Estado de la población mundial 2017

           

Nació
en una familia sin recursos
en una comunidad rural
de un país pobre.

A la edad de 10 años, tuvo que abandonar la escuela para ayudar con las tareas del hogar y cuidar de su hermano pequeño.

Como le pasó a su madre, cuando llegó a la adolescencia se vio forzada a contraer matrimonio con un hombre mayor y comenzar a tener hijos.

En el hogar aprendió a ocuparse de las tareas domésticas y a cultivar el campo, pero adquirió pocos conocimientos adicionales que pudieran facilitar su incorporación a la fuerza de trabajo remunerada en el futuro.

Prisionera de un mundo en el que apenas puede decidir sobre su vida, es posible que algún día alcance a ver uno diferente y de mayor prosperidad que está fuera de su alcance.

mundos aparte

La salud y los derechos reproductivos en tiempos de desigualdad

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En el mundo actual, la disparidad en la distribución de la riqueza ha aumentado de manera alarmante. Miles de millones de personas se mantienen en los quintiles más pobres, con lo que se vulneran sus derechos humanos y se truncan sus posibilidades de una vida mejor. En el extremo opuesto, los recursos y privilegios crecen a un ritmo desenfrenado que aleja al mundo del ideal de igualdad consagrado en la Declaración Universal de Derechos Humanos.

La desigualdad suele entenderse en términos de ingresos o riqueza, la línea divisoria que separa a los ricos de los pobres. Pero, en realidad, las disparidades económicas son solo una de las facetas de la desigualdad. Existen muchas otras dimensiones de carácter social, racial, político e institucional que se refuerzan las unas a las otras y en conjunto bloquean las esperanzas de mejora de las personas marginadas.
    
La desigualdad de género y la disparidad en el disfrute de la salud y los derechos sexuales y reproductivos son dos aspectos fundamentales que no reciben suficiente atención, especialmente el último. Aunque ninguna de estas dimensiones explica por completo la desigualdad en el mundo actual, son piezas esenciales que demandan mayor iniciativa. De lo contrario, muchas mujeres y niñas permanecerán atrapadas en un círculo vicioso de pobreza, capacidades reducidas, e imposibilidad de ejercer sus derechos humanos y desarrollar su potencial —en especial, en los países en desarrollo, donde las diferencias son más pronunciadas—.

 

Coeficiente de Gini

Los coeficientes de Gini expresan la desigualdad mediante un solo número. Un valor de 0 refleja el Estado utópico, aquel en el que todas las personas o todos los hogares de un grupo comparten exactamente el mismo nivel de riqueza o ingresos. En este gráfico, un valor de 100 representa la desigualdad absoluta, en la que una sola persona o unidad familiar monopoliza el 100% del poder económico.

Por favor utilice las flechas para desplazarse y mueva el ratón por la barra para ver los países y los coeficientes de Gini (datos más recientes disponibles).

Igualdad
0 10 20 30 40 50 60 70 80 90 100
País
*Serbia incluye Kosovo
 
Fotografía: © Andrea Bruce/NOOR

Los aspectos de la desigualdad

Las desigualdades en materia de salud y derechos reproductivos
están estrechamente relacionadas con la desigualdad económica

Hoy por hoy, ningún país —ni siquiera los que se consideran más ricos y desarrollados— puede describirse como una nación totalmente inclusiva en la que todas las personas disfrutan de igualdad de oportunidades y protección y ejercen plenamente sus derechos humanos.

La salud sexual y reproductiva es un derecho universal
Tener la información, la capacidad y los medios para decidir si quedarse embarazada, cuándo y con qué frecuencia es un derecho humano universal. Así lo acordaron 179 Gobiernos con motivo de la Conferencia Internacional sobre la Población y el Desarrollo en 1994.

Un derecho universal se aplica a todo el mundo en todas partes, independientemente de sus ingresos, origen étnico, lugar de residencia o cualquier otra característica. Pero la realidad es que, hoy por hoy, ese derecho está lejos de disfrutarse universalmente en el mundo en desarrollo, ya que hay cientos de millones de mujeres a quienes les sigue resultando difícil obtener información, servicios y suministros para evitar un embarazo o dar a luz de manera segura.

La capacidad de una mujer para ejercer sus derechos reproductivos depende en parte de si vive en una ciudad o en una zona rural, de su nivel de estudios y de su situación de riqueza o pobreza.

La desigualdad económica está relacionada con las desigualdades en la salud sexual y reproductiva
En la mayoría de los países en desarrollo, las mujeres del 20% más pobre de la población disponen, por ejemplo, de un acceso más reducido a los servicios de salud sexual y reproductiva, incluidos los de anticoncepción. En cambio, las mujeres que se sitúan en la parte superior de la escala de riqueza por lo general tienen acceso a una gama más amplia de servicios de buena calidad.

