El estado de la población mundial 2001 El estado de la población mundial 2001
Capítulo 3: Niveles de desarrollo y efectos sobre el medio ambiente

United Nations Population Fund

Determinación de los efectos de la actividad humana

Actualmente, hay más personas que utilizan más recursos y con más intensidad que en ningún otro momento de la historia humana. Los sistemas de agua dulce, las tierras de cultivo, los bosques, las pesquerías y la diversidad biológica, muestran signos de estrés a escala local, regional y mundial. La creciente presión sobre el medio ambiente es consecuencia, por una parte, del aumento de la riqueza—es decir, más consumo, más contaminación y más desechos—y por la otra, de la persistente pobreza—es decir, falta de recursos y de la tecnología para usarlos y falta de poder para cambiar esas circunstancias—.


Werner Rudhart, Still Pictures
Tugurio en Río de Janeiro. En los países en desarrollo, una de cada cuatro personas carece de vivienda adecuada.

La creciente cantidad de seres humanos desempeña un papel en ambos casos. En los últimos 50 años, por ejemplo, se ha duplicado en todo el mundo el uso de leña; el Worldwatch Institute atribuye este aumento en gran medida al crecimiento de la población. Pero la sextuplicación en el uso del papel ocurrida después de 1950 se atribuye principalmente al aumento de la riqueza y a los múltiples usos de productos de papel en un ámbito cada vez más urbano.

El tamaño, el crecimiento, la distribución y los desplazamientos de la población contribuyen a determinar las relaciones entre las personas y el medio ambiente. Cantidades similares de personas pueden tener efectos muy diferentes sobre el medio ambiente, en función, por ejemplo, de las instituciones sociales, los medios de producción, las normas de propiedad y las modalidades de gobernabilidad1. El acceso a la educación, a los servicios de salud y a las oportunidades económicas; los niveles de consumo; y los diferenciales de género (la "calidad del capital humano"), son todos factores que tienen influencia.

El más básico factor determinante de los efectos es la escala. Hace treinta años, Paul Ehrlich y J. Holdren describieron esta relación en una ecuación que hoy es famosa2: I = PAT, es decir, los efectos de las personas sobre su medio ambiente (I) son producto del tamaño de la población (P), la riqueza (A, que representa el producto per cápita o el nivel de consumo) y la tecnología (T, que representa el producto unitario o la eficiencia en la producción).

Esta ecuación se ha utilizado con frecuencia3 pero también se la ha criticado o modificado con frecuencia4. Su principal defecto es que los factores de la relación no son independientes, sino que están vinculados entre sí de complejas maneras. No obstante, este enfoque ha sido útil para demostrar que la dinámica de la población es un factor fundamental en el cambio del medio ambiente.

Por ejemplo, a partir de 1970, las emisiones de anhídrido carbónico per cápita han permanecido relativamente invariables a escala mundial, mientras que el PIB per cápita ha aumentado en todas las regiones, tanto más desarrolladas como menos desarrolladas5. Esto significa que los adelantos tecnológicos han compensado los efectos del mayor consumo6. Que las emisiones de anhídrido carbónico sigan aumentando al mismo ritmo que el tamaño de la población dependerá de las tendencias económicas y sociales, de la respuesta institucional a los problemas del medio ambiente y del ritmo del cambio tecnológico.

La pobreza y el medio ambiente

Pese a que la riqueza mundial ha aumentado pronunciadamente y se estima ahora en 24 billones (24.000.000.000.000) de dólares anuales, hay en todo el mundo unos 1.200 millones de personas que viven con menos de un dólar diario, situación clasificada como de "extrema pobreza" y caracterizada por el hambre, el analfabetismo, la vulnerabilidad, la enfermedad y la muerte prematura. La mitad de los habitantes del mundo viven con dos dólares diarios o menos7.

Hay más de diez millones de personas que no pueden satisfacer sus necesidades básicas de alimento, agua, saneamiento, atención de la salud, vivienda y educación. De los 4.400 millones de personas que viven en países en desarrollo, casi un 60% carecen de saneamiento básico, casi un tercio de esas personas no tienen acceso al abastecimiento de agua no contaminada, un cuarto carece de vivienda adecuada, un 20% no tiene acceso a servicios modernos de salud y un 20% de los niños no asisten a la escuela hasta egresar del quinto grado. En todo el mundo, 1.100 millones de personas están desnutridas y no pueden satisfacer las normas mínimas de consumo energético y proteínico en sus dietas; las deficiencias de micronutrientes están generalizadas8. Hay en los países en desarrollo casi 2.000 millones de personas anémicas9.

La eliminación de la pobreza ha sido un objetivo internacional a partir de 1960. Después de los notables adelantos logrados entre 1970 y 1990, en el decenio de 1990 el ritmo de reducción de la pobreza disminuyó hasta sólo un tercio del necesario para satisfacer los compromisos de las Naciones Unidas de reducir a la mitad los niveles de pobreza hacia 2015.

Si bien debido a las riquezas se consume energía y se producen residuos a ritmos muy superiores, los efectos de la pobreza también destruyen el medio ambiente. En consecuencia, la atención mundial se ha centrado en la compleja relación entre degradación del medio ambiente, pobreza y sustentabilidad. Comprender esa relación puede ser la clave de eliminar la pobreza y salvar la discrepancia entre los más ricos y los menos ricos, así como para alcanzar el objetivo del desarrollo sostenible.

Una compleja interacción

Las presiones demográficas van en aumento en muchas zonas pobres y ecológicamente frágiles, tanto urbanas como rurales. En muchas de esas zonas donde ya hay unas altas tasas de fecundidad, muchas más personas acuden impulsadas por la falta de tierras para los cultivos de subsistencia, por las políticas económicas que alientan los grandes terratenientes, por la agricultura intensiva y de cultivos comerciales, así como por la pobreza y las altas densidades de población en otras zonas.

Por ejemplo, en la Península de Yucatán, en la Reserva de Biosfera de Calakmul (México), y en torno a esa zona se está intensificando la aplicación de técnicas de tala y artiga para la agricultura y la explotación maderera, a causa de la rápida inmigración y las altas tasas de fecundidad. Debido a las incesantes presiones demográficas, los agricultores de subsistencia han talado los bosques de las sierras de Garo, en la zona nororiental de la India. La creciente pobreza en comunidades costeras y el rápido crecimiento de la población en las grandes ciudades de la costa del África occidental también están impulsando la destrucción de los pantanos de manglares para obtener leña y explotar los recursos pesqueros utilizando dinamita en las aguas donde se crían los peces.

