre es un comerciante de otro pueblo, que va a Kapiri de vez en cuando, y que ya está casado. Eso no sería un problema: él está dispuesto a convertirla en su segunda esposa. En Zambia, la ley y las costumbres permiten a los hombres tener varias mujeres. Pero Edna no está muy decidida: piensa que quizás sus hijos la pasarían mal con un hombre que no es su padre.

Y, de todas formas, si me caso, él tendría que usar un condón. Yo no quiero que él se enferme y que siga desparramando el SIDA.

¿Y él aceptaría usar condones con su esposa?

No sé, todavía no me animé a preguntárselo.