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Panoram general
POBREZA Y GÉNERO
Las mujeres están desproporcionadamente
representadas entre los pobres. Las mujeres pobres, en su mayoría,
viven en un hogar cuyo jefe es un hombre, pero algunas de las
mujeres más pobres están en un hogar cuyo jefe es una mujer;
un creciente número de éstas son viudas.
Al reducir la "brecha de género" en cuestiones de salud y educación
se reduce la pobreza individual y se alienta el crecimiento
económico. Los efectos son mayores en los países más pobres.
El crecimiento económico y el aumento de los ingresos reducen
la desigualdad de género pero no quiebran todas las barreras
que se oponen a la participación social y el desarrollo de la mujer:
es preciso realizar acciones específicos para detectar y eliminar
el prejuicio de género, sobre la base de los principios de
derechos humanos.
El efecto más obvio del prejuicio de género es la violencia
sexual, dentro y fuera del hogar. Una de cada tres mujeres padecerá
actos de violencia en algún momento de su vida (8).
El prejuicio de género en la esfera económica tal vez sea difícil
de detectar, pero sus resultados son reales y tangibles. Por ejemplo,
el prejuicio de género puede obstaculizar acciones como mejorar el
abastecimiento de agua y el suministro de energía, con lo que se
reduciría el tiempo que deben dedicar las mujeres a recoger agua
y combustible para cocinar. Las mujeres aprovechan el tiempo
ahorrado para obtener ingresos adicionales y participar en asuntos
de la comunidad.
A medida que van aumentando los ingresos, las familias pobres
aumentan su gasto en la educación de los hijos, la atención de la
salud y la nutrición y esto, en general, beneficia más a las niñas
que a los niños varones. Los efectos se acumulan a lo largo de las
generaciones, a medida que las madres educadas van efectuando
mayores inversiones en la educación de sus hijas.
Los programas especiales de información y servicios pueden tener
efectos mayores sobre las mujeres pobres, debido a que las personas
en posición más desahogada ya tienen diversos medios de obtener esa
información y esos servicios. Estudios realizados en Bangladesh
comprobaron que la participación en programas que combinan la
salud maternoinfantil con la mitigación de la pobreza producen
mayores reducciones en la mortalidad de niños, en particular de
niñas, en los grupos más pobres, en comparación con los más ricos.
Al combinar ambos tipos de actividades mejoró su eficacia (9).
DIFERENCIAS DE GÉNERO EN EL USO DE RECURSOS Las
mujeres realizan muy diversos tipos de trabajo, remunerados y no
remunerados, en el hogar y fuera de éste. Gran parte de ese trabajo
no se registra en los sistemas de contabilidad nacional. Tal invisibilidad
se traduce en incapacidad: lo que los países no computan,
tampoco lo apoyan.
La medición de la desigualdad de género no es fácil. Pero, sea
cual fuere el patrón de medida utilizado, las mujeres sumidas en
la pobreza tienen recursos muy inferiores a los de sus homólogos
masculinos y mucho menos control de los recursos compartidos.
Restaurar el equilibrio dependerá en parte de que las mujeres y
los hombres puedan entablar alianzas para aumentar sus recursos
compartidos. Una parte importante de las alianzas será compartir
decisiones bien fundamentadas acerca de cuestiones sexuales, de
reproducción, de responsabilidades en la familia y de crianza de
los hijos, especialmente de las niñas.
Las mujeres pobres viven atrapadas por la pobreza, pero no
están inactivas. Deben trabajar duramente sólo para sobrevivir. La
capacidad de esas mujeres está reducida por el analfabetismo, la
mala salud y la malnutrición. Con la poca energía que les queda,
tratan de aprovechar todas las oportunidades que se les ofrecen
para escapar de la pobreza.
Los obstáculos con que tropiezan en sus esfuerzos por abrirse
paso son externos y suelen estar institucionalizados. Las prácticas
tradicionales no dan lugar a la movilidad social. Los papeles de
género son prescritos y rígidos. Quienes consideran que el cambio
amenaza sus intereses, entre ellos individuos o grupos que detentan
el poder en la sociedad tradicional, suelen oponerse a las iniciativas
de empoderar a las mujeres pobres.