En esos ejemplos y en muchos otros, los pobres son los agentes más visibles de la destrucción de ambientes degradados. Los pobres dependen en gran medida de los recursos naturales para obtener ingresos directos y su pobreza les ofrece pocas opciones. En el caso de Garo, no se disponía de tierras alternativas y en la costa del África occidental, la demanda urbana de pescado y leña ofreció una fuente de ingreso inmediato. En estos casos y en otros, los pobres están en el extremo de una larga cadena de causas y efectos. Son los mensajeros de la falta de sustentabilidad, y no sus agentes.

Un desglose de las pautas de consumo indica que la "huella ecológica" (véase infra) de los más ricos es mucho más profunda que la de los pobres y, en muchos casos, excede la capacidad de regeneración de la Tierra.

En la mayoría de los casos, son los agricultores más ricos quienes emprenden talas en gran escala de árboles, quienes utilizan desmedidamente los productos químicos agrícolas, quienes explotan excesivamente los recursos de aguas subterráneas con destino al riego, quienes utilizan excesivamente las tierras de pastoreo y quienes explotan desmesuradamente los suelos con cultivos para la exportación. Las estructuras distorsionadas de precios perpetúan el derroche en el uso de los insumos. En Gujarat (India), los agricultores tribales pobres deben abonar el costo total del agua de riego extraída con bombas y proporcionada por conducto de una organización no gubernamental, mientras que los agricultores más pudientes reciben agua subsidiadad en virtud de planes estatales.

Los grupos de más altos ingresos consumen más energía y producen más desechos que los pobres; estos últimos deben aprovechar hasta el último mendrugo. En el Pakistán, los hogares de muy bajos ingresos gastan 1/30 del combustible que consumen los hogares ricos, aun cuando dedican mucho más tiempo y energía a recoger eso combustible. Las comunidades rurales seguirán dependiendo en gran medida de la agricultura y los recursos naturales para sus medios de vida. La degradación del medio ambiente sólo profundizará su pobreza, de modo que la conservación del medio ambiente y la mitigación de la pobreza son objetivos paralelos. En la mayoría de las situaciones en que disfrutan de una tenencia segura, los pobres efectuarán inversiones en proteger sus tierras y su medio ambiente.

El control local puede ser importante: los estudios indican que ha mejorado el estado de los bosques de Nepal a partir del momento en que se descentralizó el ordenamiento de los recursos forestales hacia las comunidades. El Programa Conjunto de Odenamiento Forestal de la India, que también delega en los pobladores locales el ordenamiento de los recursos, ha tenido similares beneficios sobre el medio ambiente, en zonas como la región sudoccidental de Bengala. El control local puede ser más eficaz que las acciones gubernamentales para limitar las actividades ilegales de tala, pesca, uso del agua y robo, pero la participación gubernamental puede contribuir a compensar el alto costo y el aplazamiento de los beneficios de las inversiones en conservación.

A lo largo de las generaciones, los agricultores pobres han acumulado grandes cantidades de conocimientos acerca de las prácticas de sostenibilidad del medio ambiente. Algunas prácticas, entre ellas la rotación de los cultivos, han sostenido a los pobres durante siglos, hasta que las poblaciones aumentaron demasiado u otros factores intervinieron. Las prácticas tradicionales pueden incorporar la comprensión de las condiciones locales, que no son inmediatamente evidentes para observadores externos, por alto que sea su nivel de conocimientos. En las zonas montañosas de Sumatra, los agricultores utilizan simples embalses de piedra para crear sistemas de riego a lo largo de pequeños cursos de agua. Si bien al parecer esas estructuras dan lugar a filtraciones y son ineficientes, las filtraciones aseguran una distribución equitativa del agua en toda la comunidad.

Cuando los pobres se desplazan hacia nuevos ámbitos o cuando se altera el equilibrio en el ambiente que habían ocupado, por ejemplo, debido al rápido aumento de las poblaciones, puede haber un período en que es necesario un nuevo aprendizaje y durante el cual puede haber degradación hasta cierto punto. Pero imponer soluciones técnicas estandarizadas que hacen caso omiso de los conocimientos autóctonos, o los eliminan, puede tener efectos ecológicos desastrosos.

Recuadro 11: Migración rural

El crecimiento de la población no necesariamente menoscaba el carácter sostenible del medio ambiente, pero afecta las opciones disponibles y las perspectivas de intervención. Aun cuando la degradación ocurre invariablemente en las etapas iniciales, cuando hay aumentos en densidades de población que eran muy bajas, las etapas siguientes dependen de la confluencia de varios factores. Si las inversiones necesarias para mejorar la tierra son demasiado grandes o si las utilidades se demoran demasiado, a medida que la población va aumentando habrá inevitablemente mayor degradación. En otros casos, cuando una mayor población puede redundar en menores pagos per cápita para inversiones fijas (como en tecnología de captación de agua), en realidad es posible que mejoren la sostenibilidad y la productividad en un ámbito propicio.

Si se alentara y apoyara a los países en desarrollo cuyas poblaciones están creciendo rápidamente para que adoptaran tecnologías menos contaminantes, sería posible mitigar la degradación del medio ambiente. De mantenerse las actuales tasas de crecimiento, se prevé que en los próximos 20 años han de triplicarse las emisiones de gases de efecto invernadero en Asia. Una tecnología eficaz, si fuera costeable, podría reducir el aumento de las emisiones.

La mundialización y la pobreza

En los últimos 20 años, más de 100 países en desarrollo y en transición han comenzado a emprender medidas de reforma para mejorar la eficiencia de sus economías. Esos conjuntos de medidas de reforma suelen incluir disciplina fiscal, reducción de los déficit presupuestarios, disminución de los subsidios, restructuración impositiva, liberalización financiera, tasas de interés determinadas por el mercado, tipos de cambio competitivos y estables, liberalización del intercambio comercial, aliento a la inversión extranjera directa, privatización de las empresas estatales, desregulación de sectores industriales protegidos y mayores garantías de los derechos de propiedad.

Esas reformas han tenido el propósito de aumentar la competitividad de los países en el mercado mundial. Durante ese período, ha aumentado pronunciadamente el comercio internacional, aun cuando fuera de las economías de mercado más adelantadas, sólo unos pocos países en desarrollo han acusado aumentos. El deseo de integración en la economía mundial o de compensación de las pérdidas sufridas en crisis financieras ha llevado a muchos países en desarrollo a intensificar su explotación de los recursos naturales.

