Chapter 1 Adama
BURKINÉS, INMIGRANTE EN ESPAÑA

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La migración de Adama
lo llevó desde Burkina Faso, a través de Mali, Argelia y Marruecos, hasta España, primero a las Islas Canarias y luego al territorio continental español. Su viaje duró más de tres años.

La suya era una vida sin historias. Adama S. nació en Uagadugú, la capital de Burkina Faso, en 1981, y nunca fue a la escuela. Su padre cultivaba mijo, maíz y mandioca en una tierra muy chiquita, apenas suficiente para alimentar a la familia. Cuando tenía 12 años, Adama entró de aprendiz en un taller mecánico; hacia los 15 ya era capaz de arreglar grupos electrógenos, y seguramente se habría quedado allí mucho tiempo si su patrón no hubiera muerto.

El taller cerró. Adama no podía instalarse solo; estaba desempleado, ya tenía 20 años, y empezó a preguntarse qué iba a hacer con su vida. Había oído tantas historias de vecinos y parientes que se fueron a Europa, y lo bien que les iba. Tenía unos 200 euros ahorrados: su decisión parecía obvia.

Primero pedí una visa a la embajada francesa, y no me la dieron. Pero yo no pensaba en ir a un país o a otro: yo lo que quería era ir a Europa. Me habían dicho que primero tenía que ir a España, porque es el único país europeo que tiene frontera con África, y de ahí puedes ir adonde quieras.

El viaje empezó bien: a principios de 2002, Adama se pagó un boleto de bus hasta Bamako, la capital de Mali. Tras unos días durmiendo en la estación, averiguó que podía tomarse otro bus hasta Gao y, una vez allí, conseguir una 4x4 que, por cien euros, lo llevaría a través del Sahara hasta Tamraset, ya en Argelia. El cruce duró cinco noches: de día, los veinte viajeros de la 4x4 se escondían en cuevas y esperaban el atardecer.

Todavía le faltaba mucho para llegar a Marruecos: tenía que atravesar Argelia. Adama viajaba de noche, clandestino; a veces caminaba; otras se subía a un camión. A veces se quedaba varado cuatro o cinco días en un oasis, sin encontrar transporte -o temiendo un control policial-; tardó casi dos meses en atravesar el desierto, la cordillera del Atlas, y llegar a la frontera marroquí. Allí unos traficantes lo cruzaron, en cuatro noches de caminata insoportable, hasta Oujda, y después un bus lo llevó hasta Nador, la ciudad marroquí vecina de Melilla.

Melilla es un territorio español en el continente africano, separado de Marruecos por un muro de rejas. Adama recorría esa reja cada noche, mirando Europa allí, tan cerca, al alcance de los ojos, y buscando la manera de entrar. Sabía que algunos saltaban, pero no parecía fácil. Tres años más tarde los migrantes inventarían la técnica de la avalancha: cientos de personas tirándose, juntas, contra la reja. Pero en esos días el salto era una empresa individual.

Una vez se acercó más de la cuenta: la policía marroquí lo arrestó y lo deportó a Argelia. Adama volvió a meterse clandestino en Marruecos -pero al cabo de dos meses la policía lo expulsó otra vez. Adama estaba derrotado y, además, hacía mucho que se le había terminado la plata. Era la época de la cosecha de aceituna: Adama trabajó dos meses, ganó un dinero, y volvió a Marruecos. Pero esta vez fue hacia Rabat: la reja parecía imposible, y quería probar la vía marítima, las famosas pateras: construcciones muy precarias de diez metros de largo y un solo motor.

En Rabat me pasé un año durmiendo en la calle, comiendo de la basura. No tenía un centavo, no conocía a nadie, no conseguía ningún trabajo. Si los marroquíes tampoco tienen. Sufrí demasiado. Me quería volver a mi país, pero para eso también necesitaba plata.

Un día, desesperado, Adama fue a entregarse a la policía para que lo devolvieran a su casa. Un oficial le gritó que si quería volver se buscara los medios. Adama pensó que ya no podía llegar más bajo.

En mi país por lo menos comía. Estaba muy desalentado. Pero seguí adelante, porque tenía que encontrar mi vida.

Su suerte empezó a cambiar. Conoció a un maliano que le ofreció compartir su pieza y lo contactó con un organizador de viajes en pateras: el hombre, un ghanés, le propuso trabajar para él. Adama tenía que buscarle clientes que pudieran pagarle entre 1000 y 1500 euros: si le mandaba veinte se ganaría el viaje. Uno de esos días, Adama consiguió un teléfono: quería avisar a sus padres que seguía vivo, aunque todavía en Africa. Cuando por fin pudo comunicarse, su madre le contó que su padre había muerto.

Me dijo que lo habían envenenado. Pero nunca conseguí saber qué le pasó, porque todavía no pude volver a mi país.

Al principio, Adama no cazó ningún cliente: nadie le creía. Pero de a poco se hizo conocer y, hacia fines de 2004, ya había mandado unos cuarenta: se había ganado el viaje. Llevaba dos años esperando ese momento.


"Los migrantes suelen ocupar empleos en el nivel más bajo del mercado laboral o puestos que los nacionales no quieren tomar."

Desde Rabat, una 4x4 lo llevó -junto con otros veinte hombres- hasta un escondite en el desierto, donde debían esperar que los policías que sus traficantes habían sobornado estuvieran de turno. Allí pasaron varios días sin agua; Adama vio cómo otros se bebían su orina, pero no quiso hacerlo. Una tarde volvieron a cargarlos en una camioneta que los dejó en la costa del Atlántico: el traficante les dijo que para embarcarse tenían que tirar todos sus documentos de identidad.