El cambio puede crear oportunidades para la mujer. Las nuevas
oportunidades de empleo a consecuencia del desarrollo, por ejemplo
en fábricas de textiles o talleres de montaje de artículos electrónicos,
suelen beneficiar a las mujeres y no a los hombres. Esto
puede fortalecer la posición de las mujeres dentro de la familia y su
posibilidad de participar en la adopción de decisiones familiares,
pero los hombres que se sienten amenazados por la nueva capacidad
de sus compañeras tal vez respondan con actos de violencia.
El ámbito urbano es más flexible y ofrece más oportunidades,
pero acarrea sus propios costos y obstáculos para las mujeres pobres.
Al eliminar las barreras tradicionales se abren oportunidades, pero
también se abre la posibilidad de explotación económica y sexual.
La tradicional familia ampliada protege hasta cierto punto a la
mujer, pero al mismo tiempo la inhibe. En un ámbito urbano, tal
vez desaparezcan tanto la protección como las inhibiciones.
Cuando se reduce la desigualdad de género es posible acelerar el
crecimiento económico y lograr poderosos efectos sobre la pobreza.
Al comparar el Asia oriental y el Asia meridional entre 1960 y 1992,
se percibe que el Asia meridional comenzó con mayores discrepancias
de género en salud y educación y las subsanó más lentamente. Si las
discrepancias de género se hubieran subsanado con la misma velocidad
en ambas subregiones, el Asia meridional habría acrecentado
entre 0,7% y 1,0% el crecimiento anual real per cápita de su PIB (10).
Las cuestiones de género se consideran en el . Capítulo 4.
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LAS VIUDAS Y LOS ANCIANOS POBRES |
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En los próximos
decenios, a medida que vaya aumentando la esperanza
de vida, se prevé que centenares de millones de mujeres entrarán
en la viudez y esto tendrá importantes repercusiones sobre
la provisión de servicios de seguridad social, salud y vivienda.
En los países más ricos, los ancianos que viven solos tienen
más probabilidades que otras grupos de estar en el decil inferior
de la distribución de ingresos y la mayoría de los ancianos
que viven solos son mujeres. En Australia, Chile y los Estados
Unidos, las ancianas tienen más probabilidades que los ancianos
varones de reunir los requisitos necesarios para recibir
asistencia social debido a su falta de medios económicos.
Cuando se consideran las economías de escala, las viudas
que viven solas o con hijos solteros y las jefas de hogar (todas
las cuales tienden a vivir en hogares relativamente pequeños)
tienen mayores probabilidades de ser pobres. En algunos países
africanos y asiáticos, las viudas que no tienen hijos varones
adultos son especialmente vulnerables.
Se piensa, por lo común, que las viudas son personas de
edad avanzada. Pero en muchos países es frecuente que las
viudas sean jóvenes, debido a la más breve esperanza de vida
de los hombres y a la gran diferencia de edades entre los cónyuges.
Las guerras tienden a cobrarse las vidas de hombres en
la flor de la edad. El VIH/SIDA acrecienta el riesgo de que
muchas mujeres jóvenes queden viudas.
Las viudas ya constituyen una gran parte de la población
mundial de personas de edad. Hacia mediados del decenio de
1990, más de la mitad de todas las mujeres mayores de 65
años en Asia y África eran viudas, mientras sólo entre un 10%
y un 20% de los hombres eran viudos.
Según las proyecciones, en los próximos 50 años se triplicará
con creces el número de personas de 60 y más años,
desde 593 millones hasta 1.970 millones y esto acrecentará la
proporción de ancianos en la población, desde 10% hasta 22%.Fuentes
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ADAPTACIÓN AL CAMBIO: SALUD Y EDUCACIÓN
Las disposiciones
y prácticas sociales reflejan las realidades económicas. Gran
parte de la actual tensión y malestar social en los países en desarrollo
refleja la lucha por adaptarse al cambio económico. En esta lucha,
los pobres suelen estar constreñidos por la tradición, pues carecen
de facultades para efectuar otras opciones.