Es evidente que la mundialización ha fomentado la prosperidad general y estimulado el crecimiento. También ha agravado la desigualdad en los ingresos y la degradación del medio ambiente. Aun cuando los porcentajes de pobreza han disminuido, el número de personas que viven en la pobreza ha aumentado sostenidamente y en muchos países en desarrollo, el promedio de ingresos ha permanecido a un nivel bajo. Al mismo tiempo, la degradación del medio ambiente es peor que en ningún otro período comparable de la historia humana. Hay un claro vínculo entre la degradación del medio ambiente y el aumento de la desigualdad que acompaña a la mundialización: debido al aumento de la pobreza, muchos pobres están aumentando la presión que ejercen sobre recursos naturales frágiles, a fin de poder sobrevivir.

Algunos críticos10 han llegado a la conclusión de que, si bien la mundialización ha conducido a introducir notables reformas económicas, muchos funcionarios encargados de formular políticas han hecho caso omiso de las reformas paralelas de orden social, medioambiental e institucional necesarias para prevenir que se agraven la desigualdad, la pobreza y la degradación del medio ambiente.

Recuadro 12: Un distrito de Kenya hace frente al reto de la población

Medición de las dimensiones de la pobreza

Tradicionalmente, los economistas han definido la pobreza en función de los ingresos, utilizando o bien una norma relativa, como la mediana de ingresos en el país, o bien una norma absoluta, como el costo de una canasta típica de bienes y servicios.

Definiciones más recientes también abarcan mediciones de la salud, la educación, la seguridad, la voz en materia política y la discriminación. En el Informe sobre Desarrollo Mundial 2000-200111 se mide la pobreza en función de tres aspectos: oportunidad, potenciación y seguridad. El Banco Mundial incluye otra dimensión: capacidades12.

Esos aspectos tienen múltiples determinantes, pero hay un factor común a todos ellos: la sostenibilidad del medio ambiente.

La oportunidad refleja el ingreso individual, el consumo y el nivel de desigualdad de una sociedad. Es posible mejorar la oportunidad mediante un ámbito económico estable, una distribución equitativa de los bienes y una fácil disponibilidad de infraestructura. Entre las acciones concretas relativas al medio ambiente que mejoran el grado de oportunidad cabe mencionar el aumento de la productividad de tierras y pesquerías y las estructuras de precios sensibles a las cuestiones del medio ambiente.

La potenciación refleja la participación individual en la adopción de decisiones y queda fortalecida por la descentralización, la transparencia y la obligación de rendir cuentas en todos los aspectos de la gobernabilidad, incluido el ordenamiento de los recursos naturales.

La seguridad refleja el grado de protección individual contra sacudidas económicas y violencia personal. Entre las acciones relativas al medio ambiente cabe citar los mecanismos de pronóstico y prevención de desastres y la protección contra la explotación ilegal de recursos.

Las capacidades reflejan el nivel de alfabetización y de salud del invididuo. El acceso a agua de beber apta para el consumo y a mejor saneamiento, la reducción de la contaminación dentro de las viviendas y en la atmósfera urbana, los servicios de salud reproductiva y los programas integrados de lucha contra enfermedades transmitidas por vectores son acciones relativas al medio ambiente que mejoran las capacidades.

Cada uno de esos factores debe evaluarse, no sólo en lo concerniente a los promedios nacionales sino también en lo tocante a su distribución equitativa. Con frecuencia, las mujeres están en situación desventajosa desde múltiples puntos de vista.

Soluciones de la pobreza y el medio ambiente ventajosas para todos

Va en aumento el consenso acerca de que sólo un enfoque integrado de los problemas de la pobreza y la degradación del medio ambiente puede conducir al desarrollo sostenible (véase el Capítulo 6). Entre los elementos fundamentales de una estrategia de desarrollo sostenible cabe mencionar:

  • Aumentar la base de recursos de los pobres, mediante medidas como la reforma de la propiedad de las tierras, la gestión de los recursos comunes con participación de los interesados, las inversiones públicas en la conservación de tierras y la creación de oportunidades de empleo.

  • Efectuar inversiones en servicios e infraestructura de energía alternativa, como los servicios de saneamiento, abastecimiento de agua no contaminada, educación, atención de la salud y otros.

  • Apoyar las tecnologías "verdes".

  • Adoptar políticas de fijación de precios que no propicien el derroche en el uso de recursos como los de electricidad, agua y fertilizantes.

La energía y la pobreza

El aumento del consumo de energía se asocia con las economías avanzadas, así como con mayores esperanzas de vida y más altos niveles de educación y de otros indicadores de desarrollo social. La correlación no es precisa; entre las economías industrializadas, por ejemplo, en los Estados Unidos hay niveles más altos de consumo de energía per cápita o por dólar de PIB que en los países europeos o el Japón. En particular, en muchos casos es posible lograr el desarrollo social sin altos niveles de consumo de energía, como ocurre por ejemplo en el estado de Kerala (India), o en Sri Lanka.

Además, un alto consumo de energía también puede no producir un crecimiento económico si está mal orientado, como ocurrió en la Unión Soviética, pero no hay ejemplos de que un crecimiento económico sustancial se haya producido sin el correlativo aumento del consumo de energía.

Éste es uno de los enigmas fundamentales del desarrollo. Todos los modelos de desarrollo apuntan al crecimiento económico; no obstante, si todos los países consumieran energía al mismo nivel que los Estados Unidos o incluso los países europeos, se agotarían rápidamente las fuentes de energía y los productos secundarios del uso indeseable de la energía causarían, en el mejor de los casos, una sobrecarga del medio ambiente para absorber dichos productos secundarios. La cuestión es encontrar los medios para que los países más ricos reduzcan los niveles de consumo y que los países y pueblos más pobres escapen a la pobreza sin causar daños de gran magnitud a las economías o a la ecosfera.

Escapar a la pobreza no es meramente cuestión de encontrar maneras de incrementar el consumo de energía, sino que es menester cambiar los tipos de energía que se utilizan.

Las fuentes de energía de los pobres son ineficientes, contaminantes e insalubres. Los pobres pagan precios por unidad de luz o calor emitidos muy superiores a los precios que pagan los ricos, incluido el tiempo que los pobres gastan en obtener o recoger combustible. Las cocinas que queman combustibles de biomasa utilizan sólo un 15% de la energía potencial de ese combustible. Las estufas a carbón o queroseno tienen una eficiencia de un 50%. La electricidad y los quemadores de gas propano convierten un 65% de la energía.