En aquella playa, a la luz de la luna, Adama tuvo una última sorpresa: los marroquíes que trabajaban para el traficante les sacaron todo: plata, ropa, relojes. Adama trató de defenderse y lo hirieron con un cuchillo en la mano. Así que se subió a la patera con un pantalón corto y una remera: era todo lo que tenía en el mundo. Pero estaba por navegar a Europa.

El capitán de la patera era un pescador de Gambia -que se ganaba el viaje conduciéndolo- y le pidió que se ocupara de la brújula: que tenían que seguir siempre en la dirección 340, que si se desviaban se morían. Después le dijo que el viaje no sería complicado, que en menos de un día llegarían a las Islas Canarias. Y que, si naufragaban, ellos dos se salvarían: eran los únicos que tenían esos bidones de plástico que les permitirían flotar hasta que los salvaran.

Eso me dejó más tranquilo, yo por lo menos no me iba a morir. Pero igual estaba muy nervioso. Hasta ese día yo nunca había visto el mar.

Las primeras horas del día fueron calmas; al mediodía el mar se embraveció, pero la patera siguió adelante. A media tarde vieron la costa de una isla; poco después, un barco de la marina española los detuvo y los subió a bordo. El alivio de Adama duró poco: los guardias civiles creyeron que era el capitán y empezaron a interrogarlo. Adama no quiso decirles que era el otro: entre aventureros, dirá después, no se hacen esas cosas. Pero al fin identificaron al gambiano, y lo detuvieron y lo deportaron. Fue el único: todos los demás recibieron comida, ropa y refugio en un albergue del gobierno donde pasaron los cuarenta días de reglamento.

(Durante esos cuarenta días, la policía española interroga a los inmigrantes ilegales y expide órdenes de expulsión a aquellos que no tienen razones legales para permanecer en la UE. Pero generalmente esas órdenes no se pueden cumplir, porque los migrantes no tienen una identidad determinable, o porque sus países no aceptan recibirlos. Por eso deben deshacerse de su documentación: esa renuncia a la identidad es la paradoja legal que permite que miles de africanos se queden en Europa.)

En Canarias, Adama no sabía qué iba a ser de él: una noche lo llamaron y le dijeron que al día siguiente lo llevarían a Madrid, y lo liberarían. Adama aceptó una propuesta de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado para pasar tres meses en un pueblo castellano, aprendiendo español. En mayo de 2005 estaba de vuelta en Madrid, ya fuera del circuito asistencial: ahora sí tenía que buscarse la vida.

Durante un mes, Adama durmió en un parque, con otros cientos de africanos. Hasta que recibió una oferta de un hombre de Sierra Leona: le daría su documento de identidad para que pudiera trabajar, y a cambio Adama tendría que pagarle 100 euros por mes.

Y yo lo hice, porque no vine acá para quedarme con los brazos cruzados.

En España hay miles de inmigrantes en esa situación: explotados por otros inmigrantes que consiguieron sus papeles y, también, por sus patrones locales. Ahora Adama trabaja de jardinero para una empresa constructora y vive en un suburbio de Madrid en una habitación que le cuesta demasiado. Gana, cada mes, 650 euros: se gasta la mitad en alojamiento, 100 en comida, 50 en transporte, 100 para su explotador, le manda algo a su madre -y no le queda nada.

No, todavía no encontré nada de lo que buscaba cuando me fui de mi país. No tengo plata, no tengo papeles. Yo sufrí mucho para llegar acá, dormí en las calles, caminé por el desierto, pero ahora que estoy acá sigo sufriendo. Yo creía que tenía que sufrir para llegar, pero que acá se iban a acabar los sufrimientos

Adama insiste en que España le gusta mucho, cien por cien, aunque a veces son un poco racistas: la gente, dice, es racista, lo mira raro muchas veces, pero el gobierno no es racista, el gobierno trata bien a la gente de África. Su gran problema son los papeles: los abogados le dicen que tendrá que esperar tres años hasta obtener un documento que le permita trabajar legalmente. Por eso le dio todo su dinero a un español que le contó que se lo iba a conseguir enseguida -y desapareció. Cuando suceden esas cosas, dice, se siente muy desalentado, y le preocupa el tiempo. El tiempo pasa: cuando salió de su país tenía 20 años y ahora tiene 24 y todo sigue igual y su vida se le escapa. Adama dice que está demasiado afligido por su futuro como para divertirse: que a veces juega al fútbol los fines de semana, pero que ni piensa en salir con mujeres, que ya tiene demasiados problemas como para pensar en eso.

Yo no digo que me falta ni que no me falta una mujer. Si la buscara la conseguiría. Pero lo que yo busco es mi plata. Yo dejé muchas mujeres en mi país para venir a buscar mi plata. Cuando tenga mi plata me puedo volver a mi país a casarme. Pero primero tengo que hacer mi plata, y así mis hijos van a tener un futuro. Si mi padre hubiera hecho lo que yo estoy haciendo ahora, yo no tendría que sufrir así.

Es probable que la historia de Adama sea o no sea cierta. Muchos africanos que tratan evitar ser deportados de España pretenden, por ejemplo, que vienen de países en guerra, para pedir asilo político. O dicen que son ciudadanos de países que no aceptan devoluciones, para impedir que los deporten. Son miles de personas inventándose vidas para buscarse una vida mejor que ésa que no quieren recordar. A veces, la salvación es tener una buena historia. Pero la salvación puede ser dura de alcanzar.

Y si las cosas siguen así, ¿te volverías a tu país?

¿Cómo voy a volver sin plata? ¿Qué le voy a decir a mi mamá, a mi familia? Es imposible. Prefiero morirme. Igual si vuelvo así, me voy a morir de vergüenza. No, no puedo volver. Sería la peor vergüenza.