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Macroeconomía, Pobreza, Población y Desarrollo
La mitad de los adelantos en cuanto a crecimiento económico atribuibles
a la población han dimanado del aprovechamiento del
dividendo demográfico y la otra mitad, de la transferencia del consumo
económico hacia los pobres(12).
Son numerosos los mecanismos
que contribuyen a este efecto: por ejemplo, las menores tasas de
fecundidad aumentan la participación de la mujer en la fuerza
laboral y contribuyen a mejorar la salud y la nutrición de la familia.
Las familias más pequeñas reducen la tasa de dependencia intrafamiliar
y acrecientan los incentivos para obtener ingresos que no se
limiten a las necesidades básicas de la vida.
Los datos demográficos y económicos a largo plazo correspondientes
a 45 países en desarrollo indican que las altas tasas de
fecundidad acrecientan la pobreza, al frenar el crecimiento económico
y distorsionar la distribución del consumo en detrimento
de los pobres. La reducción de la fecundidad - reduciendo la mortalidad,
aumentando la educación y mejorando el acceso a los
servicios, especialmente los de salud reproductiva y planificación
de la familia - contrarresta aquellos dos efectos. Los efectos a escala
nacional sobre la reducción de la pobreza se ponen de manifiesto a
juzgar por el incremento medio del PIB y las cifras correspondientes
al consumo.
En 1980, el promedio de incidencia de la pobreza era 18,9%, aproximadamente
una de cada cinco personas. Si durante el decenio de
1980 todos los países (como lo hicieron muchos países asiáticos)
hubieran reducido la fecundidad neta en cinco alumbramientos por
cada 1.000 mujeres en edad de procrear, se habría reducido en un tercio
la incidencia de la pobreza, hasta 12,6%, o una persona de cada ocho.
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SATISFACCIÓN DE LAS NECESIDADES DE LOS ANCIANOS POBRES |
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La pobreza es la principal amenaza que se cierne
sobre el bienestar de las personas de edad. Muchos, entre los
400 millones de mayores de 65 años en los países en desarrollo,
viven por debajo del límite de pobreza. A fin de poder alcanzar
los Objetivos de Desarrollo del Milenio en lo concerniente a
reducir a la mitad hacia 2015 la proporción de personas que
viven en extrema pobreza, las estrategias de reducción de la
pobreza deben centrarse en los ancianos más pobres y más
vulnerables, especialmente las ancianas, y en quebrar el ciclo
de pobreza que perdura de una generación a la siguiente.
La experiencia de la pobreza en la infancia y la adultez se
agrava con la edad. Las personas que han padecido durante
toda su vida una dieta deficiente, múltiples embarazos, inadecuados
servicios de salud reproductiva y arduo trabajo físico,
probablemente llegarán a la ancianidad padeciendo mala
salud. La inevitable declinación física que acarrea el envejecimiento
reduce la capacidad de cada persona para contribuir al
hogar y seguir siendo económicamente autosuficiente.
El envejecimiento de la población es una consecuencia inevitable
de la transición desde altas hacia bajas tasas de
natalidad y de mortalidad, transición que está ocurriendo
mucho más aceleradamente en los países en desarrollo que en
los países desarrollados.
Una eficaz respuesta a las necesidades, expectativas y
derechos de las personas de edad requiere que se adopten
medidas para:
- proporcionar a los ancianos servicios de salud adecuados;
- eliminar la violencia contra las ancianas y los ancianos;
- apoyar los servicios que los ancianos prestan cuidando a
otros, especialmente las abuelas que se ocupan de sus
nietos huérfanos a causa del VIH/SIDA;
- fortalecer los planes de protección social y velar por que
los ancianos reciban servicios sociales apropiados;
- sapoyar la investigación sobre el envejecimiento de la
población, especialmente sus aspectos de género y
socioculturales, y sus implicaciones.
El UNFPA, orientado por el Programa de Acción de la CIPD
y por los Objetivos de Desarrollo del Milenio, aboga por incorporar
las cuestiones relativas al envejecimiento en la agenda
de desarrollo, prestando especial atención a las necesidades de
los ancianos pobres y excluidos, especialmente las mujeres. Fuentes
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Los estudios por países refuerzan esa conclusión. En el Brasil,
un 25% de los nacidos en 1970 son pobres. Si la fecundidad se hubiera
mantenido a los altos niveles existentes a comienzos del siglo,
aquella proporción habría sido del 37%. La reducción en la pobreza
equivale al adelanto que se habría obtenido con un incremento
anual del 0,7% en el PIB per cápita(13).