La necesidad insatisfecha de planificación familiar en los países en desarrollo suele ser mayor entre las mujeres situadas en el escalón más bajo de la escala de riqueza. Sin acceso a métodos anticonceptivos, las mujeres pobres, en particular las que tienen menor escolaridad y viven en áreas rurales, están más expuestas a la fecundidad no deseada. Esto ocasiona mayores riesgos para la salud de las mujeres y sus hijos, así como repercusiones económicas en su curso de vida posterior. 

La necesidad insatisfecha de planificación familiar en los países en desarrollo suele ser mayor entre las mujeres del 20% de los hogares más pobres

 

Cambio anual en la proporción de partos asistidos por personal de salud calificado, y en la diferencia entre el quintil más rico y el más pobre, 2005-2011

Cambio anual en la proporción de mujeres que asisten a cuatro consultas prenatales o más, y en la diferencia entre el quintil más rico y el más pobre

Cambio anual en el porcentaje de necesidades de planificación familiar satisfechas mediante anticonceptivos modernos, y en la diferencia entre el quintil más pobre y el más rico

Cada uno de los puntos de estos tres gráficos representa un país. Los países situados en el cuadrante superior izquierdo son aquellos que han logrado más progresos en el acceso general a los servicios y en la reducción de las desigualdades entre los hogares más pobres en un período de 10 años.

Igualdad
Cobertura

Cambio anual promedio en la diferencia absoluta entre el quintil más rico y el más pobre

Cambio anual promedio en la cobertura de la asistencia por personal de salud calificado durante el parto

Igualdad
Cobertura

Cambio promedio anual en la proporción de mujeres que asisten a cuatro consultas prenatales o más

Cambio anual promedio en la diferencia absoluta entre el quintil más rico y el más pobre

Mejora de la Igualdad
Demanda Satisfecha

Cambio promedio anual en el porcentaje de demanda de métodos modernos satisfecha

Cambio promedio anual en la diferencia absoluta entre el quintil más rico y el más pobre

Fotografía: © Gianluca Colla
 

La posibilidad que una mujer tenga de ejercer sus derechos reproductivos puede determinar si desarrollará su pleno potencial y podrá aprovechar las oportunidades educativas o competir por un puesto de trabajo. Sus opciones vitales podrían estar limitadas por la falta de alternativas en el ámbito de la salud sexual y reproductiva.

La desigualdad en la fuerza de trabajo
Con el descenso de la fecundidad en todo el mundo, la participación de las mujeres en la fuerza de trabajo ha aumentado en la mayoría de las regiones. Allí donde se registran tasas elevadas de participación de las mujeres en la población ocupada, las tendencias subsiguientes han dado pie a la reducción de la fecundidad, debido en parte a las dificultades de equilibrar las aspiraciones educativas y profesionales con la maternidad y el cuidado de los hijos. En los países con tasas de fecundidad elevadas, en especial los países menos adelantados, la incorporación de las mujeres a la fuerza de trabajo en empleos asalariados y remunerados sigue siendo baja. 

Para las mujeres de todo el mundo, el embarazo y la crianza pueden dar lugar a su exclusión de la fuerza de trabajo o disminuir sus ingresos. Las que carecen de los medios necesarios para decidir si desean quedarse embarazadas, cuándo o con qué frecuencia hacen frente a desafíos aún mayores.

La desigualdad por razón de género es un fenómeno generalizado en todo el mundo y se manifiesta en actitudes, normas, políticas y leyes negativas o discriminatorias que impiden a las mujeres y las niñas desarrollar sus capacidades, aprovechar las oportunidades, incorporarse a la fuerza de trabajo, desarrollar todo su potencial y hacer valer sus derechos humanos.

Las normas que potencian la desigualdad por razón de género no solo influyen en la posibilidad de que una mujer se incorpore o no a la fuerza de trabajo, además podrían dictar a qué tipos de trabajo puede optar, determinar el monto de su remuneración e impedir su progreso en el lugar de trabajo. Los países cuyas normas priorizan el empleo de los hombres frente al de las mujeres presentan las desigualdades de género más marcadas en la población ocupada.

© Fernando Maoleres/Panos, © Trygve Bolstad/Panos
 

¿Estás de acuerdo?

Participación en la fuerza de trabajo

La mayoría de las personas está de acuerdo con que los hombres y las mujeres deben disfrutar de un acceso equitativo a la educación universitaria, pero expresan reservas en lo que respecta a la igualdad de acceso al empleo cuando escasean los puestos de trabajo. El gráfico debajo indica la proporción de encuestados que expresa DESACUERDO con las siguientes afirmaciones:
«la educación universitaria es más importante para un niño que para una niña» y
«cuando los puestos de trabajo escasean, los hombres deberían tener un acceso prioritario a los puestos de trabajo».

