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El VIH/SIDA y la Pobreza
Hacia 2010, en todo el mundo habrá unos 40 millones de niños
huérfanos debido a la pandemia. La muerte de adultos jóvenes en
edad activa y el aumento del número de viudas, viudos y huérfanos
incrementará la tasa de dependencia, así como la de pobreza. El
SIDA ya se ha transformado en la principal causa de defunción de
adultos en África y las proyecciones sugieren que el aumento en las
defunciones, el menor número de alumbramientos y la menor
fecundidad frenarán el crecimiento de la población, o incluso la
harán decrecer. La esperanza de vida está disminuyendo y en
algunos países ya se ha rebajado entre 10 y 15 años. Hacia 2010, los
países de África al Sur del Sahara tendrán 71 millones de personas
menos que las que habrían tenido en ausencia del SIDA. El resultado
es que se cierne una amenaza sobre las economías, las estructuras
sociales y la estabilidad política de sociedades enteras
(9).
AGOTAMIENTO DE LOS SERVICIOS DE SALUD Durante el decenio
de 1990, en la mayoría de los países de África el paludismo, la tuberculosis
y, cada vez más, el VIH/SIDA, han abrumado los sistemas de
atención de la salud, en momentos en que los programas de ajuste
estructural obligaban a los gobiernos a reducir presupuestos de
salud que ya eran insuficientes y transferir gran parte del costo de
los servicios desde el Estado hacia los individuos. El resultado fue
privar a muchos africanos de todo tipo de atención de la salud
(10).
Al mismo tiempo, hubo un pronunciado aumento en la incidencia
del VIH/SIDA entre los agentes de salud; en Malawi y Zambia,
por ejemplo, se registraron quintuplicaciones y sextuplicaciones de
las tasas de enfermedad y defunción de los agentes de salud. Así, el
personal está diezmado, debe esforzarse por superar el estrés, está
sobrecargado de trabajo y agobiado por el temor, y se ve obligado a
enfrentar una crisis de proporciones explosivas. Los costos de los
nuevos procedimientos de seguridad y la pérdida de tiempo y mano
de obra han agravado la escasez de los servicios de salud y los han
hecho más costosos, colocándolos fuera del alcance de muchas personas
infectadas y dejando a miembros de la familia carentes de
capacitación - a menudo ancianos - encargados de atender a los
pacientes en el hogar.
Las diferencias en los servicios de salud y en el acceso a un
tratamiento asequible del VIH/SIDA determinan las tasas de supervivencia
y crean divisiones entre países y comunidades ricos y
pobres. En momentos en que continúan los esfuerzos por reducir los
precios de los medicamentos y brindar tratamiento a mayor cantidad
de personas, los servicios de salud pública determinarán la capacidad
de los hogares y las comunidades para enfrentar la epidemia.
Si no se proporcionan servicios de salud, sean cuales fueren las dificultades
para sufragar los gastos a corto plazo, esto redundará en
un desastre para el desarrollo y la erradicación de la pobreza.
(11).
DESINTEGRACIÓN DE LOS SISTEMAS EDUCACIONALES La educación
ayuda a los individuos a protegerse a sí mismos contra el VIH.
En Zambia, por ejemplo, los datos de vigilancia en Lusaka muestran
que la tasa de prevalencia del VIH entre las mujeres de 15 a 19 años
de edad disminuyó desde 27% en 1993 hasta 15% en 1998 y que la
disminución fue mayor entre las jóvenes que poseían educación
de nivel secundario y más alto. En ausencia de una vacuna
médica contra el VIH, la educación puede proporcionar una
"vacuna social"
(12).
El SIDA está privando a los niños de su educación, puesto que se
está cobrando las vidas de maestros y administradores de escuelas,
menoscaba la calidad de la enseñanza, aumenta los costos y debilita
la demanda. Los niños que pierden a ambos progenitores a causa de
la epidemia tienen mucha menos probabilidades de seguir asistiendo
a la escuela
(13). Las niñas tienen muchas más probabilidades que los
niños varones de permanecer en el hogar para atender a los
parientes enfermos u ocuparse de tareas domésticas, de modo que
las ancianas puedan cuidar a los enfermos. Tal vez los niño se transformen
en las únicas fuentes de ingreso del hogar, si los adultos en
edad activa están enfermos y los demás miembros de la familia son
o demasiado viejos o demasiado jóvenes para trabajar.
En la República Centroafricana, un 85% de los maestros que
fallecieron entre 1996 y 1998 tenían reacción serológica positiva al
VIH y, en promedio, fallecieron 10 años antes de la fecha prevista
para su jubilación
(14). En Kenya, el número de víctimas entre los
maestros aumentó desde 450 en 1995 a 1.400 en 1999. Côte d'Ivoire
y Malawi pierden al menos un maestro por día.