MENOS GASTOS, MÁS OPORTUNIDADES El efecto de redistribución
positiva dimana en primer lugar de un crecimiento más
lento en los desembolsos destinados a satisfacer las necesidades
básicas y la educación de los niños y, en segundo lugar, de las
mayores oportunidades de que disponen los hogares pobres para
aumentar su contribución laboral, su ingreso y sus ahorros. El
aumento global del consumo ayuda a los hogares pobres dado que
incrementa la demanda de mano de obra, la cual a su vez eleva los
salarios, incluso para las familias cuya propia fecundidad no disminuye.
El crecimiento más lento en la fuerza laboral rural reduce
la demanda de tierras (reduciendo el costo de éstas y frenando la
fragmentación insostenible de las parcelas).
Aproximadamente la mitad de la declinación estimada para la
pobreza es resultado de los aumentos en el crecimiento económico
y la otra mitad, del consumo. Los efectos pueden ser de magnitud
considerable. Por ejemplo, una disminución del 4% en la tasa neta
de natalidad se traduciría en el decenio siguiente en una reducción
del 2,4% en la cantidad de personas que viven en pobreza absoluta.
DIFERENTES ETAPAS DE LA TRANSICIÓN Los efectos varían
en diferentes etapas de la transición desde altas hasta bajas tasas
de fecundidad y de mortalidad. Al principio, cuando la mortalidad
declina y es mayor el número de lactantes y niños que sobreviven,
aumentan los gastos para subvenir a las necesidades de la niñez y
se hace más lento el crecimiento económico.
A medida que va declinando la fecundidad y que se hace
más lento el crecimiento de la población, aumenta el crecimiento
económico
En las etapas tempranas de la transición es posible que, en realidad,
aumente la distancia que separa los hogares pobres de los
demás, puesto que la declinación de la fecundidad comienza entre
quienes están en mejor posición económica y, en consecuencia, son
ellos quienes cosechan los mayores beneficios. A medida que las
familias más pobres se van sumando a la transición (que ha tardado
en efectuarse en muchas partes del mundo), comienzan a disminuir
la pobreza y la desigualdad.
El aumento de la desigualdad en las etapas iniciales de la transición
demográfica tiene un efecto particular sobre quienes están
cerca de la pobreza. Basta con una pequeña reducción en los recursos
o un pequeño aumento en las necesidades para empujarlos por
debajo del límite de pobreza (14).
Además, las altas tasas de fecundidad
parecerían tener mayor efecto sobre la profundidad que sobre la
frecuencia de la pobreza (15).
Cuanto más pobre es el país y cuanto más alta es la tasa de
fecundidad en el momento en que ésta comienza a declinar, tanto
mayor será la contribución de la menor fecundidad a reducir la
pobreza. Los efectos beneficiosos aumentan a medida que avanza
la transición demográfica. Cuando más veloz sea la declinación de
la fecundidad, tanto mayores serán los beneficios potenciales del
dividendo demográfico, pero también será más breve el tiempo
disponible para aprovecharlos.
FACTORES DE APOYO DLos cambios demográficos interactúan
con los mercados, las instituciones y las políticas gubernamentales.
Los efectos de la declinación de la fecundidad sobre la pobreza
serán más fuertes si los mercados laborales y los sistemas
escolares funcionan correctamente y los padres y madres están
dispuestos a efectuar inversiones en la educación de sus hijos.
Las políticas sociales y económicas tienen importancia.
Combinadas con el acceso a los servicios de salud reproductiva
y la información al respecto, pueden acelerar la reducción de
la pobreza.
A medida que va cambiando la estructura de edades, las cambiantes
oportunidades para las mujeres refuerzan los efectos del
dividendo demográfico. La participación femenina en la fuerza
laboral también contribuye al crecimiento económico, particularmente
cuando los salarios son equitativos y la declinación de
la fecundidad está vinculada al mayor número de mujeres que
tienen empleo.
Los mayores niveles de educación de la mujer y la creciente
demanda de mano de obra en el sector estructurado de la economía
cuando ésta se desarrolla incrementan el "costo de oportunidad" de
la alta tasa de fecundidad: al tener mayor cantidad de hijos, las
mujeres pierden ingresos y otras oportunidades. Los más altos
niveles educacionales y la disminución de las tasas de fecundidad
pueden combinarse en un circuito de retroalimentación positiva, en
que la fuerza laboral aumenta más rápidamente que la población en
edad activa.