  • Derecho al trabajo
  • Brecha en la asistencia
  • Educación universitaria

La zona sombreada entre el punto superior e inferior correspondiente a cada país representa la brecha existente entre la asistencia pública en favor del acceso equitativo a la educación y la asistencia pública en favor del acceso equitativo al empleo cuando los puestos escasean.

Cáucaso y Asia Central

 
Uzbekistán
Kirguistán
Azerbaiyán
Armenia
Kazajstán
Georgia
0 10 20 30 40 50 60 70 80 90 100
 

Asia Meridional, Asia Sudoriental, y Asia Oriental

 
Pakistán
India
Malasia
Filipinas
Tailandia
Singapur
Corea del Sur
China
0 10 20 30 40 50 60 70 80 90 100
 

Asia Occidental

 
Bahrein
Yemen
Kuwait
Turquía
Líbano
Iraq
Jordania
Qatar
Estado de Palestina
0 10 20 30 40 50 60 70 80 90 100
 

África Septentrional

 
Argelia
Egipto
Libia
Túnez
Marruecos
0 10 20 30 40 50 60 70 80 90 100
 

África Subsahariana

 
Nigeria
Sudáfrica
Rwanda
Ghana
Zimbabwe
0 10 20 30 40 50 60 70 80 90 100
 

América Latina y el Caribe

 
Ecuador
Chile
México
Argentina
Perú
Colombia
Uruguay
Brasil
Trinidad y Tobago
0 10 20 30 40 50 60 70 80 90 100
 

Regiones desarrolladas

 
Rusia
Japón
Rumania
Belarús
Ucrania
Estonia
Alemania
Chipre
Polonia
España
Eslovenia
Estados Unidos
Nueva Zelandia
Países Bajos
Australia
Suecia
0 10 20 30 40 50 60 70 80 90 100
 
Fuente: Encuesta Mundial sobre Valores (s.f.)
 

Las instituciones sociales que sitúan a las mujeres y a las niñas en desventaja en esferas clave de su vida también las colocan en desventaja en la incorporación a la fuerza de trabajo.

Las leyes pueden excluir a las mujeres
Las leyes pueden reflejar o reforzar las normas o actitudes discriminatorias que bloquean el acceso de las mujeres a la fuerza de trabajo o reducen sus ingresos en relación con los de los hombres. Según el Banco Mundial, en 18 países los hombres pueden impedir legalmente a sus mujeres que trabajen fuera del hogar. Las leyes de algunos países restringen el acceso de las mujeres a los servicios bancarios y de crédito, lo que puede socavar su potencial de obtener ingresos.

La legislación —o su falta o aplicación inadecuada— puede afectar a la salud y el bienestar de las mujeres y, por tanto, influir en su participación en la fuerza de trabajo y su capacidad para obtener ingresos. Según un informe del Banco Mundial en el que se evalúan 173 países, 46 no disponen de leyes contra la violencia doméstica, y 41, en materia de acoso sexual. Asimismo, según el Banco Mundial, raras veces existen leyes que protejan contra la «violencia económica». La violencia económica sucede cuando se priva a las mujeres de los medios económicos necesarios para abandonar una relación abusiva, bien porque su pareja controla los recursos económicos, o bien porque le impide conseguir o mantener un trabajo.

La desigualdad de género dominante en las categorías laborales
Las estadísticas sobre las tasas de participación en la fuerza de trabajo general enmascaran desigualdades considerables en relación con los tipos de trabajo que las mujeres y los hombres emprenden y los riesgos económicos que afectan a algunas categorías de trabajadores.

En comparación con los hombres, cuando las mujeres se incorporan al mercado de trabajo, lo hacen principalmente en empresas familiares y en menor proporción en empleos asalariados o remunerados.

 

En 18 países los hombres pueden impedir legalmente a sus mujeres que trabajen fuera del hogar

 

Categorías de trabajo y empleo, por sexo

Las estadísticas sobre las tasas de participación en la fuerza de trabajo general enmascaran desigualdades considerables en relación con los tipos de trabajo que las mujeres y los hombres emprenden y los riesgos económicos que afectan a algunas categorías de trabajadores.