Aun cuando todas las sociedades asignan gran valor a la salud y
a la educación como bienes privados, tienden a valorarlas menos en
calidad de bienes públicos. Tal vez la situación esté cambiando; si
la salud y la educación, así como otros medios de empoderar a los
pobres para que escapen de la pobreza, se consideran cuestión de
seguridad nacional, tal vez se les asigne más prioridad en su
carácter de bienes públicos.
Proporcionar servicios universales de alta calidad de educación
y salud a una población de gran magnitud y a un costo que todos
puedan sufragar es un reto para todas las sociedades. Los países que
tienen una base impositiva pequeña, escasez de conocimientos prácticos
de importancia vital y una administración sobrecargada deben
vencer graves dificultades para poder adelantar. El relativo éxito de
muchos países en desarrollo en cuanto a prolongar la esperanza de
vida y reducir el analfabetismo trasunta su compromiso al respecto.
POBREZA Y SALUD La pobreza se cobra vidas. En los países menos
adelantados, la esperanza de vida al nacer es inferior a 50 años, en
comparación con 77 años en los países más ricos. Los pobres están más
expuestos a los riesgos de salud que entraña el medio ambiente y al
contagio, resultante de viviendas inadecuadas y hacinadas, carentes
de servicios sanitarios o de agua no contaminada, a menudo ubicadas
en zonas insalubres, tanto urbanas como rurales. Los muy pobres
padecen hambre a diario. La malnutrición de la gente la predispone
a una salud endeble y contribuye a las altas tasas de mortalidad
derivada de la maternidad entre los muy pobres. Los embarazos no
deseados sobrecargan todavía más la salud de la mujer. Las infecciones
y lesiones asociadas con el embarazo y el parto reducen la
productividad de la mujer y menoscaban la calidad de su vida.
Los pobres consideran que la pobreza lleva aparejada la mala
salud. La mala salud agrava la pobreza. Con gran frecuencia, las
personas que han caído recientemente en la pobreza dicen que una
causa de ello es la mala salud (11).
Los pobres tienen menor acceso a
los servicios de salud que quienes están en mejor posición económica
y tienen menos probabilidades de acudir en busca de atención
médica cuando la necesitan. Los pobres a menudo no utilizan los
servicios existentes, debido a su baja calidad. Incluso en sistemas de
salud financiados con cargo a recursos públicos, la mayor parte de los
recursos benefician a quienes están en mejor posición económica.
La mala salud retrasa el crecimiento económico. Dentro de los
próximos dos decenios, las pérdidas de productividad en países en
desarrollo debidas a la mala salud podrían ascender a unos 360.000
millones de dólares anuales (12).
LA MUJER Y LA SALUD REPRODUCTIVA Gran parte de la
carga de enfermedades, especialmente cuando se trata de mujeres
en edad de procrear, se relaciona con las relaciones sexuales y la
reproducción: en los países en desarrollo considerados en su conjunto
es más del 20% y en África al sur del Sahara, 40% (13).
Las mujeres sumidas en la pobreza también están asediadas por
preocupaciones con respecto a la salud reproductiva. En especial,
las mujeres jóvenes conocen poco acerca de la planificación de la
familia y no creen que sea una opción a su alcance. Todas las
presiones actúan en sentido contrario. Hay un fuerte prejuicio que
favorece el matrimonio y la procreación precoces entre los jóvenes,
debido a que se supone que los hijos y la familia contribuyen al
bienestar. Las ideas de que familias más pequeñas, más saludables y
mejor educadas también contribuyen al bienestar - y que hay
opciones entre las cuales escoger - aparecen más tarde en la vida;
para muchas mujeres, demasiado tarde.
