La "discrepancia en el consumo" perpetúa la pobreza y degrada el medio ambiente

La pronunciada discrepancia en el consumo entre ricos y pobres está cobrándose un alto precio, que afecta a los individuos y a los recursos locales y mundiales, se afirma en el informe El Estado de la Población Mundial 2001 dado a conocer por el Fondo de Población de las Naciones Unidas (FNUAP).

El informe, titulado Huellas e hitos: Población y cambio del medio ambiente, afirma que enormes cantidades de personas han quedado excluidas de la expansión en el consumo ocurrida en el siglo XX, lo cual ha redundado en una "enorme discrepancia en el consumo" entre quienes viven en países industrializados y quienes residen en países en desarrollo, en especial los más pobres. En los peores casos, los pobres no consumen lo suficiente para mantenerse a sí mismos—hay unos 800 millones de personas crónicamente desnutridas—mientras que los ricos consumen excesivamente y despilfarran recursos de importancia vital, creando al mismo tiempo grandes cantidades de residuos.

De los 6.100 millones de personas que comparten el planeta, corresponde al 20% residente en regiones de altos ingresos, incluidos Europa occidental, el Japón, América del Norte y Australia, el 86% del total del consumo privado, mientras que al 20% más pobre corresponde sólo 1,3%. En el plano individual, un niño nacido hoy en un país industrializado agregará más al total de consumo y contaminación a lo largo de toda su vida que 30 a 50 niños nacidos en países en desarrollo.

En general, hay hoy mayor cantidad de personas que utilizan más recursos con más intensidad que nunca antes. La quema de combustibles fósiles se ha cuadruplicado durante los últimos 50 años, el consumo de agua casi se ha duplicado a partir de 1960 y el uso de la madera, tanto para la industria como para los hogares, es hoy superior en un 40% al nivel de hace 25 años. La actividad humana ha afectado a todos los rincones del planeta, por remotos que estos sean, y a todos los ecosistemas, desde los más simples hasta los más complejos.

El voraz apetito de los países ricos por bienes y servicios tiene efectos directos sobre los pobres, se afirma en el informe. La captura excesiva de peces, impulsada por la demanda de forraje y aceites en los países industrializados, amenaza la principal fuente de proteínas de casi 1.000 millones de personas del mundo en desarrollo. Las emisiones de gases de efecto invernadero producidas por los países ricos, que constituyen más de la mitad del total mundial de emisiones, contribuyen al cambio climático, el cual tendrá múltiples efectos, en especial sobre los pobres, quienes son los más vulnerables a los cambios causados por el aumento de las tormentas y las inundaciones.

Según el informe, la "huella ecológica"—la zona productiva del planeta que se necesita para apoyar el estilo de vida de una persona en una población dada—es en los países industrializados casi cuatro veces superior a la de los países en desarrollo y tiene un nivel dos veces superior al sostenible. En comparación con una persona típica del mundo en desarrollo, una persona típica en un país industrializado consume tres veces más productos forestales produce y emisiones de anhídrido carbónico más de tres veces superiores.

Los Estados Unidos, que poseen sólo un 4% de la población mundial, emiten casi la cuarta parte del total mundial de gases de efecto invernadero. Los 111 millones de personas que, según se estima, se agregarán a la población estadounidense en los próximos 50 años, incrementarán la demanda de energía en cantidades superiores al actual consumo total de energía de todos los países de África y todos los países de América Latina, combinados.

Según las proyecciones, hacia 2050 la población mundial llegará a 9.300 millones de personas y casi todo el aumento ocurrirá en los países en desarrollo, que actualmente padecen estrés medioambiental. El futuro crecimiento de la población y el aumento de los niveles de consumo pondrán a prueba los vínculos entre la población y el medio ambiente.

El informe señala los acuerdos a que llegaron los gobiernos del mundo en las conferencias de las Naciones Unidas que se celebraron en el pasado decenio, por constituir un buen punto de partida para las acciones colectivas encaminadas a reducir la pobreza, lograr un más lento crecimiento de la población, reducir el despilfarro en el consumo y proteger los recursos naturales. La Conferencia Internacional sobre la Población y el Desarrollo, celebrada en 1994, vinculó la protección del medio ambiente con la adopción de decisiones individuales, la igualdad de género y el derecho a disponer de servicios de salud reproductiva y planificación de la familia.

Entre otras recomendaciones del informe cabe mencionar: que se pongan en práctica los acuerdos de Kyoto sobre cambio climático; que se introduzcan incentivos, entre ellos subsidios y normas industriales para promover procesos de producción sostenibles; que se intensifiquen las investigaciones y la aplicación de prácticas más sostenibles; y que se eduque a los consumidores acerca del contenido de los artículos y los efectos ecológicos y sociales que estos producen. En el informe también se recomienda establecer impuestos medioambientales: gravar la contaminación, la congestión y el agotamiento. Según el informe, los impuestos a la contaminación del aire en Suecia, las tasas aplicadas a los efluentes industriales en Malasia y los impuestos a los automóviles en Singapur están bien establecidos y son eficaces.