Proporción de la fuerza de trabajo (%)
MUNDO
Mujeres
Hombres
Asia Meridional
Mujeres
Hombres
África Subsahariana
Mujeres
Hombres
Asia Sudoriental y el Pacífico
Mujeres
Hombres
África Septentrional
Mujeres
Hombres
Asia Oriental
Mujeres
Hombres
Asia Central y Occidental
Mujeres
Hombres
América Latina y el Caribe
Mujeres
Hombres
Estados Árabes
Mujeres
Hombres
Europa Oriental
Mujeres
Hombres
Europa Septentrional, Meridional y Occidental
Mujeres
Hombres
América del Norte
Mujeres
Hombres
Fotos, de izquierda a derecha: © 2012 Jose Carlos Alexandre, por cortesía de Photoshare; © Elnari/stock.adobe.com; © UNFPA/Daniel Baldotto; © Paula Bronstein/Getty Images Reportage Fuente: OIT (2016c)
 

Cuando las mujeres se incorporan a la fuerza de trabajo remunerada en todo el mundo, reciben salarios inferiores que los hombres por el mismo tipo de trabajo; participan más a menudo en empleos no especializados con salarios bajos; o dedican menos tiempo a labores que generan ingresos y más a la atención doméstica no remunerada.

Las desigualdades en materia de derechos reproductivos, género e ingresos
En todos los países, los ingresos de las mujeres en comparación con los de los hombres dependen de diversos factores, entre otros, del nivel de estudios, el alcance de las normas y prácticas discriminatorias por razón de género en el hogar y el mercado laboral, la gama de oportunidades profesionales disponibles, y de su capacidad para decidir si quedarse embarazadas, cuándo y con qué frecuencia.

La desigualdad salarial por razón de género se expresa como la diferencia, en porcentaje, entre el salario medio de las mujeres y el de los hombres. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la desigualdad salarial por razón de género en el mundo es del 23%, lo que significa que las mujeres ganan el 77% de lo que ganan los hombres. Aunque la brecha entre los géneros se ha acortado en cierta medida en años recientes en todo el mundo, los avances han sido lentos. De acuerdo con la evolución actual, llevará más de 70 años eliminar la desigualdad salarial por razón de género.

La desigualdad de género en la educación deriva en ingresos inferiores
La incorporación a la fuerza de trabajo y los ingresos dependen en parte del nivel de estudios, la calidad de la educación y la pertinencia de la enseñanza en relación con el mercado de trabajo. La desigualdad de género puede dar pie a peores resultados académicos y perjudicar las perspectivas de ingresos de las mujeres.

Si bien existe prácticamente paridad entre los géneros en la enseñanza primaria, en algunos países se observa una brecha considerable en materia de matriculación. Esto significa que millones de niñas en edad escolar de primaria no asisten a la escuela. Un nivel de estudios superior se correlaciona con un nivel de ingresos más elevado en las etapas posteriores de la vida. 

Asimismo, se ha observado que la educación reduce la incidencia de los embarazos en la adolescencia. Cuanto más tiempo permanece escolarizada una niña, menor es la probabilidad de que contraiga matrimonio o se quede embarazada. Este aspecto tiene consecuencias a largo plazo sobre la participación en la fuerza de trabajo y los ingresos durante toda la vida. 

Con el acceso equitativo a la educación de calidad no solo se hace frente a la privación absoluta al ofrecer a los individuos un camino para salir de la pobreza, sino que, además, se aumenta la productividad e innovación nacional total gracias a la creación de más oportunidades al alcance de todas las personas para que desarrollen sus capacidades, encuentren su campo de especialidad y definan su ámbito profesional futuro. El aumento de las capacidades colectivas de la población favorece el crecimiento de las economías nacionales.

La desigualdad salarial por razón de género en el mundo es del 23%, lo que significa que las mujeres ganan el 77% de lo que ganan los hombres

 

Efecto de la educación en la fecundidad

 

Matrimonio infantil

Todas las niñas de 15 años de África Subsahariana y Asia Meridional y Occidental

Embarazos precoces

Todas las niñas de 17 años de África Subsahariana y Asia Meridional y Occidental

Tasa de fecundidad

Promedio de partos por mujer en África Subsahariana

Matrimonio infantil

Todas las niñas de 15 años de África Subsahariana y Asia Meridional y Occidental

Con el nivel de estudios actual de las niñas
2.867.000
3.397.000
6,7

Embarazos precoces

Todas las niñas de 17 años de África Subsahariana y Asia Meridional y Occidental

Si todas las niñas cursaran la enseñanza primaria
2.459.000 14% Menos matrimonios
3.071.000 10% Menos nacimientos a edad temprana
5,8 13% Menos nacimientos por mujer

Tasa de fecundidad

Average number of births per woman in sub-Saharan Africa

Si todas las niñas cursaran la enseñanza secundaria
1.044.000 64% Menos matrimonios
1.393.000 59% Menos nacimientos a edad temprana
3,9 42% Menos nacimientos por mujer
Fuente: UNESCO y EFA-GMR (2013)
 

Cuando las mujeres están empleadas, sus responsabilidades adicionales en relación con los cuidados y el trabajo doméstico suponen una jornada más larga que la de los hombres. En los países en desarrollo, las mujeres pasan una media de 9 horas y 20 minutos al día desempeñando trabajos no remunerados y remunerados, frente a las 8 horas y 7 minutos de los hombres. 