EFECTOS SOBRE LOS POBRES DE LA TRANSICIÓN DEMOGRÁFICA Los efectos de la transición demográfica difieren para diferentes
grupos. Las parejas más pobres, actuando en función de sus percepciones
acerca de las mejores estrategias de supervivencia y éxito,
comienzan a tener hijos tempranamente, tienen mayor cantidad de
hijos, más cercanos entre sí y tratan de sobrecompensar así la alta
tasa de mortalidad en la niñez.
NORMAS SOBRE EL TAMAÑO DE LA FAMILIA Las
relaciones entre el número de hijos y el bienestar de la familia no
son solamente cuestiones de opción y comportamiento individual.
Las opciones son afectadas por las normas sociales, los patrones
de relaciones entre hombres y mujeres, las políticas públicas y
las instituciones.
En el pasado, las familias numerosas eran la norma. Una vez que
la mujer había contraído matrimonio, su fecundidad no era una
opción. Una mujer con muchos hijos varones era objeto de respeto y
disponía de seguridad: se percibía que los hijos varones (y en menor
medida, las hijas) eran bendiciones. Se los necesitaba debido a sus
contribuciones económicas o su ayuda al hogar, para que se ocuparan
de sus progenitores en la ancianidad y para que realizaran prácticas
culturales. En la actualidad, esos factores de justificación están
perdiendo fuerza.
Las familias más numerosas agotan la capacidad de los pobres
para mantener a sus hijos. Sean cuales fueren las economías de
escala que proporcionan - por ejemplo, compartir espacio en la
vivienda o ir pasando la ropa de los hijos mayores a los menores,
- éstas quedan canceladas por el aumento de los gastos y la competición
para obtener escasos recursos. (En las familias cercanas al
límite de pobreza, más del 70% del ingreso para el consumo se dedica
a los alimentos(16)).
A medida que los gobiernos tratan de cobrar
honorarios y obtener ingresos por concepto de diversos servicios,
inclusive los de educación, salud y transportes, las desventajas de
los pobres van en aumento.
Los pobres carecen de educación en general y de educación
sobre salud en particular. También carecen de acceso al tratamiento
de las enfermedades y a fondos para la atención. La declinación
de la mortalidad comienza para los pobres más tarde que para las
personas en posición más desahogada. El incentivo de los pobres
para reducir la fecundidad es aun más tardío.
Esas demoras imponen mayores cargas a los pobres. En los
hogares que tienen escasos bienes, hay mayor riesgo de
malnutrición cuando los intervalos entre nacimientos son menores
de dos años. Los perjuicios causados a la salud y la educación son de
considerable magnitud (17).
OPORTUNIDADES PERDIDAS Al contar con mejor atención de
la salud, servicios mejores y más accesibles, más educación y más
amplias opciones para las mujeres, en muchos países millones de
personas han optado por tener familias más pequeñas.
Los pobres han perdido esas oportunidades. No disponen ni de
la información ni del apoyo que habría posibilitado que reconocieran
los cambios a favor de familias más pequeñas y efectuaran mayores
inversiones en la salud y la educación de un menor número de
hijos (18).
En consecuencia, esperan beneficios que ya no aportan las
familias más numerosas; por ejemplo, ingresos por el trabajo infantil.
Los pobres siguen necesitando el "efecto de seguridad" que
solían proporcionar las familias numerosas, aun cuando en la
actualidad los hijos tienen muchas más probabilidades de sobrevivir
hasta que sus padres y madres sean ancianos.
TEn las familias pobres, las mujeres y las niñas, que participan
poco en la adopción de decisiones y la asignación de recursos, son
quienes cargan con los costos más altos de las altas tasas de fecundidad,
pero no se benefician con los adelantos inmediatos cuando la
fecundidad disminuye. Las mujeres y las niñas tienen menos probabilidades
de cuestionar las condiciones que restringen su acceso a
los servicios de salud reproductiva y a la información al respecto.
Los pobres necesitan inversiones que fortalezcan los servicios y
las instituciones e incrementen las oportunidades para todos, en
particular para las mujeres. Esas inversiones promoverán una salud
mejor, posibilitarán que los padres y madres tengan el número de
hijos que desean, alentarán mayores disminuciones en la fecundidad
deseada y posibilitarán mejores opciones educacionales y en la vida.
El proceso apresurará la acumulación del "capital humano" necesario
para un desarrollo acelerado y sostenible. El reto es velar por que
los pobres tengan acceso a esas oportunidades.
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