En un reciente foro en el Camerún se estimó que un 10% de los
maestros y un 20% de los estudiantes podrían contagiarse con el
VIH en los próximos cinco años
(15). En el foro se exhortó a combatir
la ignorancia, el secreto, la denegación y el temor al estigma y
la discriminación que aún predominan en las escuelas y los
colegios. Los participantes expresaron que era necesario impartir
educación sobre el VIH/SIDA en las escuelas, pese a los tabúes y los
obstáculos culturales.
Entre otras propuestas recientes cabe mencionar subsidios
públicos a las escuelas o subsidios directos a los hogares en zonas
pobres o gravemente afectadas, a fin de reducir los costos de la
educación e impedir que los niños abandonen la escuela. Si fuera
posible mantener las escuelas abiertas y en funcionamiento, con
ninguna tolerancia del abuso sexual, dichas escuelas podrían transformarse
en centros de consolidación de la respuesta de toda la
comunidad al SIDA y proporcionar liderazgo participatorio dentro
de la comunidad.
EFECTOS ECONÓMICOS El VIH/SIDA ya está frenando el crecimiento
y las actividades en la economía de los países más afectados.
Según se estima, en el decenio de 1990 el SIDA redujo en un 0,8%
el crecimiento económico anual per cápita en África. Los modelos
sugieren que en los países más gravemente afectados, en los próximos
años se reducirá el crecimiento per cápita entre 1 y 2 puntos
porcentuales. Esto significa que después de dos decenios, muchas
economías serán entre 20% y 40% más pequeñas que lo que habrían
sido en ausencia del SIDA
(16). Al mismo tiempo, el VIH/SIDA requiere
recursos públicos adicionales para organizar acciones de prevención,
proporcionar tratamiento, mantener otros servicios de salud y
atender a los huérfanos y otros dependientes.
Los enfermos trabajan con menor rendimiento y a menudo están
ausentes. Su muerte, aparte de la tragedia humana que entraña,
perturba el lugar de trabajo, reduce la productividad, anula las
inversiones en capacitación e impone la necesidad de capacitar a
reemplazantes. Las empresas no pueden planificar cuando el futuro
es tan incierto.
Las enfermedades y las defunciones debidas al SIDA tienen una
curva similar a la de contagio con el VIH, con un desfase de varios
años, de modo que la prevalencia del VIH puede utilizarse para
efectuar proyecciones del número de futuros casos de enfermedad,
muerte y orfandad. Los datos distan de ser perfectos, pero la epidemia
tiene ahora suficientes años de existencia como para poner de
manifiesto los apreciables costos que acarrea
(17). En abril de 2002,
una de las empresas mineras principales de Sudáfrica, GoldFields,
estimó que la epidemia de VIH/SIDA agregaría hasta 10 dólares por
onza a los costos de extracción de oro.
Muchas empresas han tratado de transferir la carga reduciendo
las prestaciones, contratando mano de obra temporal y tratando de
que el Estado absorba las cargas de atender a los enfermos y capacitar
a los reemplazantes. Pero esta estrategia, en última instancia, es
contraproducente porque los gobiernos, para sufragar los costos,
deben recurrir a nuevos impuestos al sector privado.
Además, es evidente que los gobiernos enfrentan exactamente
los mismos tipos de problemas. Los funcionarios están enfermando
y muriendo: hay menos maestros en las escuelas, menos agentes de
policía en las calles, menos enfermeras en las clínicas y menos trabajadores
sanitarios que recojan la basura. Sin personal dotado de
experiencia, el gobierno en todos los niveles se desintegrará, lo cual
amenazará no sólo el desarrollo económico sino la viabilidad de la
infraestructura, como caminos y aeropuertos, los mecanismos como
la policía y la recaudación impositiva, y llegado el caso, la cohesión
de la propia trama social.
Los perjuicios en el sector rural son igualmente graves: en
Zimbabwe, las granjas familiares experimentan pérdidas del 40% al
60% en la producción de maíz, cacahuetes y algodón después de una
defunción debida al SIDA
(18). Las pérdidas no atañen solamente al
ingreso: los nutritivos cultivos de verduras y los árboles frutales son
reemplazados por cultivos de tuberosas feculentas que requieren
menos mano de obra; tal vez se venda el ganado para comprar medicamentos,
con lo cual se pierden fuentes de alimentos nutritivos
como leche, carne o huevos. Esos cambios acarrean una crónica
inseguridad alimentaria y altos niveles de malnutrición proteica,
que deterioran aún más el sistema de inmunidad y preparan el
terreno para las infecciones.

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