La sanción por maternidad
En todo el mundo, las madres que forman parte de la fuerza de trabajo ganan menos que las mujeres sin hijos. La sanción salarial impuesta a la maternidad puede prolongarse incluso después de que los niños son mayores, debido a la probabilidad de que las madres pierdan terreno en materia de ingresos al tomar tiempo libre durante el embarazo o después del parto.

Las expectativas de los empleadores en relación con los embarazos pueden favorecer la desigualdad salarial por razón de género. Según la Dra. Hilary Lips, de la Universidad de Radford, es posible que los empleadores justifiquen la remuneración inferior de las mujeres por la percepción de que se comprometen menos con sus trabajos cuando asumen tareas familiares adicionales. La OIT señala que algunos empleadores consideran a todas las mujeres madres potenciales y no las tienen en cuenta para trabajos más complejos o ascensos por el riesgo de que disfruten de una licencia de maternidad de manera inesperada.

Cuando no existe licencia de maternidad o conservación del puesto garantizada, muchas mujeres se ven en la necesidad de elegir entre participar en la fuerza de trabajo o dar a luz, es decir, entre sus funciones productiva y reproductiva.

El círculo vicioso de ingresos más bajos y capacidades reducidas
La desigualdad —independientemente del tipo que sea— es producto de una variedad de fuerzas presentes en la sociedad que interaccionan y limitan o restringen el comportamiento de los individuos. Estas restricciones y límites reducen las opciones, el acceso a los recursos y las posibilidades de elección.

La desigualdad de género es una de esas fuerzas y da pie a restricciones y límites que se imponen a la mitad de la población mundial. Muchas de las desigualdades en el ámbito de la salud y los derechos sexuales y reproductivos se relacionan estrechamente con la desigualdad de género, que incluso las impulsa.

Los ingresos de las mujeres son inferiores a los de los hombres en todo el mundo. Tal situación deriva de la desigualdad de género en el ámbito de la educación y la salud, y de las diferencias en la protección de los derechos. Dichas desigualdades merman las capacidades de las mujeres, y dan lugar a una menor variedad de opciones y oportunidades de trabajo y medios de vida.

Y, con ingresos inferiores, las mujeres disponen de menos recursos para acceder a los servicios básicos, como los de planificación familiar, que podrían facilitar su incorporación a la fuerza de trabajo y la obtención de una remuneración superior una vez en el empleo. Esta situación desencadena un círculo vicioso que puede impedir que las mujeres, sus hijos y los hijos de sus hijos salgan de la pobreza.

© Dieter Telemans/Panos Pictures
 
Fotografía: © Alixandra Fazzina/NOOR

El precio de la desigualdad

La creciente desigualdad obstaculiza
el progreso de todas las personas

La desigualdad trunca el camino hacia el mundo que deseamos, facilita el desarrollo en beneficio de unos pocos, pero no de todos, margina a determinados grupos e individuos, y distorsiona las relaciones políticas, sociales y económicas. Las desigualdades conducen a una segmentación de la sociedad, dejando territorios en los que existen distintos niveles de acceso a recursos, conformando grupos que gozan de privilegios y otros que sufren escasez. Esto ocasiona menor contacto social entre los diferentes grupos en las escuelas, el trabajo o la vivienda, con lo que se reduce el entendimiento mutuo y se favorecen los extremismos en el discurso político.

En todo el mundo en desarrollo, las mujeres y las adolescentes más pobres enfrentan más dificultades que las más acomodadas para ejercer sus derechos reproductivos y cuidar de su salud. Las desigualdades en el ámbito de la salud sexual y reproductiva pueden ser aún más pronunciadas como resultado de su lugar de residencia —en una ciudad o una zona rural— y su nivel de estudios. Las mujeres de las zonas rurales y con menos formación normalmente acceden en menor medida a los servicios y obtienen peores resultados en materia de salud reproductiva que las mujeres con un nivel educativo superior de las zonas urbanas.

Cuando la salud y los derechos se encuentran fuera del alcance de gran parte de la población, todo el mundo sale perjudicado de alguna manera. Es posible, por ejemplo, que una mujer pobre que no puede acceder a servicios de planificación familiar tenga más hijos de los que desea tener. Como resultado, quizá no pueda incorporarse a la fuerza de trabajo remunerada y contribuir al crecimiento de la economía y el desarrollo de su país.

Las desigualdades en el ámbito de la salud y los derechos sexuales y reproductivos conllevan costos para el individuo, la comunidad, las naciones y el conjunto de la comunidad internacional.