Las relaciones sexuales y la reproducción son temas delicados
en cualquier sociedad; es particularmente difícil entablar el diálogo
acerca de la anticoncepción para los jóvenes, y mucho más para
los jóvenes solteros, como una opción junto con la abstinencia. No
obstante, es esencial ventilar las ideas: el embarazo no deseado
en la adolescencia es un problema creciente en muchos países
en desarrollo y la mitad de todos los nuevos contagios con el VIH
ocurren entre personas de 15 a 24 años de edad.
El matrimonio precoz no protege la salud de las jóvenes: un
embarazo antes de cumplir 18 años entraña muchos más riesgos para
esa niña que para una mujer mayor de 20 años. Las madres adolescentes
son más vulnerables a lesiones como la fístula obstétrica,
que si no es reparada malogrará el resto de sus vidas. Las parejas
masculinas de las mujeres jóvenes tienden a ser mayores, tener más
experiencia sexual y mayores probabilidades de estar contagiados
con el VIH. Las adolescentes, casadas o solteras, tienen más probabilidades
de tener reacción serológica positiva al VIH que los varones
de la misma edad.
BRECHA ENTRE RICOS Y POBRES EN SALUD REPRODUCTIVA Hay diferencias en muchas esferas de la vida entre ricos y pobres;
pero las mayores diferencias se acusan en materia de salud. Las discrepancias
de salud entre ricos y pobres son por lo general mayores
en los países más pobres que en los más ricos, pero esto no necesariamente
debe ser así. Los países que diseñan su sistema de salud de
modo de promover la igualdad pueden lograr un menor margen de
diferencia, sea cual fuere su nivel de ingresos.
Una de las diferencias reside en que las personas en mejor posición
económica conocen los sistemas sanitarios y pueden usarlos,
tanto los servicios de salud en general como los de salud reproductiva
y salud maternoinfantil en particular. Un estudio realizado en 44
países en desarrollo mostró que la fecundidad es mayor entre los
más pobres y va disminuyendo paulatinamente a medida que los
grupos tienen mayores ingresos (14).
Los que están en posición más
acomodada tienen menos cantidad de hijos que los pobres y además,
tienen sólo los hijos que quieren tener. Las mujeres pobres aspiran
a tener más hijos que las personas acomodadas, pero tienen muchos
más que los que querrían tener.
Un embarazo no deseado puede costar la vida de una mujer;
en los países más pobres, las mujeres más pobres enfrentan un
riesgo de muerte a consecuencia del embarazo que es hasta 600
veces superior al que corren sus homólogas en mejor posición
económica. Cada año, más de medio millón de mujeres pierden
la vida por causas relacionadas con el embarazo y el parto y
casi todas ellas están en países en desarrollo. Cantidades muy
superiores de mujeres padecen enfermedades o lesiones por las
mismas causas.
Las mujeres pobres en países pobres necesitan desesperadamente
atención prenatal y servicios para el parto sin riesgo, inclusive
atención obstétrica de emergencia. También necesitan información
sobre planificación de la familia y servicios para reducir el número
de embarazos no deseados y evitar el aborto, que a menudo es ilegal
y se realiza en malas condiciones.
Para los jóvenes, el matrimonio precoz, la presión social y la
renuencia gubernamental a gastar fondos públicos para proteger su
salud reproductiva, aumentan los peligros de ser joven y pobre. En
América Latina, por ejemplo, en las familias más pobres las adolescentes
de 15 a 19 años tienen probabilidades entre cuatro y diez
veces superiores de haber tenido ya un hijo que las jóvenes de los
hogares más pudientes.
LA REFORMA DEL SECTOR DE SALUD DEBERÍA APOYAR LA SALUD REPRODUCTIVA La reforma del sector de salud tiene el
propósito de mejorar el alcance y la calidad de los servicios, pero la
salud depende de más factores que los servicios de salud. La reforma
será realmente eficaz sólo si al mismo tiempo se reforman otros
sectores, en especial la educación, las relaciones de género y la
calidad general de la administración pública, inclusive la
obtención de mayores recursos y el mejor aprovechamiento de los
recursos disponibles.
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