Un estudio realizado en el Pakistán indicó que casi un 90% de los hogares pobres dependen de combustibles de biomasa para cocinar y que la mayoría de ellos utilizan queroseno en lugar de electricidad para el alumbrado. En cambio, más de un tercio de los hogares más acomodados utilizan gas para cocinar y en la mayoría de ellos hay alumbrado eléctrico.

La cocción de alimentos con combustibles de biomasa produce hollín y otras sustancias13 causantes de infecciones agudas de las vías respiratorias, trastornos crónicos por obstrucción pulmonar, cáncer de pulmón y problemas oculares, así como bajo peso al nacer14. El carbón quemado a cielo abierto o en cocinas produce azufre y toxinas como arsénico, floruros y plomo. Los efectos de esos contaminantes se agravan cuando la ventilación es deficiente.

Cuando no se cocinan suficientemente los alimentos o no se hierve el agua adecuadamente debido a la escasez o la ineficiencia del combustible, también se contribuye a la desnutrición, los trastornos intestinales y los parásitos intestinales.

Cuando las mujeres reúnen leña y otros combustibles, deben dedicar tiempo a esas tareas y corren riesgo de lesiones. Un estudio realizado en la República Unida de Tanzanía15 indicó que en las zonas rurales, las mujeres en buenas condiciones físicas acarrean cada año 25 toneladas métricas/kilómetro para la recolección de leña; la proporción para los hombres es una muy pequeña fracción de ese total. Un estudio realizado en Addis Abeba comprobó que quienes recogen combustible, que a menudo acarrean cargas casi iguales a sus propios pesos, con frecuencia tropiezan, caen y se fracturan los huesos, o padecen problemas oculares, dolores de cabeza, reumatismo, anemia, dolores internos, toráxicos y de espalda y abortos espontáneos16.

Las familias pobres dedican a recoger combustible el doble de tiempo que las que están en mejor posición económica17. Las familias más ricas gastan importes hasta 30 veces superiores en energía, pero está es menos contaminante, más eficiente y causa menos agobios; y la adquieren a precios preferenciales. El costo de la electricidad, particularmente el que pagan las elites urbanas, con frecuencia está subsidiado.

Los pobres pagan más altos precios unitarios por la energía en cantidades pequeñas: productos como pilas, recarga de pilas, velas, queroseno y carbón. Un estudio realizado en Uganda puso de manifiesto que las familias rurales y periurbanas gastan más de 10 dólares mensuales en velas, alumbrado, queroseno, pilas secas y recarga de baterías de automóviles. Hay en el país más hogares que obtienen electricidad de baterías de automóviles que los que están conectados con la red pública de distribución de electricidad.

Las acciones normativas para corregir esas situaciones no necesariamente han de ser de un costo prohibitivo y podrían arrojar economías en el largo plazo. El suministro de energía solar suele ser más económico que la prolongación de las redes de distribución de electricidad. Merced a los subsidios o a las garantías crediticias, es posible que las personas tengan mayor acceso a artefactos de cocina de bajo consumo de combustible. Los subsidios a los precios de la electricidad que pagan los más ricos podrían transferirse hacia combustibles menos contaminantes para los pobres.

Desarrollo rural y población

El efecto del aumento de la población en zonas rurales puede ser o bien positivo o bien negativo.

Por ejemplo, una gradual transición desde densidades de población muy bajas hasta densidades moderadas, puede alentar nuevas prácticas agrícolas, propiciar mayores rendimientos y apoyar poblaciones de mayor magnitud. Ese proceso tal vez haya alentado el desarrollo de la agricultura sedentaria intensiva18. Al aumentar la densidad de la población rural, aumenta la mano de obra disponible para combatir incendios, trabajar en obras de infraestructura, como los canales de riego y las terrazas, y mejorar los suelos.

Pero hay muchos casos en que el crecimiento de la población ha perjudicado tanto a las personas como a su medio ambiente19. En los últimos 50 años, el rápido crecimiento de la población se ha duplicado y ha redoblado las poblaciones rurales pobres más rápidamente que la capacidad de éstas para adaptarse. Se ha reducido pronunciadamente su base de recursos debido al uso excesivo y la explotación comercial. En ausencia de excedentes para la inversión, también han permanecido invariables las tecnologías de que disponen las poblaciones rurales pobres.

El sostenido aumento del rendimiento agrícola y la continua mejora de la calidad de la vida dependen de complejas influencias recíprocas entre las condiciones del medio ambiente, la disponibilidad de tecnología y la organización social, y las opciones relativas al uso del suelo. Las más altas densidades requieren eficaces adaptaciones a nuevas circunstancias. Eventualmente, es posible que el mayor adelanto quede constreñido por límites naturales, por ejemplo, las cantidades de agua de riego; por consecuencias tecnológicas, como la degradación de los suelos debida a la utilización reiterada de fertilizantes químicos; por decisiones políticas relativas al uso del suelo y la organización social; o por factores económicos, como la pobreza.

Las comunidades que disponen de acceso a mejores tecnologías y a inversiones sociales, como la educación y la atención universal de la salud, incluido los servicios de salud reproductiva, los han aprovechado bien para conservar los recursos y establecer economías rurales viables; hay ejemplos de ello en Kerala (India) y en partes de Sri Lanka. En esas comunidades hay menor desigualdad de género, los matrimonios se contraen a mayor edad, hay menores tasas de fecundidad y el crecimiento de la población es más lento, todo ello pese a los bajos niveles de ingresos.

En muchas zonas rurales, merced a la agricultura intensiva se ha logrado aumentar los rendimientos, pero así se ha proporcionado alimentos más baratos para crecientes poblaciones urbanas, en lugar de medios de vida para poblaciones rurales. La agricultura comercial y la tala de árboles practicada por individuos en tierras comunes pueden ser sumamente redituables en la medida en que se disponga de insumos y que duren los recursos, pero los beneficios raramente llegan a las comunidades locales. Lo común es que los campesinos pobres utilicen excesivamente los recursos residuales de tierra, agua y madera, una vez que las operaciones comerciales se han servico de ellos. Los resultados combinados de esas situaciones pueden percibirse en laderas desnudas, menores caudales de los cursos de agua, inundaciones, sequías y desaparición de las especies silvestres.

Recientes estudios de la "Revolución Verde" en la India20 ponen de manifiesto que al aumentar la productividad hubo mayores incentivos para ampliar las zonas cultivadas. En las zonas donde los bosques eran de propiedad común, esto condujo a la deforestación, debido a que no hay control sobre el uso de las tierras de propiedad común. Otros estudios han mostrado que la "Revolución Verde" ha beneficiado principalmente a los grandes terratenientes y a los usuarios de bienes de propiedad común, presumiblemente debido a que son quienes tienen mayores recursos para efectuar inversiones y mayores perspectivas de obtener utilidades. La carencia de tierras entre ex agricultures de subsistencia y su empobrecimiento debido a la pérdida de los bienes de propiedad común han sido consecuencias involuntarias de la "Revolución Verde".