La desigualdad en el ámbito de los riesgos para la salud reproductiva
Los datos del Instituto Alan Guttmacher indican que cada año se registran en los países en desarrollo 89 millones de embarazos no deseados, 48 millones de abortos, 10 millones de abortos espontáneos y 1 millón de mortinatos. Se calcula que la demanda de planificación familiar insatisfecha afecta a 214 millones de mujeres en los países en desarrollo.

Los datos correspondientes a 98 países en desarrollo ponen de relieve que la demanda de planificación familiar no satisfecha es superior entre las mujeres más pobres, de zonas rurales y con mayores carencias educativas que entre las mujeres más ricas, de zonas urbanas y con un nivel de estudios superior. Cuando las mujeres más pobres de los países en desarrollo se quedan embarazadas, las limitaciones y la desigualdad en el acceso a los servicios de atención de la salud reproductiva, así como las carencias nutricionales, pueden ocasionar complicaciones graves para la madre y el feto.

De los 7,3 millones de partos anuales en adolescentes menores de 18 años que tienen lugar en los países en desarrollo, 1,1 millones se dan entre niñas menores de 15 años. La mayoría de los partos en la adolescencia (el 95%) se dan en países en desarrollo, y 9 de cada 10 se producen en el seno del matrimonio o de una unión libre. Por lo general, el matrimonio infantil es más frecuente en los países en los que la pobreza es extrema y en los grupos de población más pobres de esos países.

En los países en desarrollo se registran alrededor de tres veces más embarazos entre las adolescentes —de 15 a 19 años— que pertenecen al 20% de los hogares más pobres que entre las del 20% que viven en las familias más acomodadas. Además, la tasa de fecundidad de las adolescentes —por cada 1.000 mujeres— en las zonas rurales duplica, en promedio, la de las zonas urbanas.

Las variaciones en las tasas de fecundidad de las adolescentes en un país se deben en parte a la desigualdad del acceso a los servicios de salud sexual y reproductiva. Las niñas adolescentes no suelen disfrutar del mismo acceso a métodos anticonceptivos que los niños de su edad debido a las políticas discriminatorias, los proveedores de servicios que emiten juicios de valor o las actitudes predominantes respecto al comportamiento aceptable de las niñas.

Un embarazo puede tener consecuencias inmediatas y duraderas para la salud, la educación y el potencial de generar ingresos de una niña, y, con frecuencia, alterará el curso de su vida.

El 95% de los nacimientos de madres adolescentes en el mundo tienen lugar en países en desarrollo

 

Tasa de fecundidad, por cada 1.000 adolescentes (de 15 a 19 años), por región y quintil de riqueza

*Promedio ponderado de los 155 países y territorios en los que el UNFPA desempeña su labor. Nota: gráfico elaborado a partir de los datos más recientes disponibles. Fuente: UNFPA (2016a)

Tasa de fecundidad, por cada 1.000 adolescentes (de 15 a 19 años), por lugar de residencia

*Promedio ponderado de los 155 países y territorios en los que el UNFPA desempeña su labor. Nota: gráfico elaborado a partir de los datos más recientes disponibles. Fuente: UNFPA (2016a)
 

La intersección de las desigualdades en el ámbito de la salud, la educación y el género
De acuerdo con los datos del UNICEF y la UNESCO, pese a los avances logrados en favor de la igualdad de género en la educación a lo largo de los tres últimos decenios, sigue siendo más probable que las niñas no estén escolarizadas en la enseñanza primaria e incluso más probable que no se matriculen en la enseñanza secundaria. La menor matriculación, asistencia e índices de eficiencia terminal son resultado de numerosos factores sociales, geográficos y económicos que sitúan a las niñas en desventaja en el ámbito de la educación, sobre todo cuando llegan a la adolescencia.

Cuando una niña no está escolarizada, pierde la oportunidad de adquirir los conocimientos y capacidades que podrían permitirle desarrollar todo su potencial más adelante. Además, al no asistir a la escuela, es posible que no reciba la educación integral de la sexualidad y la capacitación en habilidades para la vida que facilitan el aprendizaje sobre el cuerpo y las relaciones de poder y de género. En la escuela, puede adquirir además competencias en materia de comunicación y negociación que, de no tener, la situarían en mayor desventaja al atravesar la adolescencia y llegar a la edad adulta. La educación integral de la sexualidad es un enfoque de la educación de la sexualidad centrado en el género y basado en los derechos, tanto en la escuela como fuera de esta. Se imparte a lo largo de varios años, ofreciendo información adecuada a la edad en consonancia con la evolución de las capacidades de los jóvenes. 