Los derechos de propiedad individuales pueden proporcionar una motivación superior para la protección individual de la base de recursos, pero no contrarrestan automáticamente los efectos de las cantidades de personas ni de la explotación comercial21. Es posible que sea necesario limitar los derechos de propiedad individual aplicando medidas de protección de los bienes comunes: muchas de las principales pesquerías del mundo se han agotado debido al excesivo parovechamiento comercial y está por demostrarse que una política pública de limitación de la captura de peces pueda restaurar esas pesquerías.

Urbanización

La concentración de personas posibilita las economías de escala en los costos de transporte, producción y consumo y proporciona protección, como el abastecimiento de agua no contaminada y un saneamiento eficaz. Pero la concentración también puede agravar las cargas y requerir tecnologías más inclusivas, y a veces más caras, para una protección eficaz y sostenible de los seres humanos y de su medio ambiente.

La urbanización ha sido uno de los acontecimientos más notables del último siglo. En África, por ejemplo, en 1900 sólo un 5% de la población vivía en zonas urbanas; en 1960, un 20% y en la actualidad, un 38%. El crecimiento anual de la población urbana en África es el más alto del mundo y llega a más del 4%.

Le sigue desde cerca la región de Asia y el Pacífico. La población urbana, que ahora es un 35% del total, aumentó a razón del 2,6% anual entre 1995 y 2000, en comparación con 0,7% anual para la población rural.

En las regiones menos adelantadas se duplicarán en los próximos 30 años las cantidades de habitantes urbanos, desde 1.900 millones hasta 3.900 millones. A las ciudades, impulsoras del desarrollo económico y social, corresponde actualmente una porción grande y cada vez mayor de la demanda de recursos. Algunos análisis indican que las zonas urbanas, donde hay poco más de la mitad de los habitantes del mundo, producen un 80% de las emisiones de carbono, consumen un 75% de todas las maderas y un 60% del agua dulce extraída para usos humanos (incluida el agua para cultivos de regadío consumidos por residentes urbananos)22.

Actualmente, hay casi 3.000 millones de personas que viven en zonas urbanas. Más del 75% de la población de América del Norte, Europa y América Latina reside hoy en ciudades y en todo el mundo, hay 411 ciudades con poblaciones superiores a un millón de habitantes, en comparación con 326 en 1990. En Europa occidental y América del Norte, en contraste con la mayoría de las demás regiones, hay tendencia a que la población salga de las grandes ciudades para residir en los suburbios y en centros urbanos más pequeños.

Hacia 2015, 1.600 millones de personas estaban viviendo en ciudades de más de un millón de habitantes, y 622 millones, en ciudades de más de cinco millones de habitantes. En las regiones menos adelantadas aumentarán pronunciadamente en los próximos 15 años las cantidades de residentes urbanos, desde 1.900 millones hasta 2.900 millones. (En las regiones más desarrolladas, el aumento será de 900 millones a 1.000 millones). Hacia 2030, la mayoría de las personas de todas las regiones principales vivirán en ciudades. Un aumento en esta escala tendrá graves consecuencias para la calidad de la vida y los ámbitos circundantes.

En el decenio de 1970, las Naciones Unidas acuñaron el término "megaciudades" para describir a las ciudades que contaban con diez millones o más de habitantes. En 1975 había 5 megaciudades en todo el mundo. Hoy, hay 19; hacia 2015, su número va a aumentar hasta 23.

En muchas partes del mundo en desarrollo, las ciudades están creciendo a un ritmo doble del de crecimiento demográfico. Cada día, unas 160.000 personas se trasladan desde las zonas rurales hacia las ciudades. Este explosivo crecimiento urbano suele deberse tanto a los factores de expulsión de ámbitos rurales deteriorados, entre ellos la pobreza, la carencia de tierras y la falta de oportunidades de trabajo, como a los factores de atracción, entre ellos, mejores empleos y servicios sociales en las ciudades.

Los migrantes suelen comprobar que sus vidas se hacen más difíciles. El crecimiento más acelerado se produce en las ciudades pequeñas, que suelen carecer de infraestructura, y en asentamientos de precaristas y ocupantes sin título en torno a muchas ciudades importantes. En África, un 37% de los residentes urbanos viven en asentamientos "extraoficiales" de ese tipo; en Asia, el 18%; y en América Latina y el Caribe, 9%. En muchas ciudades, la proporción es del 25% al 30%— por ejemplo, viven en ese tipo de viviendas cuatro millones de los 10,6 millones de residentes en Río de Janeiro—, algunos aferrados precariamente a laderas empinadas, en llanuras inundables o en zonas de alta contaminación, donde nadie optaría por vivir. Los asentamientos densos, particularmente si están mal contruidos, son sumamente vulnerables a catástrofes, como inundaciones, tormentas o terremotos.

Contaminación

El rápido crecimiento industrial y la concentración de poblaciones urbanas se combinan para contaminar el agua y el aire. Suelen verterse aguas cloacales sin depuración en cursos de agua locales, junto con los desechos industriales. Los países en desarrollo, en su mayoría, carecen de recursos para vigilar las descargas de residuos humanos o de modernos contaminantes químicos o para depurarlas.

A medida que va aumentando la población urbana, es preciso que mayores cantidades de personas compartan el agua de que se dispone. La organización londinense Water Aid informa de que las mayores ciudades del mundo ya están agotando sus suministros de agua. Algunos centros urbanos, entre ellos Nueva Delhi, Santiago y México D.F. están bombeando agua de lugares cada vez más distantes. Las ciudades de la India septentrional y China han hecho descender peligrosamente la napa freática en las zonas circundantes.

La mayor cantidad de habitantes redunda en más contaminación del aire. En 10 de las mayores ciudades de la India, las cantidades de partículas en suspensión en el aire son entre tres y cinco veces mayores que las normas de la OMS. Yakarta es una entre muchas ciudades asiáticas contaminadas por la quema de basura y los escapes de vehículos a motor. Según se informa, Manila tiene en el aire niveles de partículas suspendidas—las pequeñas partículas sólidas dispersadas de los plaguicidas, el amianto y miles de otros productos—mayores que en Nueva York, Londres o Tokio.

La mayoría de las ciudades del mundo producen cantidades mucho mayores de basura y otros residuos que las que pueden manejar.

Las principal red de desagües cloacales de Manila fue diseñada a comienzos del siglo XX, al servicio de unas 500.000 personas. Sólo un 11% de la población de la zona metropolitana de Manila cuenta con conexiones a los desagües cloacales. En las zonas que no tienen servicios suficientes, las aguas servidas se desbordan hacia canaletas junto a las calles, pozos a cielo abierto y canales, hasta llegar a colectoras sobrecargadas, desde donde esas aguas servidas sin depuración son bombeadas hacia la Bahía de Manila, o flotan con las mareas.

En torno a México D.F., hay tres millones de personas en zonas periféricas que no están conectadas a los desagües cloacales. Los acuíferos subterráneos están gravemente contaminados.

En muchas ciudades, no se recogen entre un 30% y un 50% de las basuras. Incluso en regiones más desarrolladas hay dificultades para absorber el constante aumento de residuos que conlleva el aumento del consumo. En los países de la ex Unión Soviética, las reducciones en los sistemas de recolección y eliminación han excedido la declinación del consumo. En la Federación de Rusia, de los 130 millones de metros cúbicos de residuos sólidos de los hogares recolectados por las municipalidades en 1997, sólo un 3% llegaron a las centrales de procesamiento y a los incineradores.

Cuadro 1: Megaciudades del mundo: 1975, 2000 y (proyecciones) 2015: población en millones

1975

2000

2015

Tokio (19,8)
Nueva York (15,9)
Shanghai (11,4)
México D.F. (11,2)
y San Pablo (10)
Tokio (26,4)
México D.F. (18,1)
Mumbai (18,1)
San Pablo (17,8)
Shanghai (17)
Nueva York (16,6)
Lagos (13,4)
Los Ángeles (13,1)
Kolkata (12,9)
Buenos Aires (12,6)
Dhaka (12,3)
Karachi (11,8)
Delhi (11,7)
Yakarta (11)
Osaka (11)
Metro Manila (10,9)
Beijing (10,8)
Río de Janeiro (10,6)
y El Cairo (10,6)
Tokio (26,4)
Mumbai (26,1)
Lagos (23,2)
Dhaka (21,1)
San Pablo (20,4),
Karachi (19,2)
México D.F. (19,2)
Nueva York (17,4)
Yakarta (17,3),
Kolkata (17,3)
Delhi (16,8)
Metro Manila (14,8)
Shanghai (14,6)
Los Ángeles (14,1)
Buenos Aires (14,1)
El Cairo (13,8)
Estambul (12,5)
Beijing (12,3)
Río de Janeiro (11,9)
Osaka (11,0)
Tianjin (10,7)
Hyderabad (10,5)
y Bangkok (10,1)

Pérdida de tierras de cultivo

La urbanización también afecta la producción alimentaria, pues elimina tierras agrícolas a medida que las ciudades van creciendo y reduce el número de explotaciones agrícolas familiares, a medida que mayor cantidad de agricultores emigran hacia las ciudades. Por ejemplo, entre 1987 y 1992, China perdió cada año casi un millón de hectáreas de tierras de cultivo debido a la urbanización y la ampliación de la red vial y las industrias. En los Estados Unidos, el crecimiento urbano consume cada año casi 400.000 hectáreas23.

Al mismo tiempo, las personas están cultivando cada vez más alimentos en zonas urbanas. En todo el mundo, unos 200 millones de habitantes urbanos están cultivando alimentos y proporcionando a unos 1.000 millones de personas al menos parte de sus alimentos. Por ejemplo, en Accra (Ghana), las huertas urbanas proporcionan a la ciudad un 90% de sus verduras. En Dar es Salaam (República Unida de Tanzanía), uno de cada cinco adultos cultiva frutas o verduras.

Los lotes dedicados a huertas y los cultivos en las azoteas tienen beneficios adicionales. Reducen la reflexión de luz y calor y mitigan la captura de calor. Pueden contribuir a eliminar los contaminantes producidos por vehículos a motor, la industria y la producción de energía.

Las zonas urbanas también afectan ámbitos regionales y mundiales debido a su producción de gases de efecto invernadero y a la generación de los componentes de la lluvia ácida.

Las condiciones naturales, entre ellas el clima, la altitud, la topografía y las pautas de vientos y precipitación afectan la capacidad de las ciudades para dispersar los contaminantes atmosféricos y determinar los efectos de éstos sobre sus ámbitos inmediatos. Los episodios de contaminación atmosférica en Santiago de Chile son tan graves y tan intensos como en una ciudad mucho mayor, San Pablo, aun cuando las emisiones sólo son un décimo.

Problemas del crecimiento

Algunas de las mayores ciudades del mundo están creciendo más lentamente que en el pasado; no obstante, va en aumento su efecto sobre el medio ambiente y empeoran las condiciones locales. Algunas ciudades en rápido crecimiento (por ejemplo, Curitiba y Puerto Alegre, en el Brasil) adoptaron políticas que han mejorado y protegido la condiciones de su medio ambiente. No obstante, la mayoría de las ciudades en rápido crecimiento enfrentan graves problemas de salud medioambiental y la agravación de las condiciones, particularmente en zonas de nuevos asentamientos y donde las instituciones de administración y reglamentación del crecimiento son débiles.

El crecimiento de ciudades de tamaño entre pequeño e intermedio en África, Asia y América Latina plantea problemas especiales, particularmente en la provisión de agua, el saneamiento y la recolección de basuras24. Los sistemas de planificación y reglamentación de esas ciudades suelen ser rudimentarios. Tales ciudades no reciben las inversiones y la atención que pueden atraer las grandes ciudades y no están en condiciones de lograr economías de escala comparables, en la provisión de servicios, el uso del suelo, los transportes y el abastecimiento de agua y energía.

En la mayoría de los países en desarrollo, el rápido crecimiento urbano, impulsado por la inmigración y el crecimiento vegetativo de la población, está desbordando la capacidad para proporcionar servicios de salud. Va en aumento la migración de mujeres jóvenes desde el campo hacia la ciudad en busca de, entre otras cosas, mejores servicios de salud, y esto aumenta la presión, en particular, sobre los servicios de salud reproductiva25. Según las proyecciones de las Naciones Unidas, hacia 2020 habrá mayor cantidad de mujeres de entre 15 y 39 años de edad en las ciudades que en el campo. En Kenya, un 35% de las campesinas tienen entre 15 y 39 años de edad; para las mujeres residentes en ciudades, esa proporción es del 53%; se han comprobado diferencias similares en Bangladesh, Haití, Indonesia, Nicaragua y el Yemen.