Las desigualdades en materia de salud sexual y reproductiva y las desigualdades económicas
Las desigualdades en materia de salud sexual y reproductiva están relacionadas con la desigualdad económica: las mujeres del quintil de riqueza más pobre de los países en desarrollo son, por lo general, quienes tienen menos acceso a los servicios esenciales para ejercer su derecho a evitar un embarazo, proteger su salud durante el embarazo y tener un parto seguro.

La pobreza excluye a millones de mujeres de servicios que salvan vidas y están a disposición de las personas de los estratos económicos superiores. Esta exclusión puede dar pie a resultados poco satisfactorios en materia de salud reproductiva, que, además de afectar a la salud de las mujeres, repercuten sobre el bienestar de su familia, su comunidad, y el desarrollo económico y social de su país.

Las desigualdades en el ámbito de la salud reproductiva y la desigualdad económica pueden, por tanto, reforzarse mutuamente y atrapar a las mujeres en un círculo vicioso de pobreza, capacidades reducidas y potencial sin explotar. Si bien es cierto que la relación entre estas dimensiones de la desigualdad no sigue una trayectoria directa, las conexiones son evidentes.

La intersección entre distintas formas de desigualdad puede comportar consecuencias enormes para las sociedades en su conjunto y dar lugar a que gran cantidad de mujeres padezcan enfermedades mentales o no puedan decidir si desean quedarse embarazadas, cuándo o con qué frecuencia y, en consecuencia, carezcan de capacidad para incorporarse a la fuerza de trabajo remunerada y desarrollar todo su potencial. Los efectos perjudiciales pueden extenderse a lo largo de toda la vida de las personas y afectar a la siguiente generación.

© Mark Tuschman (arriba), © Pep Bonet/NOOR (abajo)
 

Porcentaje de las niñas de 7 a 16 años más pobres que nunca han asistido a la escuela

Clasificación País %
1 Somalia 95
2 Niger 78
3 Liberia 77
4 Malí 75
5 Burkina Faso 71
6 Guinea 68
7 Pakistán 62
8 Yemen 58
9 Benin 55
10 Côte d’Ivoire 52

Promedio de años de escolarización de las mujeres de 17 a 22 más pobres

Clasificación País Años
1 Somalia 0,3
2 Niger 0,4
3 Malí 0,5
4 Guinea 0,5
5 Guinea-Bissau 0,8
6 Yemen 0,8
7 República Centroafricana 0,8
8 Burkina Faso 0,9
9 Pakistán 1,0
10 Benin 1,1
Fuente: UNESCO e Informe de Seguimiento de la EPT en el Mundo (2013)
Fotografía: © Mark Tuschman
 

Al examinar las características de las personas pobres, resulta obvio que las personas en situación de pobreza son también quienes tienen mayor probabilidad de sufrir otras formas de desigualdad.

La profundización de las desigualdades
La naturaleza interconectada y multidimensional de las desigualdades —de ingresos, entre los sexos, y en materia de salud reproductiva y educación— suele complicar el proceso dirigido a determinar los factores que intervienen y su papel específico. No obstante, todas estas desigualdades interactúan y tienen consecuencias mixtas y a largo plazo para todo el mundo.

Las desigualdades económicas suelen quedar patentes en las diferencias amplias o crecientes en los resultados en materia de salud, que reflejan la desigualdad de oportunidades, así como en el acceso a la información, la atención de calidad u otros bienes públicos. Esta desigualdad de oportunidades y acceso subraya las desigualdades en el ámbito de la salud en todo el planeta, que se deben al acceso desigual a la tecnología de la información, la educación en salud, la atención moderna y los beneficios de los avances científicos.

Los intentos de corregir las desigualdades en los resultados u oportunidades resultan insuficientes si no se tratan las desigualdades por razón de género estructurales arraigadas que afectan a las mujeres y las niñas, operan en todas las sociedades, y multiplican las privaciones absolutas y relativas.

Los efectos de la desigualdad de los ingresos se potencian y reproducen a causa de la desigualdad de género. Esto hace que la brecha de pobreza entre los géneros sea uno de los tipos de desigualdad más persistentes en todo el mundo.

La desigualdad de género estructural deniega a las mujeres el derecho a decidir si desean contraer matrimonio, cuándo y con quién; o si desean quedarse embarazadas, cuándo y con qué frecuencia. Esta falta de elección limita las trayectorias vitales en fases tempranas de la vida. Las desigualdades estructurales que afectan a las niñas y las mujeres se combinan y superponen, de modo que socavan la contribución de la mitad de la población del planeta.