En general, las mujeres que residen en ciudades quieren tener menor cantidad de hijos que las campesinas, pero el acceso a los servicios de planificación de la familia no las ayuda a satisfacer esas aspiraciones. Las zonas periurbanas suelen tener deficientes servicios de salud reproductiva. Las clínicas en zonas centrales de las ciudades tal vez no estén abiertas a horarios cómodos para muchos residentes de la zona metropolitana o para quienes trabajan.

Las pautas de despilfarro en el consumo

El consumo es un factor de importancia crítica en la relación entre población y estrés medioambiental. Casi todas las actividades humanas ejercen presión sobre los recursos naturales: para proporcionar alimentos, vivienda, ropa y transporte se utilizan recursos como las tierras de cultivo, el agua, el petróleo, el gas y la madera. Además, la mayoría de las actividades humanas también producen residuos que se incorporan al aire, el agua y los suelos, a menudo con escasa o ninguna depuración para mitigar sus efectos sobre el medio ambiente.

Mientras el crecimiento de la población entraña el aumento de la demanda sobre los recursos, los efectos medioambientales de una población dada dependen de la combinación de las cantidades de seres humanos, los niveles de consumo y las tecnologías de extracción y generación de que se disponga26.

En el siglo XX, el consumo de bienes y servicios aumentó hasta niveles sin precedentes, impulsando la expansión de la economía mundial y cambiando las realidades de miles de millones de vidas de seres humanos. Pero hay grandes cantidades de personas que han quedado al margen del aumento explosivo en el consumo. Actualmente, hay una gran "discrepancia en el consumo": en todo el mundo, el 20% de los habitantes viven en los países de más altos ingresos y efectúan un 86% del total de los gastos que entraña el consumo privado; para el 20% de los más pobres, en cambio, ese porcentaje es de sólo 1,3%27.

Un niño que nazca hoy en un país industrializado agregará durante el curso de su vida al consumo y la contaminación más que 30 a 50 niños nacidos en países en desarrollo28. Actualmente, el quinto de la población mundial residente en países industrializados produce más de la mitad del anhídrido carbónico emitido hacia la atmósfera, mientras que el quinto más pobre produce sólo 3%29. Los Estados Unidos solamente, que tienen un 4,6% de la población mundial, emiten el 25% de los gases de efecto invernadero en todo el mundo30.

El consumo en los países industrializados tiene efectos directos sobre el mundo en desarrollo. Por ejemplo, casi 1.000 millones de personas residentes en 40 países en desarrollo corren riesgo de perder el acceso a su fuente principal de proteínas, el pescado, a medida que la pesca excesiva impulsada por la demanda de forrajes y aceites por parte de los países industrializados agrega presión a las existencias de peces, ya diezmada31. Y los 111 millones de personas que se agregarán a la población de los Estados Unidos en los próximos 50 años aumentarán la demanda de energía en cantidades superiores al nivel actual de consumo de energía de los países de África y América Latina combinados32.

Es necesario contar con grandes cantidades de recursos naturales a fin de producir los bienes utilizados en los países industrializados. Esos efectos suelen sentirse en regiones muy alejadas de los lugares donde se extraen los metales o el petróleo, donde se recoge la madera y donde se cultivan los alimentos. El transporte de esos bienes también consume cantidades sustanciales de recursos energéticos33.

A medida que va aumentando la riqueza de los individuos y de los países, sus demandas pasan a ser mayores que sus necesidades básicas; y así se multiplican los efectos del crecimiento demográfico, incluso en las regiones pobres. Y dada la mundialización de la cultura de consumo de los países occidentales, necesariamente ha de aumentar la demanda de diversos productos, entre ellos automóviles, computadores y acondicionadores de aire, lo cual ha de agregar presión sobre los recursos naturales y la capacidad de los ecosistemas para absorber los residuos34.

Pese a los problemas, conectados entre sí, de poner coto rápidamente al exceso de consumo y eliminar la privación dimanada del consumo insuficiente, hay algunos indicios de cambios positivos. Los gobiernos y las industrias están incrementando su utilización de recursos renovables y de tecnologías menos contaminantes o no contaminantes y están considerando las posibilidades para el futuro. Se trata de realizar programas de ordenamiento sostenible que abarquen cantidades cada vez mayores de tierras arboladas. Se está intensificando el debate público acerca de los diversos temas del medio ambiente (inclusive las políticas energéticas y de uso del suelo), y se está conversando acerca de la posibilidad de concertar acuerdos internacionales.

No obstante, lo que el economista Herman Daly escribió hace 30 años parecería ser pertinente hoy: una economía sostenible "plantearía mucho menor cantidad de demandas sobre nuestros recursos medioambientales, pero demandas mucho mayores sobre nuestros recursos morales"35.

La "huella ecológica" de la humanidad

A los fines de la medición de los efectos de las sobre el medio ambiente, algunos científicos han elaborado un indicador de "huella ecológica"36 (gráfico 7), que refleja cuáles son las regiones que más consumen determinados recursos, en términos tanto absolutos como per cápita.

Cuadro 2: Aumento del total de los gastos para consumo, 1970 a 1995, en billones de dólares EE.UU. (a precios de 1995)37

1970

1980

1990

1995

Países industrializados

8,3 11,4 15,7

16,5


Países en desarrollo

1,9 3,6 4,3

5,2

Cuadro 3: Niveles de consumo, desde los más ricos hasta los más pobres38

Porcentaje consumido por personas en países industrializados

Porcentaje consumido por el 20% más pobre de las personas, en países en desarrollo

Total de los recursos de energía

58 < 4

Carne y pescado

45 5

Papel

84 1,1

Vehículos

87 < 1

Líneas telefónicas

74 1,5

En las estimaciones de la "huella" interviene el consumo de alimentos, materiales y energía por parte de la población, en función de la superficie de tierras o de mares biológicamente productiva necesaria para obtener esos recursos naturales o, en el caso de la energía, para absorber las correlativas emisiones de anhídrido carbónico. La medición se efectúa en "unidades de superficie". Una unidad de superficie es equivalente a una hectárea de productividad media mundial.

Cada región está representada por un rectángulo, en que el ancho es proporcional a la población, la altura representa el consumo de recursos per cápita y la superficie representa el total del consumo en la región. En consecuencia, Asia, que posee una población más de 10 veces superior a la de América del Norte, pero cuyo consumo de recursos per cápita es de sólo un sexto, tiene una huella sólo algo mayor que la de América del Norte.

Este análisis refleja los dos aspectos más importantes del reto de la sostenibilidad: el consumo de recursos per cápita y el crecimiento de la población.

En este indicador también se individualizan las zonas de capacidad biológica natural alta y baja y las regiones responsables de "déficit ecológicos", donde el consumo de recursos es superior a los niveles de uso sostenibles. Según el informe Living Planet 2000, en 1996 el consumo mundial fue de 2,85 unidades de superficie por persona, es decir, fue superior en 30% a la disponibilidad biológica (2,18 unidades).

Los países ricos miembros de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) tenían en 1996 una huella ecológica total de 7,22 unidades de superficie por persona, superior a más del doble de la capacidad biológica, de 3,42 unidades. Los países no miembros de la OCDE tenían una huella ecológica total de 1,81 unidades de superficies por persona, ligeramente inferior a la capacidad biológica, de 1,82 unidades.

En 1996, África tenía un excedente ecológico de 0,40 unidades de superficie por persona (una huella de 1,33 unidades y una capacidad biológica disponible de 1,73 unidades de superfice). Muchos países africanos disfrutaban de grandes superávit ecológicos y muy pocos países tenían déficit superiores a una unidad de superficie por persona. No obstante, esos superávit son consecuencia de la pobreza generalizada y no de un ordenamiento beneficioso.

La región con el excedente ecológico más alto del mundo fue la de América Latina y el Caribe, con 3,93 unidades de superficie por persona, debido a su alta disponibilidad biológica natural (6,39 unidades) y a su consumo de recursos relativamente bajo (2,46 unidades). Los mayores excedentes per cápita se encontraron en Bolivia, el Brasil y el Perú.

En la región del Oriente Medio y el Asia central, el déficit ecológico fue de 1,82 unidades de superficie por persona, debido en gran medida al bajo nivel de su capacidad biológica (0,91 unidades). El total de la huella ecológica para la región fue de 2,73 unidades de superficie por persona. Los países con déficit más altos fueron las economías petroleras más ricas, como los Emiratos Árabes Unidos y Kuwait.

El déficit ecológico de Asia y el Pacífico, con 0,67 unidades de superficie por persona, puede atribuirse en parte a la gran magnitud de su población, lo cual reduce la capacidad biológica a 1,11 unidades. El total de la huella ecológica de la zona fue en 1996 de 1,78 unidades de superficie por persona. Los déficit más altos se registraron en Singapur, el Japón y Corea del Sur.

En 1996, América del Norte tenía el déficit ecológico más alto del mundo (5,64 unidades de superfice por persona), pese a que por su capacidad biológica ocupaba el segundo lugar en el mundo por orden de magnitud (6,3 unidades). En los Estados Unidos se registró un déficit ecológico de 6,66 unidades de superfice por persona.

Europa occidental, donde el déficit ecológico fue de 3,35 unidades de superficie por persona, ocupó el segundo lugar entre los más altos del mundo. La huella ecológica llegó a 6,28 unidades, en comparación con una capacidad biológica de 2,93 unidades. Los déficit más altos se registraron en el Reino Unido, Suiza y Dinamarca.

La región de Europa central y oriental presentó una huella ecológica de 4,89 unidades de superficie por persona, con una capacidad biológica de 3,14 unidades de superficie y un déficit de 1,75 unidades en 1996. Los déficit más altos se registraron en la República Checa y Estonia.

En el informe Living Planet 2000 también se presentan unos cinco componentes de la huella ecológica: tierras de cultivo, tierras de pastoreo, bosques (leña y productos de la madera, incluido el papel), pesquerías (peces marinos y frutos de mar, inclusive harina y aceites de pescado para alimento de animales) y anhídrido carbónico (consumo de combustibles fósiles más las cantidades netas de energía necesarias para la fabricación de productos manufacturados importados)39. Estos productos también indican una gran discrepancia en el consumo, entre países desarrollados y en desarrollo.

Huella ecológica, por región, 1996

Por ejemplo, la huella de tierras de cultivo de América del Norte (1,44 unidades de superfice por persona) fue superior al doble del promedio mundial (0,69 unidades). La huella de las pesquerías correspondiente a los consumidores de países miembros de la OCDE fue tres veces superior a la de los países no miembros de la OCDE. En 1996, la huella del anhídrido carbónico correspondiente al promedio del consumo en la OCDE fue más de cinco veces superior a la del consumo en países no miembros de la OCDE. La huella del anhídrido carbónico para América del Norte, 7 unidades de superficie por persona, fue equivalente a cinco veces el promedio mundial y más de siete veces los promedios de América Latina y el Caribe, Asia y el Pacífico y África.

Refugiados del medio ambiente

El desplazamiento de poblaciones debido a la degradación del medio ambiente (por desastres naturales, guerra o explotación excesiva) no es un fenómeno reciente. Lo que es reciente es el potencial para grandes desplazamientos de personas resultante de una combinación de agotamiento de recursos, destrucción irreversible del medio ambiente y crecimiento de la población, entre otros factores40. Cuando en 1998 un maremoto azotó las costas de Papua Nueva Guinea, se perdieron miles de vidas debido a que los asentamientos humanos estaban ubicados en la costa y las riberas de lagunas. Cuando debido al desbordamiento del Río Yangtze se inundaron vastas superficies en China, el desastre fue exacerbado por la deforestación y la erosión causadas por el exceso de población en las riberas del río.

En enero y febrero de 2001, miles de personas perdieron sus viviendas cuando violentos terremotos afectaron El Salvador, causando mortales deslizamientos de tierras en laderas montañosas que habían sido desbrozadas para dar lugar a cultivos de subsistencia.

Según estimaciones del Banco Mundial, en 1998 había 25 millones de personas desplazadas debido a la degradación del medio ambiente, cantidad que por primera vez en la historia fue superior a la de refugiados a causa de guerras.

Los refugiados desplazados suelen crear amenazas a las zonas donde se radican. La crisis que padeció Rwanda en 1994 creó una corriente de más de 600.000 personas hacia la zona noroccidental de la República Unida de Tanzanía, donde los refugiados causaron daños considerables al medio ambiente, al cosechar leña y madera para otros usos, como cazadores furtivos en reservas de animales y al cultivar tierras.

Los refugiados del medio ambiente tienen notables consecuencias económicas, socioculturales y políticas. Actualmente, los países desarrollados pagan cada año 8.000 millones de dólares para acoger a los refugiados, lo cual representa un séptimo de la asistencia exterior aportada a los países en desarrollo.

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