 
Fotografía: © BRAC-Sumon Yusuf

Una vía hacia la igualdad

Medidas en favor de
un mundo más equitativo

Tanto la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible como sus 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible se fundamentan en los principios de justicia, derechos, inclusividad e igualdad. Forman parte de la visión global de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible las nociones de «prosperidad compartida» y «[...] un mundo en el que sea universal el respeto de los derechos humanos y la dignidad de las personas, el estado de derecho, la justicia, la igualdad y la no discriminación; [...] y en el que exista igualdad de oportunidades para que pueda realizarse plenamente el potencial humano [...]».

Prosperidad para todos
Puede que los enfoques más prometedores para avanzar en esta dirección sean los que abordan los puntos de intersección entre las desigualdades —entre personas, y en el seno de las sociedades y las economías—, como las medidas orientadas al ejercicio de los derechos reproductivos y la igualdad de género en las que se destaque de manera especial y apremiante la necesidad de llegar hasta el 40% más pobre de la población —los más rezagados—.

Así, el acceso universal a la atención de la salud reproductiva, por ejemplo, no solo ayuda a garantizar los derechos reproductivos de las mujeres pobres, además, favorece la superación de las desigualdades en materia de educación e ingresos, lo que les reporta beneficios a ellas, a sus familias y a su país.

Independientemente del curso que se tome, ha llegado el momento de intensificar la acción, pues cuanto más se consoliden las brechas, más difícil será eliminarlas. El progreso debe ser rápido y justo, y sostenible a lo largo del tiempo. Está en juego un mundo más igualitario.

El acceso universal a la atención de la salud reproductiva puede ayudar a las mujeres a superar las desigualdades en materia de educación e ingresos

 

Concebir 10 medidas en favor de un mundo más equitativo

La ampliación del acceso a los servicios de salud sexual y reproductiva es solo la mitad de la solución. La otra mitad depende de cómo abordemos las otras dimensiones de la desigualdad de género. Esto nos dará la posibilidad de apoyar a las mujeres pobres a ejercer sus derechos, hacer realidad sus ambiciones y vivir en condiciones de igualdad.

Todos saldremos beneficiados si nos comprometemos a hacer de un ideal esperanzador una realidad universal. Podemos transformar nuestro mundo. 

  • Cumplir todos los compromisos y obligaciones en materia de derechos humanos acordados en tratados y convenios internacionales.

  • Eliminar las barreras —leyes discriminatorias, normas o deficiencias en los servicios— que impiden a las adolescentes y las jóvenes acceder a la información y los servicios de salud sexual y reproductiva.

  • Llegar hasta las mujeres más pobres con servicios esenciales de atención de salud materna y prenatal.

  • Responder a todas las necesidades de planificación familiar insatisfechas y conceder prioridad a las mujeres que viven en el 40% de los hogares más pobres.

  • Prestar un servicio de protección social universal que ofrezca seguridad de los ingresos básicos y cubra los servicios esenciales, incluidas las asistencias y prestaciones relacionadas con la maternidad.

  • Impulsar los servicios que permiten a las mujeres incorporarse o permanecer en la fuerza de trabajo remunerada, como los de cuidado del niño.

  • Adoptar políticas progresivas encaminadas a acelerar el aumento de los ingresos entre el 40% más pobre de la población, a través de, por ejemplo, la intensificación de las inversiones en el capital humano de las niñas y las mujeres.

  • Eliminar los obstáculos económicos, sociales y geográficos que impiden el acceso de las niñas a la educación secundaria y terciaria y su participación en cursos de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas.

  • Trabajar en pos de la medición de todas las dimensiones de la igualdad y del modo en que influyen unas sobre otras, y fortalecer los vínculos entre los datos y las políticas públicas.

  • Acelerar la transición del trabajo no estructurado al trabajo formal decente —con énfasis en los sectores que concentran la mayoría de las trabajadoras pobres—, y permitir el acceso de las mujeres a los servicios de crédito y la propiedad.

 

Promover el acercamiento
Juntar las piezas de un mundo dividido será una tarea difícil, pero no imposible. Tanto las comunidades más pobres como las naciones más poderosas pueden progresar hacia la inclusión. No hay justificación posible para la muerte de 800 mujeres cada día durante el parto; o para que la fecundidad no deseada agote los recursos de las familias más pobres; o para que los jóvenes vean truncado su futuro porque un matrimonio a temprana edad pone fin a su educación.

El objetivo debe ser la reducción de todas las desigualdades. Los puntos de partida pueden variar, pero deben estar cimentados en la idea de que el progreso significativo en una dimensión puede desencadenar múltiples beneficios. En ese sentido, algunas de las contribuciones más eficaces pueden provenir del ejercicio de la igualdad de género y los derechos reproductivos de las mujeres.

 
   

La Agenda 2030 contempla un futuro mejor. Uno en el que derribamos las barreras, corregimos las disparidades de manera colectiva y atendemos primero a los más rezagados.

 
Fotografía: © Igor Alecsander/www.igoralecsander.com

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